Intrascendencias (137)

Compagnon

por Quintín

Decido releer Los antimodernos de Antoine Compagnon, un libro fundamental de mi evolución (o involución) intelectual de los últimos diez años. Habrá sido en 2007 o 2008 cuando me lo recomendó Andy, el dueño de la librería Lilith, que quedaba en Santa Fe al lado del Botánico antes de mudarse y que yo la perdiera de vista. En ese momento, ya me había dado cuenta de que mi educación progresista no servía para interpretar el kirchnerismo, aunque ya entonces me desesperaba como aberración política, moral y estética. Pero también me había dado cuenta de que la única manera de ver claro en el panorama político argentino y latinoamericano era entender que monstruos como Fidel Castro, Chávez o el mismo matrimonio Kirchner eran simplemente una de las conclusiones posibles del leninismo.

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El quiebre en mis convicciones políticas ocurrió cuando entendí que era imposible seguir combinando un vago izquierdismo progresista con la indignación que sentía ante la opresión, el abuso y la crueldad de las izquierdas antidemocráticas que eran las izquierdas reales del continente. Y que incluso los dirigentes de sus variantes suaves (la brasileña, la uruguaya) estaban siempre dispuestos a acordar, admirar y aliarse con los tiranos. Y también que la proliferación de falsas democracias en el mundo (es decir de gobiernos dictatoriales surgidos de elecciones como el de Putin y varias ex repúblicas soviéticas) tenían una enorme afinidad con los tiranos bananeros que nos rodeaban aunque sus discursos difirieran en lo ideológico, al menos en apariencia: toda esa gente estaba y está en contra de la libertad. En fin, que la única manera de cortar el nudo gordiano del progresismo es entender de una vez y para siempre que el Gulag no es una malformación de un pensamiento bueno sino la culminación más coherente de un pensamiento malo.

Dicho de otro modo, yo estaba entonces buscando el andamiaje intelectual que legitimara lo que hoy es el anticomunismo que después de mucho tiempo osa decir su nombre, como si finalmente hubiera terminado de salir del closet en el que me tenía recluido un medio visceralmente progresista. Claro que como anticomunista soy atípico. No me siento cómodo con las expresiones corrientes de la derecha, con los liberales criollos, con los desarrollistas, con los nacionalistas, con los militaristas, con los fachos, con los reaccionarios en materia de religión y de costumbres. Sigo conservando cierta afinidad con el anarquismo, básicamente en el rechazo por la hipocresía y la prepotencia del establishment, por los trepadores, por los niños ricos que se hacen los graciosos y por los burócratas de todos los signos. Cierto rencor plebeyo me sigue dejando del lado peronista aunque cada día entiendo más claramente que el peronismo, cualquier peronismo de los habientes, está cada vez más perdido en la realpolitik y en la perpetuación de una burocracia descomunal, corrupta, uniformizadora y tan amiga de los poderosos como enemiga de los individuos al amparo de ideas anacrónicamente provincianas y básicamente estúpidas.

Pero volvamos a Compagnon, que no es responsable de los matices de mi posición política, pero sí de haberme permitido hacer la conexión entre lo que yo pensaba en materia política (para la cual estaba más o menos entrenado) y la literatura (con la cual tenía una enorme deuda pendiente, que trato de saldar de un modo tan grotesco como es intentar leerlo todo). Es decir, que en el terreno literario iba a encontrar no una justificación de mis posturas sino un territorio en el que el pensamiento fluía por canales distintos, más profundos y más libres de las aporías a las que el pensamiento político nos ha conducido, como si el pensamiento equivocado, mediocre y destructor del progresismo nos viniera arrinconando sin remedio desde hace más de un siglo hasta dejarnos asfixiados y condenados a repetir frases vacías contra las que la indignación no resulta suficiente si no tiene alguna salida. Y esa salida, con la ayuda en parte de Compagnon, fue la literatura.

La introducción de Los antimodernos es ya un texto como para quedarse con la boca abierta y preguntarse ¿por qué no supe antes todo esto, por qué no leí lo que debería haber leído, por qué me privé de este placer y de esta ayuda? La tesis del libro, expuesta en esa introducción, es que después de la Revolución Francesa las ideas de izquierda, es decir de la modernidad, triunfaron en el mundo de la política mientras que quienes las cuestionaban desde un modo particular de la modernidad —que es justamente el que se dirige contra el modernismo y contra su idea del progreso— se refugiaron en la literatura y ganaron la batalla en ese terreno.

Casi toda la literatura francesa de los siglos XIX y XX preferida por la posteridad es, sino de derechas, al menos antimoderna. A medida que pasa el tiempo Chateaubriand se impone a Lamartine, Baudelaire a Victor Hugo, Flaubert a Zola, Proust a Anatole France, o Valéry, Gide, Claudel, Colette —la maravillosa generación de clásicos de 1870— a las vanguardias históricas de principios del siglo XX, y tal vez incluso Julien Gracq al Nouveau Roman. A contrapelo del gran relato de la modernidad flamante y conquistadora, la aventura intelectual y literaria de los siglos XIX y XX ha tropezado siempre con el dogma del progreso y resistido al racionalismo, al cartesianismo, a la Ilustración, al optimismo histórico —o al determinismo y al positivismo, al materialismo y al mecanicismo, al intelectualismo y al asociacionismo.

