Intrascendencias (129)

Innes

por Quintín

Hace tiempo que quería leer ¡Hamlet, venganza! de Michael Innes, novela policial publicada en 1937. El autor le debía gustar a Borges, porque entre los primeros números de El séptimo círculo figuran tres episodios de la serie del detective John Appleby. ¡Hamlet, venganza! es su segunda aventura y se centra en un asesinato cometido en el transcurso de una representación privada de la obra en un castillo de la más rancia aristocracia británica. El detective no aparece en las primeras cien páginas del libro (son 440 en la edición de Punto de lectura) dedicadas a la preparación de la pieza y, cuando lo hace, resulta que este agente de Scotland Yard es un gran aficionado al ballet.

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Si me cuentan que hay un libro semejante y agregan que sus páginas están repletas de detalles eruditos sobre el teatro, la pintura, la literatura y hasta la jardinería, creo que descartaría inmediatamente esa lectura. Pero tenía buenas referencias del libro e ignoraba estos detalles que podían hacer pensar, por ejemplo, en el infame Umberto Eco y su megabodrio El nombre de la rosa, donde la erudición es pedantería, la trama una gansada, los personajes son de cartón y esa pesadez típica de la novelística de medio pelo con pretensiones abruma hasta un extremo indecible.

Pero descubrí, en cambio, que si ¡Hamlet, venganza! sigue como hasta ahora, es una gran novela y su autor es digno de ser leído durante los cuarenta volúmenes que ocupa la serie de Appleby. Innes era un profesor universitario de literatura que como su doble Giles Gott en la novela —Gott es el encargado de dirigir la obra— se aburría mucho con la cátedra y disfrutaba en cambio de su secreta afición a escribir novelas poco respetables. Sin embargo, lo que Innes construyó en 1937, cuando el mundo se encamina irreversiblemente hacia la guerra, es un reino encantado, anacrónico y democrático:

Todos somos, en cierto modo, duques o duquesas de Horton —he aquí la paradoja—, mientras la música siga siendo lo suficientemente extraña.

Dicho de otra manera, Innes cree que la literatura a la que convoca al lector solo será digna de leerse mientras su excentricidad la mantenga tan alejada de las convenciones como de la rutina. Innes exhibe una brillantez desusada y evoca una idea de nobleza artística análoga a la que cultivaban los miembros de la familia Horton, quienes

debían ingeniárselas para mostrarse solo a mucha distancia, y que conservarían su posesión si la mantienen —mágica, enjoyada y remota— como un foco para la fantasía de miles de personas.

Como manifiesto artístico, la idea es de lo más potente. Y es muy raro que aparezca en una novela policial. Pero la ambición de Innes, o más bien habría que decir su falta de inhibiciones para hacer sublime un género literario pedestre, es sumamente original. Borges, que tenía ojo para detectar lo que pasaba en la literatura extranjera de los años treinta, comentó favorablemente, aunque sin exagerar, la primera novela de Appleby, Muerte en la rectoría. Declaró a Innes un discípulo de Wilkie Collins y se entusiasmó con su finura psicológica. Por lo que leí, Innes no parece tan entusiasta de la peripecia como de la digresión y, aunque supongo que los diálogos darán alguna pista para descubrir finalmente al asesino, es en la materia de esos diálogos y en las silenciosas reflexiones de los personajes donde reside el encanto de ¡Hamlet, venganza!, porque siempre dicen algo interesante y lo hacen sobre una asombrosa variedad de temas.

Por ejemplo, en el relato que se hace de la ascensión de Anne Dillon de inquieta animadora de la bohemia en Hampstead a promotora de su padre como pintor de moda primero y a esposa del encumbrado duque de Horton después, se puede leer en pocas líneas una descripción del mundo de las artes plásticas de la época (sin fecha de vencimiento para explicar ese mismo ambiente años más tarde) y del funcionamiento de ciertas reglas específicas de la clase alta inglesa. Pero de las peculiaridades de Anne Dillon se puede pasar a las de Macdonald, el jardinero del castillo quien presumiendo ser solo “un lector corriente”, es en verdad un experto en Shakespeare y en el cruce de la literatura con su profesión, ya que puede citar las once imágenes ligadas a la jardinería que hay en Hamlet.

Pero un tema destacado en esas primeras páginas es naturalmente el teatro y allí Innes tiene unas cuántas cosas originales que decir por boca de Gott sobre los actores, por ejemplo (anticipando a su compatriota Hitchcock) que es muy raro encontrar un actor inteligente. O que

Representar es cosa tan difícil, que solo la necesidad económica la hace viable. La fórmula “representar o morirse de hambre” es el único director escénico real y efectivo.

Ahora una digresión mía. Nunca tuve trato con actores, pero en el Bafici estuve en una mesa redonda con Rafael Spregelburd, a quien había conocido en el único día de rodaje cinematográfico de mi vida. Luego vi a Spregelburd en una película bastante mala, El escarabajo de oro, donde hace de un actor que piensa, personaje que no resulta muy distinto del de la mesa redonda. Me sorprendió que fuera un tipo capaz de analizar su trabajo en términos racionales, sin engorros técnicos ni dogmatismos de escuela, tanto como su capacidad de salirse por momentos del teatro (un actor no se sale nunca, me parece). Pero, al mismo tiempo, me pareció que a Spregelburd le faltaba hambre (o locura), como se dice a veces de los futbolistas.

