El viejo Pascual

Para Julio César Piastrellini

Por Pablo E. Chacón

Tres cosas hacen a los hombres discretos: letras, edad y camino.
Cervantes

Jamás supe el apellido del viejo Pascual (o tal vez sí, no recuerdo bien, era algo italiano o vagamente italiano) y no es improbable que fuera así, italiano, su apellido, o él mismo, italiano de nacimiento. En Mar del Plata, los italianos prosperaron y se multiplicaron, a expensas incluso de la mal llamada aristocracia porteña –de la mal llamada aristocracia argentina– que imaginó al balneario como una suerte de Biarritz local, con arquitectura, geografía, gastronomía, orientación y cultura propias, en este caso híbrida, cosmopolita y vanguardista en el sentido, por ejemplo, de imposición de modas y políticas.

Sobre este punto, aclaro: el peronismo nunca ganó la intendencia marplatense.

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El viejo Pascual era el dueño de un chiringuito (lo que hoy se dice parador) en la zona de La Perla, donde mis viejos y algunos amigos alquilaban todos los veranos una carpa o una sombrilla. La zona de la Perla, en las temporadas sesentistas, era donde se refugiaban los marplatenses del aluvión zoológico.

Era raro ver a Pascual entre las carpas, las sombrillas. Pasaba como sin dejar pisadas en la arena, arreglaba un entuerto, siempre estaba en la casilla de madera. Era pelado, completamente calvo, los ojos renegridos y el color de la piel bien oscura. Era carpero, administrador, guardavidas, bañero, enfermero de ocasión. Era hosco pero no era hosco porque una vida desdichada lo hubiera vuelto hosco sino porque parecía no importarle nada, en primer lugar, y por lejos, la oposición entre duros, blandos, fuertes, blandos, azúcar, sacarina. Esa taxonomía, disfrazada, circula hoy, ahora, ayer, es pura nostalgia, pura nostalgia disfrazada. Si había alguien inmune a la nostalgia, ese era el viejo Pascual.

Pascual nunca hablaba de su vida, su pasado, nadie lo conocía. Yo era chico, pero los grandes lo habían conocido en la playa, nadie sabía cómo había llegado ni dónde vivía en invierno. El viejo era un tipo silencioso, hablaba lo justo, lo necesario. Esto sí, esto no. Era un tipo tan educado como silencioso. Nadie lo había visto en público con una mujer. Esa era la vida que compartía con nosotros el viejo Pascual.

Era un nadador extraordinario. Era veloz, algo desprolijo, atacaba y descansaba, seguía, atacaba otra vez, quebraba rompientes, literalmente: como un pez en el agua. Se dejaba ir, flotaba, iba, venía. Era un nadador de mar. Era un nadador de fondo. Era el que entraba primero, a la mañana, temprano. El viejo decidía el color de la bandera, y los eventuales cambios.

Pascual contrataba empleados, bañeros, guardavidas, como se prefiera. Pero esos tipos sabían que cuando alguien empezaba a tambalear en el agua, el viejo, estuviera donde estuviera, iba a aparecer, lanzado como una flecha oscura entre carpas, sombrillas, lonas, lonetas, sillas, corriendo, chueco como era, y los iba a alcanzar y siempre iba a llegar antes, aunque le llevaran cincuenta metros de ventaja. Ese viejo no competía, amaba el mar, la vida del mar, la vida en el mar, y nunca, en todos esos años, se ahogó nadie. El viejo trababa y sostenía no con palabras ni arrumacos sino con la autoridad del que conoce la ingravidez del océano. El viejo se aseguraba de que el intrépido quedara en buenas manos y volvía a la costa, casi chapoteando, solo, tranquilo, eludiendo el aplauso de la gilada.

El viejo Pascual me sacó de los pelos un día que me arrastró una ola. No lo había visto, no sé de dónde salió ni cómo apareció. Pero estaba. Sin edad, pasaban los veranos y siempre estaba igual, imposible calcular su edad. Se adivinaba la felicidad de volver a empezar, las temporadas eran largas, larguísimas. Eso, creo yo, lo animaba, lo empujaba, lo revivía. Empezó mi abuelo, el viejo Pascual terminó la iniciación, y yo sabía nadar. La voz ronca de Pascual un día, imposible olvidarla: el miedo uno se lo guarda, el coraje también, el cuidado se cultiva, se entrena, se practica, se estudia como secreto compartido de una cobardía forjada en una lucidez que prescinde de la gloria, la jerarquía y el honor.

El equilibrio y la postura pasan del peligro gratuito, del arrebato de patota, de si esto es auténtico y esto es técnico, de si esto es pelea y esto otro exhibicionismo. Si te tomaste la falopa del muerto, difícil que pases un sacudón mar adentro.

El viejo Pascual había nacido en una playa. Es lo único que pude averiguar. Los tipos de tierra firme nunca terminan de conocer el mar. Pero menos al nadador de fondo que guardan adentro, en la fosa mariana del alma.

No todas son desgracias en la vida.

Por supuesto, el viejo Pascual se murió de un cáncer fulminante.

Foto: Leonardo Poniz

5 respuestas to “El viejo Pascual”

  1. janfiloso Says:

    está bueno que en el recuerdo valgan igual Gould y Pascual; ¿ cuántos «pascuales» hay en nuestra vida que nos marcaron tanto ?

  2. Nicolás Says:

    Hermoso!! Estos grande tipos que pasan desapercibidos para la mayoría, pero generan admiración en algunos, son conmovedores, y merecen ser narrados. Gracias

  3. nicolás Says:

    Pablo: aunque no desmerece nada este post, durante el peronismo clásico los candidatos peronistas se llevaron 3 veces la victoria, 1948, 1951, 1954. El mito del peronismo perdedor es, en el origen, cierto: la Unión Democrática venció en Mar del Plata en 1946. El único diputado socialista en las cámaras de diputados provinciales fue T. Bronzini, un marplatense en la de Buenos Aires.
    Saludos.

  4. estrella Says:

    A un tipo tan bien educado como silencioso, que hablaba lo justo y lo necesario lo recuerdo hoy con vos. Aunque no lo haya conocido, a través de tu relato pude imaginarlo perfectamente. Lo veo nadando desprolijamente, allá, en el fondo del mar.

  5. Mickey Says:

    No se recuerda más de uno; con suerte extraordinaria, dos pascuales por persona.

    La duda es si, o porque el mundo tiene pocos; o porque para recordarlos de esa manera hay que estar en esa edad indefinida en la que se es niño todavía, pero no tanto, como para entender claramente cosas básicas como la sobriedad, el amor responsable por el trabajo, el buen gusto, la conducta sostenida en una historia de vida (no en el poder o en unos pesos).

    Gracias Pablo E..

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