Esto no parece nada novedoso, pero lo cierto es que antes de Compagnon, jamás lo había pensado en esos términos y es muy fuerte darse cuenta de lo certera que es la frase de Thibaudet que cita Compagnon, sobre “la importancia de las ideas antimodernas entre la gente que escribe y su debilidad entre la gente que se dedica a la política”. Y ese es uno de los hechos incontrastables de la actualidad. Como quienes se dedican a la política a izquierda o a derecha no leen, o leen basura seleccionada (que ellos consideran el impuesto que deben pagar para no quedar excluidos del mundo de la cultura) no hay modo de establecer un diálogo con ellos en el que otras ideas, otros valores y otras necesidades estén presentes como para que el pensamiento no quede cautivo en los dogmas del progresismo más un par de frases reaccionarias con el que creen matizarlo.

De todos modos, Compagnon reconoce en esa introducción un problema para los antimodernos. Y es que a principio del siglo XX, las ideas ligadas al rechazo de lo moderno habían sido derrotadas en política y quedaron restringidas a la literatura. Pero la llegada del fascismo (y de la ocupación en Francia) permitió que afloraran nuevamente del otro lado con consecuencias funestas de tal modo que al terminar la guerra, el antimodernismo volvió a ser derrotado, pero ahora ya en el terreno intelectual. Compagnon hace entonces una gambeta y descubre que el antimodernismo continúa subterráneamente en el campo de la izquerda y elige la figura de Barthes para reencontrarlo.

Al releer los últimos textos de Roland Barthes, me ha parecido encontrar a un antimoderno clásico, a lo Baudelaire o a lo Flaubert. Barthes declaraba en 1971 que su deseo era situarse “en la retaguardia de la vanguardia” y a continuación explicaba el sentido de esta ambigua frase “ser vanguardia significa saber lo que está muerto; ser retaguardia significa amarlo todavía”.

No me convence mucho Compagnon ahí. Es ciero que Barthes era genial, pero vivió muchos años en el servilismo sartriano de los intelectuales al estalinismo y sus continuadores, siempre tuvo una gran resistencia a sacar los pies del plato, lo que se nota incluso en esa frase que Compagnon rescata como emblemática. Es como si Barthes dijera: “yo sé que los comunistas tienen razón, pero como soy maricón me gustan las cosas viejas y sigo leyendo a Chateaubriand y a Proust”.

De todos modos, sobre el final del texto, Compagnon se reivindica un poco de esta componenda dudosa gracias a Tocqueville:

Todo esto sin olvidar que no hay moderno sin antimoderno, y que lo antimoderno en lo moderno es la exigencia de libertad. Tocqueville, al principio de El Antiguo régimen y la revolución, insistía en su “afición intempestiva a la libertad”, añadiendo que le habían asegurado que “nadie se preocupaba ya por eso en Francia”.

Tocqueville murió en 1859, pero en eso estamos.

Foto: Flavia de la Fuente

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22 comentarios to “Intrascendencias (137)”

  1. Maria del carmen Reiriz Says:

    Bravo Quintin: Yo también admiro a Compagnon: es el gran especialista en Montaigne de la actualidad y lo ha influido mucho. Es una visión distinta de la política. La negación de maniqueismo berreta. Compagnon acaba de publicar un libro pequeño, que se llama “Un verano con Montaigne” que es muy bueno, aunque esta escrito para la divulgacion en los jóvenes. Un abrazo y (salvo en Pynchon) SEGUIMOS COINCIDIENDO!

  2. NP Says:

    Esta nota debería estar colgada de modo permanente bajo la entrada del blog, para ilustración de propios y ajenos. Condensa el “antiprogresismo” de un modo mucho más claro que el libelo de Noriega & Raffo (que ni habrán leído a Compagnon, porque creen que el progresismo empezó en los ’70…)

    Lo que desnuda es la contradicción principal (y no lo digo en términos marxistas, je): “las ideas de izquierda, es decir de la modernidad, triunfaron en el mundo de la política mientras que quienes las cuestionaban desde un modo particular de la modernidad —que es justamente el que se dirige contra el modernismo y contra su idea del progreso— se refugiaron en la literatura y ganaron la batalla en ese terreno.” Lo de que ganaron la batalla literaria (o que ahí se gana una batalla como esta) es harto discutible, ya que aquí y everywhere el campo cultural es por definición progresista. Pero lo esencial es la paradoja de querer reivindicar “un modo particular de la modernidad que se dirige contra el modernismo” (?) He ahí la aporía mayor.Tal vez porque en el fondo no pueden renunciar a reivindicarse superadores de la tradición que enfrentan (es decir, “progresistas”…)

