Encuentros con hombres notables (II)

Glenn Gould

Por Pablo E. Chacón

Glenn Herbert Gould, pianista, canadiense, nació el 25 de septiembre de 1932 en Toronto, y falleció en esa misma ciudad el 4 de octubre de 1982, a causa de un derrame cerebral. Gould aprendió a tocar el piano con su madre. Su abuelo era primo del compositor Edward Grieg. Ejecutó su primer concierto solista en 1945, tocando el órgano, Su primera aparición al frente de la Orquesta Sinfónica de Toronto fue al año siguiente: interpretó el Concierto para Piano nº 4 de Beethoven. Su primera ejecución pública es de 1947. Diez años más tarde, hizo una gira por Europa en la que incluyó varias presentaciones en la Unión Soviética. En 1993, dirigida por Francois Girard y Don McKellar, se estrenó Thirty Two Short Films About Glenn Gould (Treinta y dos películas cortas sobre Glenn Gould).

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo.

Roy Batty (Blade Runner, 1982)

La noche del último concierto que dio Glenn Gould puede haber sido así: en la habitación de su hotel en Chicago, a oscuras, la mirada fija en la ropa, doblada sobre un sillón, escuchando el timbrazo de lo desconocido.

Era domingo, 28 de marzo de 1964. Era como apartarse de los demás, no sólo de las sombras de las salas y de los teatros sino de todos los demás y ya no tuviera que preguntarse qué cosa es el amor (eso que detestaba de Mozart, el rasgo de niño expósito que intenta captar ese amor en los ojos que ilumina su genio).

Gould no quería tocar más frente al público, no quería ser solista. Su pregunta era otra: ¿estaba vivo, verdaderamente vivo? Se veía a sí mismo como un pasajero, un archipiélago infinito de almas y residencias, una presencia sin sexo, una ausencia que sólo terminaba cuando alguien, en algún lugar, decía: voy a escuchar a Gould.

Sería fácil atribuir las razones del retiro a la hipocondría, al tedio, tanto como justificarse racionalizando: que los conciertos, en la época de los medios, resultaban una agotada manera de comunicar. Había algo más: una afinidad que el pianista sabía que existía entre la música y la desaparición.

Estoy perdido. Sé dónde estoy. Perdido.

Está en la cama. Estoy tirado en la cama. Acercate. Pasa algo. No pasa nada. La abrazo unas horas, miramos la pared. Dormimos, dormitamos, dormimos vestidos. En un rato me voy a duchar. Afuera es de noche, es invierno. Sigo viaje. Es una despedida, y no existen las buenas despedidas. Ese mismo día, más tarde, recibo un mail, el mail más hermoso que nadie me haya mandado nunca. Tengo ganas de encerrarme en una cueva. Es como si estuviera leyendo mi propia necrológica.

Espero le vaya bien, que sea feliz, que quiera a otro como me quiso a mí, un poco menos, que lo quiera, pero que lo quiera menos que a mí.

“No puedo recordar ni un momento en que no fuera un extraño”, dice un amigo de Gould, un amigo de la infancia.

Gould es un símil de James Dean, de Bobby Fischer.

En 1952 decide refugiarse en Uptergrove, al norte de Toronto, su ciudad natal; vive durante tres años en una casa de madera, solo, con un perro, un grabador y una especie de energía desesperada orientada a practicar con el piano hasta el punto de saber, de saber para saber si esa puede ser o no su vida.

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Ahora, a los 32 años, se retira, definitivamente.

Por un lado, lo que en la Edad Media llamaban la vita activa, a la que Gould da la espalda; por el otro, la vita contemplativa, en la que permanece recluido con su piano.

“La vida activa es laboriosa, la vida contemplativa es tranquila; la vida activa se desarrolla en público, la vida contemplativa en el desierto; la vida activa está consagrada a la necesidad de una vecindad, la vida contemplativa a la visión de Dios”. Esta es la oposición canónica trazada a principios del siglo XII por Hughes de Saint-Victor. En su estudio, Gould se liga al ideal monástico del status religiosus: su relación con la música es del mismo orden que la que los místicos mantienen con Dios.

El pensamiento se piensa retirado del mundo.

