La arrogancia del trovador

Sobre El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton

por Quintín

Un día mencioné el nombre de Chesterton delante de un amigo alemán. Inmediatamente, como extrayendo un prontuario de su memoria, sentenció: “Muy católico. Muy reaccionario. Muy entretenido.” Estaba claro que el teutón lo tenía por un escritor menor y que no lo había leído. Allí pude comprobar que la influencia de Borges no había llegado al Rhin. Pero tal vez haya llegado finalmente a España ya que en los últimos años allí se edita y reedita a Chesterton. Si hace un tiempo era difícil encontrar sus obras, hoy proliferan en las librerías. Como se me dio por acumularlas, en cuestión de meses pude comprar nada menos que treinta y cinco. Mi última adquisición fue antes de ayer, un librito que se llama La superstición del divorcio y el título parece darle la razón al amigo Olaf en sus dos primeras calificaciones.

Pero no solo acumulé, sino también leí en este tiempo algunos libros de Chesterton. Acabo de releer El hombre que fue Jueves. El título es uno de los más originales de la historia de la literatura. Intrigado por él, lo descubrí cuando era adolescente. No me acordaba nada. En ese entonces lo único que quería yo de una novela era la intriga del relato policial o la excitación de la aventura. Pero aunque hay intriga y aventura, hay aquí algo más, cuya naturaleza se me escapó de joven y probablemente también ahora de viejo.

El brillo de Chesterton como escritor deslumbra desde la primera página de El hombre que fue jueves. Allí se presenta a Gabriel Syme, el héroe que tiene “la arrogancia del trovador”, el poeta conservador que encuentra belleza en el horario de trenes y en que estos lleguen a tiempo y a su adversario, Lucian Gregory, el poeta anárquico, que diserta sobre “la anarquía del arte y el arte de la anarquía.” Así, la batalla metafísica queda planteada desde el comienzo, una batalla que no tendrá solución pero sí un desarrollo onírico. El título original del libro es El hombre que fue Jueves: una pesadilla.

Pero no nos adelantemos. En esas primeras páginas, mientras Syme se pasea por Saffron Park, el barrio de los artistas y los bohemios, Chesterton traza un irónico panorama del mundo cultural de su época.

Y si sus moradores no eran “artistas”, no por eso dejaba de ser artístico el conjunto. Aquel joven —los cabellos largos y castaños, la cara insolente—, si no era poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel venerable charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero blanco y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel científico sujeto —calva de cascarón de huevo, y el pescuezo muy flaco y largo—, claro es que no tenía derecho a los muchos humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico; pero ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?

El párrafo es rotundo, despiadado, pero de algún modo amable, hasta cariñoso, como todo Chesterton. Y es muy anterior a los descubrimientos de Warhol, a la idea de que los artistas e intelectuales son ellos mismos su mejor obra. El párrafo ilustra, además, dos características de la prosa de Chesterton. Su endiablado ingenio para razonar mediante paradojas y su capacidad para jugar con el lenguaje, para hacer retruécanos e inversiones de sentido, antes de Godard, aunque después de Lewis Carroll. Delicias como esta, a propósito de la familia de Syme:

Cuando se obstinaba su madre en predicar la abstinencia puritana, tanto se empeñaba su padre en entregarse a las licencias paganas; y cuando aquélla dio en el vegetarianismo, éste estaba ya a punto de defender el canibalismo.

O esta, sobre dos temores de distinta índole:

El temor que el profesor le infundiera había sido como la opresión de una pesadilla; el miedo que le inspiraba el doctor, como el vacío científico. En el primer caso, era el miedo tradicional ante la perenne posibilidad del milagro; en el segundo, el miedo mucho más moderno ante la absoluta imposibilidad del milagro.

Pero si el ingenio y la pirotecnia verbal son evidentes en Chesterton, lo son algo menos la desconcertante profundidad de sus ideas y su particular tratamiento visual de las escenas. Aunque, de nuevo, no nos adelantemos. En El hombre que fue Jueves, Syme es un agente secreto de “un cuerpo especial de policías que son al mismo tiempo filósofos”.

El detective vulgar, hojeando un Libro Mayor o un Diario, adivina un crimen pasado. Nosotros, hojeando un libro de sonetos, adivinamos un crimen futuro.

La misión de estos policías filosóficos es desbaratar un complot anarquista que también está inspirado por filósofos modernos, los que “odian la vida, ya en sí mismos o en sus semejantes” y quieren abolir “esas distinciones arbitrarias entre el vicio y la virtud, el honor y el deshonor en que se fundan los simples rebeldes.“ (Se nos dirá que Chesterton era presarteano pero la recíproca se terminará reconociendo como más cierta: Sartre era prechestertoniano). Sus atentados no deben confundirse, por otra parte, “con esas casuales explosiones de dinamita que acaecen en Rusia o en Irlanda, y que son siempre actos de gente oprimida pero equivocada.”

