Pequeñas calamidades

Vida sanclementina

Por Flavia de la Fuente

Hoy toca Calamaro en San Clemente, al aire libre, gratis. Es el acontecimiento del día. Ni bien volví de la playa mi vecina de la casa de pesca Moby Dick me recibió con la noticia, caminé dos pasos y Cacho, el portero de al lado, me repitió lo mismo. Es agradable vivir en el pueblo y conocer a todos los vecinos de la cuadra, que son 3. Todavía me falta encontrarme con José, el vidriero, para que me lo comente. Aunque no creo que lo haga porque es un hombre de pocas palabras.

Hoy arde San Clemente. Arde como todos los rincones del país. No se podía respirar ni a las 8 de la mañana cuando salimos a hacer la caminata diaria al borde del mar, que hoy fue dentro del mar, porque no había playa. No es un chiste eso del avance del mar, la verdad es que asusta. La playa nuestra es enorme, pero basta caminar un kilómetro hacia el sur para ver cómo el mar llega a los médanos. Ayer, cuando fuimos a la noche a ver salir la luna, le dije a Q que tal vez nuestra casa quedara inundada por el mar en poco tiempo (vivimos a 30 metros de la playa). Da miedo. Y si le sumamos este calor apocalíptico, es inevitable no estremecerse por el futuro inmediato del planeta.

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¡Y yo que quería hablar del maltrato que hace el municipio de los árboles en San Clemente! Hoy me parece un tema tan menor en comparación con el poder de las aguas. Pero como sanclementina por adopción, debo cumplir con mi deber y quejarme, más cuando hoy hace más de 40 grados al sol. Resulta que en este dulce pueblito tienen la costumbre de podar los árboles de la calle. Pero no los podan como en Buenos Aires, donde, ni bien llega la primavera, salen los primeros brotes y pronto tenemos frondosas copas donde refugiarnos del sol. Acá no es así. No sé exactamente qué es lo que hacen pero el resultado es una colección de árboles tullidos. En otoño vienen los depredadores y apenas les dejan el tronco. Y, a veces, cuando en la primavera empiezan los primeros brotes, los vuelven a podar. ¿Y cuál es el resultado obvio? En verano no hay sombra en las calles, porque los árboles tienen una copita que da lástima. Me cuenta Cristina, una amiga que nació en San Clemente, que la calle 1, la principal, solía tener una alameda espectacular, por la que uno podía pasearse en las calurosas tardes estivales. Parece que los comerciantes se quejaron porque los bellos álamos tapaban sus horribles marquesinas y así fue como nos quedamos sin álamos. No queda ni uno solo en esa calle. En su reemplazo, plantaron en macetas unas patéticas drácenas, que son muy bonitas en el campo pero para dar sombra no sirven.

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Mi querido San Clemente es el pueblo más quedado de la costa (lo que tiene muchas ventajas, por otra parte). Cuando viajamos a Pinamar y veo que el césped crece suave y verde hasta en los médanos me da una tristeza enorme. Lo más patético es que el truco no es muy difícil. Al pasto hay que echarle agua. Pero en San Clemente plantan césped pero no ponen personal que lo riegue día y noche (y empleados municipales les juro que no faltan). Este año nos pusimos contentos porque instalaron un sistema de riego en la plaza de enfrente de casa. Pero ¿qué hicieron? Colocaron unos pocos picos que tiran agua en unas algunas zonas arbitrarias, con lo cual un décimo de la plaza luce verde y el resto es el Sahara. Y el césped que plantaron en la primavera ya se murió. Pero no importa, porque los turistas vienen igual en busca de un refrescón en el mar. Pero después se quejan de que vienen solo los que no tienen un mango. ¿Y quién quieren que venga a un pueblo donde ni siquiera hay árboles?

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Pero por suerte, no se obsesionaron con la tala de pinos, ni de los aromos de los médanos ni con los tamarindos de las plazas donde los turistas suelen juntarse a tomar mate. Y tenemos espacios verdes espectaculares como el Vivero Municipal Cosme Argerich o Bahía Aventura, donde están las termas marinas, que queda en Punta Rasa, un lugar encantado. Desde allí se puede ver cómo el mar se junta con el río, la arboleda es increíble y la variedad de pájaros inagotable. Además hay cangrejales, rías, se pone el sol en el río, qué más se puede pedir. Pensándolo bien, no estamos tan mal en San Clemente. Solo falta que rieguen un poco las plazas y que no me corten más los árboles de las calles.

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Fotos: Flavia de la Fuente

3 respuestas to “Pequeñas calamidades”

  1. Samurai Jack Says:

    Lo de los arboles en San Clemente es histórico es raro porque por un lado si salís del pueblo encontras lugares naturales que sin la interveción humana se desarrollan de manera perfecta pero en cunato aparecen los intereses comerciales o turísticos agreden lo bueno que hay.

  2. julián Says:

    Hola Flavia: quiero decirte que este texto me encantó, me alegró el día (que no venía muy bien); me dió ganas de conocer tu ciudad; hasta me sacó algo del prejuicio que tenía (no digo que todo pero una parte sí). Te sigo desde los primeros Amante, desde el prg de radio, de las notas que encuentro desperdigadas por la red (y/o x alguna revista). Por eso me animo a decirte: ´¿cuándo vas a escribir una novela? Yo voy a ser tu primer lector interesado. Un beso. Julián

  3. filo Says:

    Creo que la peor de las calamidades es el poco aprecio que tenemos como visitantes de respetar los lugares, no talar, no romper, disfrutar, mirar, sorprenderse, dejarse llevar, es tan argentino queremos dejar nuestra impronta en todo, poner nuestro nombre ahi, que quede claro que yo estuve ahi. Siglos de cultura, de aprendizaje, de poder disfrutar nuestro mara vi llo so pais sin intervenciones tan lacerantes. Ydecis San Clemente y Puerto Madero?, todo lo queremos ver como Miami. Porque en San Clemente sacan alamos por la alergia, en santa fe, platanos y si seguimos asi hasta el peluche no paramos!!!!

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