Solo, se queda solo poco a poco, casi sin darse cuenta. Se vuelve un náufrago. En todos los naufragios siempre queda un sobreviviente. Si no, ¿quién cuenta la historia? Pero ¿qué sucede con nosotros después de caer en desgracia, podemos seguir confiando, en nosotros, en nuestros semejantes?

¿Quiénes son nuestros semejantes?

Estoy una semana en Nueva York. Se termina 1982. No sé quién es Gould, no lo escuché nunca. Escuché de Linda Lovelace, veo Garganta Profunda.

How Deep is Your Love creo que es de 1983.

En 1983 estoy otra vez en Brasil.

Estar solo no es experimentar soledad. Esa palabra habría que reservarla para hablar del estado en el que uno está sin los otros –pero en el que uno se acompaña; el aislamiento, en cambio, resulta de esos momentos en que solo o acompañado, extraño mi compañía: esos momentos en los que se echa en falta a alguien, no tanto al otro como a uno mismo: (inversamente, en el amor, se echa en falta al otro incluso cuando está ahí). En la soledad se experimenta que el otro está ahí. En el aislamiento se extraña al otro y a uno mismo.

El aislamiento hiere de muerte al pensamiento.

Gould: “El aislamiento es un compañero indispensable de la felicidad humana”.

El repliegue de 1964 no es la primera etapa sino la última. El retiro es menos una ruptura que esa vieja connivencia entre música y desaparición. Pero acaso la soledad de Gould fuera otra cosa. Había sacado la chapa con su nombre del departamento que tenía en el Park Lane de Toronto. Entre sus preferencias estaba manejar de noche, entrar en los cafés a lo largo de las avenidas vacías, y escuchar las palabras que intercambian los que comen rápido.

La idea de comer espanta a Gould; las muchedumbres, también: se imagina atrapado, tratando con otros.

Gould arranca de la enfermedad las mismas notas que del piano: un medio para alcanzarse en soledad. En enero de 1959, inmovilizado en Hamburgo, en mitad de una gira, a causa de una afección en los riñones que se alarga un mes, está feliz: es el mes ideal, perfecto: “el más solitario”. Sin embargo, Gould no ignora que la soledad tiene un costado extrañado, y que secretamente se está empujando al pecado de acedia que acecha al eremita.

Gould: “El estudio de grabación y la seguridad de las matrices que ofrece están de acuerdo con mi estilo de vida. Supongo que una parte de mi fantasma sería desarrollar hasta sus límites extremos una especie de vida secreta a la manera de Howard Hughes”.

Y también: “La tecnología tiene la capacidad para crear un clima de anonimato”.

Decía que odiaba las ciudades, pero la mayor parte de su tiempo transcurrió entre Nueva York y Toronto. Soñaba con pasar un invierno en la oscuridad, cerca del círculo polar, pero la muerte lo sorprendió en un departamento con calefacción y todas las luces encendidas.

Toronto era su ciudad, sus días y sus noches; evitaba los contactos y cultivaba el secreto; tenía un departamento, pero prefería la intimidad del Four Seasons Hotel o del Inn on the Park. En el In onn the Park montó un estudio.

“Las ventanas estaban cerradas, las cortinas bajas, el escritorio tapado de cartas sin abrir y el baño repleto de frascos de valium”. Eso contó un visitante nocturno.

Gould amaba el norte: un norte que nada debía a la geografía; un norte psíquico, interior, que es también el aire helado que despeja, la exactitud de tonos que el calor confunde. Los perfiles y las aristas del piano de Gould están trazados con pulso de hierro, en la luz impiadosa del alba insomne.

Los especiales de radio que el músico grabó tratan sobre los días y noches del invierno boreal: personas hablando en un tren rumbo al Artico (The Idea of the North), un pueblo casi abandonado, en Terranova (The Latecomers); una comunidad menonita de Manitoba (The Quiet in the Land).

En The Idea of the North, cinco personas hablan en contrapunto sobre la potencia del Canadá profundo, una voz dando paso a otras y a veces sobreimpresas durante mucho tiempo, mientras el traqueteo del tren agrega textura, fuga con bajo continuo; los cinco desean la soledad, ninguno pretende alcanzar el norte magnético; quizá saben que el norte no es lo que se encuentra sino lo que se busca; acaso piensan que el polo de la soledad, simplemente está encendido por una luz un poco más cierta.

