Intrascendencias (126)

Stark

por Quintín

Terminé El hombre que cambió de cara de Richard Stark (Donald Westlake), segundo episodio de la serie de Parker. Es buenísimo, de los mejores policiales que yo haya leído. En la entrada anterior había llegado hasta la mitad, cuando Parker y sus cómplices preparaban el asalto a un banco y él esperaba una traición. El golpe se desarrolla de acuerdo a lo previsto, pero un cabo suelto ocupa la tercera parte del libro.

mosquitero

Resulta que alguien mató al cirujano que le cambió la cara a Parker y sus empleados sospechan de los tres últimos clientes. Parker es uno de ellos y Stubbs, el chofer del médico, sale a perseguirlo. El tipo es un ex organizador de huelgas del Partido Comunista, a quien la policía le ha pegado tanto que la cabeza ya no le funciona muy bien. Parker lo desarma y lo encierra con la idea de aclarar con el personal del cirujano que él no es el asesino. Pero Stubbs se escapa y va detrás del segundo sospechoso que ahora se hace llamar Wells, que supo ser un estafador que vendía lotes en medio del mar y estuvo muchos años refugiado en… “Lomas de Zamora, un suburbio de Buenos Aires”.

Así, la última parte del libro cuenta primero cómo hace Stubbs, un personaje delicioso, con su cerebro a media máquina, con su nostalgia a medias por el tiempo en el que podía hablar y razonar en los términos abstractos del militante para localizar a Wells en Nueva York. Después se trata de ver cómo hace Parker para hacerle entender a un cuarteto de idiotas cómo ocurrieron las cosas. En el medio, Parker descansa en Carolina del Sur y Florida pagándose una puta cada noche y Stark demuestra un grado incorrección política que hoy sería completamente impublicable.

Cruzó a Florida a las nueve y media y llegó al sur de Callahan antes de escoger un motel para pasar la noche. Jacksonville quedaba a unos treinta kilómetros, de modo que fue hasta allí para buscarse una puta. Resultó ser igual que las de Richmond y Columbia, apática hasta que le hizo un poco de daño. No es que le pusiese a cien golpear a las putas, era solo el único modo que conocía de lograr que mostrasen un cierto interés.

Hoy los policiales pueden ser infinitamente más bastardos, pero hay ciertas cosas que no pueden decirse. O, mejor, se permite que los lectores disfruten del sadismo sin comprometer con él a los héroes. El Parker de Westlake, “frío pero no cruel” y capaz de pegarle a las mujeres, es una completa antigüedad. Su mundo es otro, uno en el que el protagonista puede pasar de las posadas de mala muerte a los hoteles de lujo porque todo está integrado en la misma red de verdades y mentiras, de astucia y estupidez, de generosidad y avaricia: una red siniestra, deprimente, pero que aun conserva una escala humana en las calles traseras de la sociedad.

El libro termina demostrando lo que parece su tesis: que nada sale perfectamente bien, que cada hecho deja sus huellas y que los recursos del mal son infinitos. Parker es un Philip Marlowe más duro y más brutal, pero aun bueno para cualquier sociedad. La corrección política, en cambio, es incompatible con una sociedad aunque sea remotamente buena porque implica la ausencia definitiva de la verdad.

No tengo más Parker en castellano. Tendré que seguir en inglés y no sé si lo voy a disfrutar tanto porque a pesar de que la traducción es mala, la descripción que hace Westlake de esos bares, esas carreteras, esas calles y esas almas en los Estados Unidos de fines de los cincuenta tiene una fuerza hopperiana. De todos modos, Parker parece una lectura necesaria.

De paso, me pareció que la definición del mundo de Parker como hopperiano ya se le debía de haber ocurrido a alguien y así era. Googleando encontré esta buena reseña de una novela posterior de Parker en el New York Times.

Foto: Flavia de la Fuente

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4 comentarios to “Intrascendencias (126)”

  1. Johny Malone Says:

    En los ’60, la editorial Novaro de México tradujo varias novelas más de Parker. Hace poco compré la edición que hizo de “El hombre que cambió de cara”. Hasta donde sé, también editó “The Mourner” (como “Las estatuas dolientes”), “The Score” (“El golpe”) y “The Outfit” (“El equipo”).

  2. Johny Malone Says:

    Muy interesante la entrada. El policial, junto al western, ha sido el gran refugio de una masculinidad que se niega a entregar sus armas.

  3. JC Says:

    Me cayeron bien los tres Parker cinematográficos que vi: Lee Marvin, Mel Gibson y Jason Statham (aunque la película del tercero es floja)

  4. Johny Malone Says:

    La caminata de Deborah Kara Unger hacia su final en “Payback” es de otra época.
    Westlake, Lawrence Block o Robert Silverberg se foguearon en los 60 escribiendo novelas eróticas, sobre todo de lesbianas. Un mini homenaje con este neonoir de los chicos de extraños peinados:
    http://www.youtube.com/watch?v=1B__8N5d_LA

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