Pocas palabras

por Tomás Abraham

He escrito dos post sobre las nociones de Ser Nacional y Sentimiento Argentino, criticando al primero y de alguna manera reconociéndome en el segundo. Dije, además, que soy judío, una identidad diferente a la argentinidad, pero inseparable de la misma.

Personalizar a los encapuchados digitales es seguir este conventillo de odiadores gratuitos que usan de las posibilidades de un blog de intelectuales, productores de textos, más de doscientos en mi caso en diez meses, creado para abrir la comunicación, informar, e intercambiar ideas y opiniones, un espacio que ha sido aprovechado por el hábito del uso de los seudónimos, de la distancia y de la ausencia mediática, para degradar con racismos, mostrando el más burdo antisemitismo y odio a los judíos, volcando mala conciencia y frustración vital en bajezas que no son políticas sino humanas. El tema del Medio Oriente, de la política del Estado de Israel, de la Intifada, se discute en todos los ámbitos. Más de una vez lo he hecho y publicado. Pero mi nota hablaba de un judío como yo, además de argentino, claro, nacido en Rumania. El odio que esto provoca, el que me tome el atrevimiento de sentirme libre de elegir mi adhesión nacional y religiosa, de darme todo el espacio para discutirlas, ha sido respondido con un desafío, pero no argumental. Decir la palabra genocidio junto a “Israel y los judíos”, denigrar con insultos como “judío paranoico” para descalificar al que opina, no es una muestra de estupidez, nada de eso, es racismo de mierda que hay que enfrentar. La sofisticación culturosa me importa poco. Hay odios confeccionados por poetas, artistas de vanguardia, citadores de libros raros, mentes enfermas.

Nada más. Este post no tendrá comentarios. No habrá lugar para que sigan con sus habilidades al menos en mi escrito.


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