Gould nunca estaba solo, ni solitario ni aislado. Estaban también las cabinas y los estudios. Entraba en el estudio insonorizado como en un refugio.

“La experiencia de la grabación es la más uterina de las experiencias musicales. Es una manera de vivir enclaustrado, y yo he apartado de mi vida musical todo lo que no esté enclaustrado”.

Hubiera podido decir de la música lo que Lancelot Andrews decía de Dios: “Hay que estar solo junto a lo solo” (“Alone with the alone”).

Ser en la soledad. Seguir siendo, conservar la sensación de la propia existencia. Ser y no dejar de ser –cuando el otro no está– y conservar el efecto de identidad: ser uno mismo, y no los otros. Hay personas a las que esto parece fácil. Están convencidas de que su existencia real no se interrumpe, e incluso que no comienza sino al margen de los otros. El retiro, según los casos, es la vida privada, el escritorio, la habitación propia. Sin embargo, para muchos, el ser se desmorona, se altera cuando falta el otro –pero ese otro que no puede faltar sin que me hunda en la nada, ¿es realmente otro?

Algunos están afectados de soledad como uno puede estar afectado de mutismo o de impostación. A veces se necesitan dos para armar un ser –aunque sea un loco.

Hay que tener cara para predicar las bondades reparadoras de la soledad a esos que no encuentran en sí otra cosa que angustia y vacío, esos para los cuales el aislamiento sólo tiene un sentido: precisamente, sentirse aislados.

Hay que tener cara para invitar –como se invita al calor del rebaño– a “entrar en sí mismos” a los que vuelven a una casa donde nunca espera nadie. Digan que hay luz en la oscuridad de la música, y que el silencio del libro está repleto de voces amigas a esos que no pueden dormir más que con la luz prendida, la televisión prendida, la radio prendida, el celular encendido.

Están esos para los que la soledad tiene cara, aunque sea una máscara. Están esos para los que no tiene cara. En esas soledades no hay un yo para decir “yo estoy solo”, y tampoco otro a quien decírselo. Entonces ya no es que falta alguien sino que no hay nadie.

Gould quizá haya sido uno de esos seres a quienes desespera que las cosas se terminen; uno de esos seres que percibe el crepúsculo como una amenaza de la que huir encerrándose en un cine; uno de esos seres que escuchan a todos los latecomers del mundo, como los de Terranova, llegados cuando ya no sucedía nada para quedarse sin ningún otro proyecto que permanecer hasta perder el hilo, buscando el septentrión donde el invierno instala la noche lenta y el verano presta a cada temblor del día una prórroga de luz rasante.

Las Voyager I y II se lanzaron al espacio en 1977; se encuentran ahora cruzando los límites del sistema solar, a más de doce mil ochocientos millones de kilómetros de la Tierra: a bordo, entre otros artefactos, viajan grabaciones. Entre las grabaciones, hay una de Glenn Gould interpretando un breve preludio de Bach.

Foto: Leonardo Poniz

22 comentarios to “Encuentros con hombres notables (II)”

  1. silvia Says:

    Leí hace un tiempo que Gould tenía “síndrome de Asperger”, una especie de autismo (creo, o un problema mental relacionado con el autismo) que explicaría tanto las fobias como la capacidad intelectual excepcional. Entre los pianistas circula la suposición de que Gould se recluyó en el estudio de grabación por pánico al escenario, o por la posibilidad de perfección que otorga la tecnología, pero eso es absurdo, creo también que se recluyó por un profundo desinterés en el mundo. O quién sabe, tal vez era sólo dolor.
    Muy buena esta serie de “notables”

    me acordé del video que guardé hace unos meses de las Variaciones Goldberg en la versión 1981
    (están los 47 minutos completos)

    http://video.google.es/videoplay?docid=-6984208089899995423&q=gould+glenn

  2. P. C. Says:

    ¿Soy el único que ve que el texto en este blog se sale fuera de los márgenes? ¿O es un efecto especial?

