Intrascendencias (127)

Castellanos Moya

por Quintín

Termino El sueño del retorno con una sensación rara. El libro de Castellanos Moya induce a pensar que tendrá una continuación, aunque sus hilos sueltos también puede ser definitivos. Erasmo Aragón, el narrador, es un desastre: periodista salvadoreño que vive en México está a punto de volver a su país y en los días previos su mente lo atormenta de modo atroz. Es un alcohólico que tiene úlcera, un matrimonio hecho pedazos, una gran incertidumbre sobre el futuro y una enorme angustia sobre el pasado.

casita25

El mundo de Aragón es vagamente el de la izquierda latinoamericana: sus amistades van desde los comunistas a la guerrilla, pero el no peleó la guerra y se exilió en México. Pero hay un recuerdo escondido en su memoria que pugna por salir y es, por lo que el autor da a entender, la historia de un episodio de traición o delación de sus antiguos camaradas. Así, la novela se desarrolla en un lodazal, con un protagonista atormentado que encuentra en un médico hipnotista la esperanza para aliviar su padecimiento y cuya misteriosa ausencia lo termina de desequilibrar. Pero también son parte del lodazal unos personajes cuya ambigüedad acentúa el tono oscuro de la novela, que va perdiendo con el correr de las páginas cierto tono zumbón para ponerse cada vez más negra, sin que Erasmo deje de hacer el ridículo desde su paranoia y su debilidad.

Pero hay un momento de la novela que me espantó particularmente y fue la introducción de otro conocido de Erasmo llamado el Negro Héctor. Cuando Erasmo era periodista en El Salvador, da con una foto en la que, después de que un destacamento militar se entregara a la guerrilla,

“aparecía la fila de unas tres docenas de prisioneros tendidos en el suelo, boca abajo, con las manos tomadas en la nuca, algunos de ellos con sus rostros percudidos y temerosos viendo hacia la cámara, mientras que en el parte oficial de guerra de la operación, difundido por la organización guerrillera y que aterrizó en mi escritorio, se afirmaba claramente que no había habido prisioneros, que todos los enemigos habían caído en el campo de batalla. ¿Qué fue de esos prisioneros?, le pregunté varios meses después al Negro Héctor, quien había comandado en realidad esa operación. “Les dio paludismo”, me dijo con tranquilidad, luego de contarme pormenores del combate.

Un par de páginas después, el pasado de Héctor se describe con más detalle:

Me dije que la vida del Negro Héctor también merecería ser escrita, alguien tendría que animarse a hacerlo, tampoco yo, claro está, que solo conocía lo que él me había revelado durante los dos días que compartimos en un bosque montañoso de Hidalgo, a mediados de 1982, cuando pasamos dos largas noches frente a una fogata, el negro Héctor contando aventuras de la guerra fría y yo fascinado con lo que escuchaba; anécdotas de su vida como sargento de la Armada argentina, luego militante montonero, años más tarde como oficial de las tropas cubanas en las guerras de Angola y Etiopía, bajo el mando del general Arnaldo Ochoa, que esa había sido la trayectoria del Negro Héctor antes de venir a recalar a Centroamérica, como jefe de las tropas de asalto del Frente Sur en la insurrección sandinista. Un tipo inolvidable el tal Negro Héctor, con su pinta de milico, estatura mediana, porte recio, tez trigueña, ceño fruncido y bigote espeso, un argentino que por lo prieto y reservado no parecía argentino y quien sin duda había rebasado al Che en sus aventuras revolucionarias, de tantas guerras que había peleado, para venir a terminar en El Salvador, luego de que los sandinistas lo corrieran de Nicaragua, pues inmediatamente después del triunfo revolucionario, mientras los comandantes entonaban el estribillo “implacables en el combate” y generosos en la victoria”, él tuvo la iniciativa de visitar varias prisiones para fusilar de forma expedita a todos los oficiales y suboficiales de la derrotada Guardia del dictador Somoza, que solo fumigándolos de inmediato podía evitarse que organizaran una contrarrevolución me explicó en una de esas frías noches frente a la fogata en la sierra de Hidalgo; y es que los sandinistas apenas tenían la experiencia de su corta guerra en tanto que el Negro Héctor ya venía de pelear varias y sabía que esos oficiales y suboficiales serían la correa de transmisión de un futuro ejército contrarrevolucionario, tal como un par de años después en verdad aconteció.

Vuelvo a leer el párrafo y me da mucho asco. Me da asco y miedo esa descripción admirada de un asesino que, basado o no en un personaje real, suena tremendamente familiar. Y más familiar nos suena esa admiración (que no estamos seguros si es de Erasmo Aragón o de Castellanos Moya, pero parece de ambos, aunque no estoy dispuesto a jurarlo) por los agentes de la izquierda en la guerra fría y, en última instancia, por sus crueles jefes que hoy siguen ahí en Cuba, en Nicaragua, en Venezuela, en El Salvador, en Bolivia, en Ecuador y también, un poco más ocultos pero siempre operando, en Argentina y hasta en Brasil y en Chile. Es un mundo siniestro el de los recuerdos de Erasmo Aragón, un mundo que no solo evoca la pesadilla del pasado sino, muy probablemente el de los años por venir en América Latina, con guerras que aun no soñamos pero se trabajan sigilosa y metódicamente, guerras que necesitarán de sus Negros Héctor y de los escritores que canten sus aventuras. Como el recientemente fallecido García Márquez, tan amigo de tiranos.

Foto: Flavia de la Fuente

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3 comentarios to “Intrascendencias (127)”

  1. Pustulio Says:

    No recuerdo bien la novela, pero me parece que, en algún momento, el Negro Héctor se muestra encantado de cometer un asesinato como un favor personal a su amigo Aragón. El posible crimen no tiene ninguna motivación política, sino se trata burdamente de una venganza pasional. Esto basta para pintar al Negro como un vil asesino, al margen de que sea comunista y buen amigo. Como tantos personajes de Castellanos Moya, Aragón al principio se muestra encantado con la idea, pero después siente terror y asco de sí mismo. Creo que esa es exactamente la relación que Castellanos Moya tiene que con la izquierda armada latinoamericana: seducción, terror y asco. Saludos!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    No, el que se ofrece a cometer el asesinato es un tal Rábit, otro guerrillero. Hablé de ese episodio en una entrada anterior. Pero sí es cierta esa ambigüedad de Castellanos Moya: la guerrilla lo seduce, pero al mismo tiempo transmite terror y asco al lector cuando habla de ella. Es muy raro lo que hace CM. Lo sigo pensando.

    Q

  3. Pustulio Says:

    Gracias por la aclaración! Quizás donde quede más clara la postura de Castellanos Moya, aunque caricaturizada, sea en su libro más famoso y quizás menos interesante, El asco.
    Hay un episodio muy simbólico sobre el que Castellanos Moya vuelve una y otra vez y que resume en buena medida lo que acabó significando la guerrilla en El Salvador: el fusilamiento de Roque Daltón llevado a cabo por sus propios compañeros. Suena cursi, pero así fue la historia: la guerrilla fusiló a la poesía.
    Me gusta mucho esta serie intrascendente, por cierto, espero que quede aire para muchos posts.

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