El poeta anarquista introduce a Syme en el núcleo de esa misteriosa y terrible organización, cuya dirección ejerce un comité en el que los integrantes responden a los días de la semana. Es así como Syme termina siendo Jueves y el libro ingresa en una enloquecida cabalgata de peripecias. Poco a poco, los miembros del siniestro comité se van revelando como policías también, con excepción del enigmático Domingo, el jefe supremo de los malvados. Entre esa vertiginosa serie de acontecimientos figura un duelo a espadas entre Syme y el marqués de San Eustaquio que transcurre en Calais. Es uno de los momentos más memorables del libro, en el que se concentran todas las habilidades del autor. El desafío tiene lugar en un terreno desde el que se divisa la estación de tren. Estirando la pelea, Syme debe impedir que el Marqués tome el tren que se aproxima y que lo conducirá a París para asesinar al zar de Rusia y al presidente de Francia.

A la derecha se veía una mancha de bosque, y lejos, a la izquierda, brillaba la curva del ferrocarril, que Syme , por decirlo así, tenía que defender del marqués, para quien aquella línea era la meta y el punto de escape. Al frente, detrás de los adversarios, Syme podía ver, semejante a una nube, un pequeño almendro florecido, sobre la vaga cinta del mar.

Toda la tierra cobraba, a sus ojos, un extraño valor. La hierba, bajo sus plantas, parecía vivir. Hasta se figuró que oía crecer la hierba. Hasta se figuró que en aquel momento estaban brotando nuevas flores: flores rojas, flores amarillas y azules; toda la gama de la primavera. Y cuando sus ojos se encontraron con los ojos fríos del marqués, veía detrás de este el almendro florido, contrastado sobre el azul del cielo. Se decía que si por casualidad salía con vida de aquel trance, no desearía ya más en la vida que poder sentarse a contemplar aquel almendro.

Pero después hay una serie de sorpresas. Syme cree herir al marqués, pero este no sangra. Es que está revestido de un disfraz, porque también es un infiltrado entre los anarcos. Y, además, no pretende abordar el tren sino huir antes que llegue, porque presume que en él viene el temible Domingo a darle caza. Eso no ocurre pero, en cambio, cuando los pasajeros dejan el tren, una columna de hombres uniformados con traje gris empieza a descender la colina hacia donde se encuentran los defensores de la ley. Se genera entonces una persecución alucinada, donde cada personaje que aparece va cambiando de bando y ayuda alternadamente a los héroes o a sus perseguidores. Se generan entonces discusiones sobre cuál es la filiación política de un campesino o de un médico: ¿se inclinan, naturalmente, a apoyar a las fuerzas del orden o desean en el fondo que la sociedad se destruya?

La sorprendente modernidad de Chesterton queda a la vista a partir de esa sucesión de disfraces, de máscaras, de traiciones, de cambios de identidad. En el fondo, los personajes están vacíos, nada le deben a la psicología, más allá de sus sensaciones elementales entre las que domina el miedo. Sólo Hitchcock logrará, años más tarde, la hazaña de hacer identificar a la audiencia con protagonistas desprovistos de una personalidad y reducidos a pulsiones primarias.

Su cara me ha hecho sospechar que no hay caras.

Pero incluso, la lectura política del mundo que hace el autor, que consiste en agrupar en el bando de los malvados a los nacionalistas y a los ricos, además de los revolucionarios y, frente a ellos, el bien encarnado en una mayoría católica (“—¡Hombre —dijo Syme sonriendo—. En estos tiempos somos todos católicos.”), tambalea frente a los vaivenes del mundo:

Aquella trágica confianza en sí mismo, de que se sintió poseído cuando se figuró que el marqués era el mismo diablo, había desaparecido del todo, ahora que el marqués se había convertido en aliado. En tal desazón, casi se preguntaba qué es un amigo y qué es un enemigo. Las cosas, aparte de su apariencia, ¿tendrían alguna realidad? (…) Gabriel Syme encontraba lo que muchos pintores modernos han encontrado: lo que hoy llaman “impresionismo”, que sólo es el nuevo nombre de un antiguo escepticismo, incapaz de encontrarle fondo al universo.