    De interés para el Área Técnica: Mi browser es Mozilla Firefox 2.0.0.2. Con el Explorer 6.0, sin embargo, lo veo bien.

  3. P. C. Says:

    Hablando de autismo:

    http://www.cnn.com/2007/HEALTH/02/21/autism.amanda/index.html

  4. Pablo E. Chacón Says:

    Silvia, muchas gracias por el comment, y por el video (ni hablar). Del síndrome del que hablás se habló mucho en el caso de Gould, pero jamás pudo probarse. Ese síndrome, en cambio, sí pudo probarse en el caso de Thelonius Monk, a quien seguro conocés.
    P.C.: a mí me pasó lo mismo la otra vez durante un rato largo no sé con cuál de los artículos. Pero la solución que encontré (ignoro todo sobre computadoras), era salir del blog y entrar al ratito, y ahí se acomodaba la imagen. Por lo que sé, el servicio de fibertel hoy anduvo todo el día cortado o a las rachas.
    abrazo

  5. Pablo E. Chacón Says:

    Leonardo, quiero agradecerte tus hermosas fotos, y a vos, Flavia, todo lo que sabés, y más.

  6. janfiloso Says:

    tengo la suerte de haber estado en el teatro colón el día de su último concierto en la argentina; no recuerdo lo que tocó, pero si que los bises sólo fueron piezas de jazz, como ratificando su definitiva decisión de no volver a interpretar música clásica; un virtuoso sin duda.

  7. Pablo E. Chacón Says:

    Janfiloso, ¿qué maldito azar hizo que ese día no nos conociéramos? En España conseguí una revista donde hay una larguísima nota de Gould y el jazz. Confieso estuve tentado de afanar algo y publicarlo con mi nombre, pero por ahí saltaba el seudónimo mío allá (yo escribí esa nota), y además saint vigila,
    te mando un gran abrazo.
    Ese día tocó Sibelius no?
    Yo tenía dos años y medio y mi vieja no hacía más que romperme las bolas, no me dejaba escuchar.

  8. silvia Says:

    Janfiloso, Gould jamás abandonó la música clásica, hubiera muerto de tristeza si lo hacía, lo que abandonó fue la sala de conciertos y creo que esta nota apunta a eso como elección (muy rara, mucho, ya que se supone que el narciso del músico necesita de la comunicación viva del escenario más que de ninguna otra cosa)
    Lo que no sabía es que había tocado alguna vez en Argentina.

    Pablo: no sabía del síndrome ese en TM. Hay muchos videos de Gould en la red, los miro a veces porque más allá de sus caprichos y desbordes geniales hay algo en su modo de hundirse en el piano desde la sillita, como si el piano fuera su salvavidas, que conmueve y que no hay en otros pianistas más correctos, si se quiere más expresivos. La verdad, me hace bien saber que no tenía esa cosa de nombre horrible porque Gould es para mí una especie de santo, lo adoro.
    Algo ya había leído de esta nota en un capítulo de tu libro, pero aquí has dado unos rodeos que la hacen más poética.

  9. Pablo E. Chacón Says:

    Efectivamente, eso hice. Pero es cierto que Gould tocó muchas veces jazz, aunque jamás grabó esas piezas (o yo no tengo conocimiento). También ignoro si hay algún registro de su presentación en el Colón. Estuve mirando (y escuchando) lo que me dejaste. Es extraordinario. Si te interesa, tengo los escritos completos de Gould. Hay varios artículos sobre jazz, y uno, medio insólito, sobre Barbra Streissand (después de sus pequeños triunfos en el cine porno).

  10. janfiloso Says:

    ! qué lástima que no te vi Pablo ¡
    ¿ dos años tenías ? yo no, pero tampoco tenía 25
    fue azar que estuviera, sin duda, porque mi madre se enfermó ese día y entonces acompañé a mi padre;
    para fines de la década del 60 (no recuerdo la fecha) el jazz de Gould sonaba extraordinariamente moderno, pero por cierto, impecable.

  11. Juan roman riquelme Says:

    Muy buena esta serie, amigo, seas quien seas. ahora ¿no s epodrá tambien ampliar hacia contemporáneos que hayas conocido? estaría bueno.