Vuelvo a Innes. Hay en el texto una declarada nostalgia por el tiempo en que Shakespeare se podía representar de otra manera, aunque esa nostalgia está referida a dos épocas. Una, la original, antes de que Goethe y Coleridge “intervinieran con sus lucubraciones críticas”, cuando la pieza se podía representar brutalmente como un conflicto de poderes entre Hamlet y su tío. La otra fuente de nostalgia se localiza más o menos un siglo antes de la representación en el castillo, cuando el teatro era una actividad esencialmente de aficionados, mientras que después “todo había cambiado: la escena era ahora un negocio; el teatro, una profesión”. Esa nostalgia tiene que ver con una clase alta verdaderamente ociosa, capaz de dedicar su tiempo a Shakespeare en lugar de gobernar el mundo o “preocuparse por las casas públicas de Brasil y pensar un alegato contra ellas”. Innes, me parece, quería evitar desde la erudición y el placer tanto a la derecha como a la izquierda, a los mercaderes y a los filisteos.

Volviendo atrás, para levantar la apuesta por el virtuosismo y la erudición, Innes introduce también a Melville Clay, el único actor profesional de la pieza, convocado especialmente para representar al príncipe, capaz de mostrar cómo hacía de Hamlet el famoso Garrick en el siglo XVIII y de contener a toda la troupe de aficionados con su enorme talento e inteligencia. Clay es un personaje tan complejo que tiene algunos boletos para resultar el asesino.

La apuesta al arte de los aficionados es en la retórica de Innes una defensa de su literatura “felpudo de baño”, es decir ordinaria y melodramática frente al arte serio, pero capaz de mantener el interés en cada párrafo y de arriesgar incursiones en cualquier tema. Después del ensayo general, como si fuera Innes hablando de su novela, Gott se muestra satisfecho de la marcha de la obra:

En su lugar quedaba una comprobación encantadora: unas treinta personas habían conseguido crear una atmósfera de amable antigüedad y estaban disfrutando de ella.

Me pregunto qué destino tuvo la literatura amable de Innes. Como dice Aira en Continuación de ideas diversas (donde también dice que lee grandes novelas policiales inglesas y me pregunto qué piensa de Innes) escribir material folletinesco, que es lo que Gott/Innes dice que hace, permite eludir la mirada de la crítica y de los profesores y deja que el autor desarrolle tranquilo su vida de escritor (y su vida en general). Las novelas de Appleby son difíciles de conseguir en castellano (solo detecté tres o cuatro en la web, donde tampoco están gratis en inglés). En cambio, se pueden comprar todas en versión digital en Amazon por la elevada cifra de diez dólares cada una. Lo cual parecería probar que sigue el interés por Innes, pero sin duda constituye un ejemplo irrefutable de que los editores, cuyo negocio está cada vez más concentrado, están abusando de los lectores de un modo obsceno.

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “Intrascendencias (129)”

  1. Maria del carmen Reiriz Says:

    Quintin; no soy una lectora fervorosa de novelas policiales, pero confieso que mi preferida fue siempre ¡Hamlet, Venganza!. Borges quiso iniciar El Septimo Circulo con esta obra y creo que tuvo problemas con los derechos. El que es un fanático y le ha dedicado un ensayito es Fernando Savater, antes de qque condescendiera a ser un mero escribidor de autoayuda. Un abrazo

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Me gustaría conocer ese ensayo de Savater. ¿Algún link, referencia, etc.?

    Q

  3. Gervasio Says:

    Este mamotreto que pasteo a continuación, es el link para acceder al doc de “La infancia recuperada”, un libro de ensayos de Savater, allí menciona a Innes. Podes abrir el doc y buscar “Innes” con ctrl-b.
    (este link está ni bien buscas con google, digo esto para que no se piense que promuevo la piratería. Que Savater se queje con google.)
    saludos

    https://www.google.com.ar/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=6&cad=rja&uact=8&ved=0CEsQFjAF&url=http%3A%2F%2Fxa.yimg.com%2Fkq%2Fgroups%2F22325872%2F1917684926%2Fname%2FSavater%2BFernando%2B-%2BLa%2BInfancia%2BRecuperada.DOC&ei=q4NaU6bMB8jJsQTLpYDYAg&usg=AFQjCNHCntBL6_hxTQx-xVjMl75lzm4QjA&sig2=sOCaQLtri3cTxvNhpoQ-iA&bvm=bv.65397613,d.cWc

  4. Yupi Says:

    Si yo fuera Aira (pero no lo soy) me haría dos preguntas con vista a un ensayo corto, las más prácticas o las menos filosóficas: ¿Cuáles son las dos grandes líneas del policial? ¿Y qué características las definen? Las respuestas explicarían mi modo de vida, mi estilo: las andanzas por librerías y museos de arte, las sesiones de lecturas, los paseos en bicicleta, las películas viejas. También, y sobre todo, mis afinidades y diferencias con Borges.
    De un lado estaría la escuela materialista, representada por Sherlock Holmes: la ceniza en la alfombra, la mancha en la cortina; del otro la escuela representada por ejemplo por Innes, o mejor por Poirot, que va a la psicología, con lo que se diría más eficaz, porque el motivo del crimen está en la mente, no en la cortina, pero por eso mismo menos poético.

  5. Reiriz Says:

    No me estaba refiriendo al ensayo de Savater sobre el genero policial en La Infancia recuperada, en el también que habla de Innes, sino a un ensayito pequeño, publicado algo así como en 1983 y que se llamaba algo así como Innes,, teatro y asesinato. Pero no lo encuentro en internet. Tratare de buscarlo y te lo mando !!!!

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