La persecución se revierte finalmente y los seis días restantes corren detrás de Domingo (que no es Juan Domingo). Unos van a caballo y en automóvil, el otro, que es un individuo enormemente gordo pero tremendamente ágil, monta un elefante del zoológico o emprende un viaje en globo. Otra vez Chesterton se anticipa al arte posterior, ahora al dibujo animado, a la historieta. Nada queda ya de la novela realista o psicológica. La carrera, ya festiva en el último tramo finalizará en una fiesta (Chesterton siempre se las arregla para evocar los placeres de la comida, la bebida y la danza) donde Domingo revelará algo que anticipábamos (que es quien ha convocado a los policías a su tarea), pero mantendrá en la penumbra el sentido último de su existencia y de su ser, aunque afirme ser “Shabat, la paz de Dios”. En todo caso, el encuentro final volverá a poner de manifiesto las dos caras del personaje, su carácter dual de ángel y demonio. Y al hacer reaparecer a Gregory, la confrontación entre conservadores y anarquistas quedará reducida a la legitimación de sus respectivas luchas: ambas se sustentan en la certidumbre de haber sufrido, de no ser intocables como los privilegiados y los poderosos.

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Para un ateo, y es mi caso, Chesterton es un misterio y su catolicismo no es algo con lo que uno esté acostumbrado a enfrentarse. Siempre hay una parte de sus razonamientos que se escapan, una educación o una experiencia que parecen requisito ineludible para compartir una visión del mundo repleta de acertijos y laberintos. Chesterton amaga con la alegoría edificante, pero esta no aparece nunca, sustituida por cierta certidumbre inefable que se expresa en parábolas tan sugerentes como ambiguas:

¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto del mundo está en que sólo vemos las espaldas del mundo.

El mal es tan malo que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno que, junto a él, hasta el mal resulta explicable.

En cambio, hay algo en su obra que suena mucho más cercano y que de algún modo conecta el arte con la moral, la física con la metafísica. Escribe Chesterton, cerca del final de El hombre que fue Jueves:

Ahora he formulado bien mi sentimiento. Una energía limitada se traduce en violencia. La energía suprema se demuestra en la levedad. (…) la primera vez que vi a Domingo, no me causó esa sensación de aérea vitalidad que usted dice, sino de ese algo grosero y triste que hay en la naturaleza íntima de las cosas.

No es ilícito sospechar que la absurda vitalidad de Chesterton, su extensa obra muestran que el infinito esfuerzo de la literatura consiste en conjurar esa grosería, en rozar esa levedad.

Nota: Tuve la suerte de leer El hombre que fue Jueves en una notable edición de Mondadori que conseguí en una mesa de saldos por 12 pesos. La traducción es de Alfonso Reyes (posiblemente retocada). Pero el libro es parte de una colección llamada “Letra grande. XL. Gran Reserva. 1900-1910.” La singularidad detrás de estas siglas aparatosas es que “se presenta en letra grande para que el lector no sufra la molestia de la vista cansada». La colección se propone “rescatar diez de las grandes novelas publicadas a lo largo de estos últimos cien años, de manera que cada obra refleje los usos y costumbres de una década y todas juntas ofrezcan un mosaico de lo que fue el siglo XX.” Al parecer, este sería el primer volumen (es de 2001), pero nunca vi ninguno de los otros. Por otra parte, la letra es efectivamente enorme, pero la presbicia no me permitió leerla sin anteojos.

Foto: Flavia de la Fuente

4 respuestas to “La arrogancia del trovador”

  1. fafa Says:

    Debe haber una coleccion XL para clásicos del siglo XIX tambien, porque hay unaedicion (algo grotesca) de madame bovary en Letra Grande.

    El homre que fue jueves es un libro extraordinario

  2. utyman Says:

    Quintín: leete la autobiografía póstuma de Chesterton. La parte de la juventud suicida no aclara nada, pero parece conectada con todo, como Buenos Aires y los trenes que había en la Argentina. Ahí le agarra el berretín del catolicismo (?). No está en internet, y creo que no la editaron últimamente en español, y me da paja corroborar los datos que preceden a esta última claúsula («me da paja…»). Pero está en la biblioteca del congreso, donde podrías haber conseguido «El Caníbal» cuando fiscalizabas a los muchachos de la jg. El día en que vuelva a ser católico, me voy a pedir la ciudadanía británica. Esto en otro orden de cosas.

  3. Lilia Says:

    ¿Está entre esos treinta y cinco «El fin del armisticio»? Es una recopilación de artículos periodísticos escritos durante sus tres últimos años de vida (1933-36). Impresionantes sus advertencias y evaluaciones sobre lo que estaba por ocurrir.
    Allí el «bando de los malvados» está concentrado en Prusia, donde anida una «tribu bárbara» que a su juicio hacía ya tiempo que estaba envenenando a Alemania.

  4. Constant Says:

    seis años despues ya debe haber sido anoticiado, pero como siempre llego tarde , por las dudas, le aviso. Autobiografia, ed Acantilado, sino tiene ganas de llegarse hasta capital, puede pedirla en Cuspide.com o alguna otra libreria virtual. Su lectura, como todo Chesterton, es sumamente disfrutable.

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