Tentativa de visita

Mi amigo Rafael Pividal

por Tomás Abraham

No es la primera vez que escribo sobre mi querido amigo Rafael, y seguramente no será la última. Ha sido demasiado importante en mi vida. Lo he querido con emoción. El libro que publico a fin de mes le estará dedicado. Murió en septiembre pasado en París. Sabía que estaba grave. Tuve la suerte de verlo una semana antes de morir. Me preguntó cómo lo veía. Estás hecho pelota, le dije. Parecés un cuadro de Bacon, agregué riendo. Me miró serio, esa mirada profunda, intransigente, nada de tristeza. Salimos a comer. Fue duro. Tenía cáncer en la boca y no podía tragar. Pedimos un puré aguachento. Sorbía apenas. Se irritó, jamás lo escuché quejarse. Recién me confesó que estaba enfermo cuando ya no pudo ocultar sus internaciones y una próxima muerte. Yo hace tiempo que lo sabía. “ Tengo hambre” dijo fuerte en argentino. ¿Tenés hambre?, repetí… pero claro, QUIERO COMER.

 

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Se fue del país a los dieciocho años, en 1952. Se llama Rafael Pividal, doctor en filosofía, profesor jubilado de sociología del arte en la Sorbonne, autor de veinte novelas y cuentos, algunos ensayos, varias veces premiado, una vez el Goncourt, estoy orgulloso de él.

Hace años que escribe y nadie lo publica. Su editorial dice que no es comercial, y que hoy se necesita participación mediática. Rafael no estaba presentable para el desfile promocional, pero no por su cara hecha estragos, sino por su manera de ser. Miraba con furia, era despectivo, a pesar de ser bueno y noble, a veces se ponía pesado. Más cuando tenía varias botellas de vino barato en la sangre. Pero hacía tiempo que había dejado de tomar, y ya no fumaba sus paquetes de Pall Mall.

 

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Escribía a la mañana. Al mediodía almorzaba formalmente, a la manera francesa. Luego, la tarde transcurría con algún libro. Casi siempre novelas policiales. Cena liviana, y valium. Son recuerdos de nuestra juventud compartida. Lo tuve de profe. Sudaba al dar la clase. Se pasaba las pezuñas de obrero de la construcción por una ceja peluda y cortada. Antes del curso se colocaba en un mostrador de un bistrot buscando coraje.

En el hospital, antes de entrar en coma, pidió un ejemplar de las aventuras de Tin Tin, ese con paisajes montañosos, su mujer me dijo que creía que los dibujos le hacían pensar en la Argentina.

 

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La familia Pividal es de raigambre y alcurnia. Un Rafael Pividal fundó la ciudad de Zárate. Su padre, otro Rafael, es uno de los padrinos del partido demócrata cristiano argentino. Introdujo el pensamiento de Jacques Maritain en nuestro país. La última vez que hablamos, un domingo, un día antes de internarse y cuatro antes de morir, le dije por teléfono que había un académico que estaba escribiendo una tesis sobre su padre. Jamás me había hablado de él. Nunca me habló de su familia, era una tumba, no hablaba de sí. No hacía más que putear al mundo, aunque los últimos años se suavizó. Le conté que no sabía que su padre tenía inquietudes políticas y filosóficas. “ Bufff, no tiene importancia, era un reaccionario”.

El padre murió cuando tenía unos doce años. Era la rama argentina, paqueta, emparentada con los Güiraldes. Los primos de Rafael cuidan el Museo en San Antonio de Areco. La madre, francesa, era una prestigiosa actriz de teatro y bailarina de ballet. Por un tiempo pensé que era una cocotte, nada de eso. Rafael tuvo cinco hermanos. Jamás supe nada de su vida familiar, sólo más tarde cuando se casó y tuvo sus dos hijos lo vi acompañado. Parecía un huérfano, un hijo abandonado, era falso, su familia le era importante a la vez que clandestina, y eso que habíamos vivido juntos en Francheville, Verneuil-sur-Avre, Normandía, casi un año.

 

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No quería volver a la Argentina. La ocultó lo que pudo. Fui en parte responsable de la resurrección patria. Muchas cosas le producían angustia. Se reía raro, una carcajada sorda, tosía la risa, simpática. Hacía chistes boludos. Le gustaba dibujar, era bueno para las matemáticas y jugaba al ajedrez. Era un poco bestia, un habitante de gruta. Por la enfermedad se achicó y encorvó, antes tenía el cuerpo de un jugador de rugby y manos de neanderthal. Pero es cierto que al final, ya flaquísimo, recuperó altura, lo vi alto, con su metro ochenta y pico de siempre. Un día, en 1998, me escribe que se viene para acá, casi cincuenta años después de su salida de Hurlingham. Era del suburbio residencial del oeste, ayer vi fotos de su casa mejorada, grande, hermosa, con mucho parque, hoy en venta. Vino con Sebastián, su hijo. Nos hicimos muy amigos, mucho más que antes. La distancia y la ausencia pueden cuidar la amistad. Era de una gran ternura, me dijo varias veces que me quería mucho, lo extraño. Sus palabras tenían peso, gravedad. Mi presencia necesitaba el testimonio de la suya. Hoy no la tengo más. Está su familia, mi recuerdo, sus libros. Hice traducir uno por la editorial Norma: El sabor de la catástrofe. Le escribí un prólogo que no le gustó. Recibió un par de buenas críticas pero no era un argentino que había triunfado en París. Jamás se le hubiera ocurrido esa imagen. No lo invitó Quiroga, ni Mucci ni Legrand. Hubiera ido con gusto. Toda la bronca que tenía por París se convertía en cariño argentino. Le encantó Buenos Aires, fuimos a la feria de Mataderos y nos comimos una buena tajada de carne.

