Morfando en Madrid (1)

por Quintín

Llegamos a Madrid a la mañana temprano. Como Flavia se hizo ciudadana española, en el aeropuerto pasamos por la ventanilla donde no te preguntan a qué venís. No es nada importante, pero da una cierta tranquilidad. Pero este no es un diario político sino gastronómico. ¿Por qué venimos a comer a Madrid? Qué sé yo, pero es una experiencia.


Después de dormir nos fuimos a dar una vueltita por la Plaza Mayor, donde paramos hace dos años. Ahí vivía Lisandro, el hermano de Flavia, que ahora se mudó a La Latina. Nos acercamos al Mercado San Miguel, especie de yupilandia de delicatessen; pero pasamos de la ostras y los langostinos y degustamos apenas unos bocadillos de jamón ibérico. Me tomé un vermú de Reus, aperitivo catalán. Y allí nos fuimos a ver libros. Esa parte va en las páginas culturales de este diario, escritas con tinta invisible.

A las 8, Lisandro nos esperaba en la Puerta del Sol, desde donde enfilamos al bolichón que había elegido para esta noche como ahora no alejarse del barrio: el Almacén de Vinos de Gerardo, en la Calle de Calatrava. Es, como dijimos, un bolichón de barrio, donde no hay cocina y un trío de camareros un poco demasiado distantes sirve raciones elaboradas por terceros (la chica era un poco más cálida). El lugar no tiene tres estrellas Michelin, ni dos ni una ni va a tener ninguna nunca. Pero. Comimos algunas cosas que no solemos probar del otro lado del charco. Sabores simples pero raros, provincianos y contundentes.

En realidad cometimos el error de empezar por lo que nos ofrecieron como exclusividad de la casa: el “queso de cabra del hippie de León”. Era un buen queso de cabra y venía con una mermelada de morrones. Pero no se puede empezar comiendo eso, es difícil encontrarle el sabor a lo que viene después. Comimos un poco, lo acompañamos con un vino de Extremadura llamado Habla del Silencio, corte de syrah, cabernet sauvignon y tempranillo. Buenísimo el vino.

Decidimos dejar el queso para el postre y pedimos cecina (charque) de León. El chiste de los camareros es decir que es carne disecada (perdón, desecada, como nos corrigió una vez acá Fogwill) de león (del animal y no de la provincia). Dicen que algunos caen. Tras rechazar un vino de Cuenca, por razones semiológicas acompañamos con un vino de León, o de Castilla, llamado la Constancia, un tempranillo joven que no estaba mal.

También comimos paté de pato con pera (un diez) y la estrella de la noche: boletus frescos con jamón serrano (no había ibérico). Este plato es espectacular, sobre todo cuando uno no conoce bien la cultura de los hongos y solo ha probado los champignones y esas cosas amargas deshidratadas.

Al final, liquidamos el queso con un Somontano blanco, el Gewürztraminer de Barbastro, Huesca. Muy apropiado para el queso de cabra. Y eso fue todo. Pagamos 41 euros y nos volvimos a lo de Liso a tomar algún Gin Tonic.

En España hay una crisis bárbara. En la Argentina también. Es todo un desastre. A comer que chocan los planetas.

Fotos: Flavia de la Fuente y Quintín

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7 comentarios para “Morfando en Madrid (1)”

  1. Juan Dice:

    osea un tubo x persona. muy rica descripción, el comer alegra el alma y la mente.

  2. lalectoraprovisoria Dice:

    No, me di cuenta de que el relato llevaba a engaño. Flavia no toma. Nos limitamos a degustar unas copas. Fue una cena corta. Muy gracioso, de todos modos.

    Q

  3. gold account Dice:

    En Canarias existe una regla de oro, evitar los restaurantes para turistas, donde veáis canarios comiendo aunque el local sea un “guachinche” y no tenga muy buen aspecto os garantizo que comeréis de muerte por poco dinero, recomiendo especialmente las casetas en puertitos pesqueros y no pedir la carta, simplemente que os pongan unos entrantes variados para picar (las lapas que no falten) y que os recomienden un buen pescado recién cogido, una vieja hervida, un bocinegro o un abade a la plancha, probar el sancocho, y en el interior de la isla si lo encontráis un buen puchero canario, mejor que el mejor cocido, caldo gallego o escudella, evitar la carne suele ser importada y mala, las paellas y la cocina internacional, arriesgaros a ser canarios y probar el vino azufrado, la malvasía y en Fuerteventura comprar para llevar a casa el queso majorero de cabra envasado al vacío y unos cuantos frascos de mojo.

  4. Santi Dice:

    Fernando Iglesias no debe dar crédito a esta entrada: ¡¡¡dos argentinos saliendo del país!!!

  5. Luis Dice:

    Muy buena reseña Quintín. En La Lucila u otro lugar del municipio debe haber boletus frescos.Yo en capital consigo los portobello frescos a $45 el kilo muy buenos.
    .

  6. janfiloso Dice:

    Buen inicio. Saludos a Liso.

  7. Celebes Dice:

    Así que están por aquí! Voy a seguir sus crónicas … gastronómicas, culturales y lo que venga. ;)

    Saludos,

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