  12. Pablo E. Chacón Says:

    quién dijo que yo conocí a esta gente?

  13. silvia Says:

    Gracias!!! Claro que me interesan. ¿Glenn triunfó también en el cine porno? No me extraña, siempre me pareció tan sexy…

    hablando en serio: creo que no hay registro de Gould tocando jazz. Puedo averiguar si hay grabación del concierto del colón, aunque con el Colón nunca se sabe, por ahí ese día los técnicos estaban de paro.

    dejo más videos, son cortitos
    este me gusta especialmente, está estudiando una partita de Bach, pifia repite, putea…

    y este es una joya: un fragmento del concierto en re menor con Bernstein, mesurado, a tempo normal…sale del solo sobre la nota pedal como un pájaro prematuro del huevo. Y todo con esa cara más hermosa que el sol.

  14. hugo savino Says:

    Estimado Pablo Chacón: Me encantó tu nota sobre Gould. El artículo sobre Barbra Streissand fue traducido en la revista La Ballena Blanca. Yo,por mi parte, conozco una biografía muy buena escrita por Michel Schneider. Tu nota va justo a la rajadura de la tela como diría el novelista Néstor Sánchez, otro de la estirpe Gould-Monk. Y ahora una pregunta: ¿Gould estuvo en la Argentina? Saludos, Hugo Savino

  15. Pablo E. Chacón Says:

    Estimado Hugo. La nota de Gould sobre Barbra Streissand la leí, efectivamente, en esa revista de la cual si no me equivoco, también formaban parte Roberto Raschella y Luis Thonis. La revista la perdí, la nota la recuperé cuando conseguí los escritos completos de Gould. Michel Schneider es un extraordinario ensayista (además de psicoanalista): parte de la información que está en esa nota salió del libro “Músicas nocturnas” (editorial Paidós), casi por entero dedicado a los pianistas (hay un sorprendente capítulo sobre Monk). Esa biografía nunca pude conseguirla; tengo otra (en inglés). El resto son licencias poéticas y sobre la visita de Gould a Buenos Aires (entonces tenía dos años), el que puede darle información precisa es janfiloso, que dice haberme visto berreando y no da más detalles.
    Aprovecho, Hugo, para hacerle saber de mi interés por sus escritos y su poesía, sus traducciones (recuerdo varias de Sollers). Si está con tiempo y ganas, le propongo nos encontremos un día de estos. Mi correo electrónico figura en algún comment de este blog, pero mi teléfono, no sé si usted lo conoce, lo tienen tanto los responsables de Lalectora…como José Luis Mangieri. Gracias y espero sus noticias.

  16. Pablo E. Chacón Says:

    errata, no es que conozca a mi teléfono sino a josé luis mangieri
    pablo

  17. hugo savino Says:

    Estimado Pablo: Me parece muy buena la idea de encontarnos. Me pongo a buscar tu correo o el TE y nos ponemos en contacto. En cuanto a la biografía de Michel Schneider contá con una fotocopia. Y también con un número de La Ballena. Un abrazo, Hugo Savino

  18. Pablo E. Chacón Says:

    Bueno, muchísimas gracias por todo. Hay otra opción y es llamarlo a Américo Cristófalo y pedirle su número. Aprovecho de paso porque tengo que verlo hace rato y nos desencontramos hace ya un tiempo. Pablo.

  19. Lilia Muñoz Says:

    Aparte de los testimonios y documentos ofrecidos aquí sobre Gould, que son una maravilla, el texto de Chacón sobre soledades y aislamientos corta el aliento.
    Este encuentro con Gould es una joya. Gracias

  20. silvia Says:

    Dónde se puede conseguir esa revista?

  21. Pablo E. Chacón Says:

    Esa revista te la doy yo, o mejor: la fotocopia, en cuanto me encuentre con Savino. El artículo también está en los escritos completos de Gould y en la standar edition que sde huzo para los veinticinco años de su muerte. Silcia, si no me equivoco, tenés mi correo: escribime.

  22. Miguel Angel Ludueña Says:

    La verdad, pedir el número telefónico de Américo, es de mal gusto. Un intelectual muy de medio pelo. No se lo puede tomar en serio.-

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