 

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Tan mal me hablaba de los franceses que evitaba aceptar su ferviente deseo de ser francés. Es una hipótesis irrespetuosa que me permito y que ya no puedo discutir con él. Conquistó definitivamente su lengua, que ya la tenía adquirida por madre y colegio en el barrio de Belgrano. No le gustaba que se fijaran en ese pequeño acentito que pocos notaban. Además el padre había dado clases en la Sorbonne, otro de los secretos de Rafa. En sus libros se aprecia un estilo refinado y nada afectado. Excelente cuentista, buen ensayista, me dan un poco de trabajo sus novelas. Es sobrio y ligero. Cuando se contrariaba decía “la puta que lo parió” con acento galo.

 

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Su esposa Annick está en Buenos Aires, vive en mi casa, vino a conocer el país de Rafael. Su presencia me hace pensar mucho en él, en lo importante que fue en mi vida, mi primer profesor, mi hermano mayor. Uno de sus libros se llama Tentatives de visite à une base étrangère, por eso el título de esta nota, no es que me haya visitado, está en el cielo bajo tierra, y presente en mi alma, lo siento así, me hizo una tentativa de visita.

Las fotos que sacó mi mujer son de un paseo en el 2001 que hicimos cerca de su casa, no lejos de la ciudad de Rouen, Rafael (nunca firmó Raphaël ) me llevó a conocer el pueblo llamado Ry, el de Flaubert y Madame Bovary. También se verá al fondo la vieja residencia campestre en la que vivió los últimos treinta años.

Fotos: Cora Burgin

10 comentarios to “Tentativa de visita”

  1. david Says:

    Yo leí ese libro: El sabor de la catástrofe. Un libro raro, bello de verdad.

  2. Juan Gonzalez Says:

    ¿Y qué te puedo decir?
    Algo, seguro, se hace necesario; caso contrario me quedará esta angustia en los ojos y acá en la oficina eso no cae bien.
    Sea: que la nota me gustó mucho, que estoy muy emocionado -aunque eso esté menos aceptado que escuchar a A Varela- y que, si me permitís, te mando un muy fuerte abrazo.
    Pasa que la nota dispara preciso.
    La gente queda y por suerte tenemos las letras.

    No he encontrado títulos en español; me interesaría mucho leer sus cuentos.

    Me repito. Una vez más, gracias.

  3. janfiloso Says:

    el amor no tiene explicación posible o se entiende desde los fenómenos como la experiencia que relata Tomás;
    Theilard de Chardin decía algo así como que “el amor es una de las mas grandes energías del universo”
    ¿ qué quiere decir eso ?
    lo que cuenta tomás

  4. Hipolita Says:

    Es, es muy buen mozo Rafael.

    Hipólita

  5. Pablo E. Chacón Says:

    Ni sabía que era tu amigo cuando escribí una muy elogiosa reseña de ese libro en la agencia Télam, donde entonces trabajaba. Después me contaste. Si tenés originales, libros en castellano, aunque no sea la hora, quisiera fotocopiar alguno. No hablo ni leo francés.

  6. Oliverio Says:

    También lo leí, hace varios años, y me pareció afinado y fabuloso, un equilibrista. Me viene a la mente ahora un relato asombroso, situado en un lugar vago de África que es puro suburbio, un lugar que oscurece…

  7. Jorge Says:

    Gracias por compartir tan íntimo y emocionante recuerdo.

  8. alita Says:

    idem Jorge

  9. Medusa Says:

    Lei El sabor de la catàstrofe hace alrededor de tres años; lo comprè en la Librerìa de las Luces. Es como dijo el colega David, en esta pagina un libro bello y extraño; una perlita.
    Medusa

  10. Laura Says:

    Ante todo, gracias. Llegué aquí como llego siempre que quiero (re)encontrar algo que escapa al mercado: las sugerencias de búsqueda me traen inexorablemente a LLP.
    Leí por primera vez a Rafael Pividal en 1980 y la primera impresión de su genialidad se sigue confirmando.
    Es un derecho de los lectores tener acceso a su obra. Hay que encontrar algún mecanismo para que circule.

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