    Y para ello tienen que recurrir a un solo argumento, que es el asumido caballito de batalla: “la única manera de cortar el nudo gordiano del progresismo es entender de una vez y para siempre que el Gulag no es una malformación de un pensamiento bueno sino la culminación más coherente de un pensamiento malo”. Es como si para justificar el anticapitalismo hubiera que decir que ese sistema termina en Auschwitz (lo que se ha dicho, claro, y con más argumentos que lo anterior). Pero no hace falta tanto.Y menos justificar los virajes ideológicos… que suelen ir de izquierda a derecha, pero raramente de derecha a izquierda. salvo, precisamente, en la literatura: Marx leía con placer a Balzac, y Proust no le habría desagradado.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Yo también puedo leer con placer a Marx o a Trotsky, pero ese no es el punto. Lo que sí importa es que el capitalismo no es lo contrtario del comunismo, como bien lo prueba el caso chino. El comunismo siempre se las puede arreglar cuando no hay libertad. Su esencia es el despotismo, no la justicia.

    Q

  4. NP Says:

    Q, como bien sabés estás confundiendo el “comunismo” (o “socialismo real”) con la tradición socialista y/o marxista, cuyo pensamiento crítico incluye una crítica a ese desviacionismo o como le quieras llamar… Reducir todo al estalinismo era comprensible en el desencanto o macartismo de los ’50, pero que hoy y aquí no tiene justificación alguna. Podés criticar a los regimenes autoritarios en general (como por ejemplo el de Irán, que de comunista tampoco tiene nada) sin caer en un anticomunismo que más bien suele estar ligado a la derecha abierta o a la que no osa decir su nombre con la excusa de que ya no hay derechas e izquierdas (como ejemplifica la nota de Romero en La nación). Pero obviamente no es tu caso: tu plebeyismo peronista te impide caer en el gorilismo, y tu antimodernismo te hace no evitar confrontar con la izquierda. Simplemente se agredecería que no metas a todos los “progresistas” en la misma bolsa. Y que asumas que si uno no reivindica algún tipo de progresismo no puede evitar convertirse en lo contrario de esa palabra.

  5. Johny Malone Says:

    ¡Oh no, otra cadena de mensajes cruzados entre Q y NP! ¡¡¡Noooo!!!

  6. lucas Says:

    “Desviacionismo”. El estalinismo sigue vivo.

  7. Santi Says:

    Lilith esta en Paraguay 4399 ahora.

  8. NP Says:

    Esclarecedores y notables los comentarios, muchachos. Disfruten su primero de mayo.

    Lo voy a resumir en un par de tuits, que es lo que entienden:

    Reducir el socialismo al estalinismo es como reducir el liberalismo al neoliberalismo. Una falacia.

    Por derecha o izquierda, la ceguera militante siempre es deshonestidad intelectual. Pero para algunos decir “intelectual” ya es una ofensa.

  9. Johny Malone Says:

    Jeje. El laconismo te puede hacer bien. La hojarasca molesta. Pensalo.

  10. NP Says:

    Algunos se creen Lichtenberg y en el mejor de los casos son Narosky. Pensalo.

  11. Johny Malone Says:

    Ya lo pensé, hace mucho. Por eso escribí lo que escribí.

  12. NP Says:

    Otra hojita en la hojarasca.

  13. Johny Malone Says:

    Los intercambios epistolares tienden a excitarme (considero que “Las relaciones peligrosas” es la mayor novela escrita). NP, como no sé si sos hombre o mujer, esto me asusta un poco.

  14. janfiloso Says:

    Recuerdo una época en la que me trenzaba con NP muy seguido. Hoy estoy mas viejo y él perdió parte de su agresivo cinismo (para bien). ¡Qué se yo!

  15. NP Says:

    Los (a)foristas se excitan fácil. Tanto que parece que se van en seco. Igual el problema mayor es preocuparse por el sexo de la gente, o confundir ironía con cinismo. En fin.

  16. Johny Malone Says:

    Si uno es tántrico, irse (o venirse!) en seco no es problema, al contrario.
    Escribís muy bien en modo lacónico. Felicitaciones.

  17. boudu Says:

    que raro que nadie habló del libro de moda relacionado con este tema

  18. lalectoraprovisoria Says:

    ¿Cuál sería?

    Q

  19. boudu Says:

    el de Piketty. Parece que resume la critica desde izquierda actual a la derecha. Y menciona gente como Balzac y Jane Austen en relación a la falta de movilidad social actual (comparando las 2 épocas)

  20. boudu Says:

    nro. 1 en ventas en amazon o algo así

  21. saint jacob Says:

    …Che, ¿hay que explicarle al amigo Malone quien es NP? o es otra muestras de ironía/cinismo?…

  22. saint jacob Says:

    …(sáquenle la ‘s’ y solo lean ‘muestra’)…

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