Encendiéndose hasta el océano

por Juan Anselmo Leguizamón

Apenas se oye, desde los balcones y las terrazas, el deslizamiento elíptico del planeta en el gran cortejo solar. Las latas de conservas estallan en los almacenes del suburbio. Un brillo nuevo patina los patios de comidas. Los ciervos huyen al norte, y algunos se preparan para el sobresalto de toparse con Santa Claus en el living de su casa, muy pancho él en boxers y camiseta. Por lo demás, se acaba la impunidad de los glúteos en exceso. Fin de la libertad de vientres y de todas esas blanduras consentidas al abrigo de los pudores invernales. Comienza la melancolía de las gelatinas y se desgranan los mismos sinceramientos de siempre. El mundo se vuelve un espejo, y el amanecer africano con sus lanzas desnuda cuerpos en evidente descalabro de placeres.

 

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Todo lo confirma, se aproxima. El sol gira su rostro severo hacia nuestra pecaminosa y sudamericana obesidad. Ahora nos toca. Es imposible eludir su mirada torva, meteórica, indestructible. Porque de la mirada se trata: no de la tuya ni de la mía, sino de la Mirada Universal que atraviesa todos los cuerpos, enmudece todos los gritos y desalienta tus tenues rebeliones. Donde La Mirada se posa, aplasta. Bajo su laminado el mundo apenas repta, doliente; y pide perdón, y hasta desea soportar abrasado porque así, al menos, funde la grasa.

La única secta que no lo sufre es la de ésos, los que comen plácidamente desaforados y nunca engordan. Usted debe de conocer alguno de ésos, en toda promoción escolar hay un mítico gordo y otro no menos mítico que engulle sin fin y jamás se desmadra. Indolentes ríen y echados al sol mordisquean pastito. Santos patronos de la Era magra, beatos sin sacrificios, los siempre plenos con o sin vestiduras, no tienen doctrina, no planifican nada, no discriminan alimentos, ignoran soberanamente las tablas calóricas, simplemente son. Su razón de ser solo consiste en seguir siendo, o sea: en seguir comiendo y nada más, como si nada. Y nada predican, y la membresía de ese club se obtiene solo siendo lo que se es: come lo que quieras, a la hora que quieras y cuantas veces quieras.

Frente a ésos chilla la turba en grasa naufragante de los perseguidos por el verano: los fajados en poliuretano, tomándose pastillas de fabricación casera, o desmineralizados por tecitos tenebrosos, o entregados a la dieta sabiamente controlada, o súbitos vegetarianos, entre las correas húmedas de máquinas cromadas, o casi apuñalados por el fierro de la liposucción.

Las acostumbradas gordas asumen su destino marplatense, entre críos lúbricos y alquimias diet: el ceño fruncido, cansadas del pringue y de tanto mar marrón. Ellas, a punto de saltarse al bote de un marino; pero ellos, los capitanes y grumetes, están hartos de aventureras: esperan a la ballena blanca, la verdadera, la que te lleva al muere. Y si no fuesen empleadas del estado o encargadas de sección tal vez las gordas serían comunistas. Si una buena gorda comunista es de temer, imagínese cientos de ellas.

Mientras tanto, en la otra punta del mar, las cabras desolladas caminan sobre una imaginaria línea recta, por el borde de saliva que dejan las olas. Oyen el llamado incierto de un caracol, chupan frutas y se sacan fotos, y ensimismadas se untan los pezones con la mousse solar de limón. Algunas estallan al atardecer contra los parabrisas moteados de miel. Otras se disuelven en el azul de una piscina, desmayadas en coma de champagne. Las menos, pasado el verano volverán a sus templos para dormitar en agua de rosas, periódicamente renovada por sirvientes homosexuales, y de vez en cuando sonreirán al vulgo desde un cartel gigante de avenidas.

Una vez acabado todo, las empleadas de banco y las oficinistas del gobierno se jurarán mutuamente, en la cafetería transparente, que no vuelvo a enamorarme. Pero ahora se impone la ley de la quema de esos pliegues de delicias obstinados. Bien se acomoda al cuerpo sueltito de grasas el alma, que queda atormentada, o se atormenta el cuerpo para acomodarlo al alma que queda, al menos un par de meses, luminosa y sosegada. El viejo pecado de vanidad se transfigura en virtud encarnada: firme contorno, curva limpia, pechos tumescentes, sonrisa de fina gárgola recién labrada. Ciudadanos, para la absolución o la condena ya no cuenta la moral del alma sino la carne impura cuán pasada de grasa. El verano abre sus fauces hambrientas únicamente a la carne casta, esto es: desgrasada. Y el resto que queda nomás deambula, seres sin aura, en un submundo amanecido, que apenas beben con ojos irritados de los resplandores que pasan a su lado. Vampiros pesados, sin vuelo, nadan de noche, sin fogatas, en fiestas negras de la vergüenza. Se oye que chapotean aquí y allá, y una que otra risotada inane rápidamente sofocada.

Si fuese fácil, si fuese dócil, poco valor tendría el domar la carne. ¡Si vibra loca, indecorosa, inundándose de bombas y tortas, de frituras y aderezos! Un pulso violento implora por litros de helado, colas y cervezas; destroza laboriosas previsiones lanzándonos con aullidos sordos al festín de tripas asadas, embutidos y fiambres. Empastado de deleites ese cuerpo indómito aguardará, desaguándose poco a poco en lloriqueos de arrepentido, la sentencia, cuando una hoja fina separe la hacienda virtuosa de la puerca y escandalosa. Los abominados se dejarán caer frente a una hamburguesa triple, o la calabresa o la napolitana; y a mamar la yema de los huevos fritos, y que venga el licor de naranja, y que siga el dulce de leche.

Pero si la fellatio no engorda… rezan los folletos liberales; y que fundirse con el otro a medio cuerpo en el mar te tonifica, y que el sólido vaivén de olas relija, hace de exfoliante natural.

Echado en mi atalaya misericorde me demoro, de día y de noche, gracias a los prismáticos infrarrojos de segunda donados al municipio. Mi código profesional indica solo agua mineral durante el día, pero a la tardecita me permito un multifrutal helado, sin azúcar. Contra el poniente me doy un vermouth suave rosado, y así al menos bajo la ansiedad marina que normalmente aqueja a los guardavidas. En mi vigilia por la línea de oración cuido de la virgen llena, que la traspasa, encendiéndose hasta el océano, para consumar su pacto de ultraje con el verano. Ella peca de olvidar al vuelo entre las dunas ese pareo demodé.

3 comentarios to “Encendiéndose hasta el océano”

  1. Janfiloso Says:

    Siempre me pregunté qué pensaban los guardavidas durante todo el día; gracias por la respuesta.

  2. Mercedes Says:

    Me encantó el relato.
    Me parece naïve esta descripción de los seres envueltos en grasa …….¡¡¡¡¡luminosa!!!!!!
    Me da mucha ternura el impudor con el que breves bikinis floreadas desnudan humanidades……
    Los malditos que comen toooooodo ¡¡¡¡¡¡y no les importa!!!!! tienen una cierta sonrisa, un candor casi de putti del Renacimiento……
    En nuestras playas hay gorditas de Rubens, gorditos de Botero, flaquisimos de pintura inglesa….y el omnipresente marrón del mar.
    Y eso sin hablar de los cielos.
    ¡¡¡Muchísimas gracias!!!!!!

  3. El Santi Says:

    alguien me podrìa contestar si el autor de este relato es el director de cultura de santiago del estero? el tercer parrafo es simplemente inmejorable.

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