Una vaca

por Francisco Saunier

Todavía era de noche. El campo estaba cubierto por una fina escarcha que crujía al paso de las vacas. En el galpón de ordeñe, los peones preparaban la maquinaria. Una voz arreaba a los animales a través de los estrechos corrales. El más viejo de los hombres colocaba los chupones en las ubres. Al final de la línea, una vaca meneaba la cabeza. Luego, sin previo aviso, dijo en voz alta: “Señor, tengo algo que pedirle”. El asombro paralizó al peón. “Sí, es verdad, estoy hablando” –señaló el animal con cierta resignación. “Acérquese, por favor”. Entonces, la vaca narró su historia en pocas palabras.

 

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“Hace unas horas descubrí que puedo hablar. He razonado desde que tengo uso de razón, es decir, desde un par de meses atrás. No puedo explicar por qué me sucedió esto, tampoco sé cuánto tiempo voy a permanecer así. Descreo de la especulación metafísica y las preguntas sobre el sentido de las cosas no le caen bien a mis cuatro estómagos. Así que demos por hecho que razono y que hablo. ¿Por qué lo molesto en estas circunstancias? Bien, es que quiero abortar. Tengo un embarazo de cuatro semanas. No pregunte cómo lo sé, nosotras lo presentimos. La cuestión es que no deseo este ternero. Fui forzada a concebirlo. No hubo una relación de común acuerdo, ni siquiera tuve tiempo de pensarlo. Porque en ese entonces ya pensaba. Pero, ¿cómo comunicarme con el toro, cómo hacerle entender que no estaba dispuesta al acto sexual ni mucho menos a la maternidad? Él no entiende argumentos, literalmente. Podría haberme quejado con el tambero, pero todavía no hablaba. ¿Mis ojos no expresaban claramente la negativa? No, no lo hacían. He visto en otras vacas la misma mirada, aunque estoy segura de que ellas no razonan. Pero yo sí lo hago, y también hablo, así que supongo que ahora soy un sujeto de derecho, ¿no? Me he enterado que un filósofo norteamericano llamado Rawls dice que las personas se distinguen por poseer un sentido de la justicia y una concepción de la vida buena. Pues bien, ¡aquí estoy yo con todos estos rasgos a flor de piel! Sé discernir entre lo correcto y lo incorrecto, aunque quizá mis parámetros no sean los suyos. También me he proyectado hacia el futuro. ¡Tengo una concepción del bien que ni se entera! Sueño con pastar hasta que sea vieja. Dirá que eso hacen todas las vacas. Pero yo lo quiero, no sólo lo hago. Entonces, si puedo definirme como una persona moral, también puedo hacer uso de mis derechos. Y la ley de aborto vigente me ampara, soy un ejemplo de las excepciones que habilita la norma. No entremos a discutir sobre si lo que llevo en mi vientre es una persona o no. Sospecho que simplemente será un ternero y que por lo tanto carecerá de alma y de las prerrogativas que provienen de la dignidad. Como dije antes, las dudas existenciales se las dejo a Kierkegaard. Bueno, ¿podrá cumplir con mi pedido? Puedo citar a otros filósofos para sostener mi posición. ¿Le sirve Kant? Soy capaz de obedecer la ley moral que he reconocido como universalmente válida. Aunque lo de universal en este caso no da ni para pensarlo. Chorreo autonomía por mis ubres, disculpando lo grosero de la expresión. He meditado en detalle. Comprendo las consecuencias de mi decisión y mi deseo no es irracional hasta donde puedo escrutar. No estoy actuando bajo la presión del entorno ni de las normas sociales vigentes. Además, ¡de qué normas estamos hablando! Entiendo que el dueño del establecimiento puede objetar que el ternero le pertenece como yo le pertenezco. Pero, ¿una persona puede pertenecerle a otra? La segunda formulación del imperativo kantiano dice que se debe considerar al otro como un fin en sí mismo, nunca como un simple medio. Por lo tanto, el propietario del tambo tiene que contemplar mis objetivos. Soy dueña de mi cuerpo y de lo en él habita. Así que, ¿por qué no va trayendo el instrumental necesario? Sé que lo posee. No me haga decir las cosas que he visto hacer con él”.

El peón, escéptico pero sensible, se detuvo unos segundos a pensar y luego aceptó el pedido. Se dirigió hacia la casilla de las herramientas y retornó en silencio. No le gustaba lo que debía hacer, pero no tenía alternativas. La vaca sabía argumentar, dijo para sí mientras caminaba. “He vuelto, ¿está usted lista?”, preguntó al animal que rumiaba sin prisa. La vaca no respondió. Insistió para no parecer descortés, una, dos, tres veces, variando el tono y las palabras empleadas. Nada. Intentó con el código gestual, pero tampoco funcionó. Parecía como si el animal hubiera dejado de comprender el lenguaje humano. ¿Razonaría aún? Nada lo hacía sospechar. La mirada del bovino era ininteligible. El viejo peón se recostó sobre la baranda a meditar. El año pasado había leído un artículo del filósofo Peter Singer y se había convencido de que aquellos animales capaces de sentir dolor merecían un trato respetuoso, que no debían ser sometidos a procedimientos crueles. “¿Qué hacer?” –pensó– “Si esta vaca que una vez habló con tanta claridad ya no es una persona, entonces debo evitarle todo sufrimiento innecesario. Pero si sólo ha perdido su capacidad de expresión tengo que cumplir con su deseo”. La mañana lo encontró en estas cavilaciones. Finalmente, cansado pero decidido, tomó el rifle que colgaba en la puerta del galpón y le disparó a la vaca en el medio de la frente. El bovino cayó muerto en el acto. “Creo que hice lo correcto. Es mejor una muerte digna que una incierta vida de padecimientos. Al menos eso pensaba Clint Eastwood en aquella película sobre la boxeadora. ¿O era en ‘Harry el sucio’?”.

El hombre colgó el rifle en su sitio y abandonó el galpón. Las vacas que quedaban se miraron entre ellas. Una ternera de manchas marrones suspiró, resignada. Luego, todo quedó en calma.

Ilustración: Carlos Ardohain

Una respuesta to “Una vaca”

  1. janfiloso Says:

    Sí, conozco un caso análogo; hay veces que es mejor no pedir ayuda.

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