Mi primer plagio (cont.)

2. Delinquir

por Andrea Paula Garfunkel

Ese fue el punto de inflexión, la bisagra, el preciso momento en que comencé a delinquir. Al principio fue como una travesura. Estaba atenta a sus momentos de distracción. Era cuando asaltaba su biblioteca, tomaba el libro del momento, con total minuciosidad y precisión manteniendo todo en su lugar, y leía a escondidas. Casi siempre el lugar de lectura era el baño, donde pasaba largos ratos y sólo interrumpía cuando él me demandaba desde el otro lado de la puerta. Era cuando yo accionaba la descarga del inodoro para encubrir el momento en que lo escondía dentro del placarcito, oculto entre la pila de toallas “verde agua” que jamás había dejado de estar doblado y lo seguiría estando eternamente. Luego, en otro instante de distracción, lo regresaba a su sitio con la misma minuciosidad y precisión con que lo había tomado. Esto funcionó durante un tiempo, aunque no pude acceder al prohibitivo. Había desaparecido de su biblioteca –y no había sido yo. Tenía la certeza que lo había escondido, el muy cretino. Yo no indagaba para no evidenciar mi deseo cada vez mayor e irrefrenable. Me intrigaba el verdadero motivo por el cual me lo negaba. Había algo encriptado en su necia actitud y yo tenía que develarlo.

 

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Los episodios delictivos siguieron con normalidad. Tenía una rutina que se alteraba cuando mi osadía decidía sacar a pasear un libro de su departamento hacia el mío en una riesgosa operación. Algunos ejemplares, el muy cretino, los tenía tan presentes que no me quedaba otra que humillarme y negociar –¿se considera “negociación” cuando una parte aventaja desmedidamente a la otra? El tema es que él acababa de terminar el de lomo azul y para leer los dos primeros capítulos –porque el muy cretino me los dosificaba– accedí a realizar unos trámites para él en la Embajada de Francia. No fue nada grave y en dos minutos había cumplido. Al salir me dejé llevar por voces agradables que se inmiscuían con una dulce sonoridad en mis oídos. Me dejé tentar, volví sobre mis pasos y me asomé a un lugar demasiado grande para aula y escaso para auditorio. Había una ronda de personas hablando hasta que uno, el que se enfrentó con mi mirada, se dirigió hacia mí en un perfecto y amigable francés. Eso es todo lo que entendí hasta que me invitó a pasar; esta vez en español. Yo accedí como oyente durante dos horas. Al salir, cargando una felicidad que me levitaba, tenía en mis manos una matricula, una credencial a mi nombre, una grilla de horarios, una carpeta membretada Ambassade de France y un plan de estudios. Camino a casa, metí todo el papelerío dentro de la carpeta mientras le pensaba un escondite.

 

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—¡Ya era hora! ¿Qué pasó que demoraste?

Me inventé una cara de fastidio. Falseé un berrinche. Mentí una larga espera, un sistema caído… Y me guardé bajo siete llaves mi nuevo rol de alumna. Gané a cambio dos capítulos extras a los ya negociados. Nunca se dio cuenta, porque los horarios coincidían con una materia de la facu que había decidido dar libre.

Un día al despertarnos me dijo que había pasado toda la noche hablando en sueños. Puede ser, le dije. A veces me pasa.

—Sí…claro. Pero esta vez lo hiciste en un perfecto francés.

—Ayyy, no seas estúpido. ¡Si sabés que no hablo una palabra en otro idioma!

A las dos semanas de ese episodio aparecí con mi larga cabellera pelirroja amputada en una melena tipo “garçon”, muy europea. El muy cretino me recibió con un: —¿Qué hacés pibe? A las tres semanas devino la confesión postergada… Al mes estaba en París. Me habían otorgado una beca. Una beca que yo no había solicitado, aunque creo, presintieron necesitaba. Una beca que acepté.

Todo fue tan precipitado que en la cuenta regresiva de mi viaje faltaban números. Fue vertiginoso. En vez de charlas, hubo trámites. En vez de despedidas, preparativos. En vez de planteos, promesas… Promesas que yo había dejado de creer hacía tiempo. Precisamente el día que me negó y escondió el prohibitivo… El prohibitivo. Lo seguía deseando. Conservaba lo encriptado que se me hacía imperioso develar. Fue así de brusco, repentino y delirado… En ese instante lo decidí: lo iba a robar. Iba a formar parte de mi equipaje. Viajaba a París conmigo en el doblefondo de mi maleta, como la más predecible “mula”. –No mejor, no. Sería en mi bolso de mano; serían más de seiscientas páginas que exagerarían el peso de mi equipaje. Ansiaba leerlas ni bien pisara la sala de embarque.

El golpe sería durante la mañana siguiente. El cretino no iba a estar y yo necesitaba requisar todo el departamento. Esta idea me excitaba aún más que el inminente viaje.

Continuará

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3 comentarios to “Mi primer plagio (cont.)”

  1. Ana C. Says:

    ¡Me lo estoy pasando súper bien con tu cuento! Ayer fue erótico, hoy, policial. Las dos veces, un delicioso humor negro.

  2. Ernesto Blaquier Says:

    Demasiados “el muy cretino”.

  3. santiago Says:

    Primera vez que coincido en algo con Blaquier. (pero está buena la historia, digamos)

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