Taxi!

Sobre una costumbre incivilizada

por Tomás Abraham

Intentaré hacerme entender. Convoco a todos aquellos señores que se suben a un coche de alquiler en la vía pública acompañados por una dama. No quiero decir con esto que mis referentes deban ser veteranos de la vida desembolsados de un almanaque de Luis J. Medrano. Jubilados sin plaza, siervos del Viagra, campeones de tejo, especialistas del dominó. Veo que he introducido un problema adicional. Quise aclarar y oscurecí. Vaya uno a saber si todos saben quién es Medrano, aquel extraordinario caricaturista.

No vendría mal una mano maestra de dibujante para mostrar en un par de cuadritos este delicado intríngulis que propongo a nuestra reflexión. Un dilema. Desde ya les digo —con honestidad profesional— que el nudo no se desata, sin embargo, es necesario encararlo.

Estoy con mi… esposa, novia, filito, acompañante femenino. Llamo un taxi. Se detiene. Soy un caballero, aún creo en las letra de los boleros. Le abro la puerta y tácitamente la invito a pasar primero. Se agacha, se hacen un embudo, ofrece el cuerpo primero, los pies aún no han entrado, está semirrecostada arrastrando tras de sí su cartera, se corre como soldado en una trinchera de la primera guerra, llega al respaldo del chofer, intenta recomponerse, se sienta, recoge todos sus miembros y clava sus rodillas contra el mentón apretada por el asiento del conductor corrido hacia atrás para su mayor comodidad, la del chofer, porque la dama no respira. Agitada y apretada.

Una vez cumplida la primera fase de la galantería, el caballero sencillamente se dispone a dar su pasito, girar la cadera de izquierda a derecha, reclinarse para deslizar su pedestal que suavemente se ubica debajo del techo, replegar sus piernas y ya sentado dice: buenas tardes, Maure y Conesa.

El gesto de varón protector podrá recibir el aplauso de la galería, la muchachada está conforme, pero si nos tomáramos no sólo un taxi sino un momento para pensar, veremos que la dama no está cómoda, el ceremomial carece de una disposición para mayor bienestar del sexo débil.

Débil…pamplinas, la caballerosidad no es de ayer, sino para mañana, aún con las mujeres de hoy, presidentas, pieichdis, corporative executive chiefs, campeonas de box, ministras de economía, el caballero no renuncia a sus blasones. No la deja atrás encajándole la puerta en la facha, no la corre de costado para adueñarse de un molinete, no le da un codazo en una fila, no ingresa primero a lo padrino en un comedero.

citroen1.jpg

Pensemos. Se trata de tomar un taxi con la dama y ser caballero. Si le cedemos el paso, sufre, se molesta. Veamos. Entramos nosotros primero. La incomodidad que implica deslizarse al fondo del cuatriciclo motorizado es nuestra. Ella espera su turno plácidamente en la vereda e ingresa cuando todo esté ya dispuesto a su favor. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Qué pensará el mismo taxista? Imagino a un testigo de mi mismo sexo mirando la escena… supondrá que soy un minusválido, u otro porteño aguarangado.

Tengo la solución, la he carburado con meticulosidad, sabía que el problema tenía arreglo. Escuchen con atención. El caballero abre la puerta e invita a la dama a tomar asiento. Una vez acomodada, la cierra. Pega la vueltita – siempre por detrás del rodado – abre la puerta del lado izquierdo y se sienta soportando con hidalguía el apriete del asiento delantero.

Si lo hace en una hora pico en la avenida Corrientes, se lo lleva puesto el Sesenta, el Treinta y Nueve, o una Harley a retropropulsión. O el pingo asustado de un cartonero o un taxi asesino. Con lo que la caballerosidad da lugar a un estado transitorio de viudez. Siempre cabe la tauromaquia, afición de los surrealistas, por la que el torero ve pasar a los paquidermos mecánicos, amaga y retrocede, y aprovechando un semáforo en rojo, embiste y se escabulle en el auto como conejo asustado.

La verdad, su exposición pública no ha sido precisamente la del Príncipe Valiente. Volvamos al comienzo. Esperamos un taxi con una dama. Tenemos un problema. Seguramente el lector ya avisado y siempre tan sagaz, agrega que si me hago problemas con los remises, se me multiplicarán cuando vaya al cine o si me subo con una doncella a un colectivo. Yo no lo sé, al cine no voy, y para desplazarme me hago conducir por el lujo individual que me ofrece esa maravillosa palabra griega: taxi. En la sala es más fácil. El hombre despeja y la dama acompaña. En el colectivo no hay alternativa. A nadie se le ocurre dejar a la compañera en la parada para inspeccionar antes si entre los pasajeros no hay sospechosos que le puedan tocar el culo.

Es absurdo imaginar soluciones desesperadas y situaciones poco claras. La dama atrás y nosotros junto al taxista. No somos custodios. Mientras busco una salida a este enigma cotidiano, he resuelto pedirle a Hopkins que baje, que espere a que yo entre primero, y que permanezca junto a la dama hasta que se acomode para finalmente cerrar con suavidad la puerta. Así, como en las películas de James Ivory.

4 comentarios to “Taxi!”

  1. Solange Says:

    Y si ella sube primero y él a upa? No sé, se me ocurre que así estarian los dos incómodos, pero con esperanzas de un futuro mejor.

  2. Ella Says:

    El dilema no sería tan intrincado -ni para él ni para ella- si el taxista no tuviera su asiento tan expandido hacia atrás.
    Vale decir: ¿necesariamente uno de los dos pasajeros tiene que estar incómodo para que se exprese la clásica versión de la cabellorisad (y aquí la incómoda es ella) o la contemporánea manifestación de la igualdad (y aquí el incómodo es él)? O bien, la sugerencia de Solange, según la cual los dos tienen que estar incómodos para mejorar las posiciones relativas de los desdichados pasajeros, mientras el taxista sigue a sus anchas?).
    Lo sustantivo de este problema podría ser otro simplemente si el taxista no fuera tan alto o tan desconsiderado.

  3. alita Says:

    Propongo una solución muy simple, democrática y considerada. Teniendo en cuenta que el taxista es un señor que seguramente pasa mas un tercio de su vida sentado en la misma posición realizando un trabajo insalubre:

    Opcion 1: que el señor Abraham vaya adelante y su señora muy cómoda atrás
    Opción 2 : que la señora vaya adelante y el señor Abraham atrás.

    Felicitaciones por el blog

  4. Nico Says:

    ¡Que dificil! Me quedé pensando que se pone más complicado si le agregamos la variable de la mano. Es decir no es lo mismo llamar al taxi (ya sea a la casa o directo de la calle) y que el vehículo quede para subirnos del lado del conductor y no del acompañante.
    De todas maneras lo hablé con mi terapista. Me dijo que es un tema muy banal y que seguramente estoy encubriendo algo de mayor jerarquía… como el miedo a sentirse atrapado en la relación (a menos que el taxista sea petiso como bien marca Ella), ahora que lo pienso, mi viejo es bastante alto…
    Me compro un usado y chau.

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