Publicado en Perfil el 23/9/12
por Quintín
Impresionado por el amplio espectro de elogios (nada menos que Jorge Asís y Horacio González hacen el aguante de contratapa, Citarroni lo declara obligatorio, un buen crítico como Mauro Libertella dice que es el libro del año) decidí leer Un publicista en apuros de Natalia Moret. A las treinta páginas, después de un capítulo muy desagradable en el que un ejecutivo mata a patadas a un villero, publiqué un veredicto provisorio en Twitter: “Esto es una bazofia”. Para mi sorpresa, la autora me contestó y no con un insulto como hubiera sido legítimo sino con la sensata afirmación de que no se puede tener contento a todo el mundo. Como entre los escritores no abundan los gestos elegantes, este me impresionó. En retribución, le prometí a Moret alterar mis planes y leer el libro hasta el final.
Un publicista en apuros es un libro sobre la cocaína. Es también otras cosas: novela policial, folletín crispado, crónica de las costumbres de la nueva burguesía argentina, colección de ejercicios narrativos paroxísticos… Pero, ante todo, es un libro sobre la cocaína, sobre su extendido uso, sobre sus hábitos de consumo, sobre sus efectos, sobre sus distintas calidades. Javier, el narrador y protagonista del título, toma cocaína todo el tiempo: a la mañana y en trasnoche, antes del sexo y después, en las situaciones difíciles y las relajadas. Y lo mismo hacen, en mayor o menor medida, los otros personajes. Como dice en la página 254, “todas las personas que conozco son un poco drogadictas”. La omnipresencia de la cocaína me pone en problemas: como jamás la probé (me da un poco de vergüenza confesarlo), leo el libro como una obra de iniciación, como en la adolescencia leí a Castaneda, o como imagino que se leyeron en su momento las excursiones al opio de de Quincey. Aunque por Moret me entero en la página 210 de que la cocaína no genera alteraciones perceptuales sino confianza: “Esto es como no tomar nada, sigo siendo yo. ¡Yo! Pero pensás: sin embargo… qué bien se siente ser yo”.
La conciencia hinchada de Javier y las tonterías que su autoestima le lleva a cometer son el eje narrativo del libro y su dispositivo formal: Un publicista en apuros consiste en una serie de momentos siempre extremos, a veces truculentos —en los que Moret se esfuerza por demostrar destreza y versatilidad—, articulados por la intensidad de un flujo de conciencia inducido por la droga. Es una novela larga y tanto esmero resulta muchas veces gratuito, pero ese es el tributo que la prosa de Moret paga a una idea “profesional” de la literatura, de la que dan testimonio los agradecimientos a una pléyade asesores, maestros y talleristas literarios. Tanta aplicación termina por hacer estériles algunos capítulos que homenajean, parodian y recrean libros y películas de genero.
Pero debajo de la gran broma que la novela le juega al narrador y a sus miserias, detrás del decatlón de momentos melodramáticos y de un suspenso de tres por cuatro, aparece algo interesante, lo que podría llamarse la moral de la novela. Es que este relato en el que los hombres son tontos, débiles y brutales y las mujeres son crueles e impredecibles, resulta generoso con su protagonista y su absurdo romanticismo. Pero mucho más lo es con los dealers, los personajes más positivos del libro: el desprendido aristócrata Michel, la encantadora Rosmari y su conventillo son verdaderos ángeles. Nunca me hubiera imaginado que la cocaína, cuyos efectos más visibles son la rigidez y la agresividad, pudiera ser en el fondo una utopía de amor, como si los hippies se hubiesen disfrazado ahora de malvados para no pecar de ingenuos y el universo de la merca estuviera poblado por criaturas cuyo encanto solo se revela a quienes comparten el secreto. Fogwill.
Foto: Flavia de la Fuente

septiembre 23, 2012 en 6:44 pm
Moret @nataliamoret
@quintinLLP no entendí el “fogwill” del final!
septiembre 23, 2012 en 9:34 pm
Significa “mejor leer (o releer) a fogwill”
septiembre 24, 2012 en 6:14 pm
Y sí, Q. tiene razón. Nadie en la literatura argentina ha reproducido mejor que Fogwill el baulbuceo mental de un alucinado con drogas. Forjó un par de cuentos excelentes desde esta perspectiva (¡Ay, la memoria!, ya no recuerdo el título) . Es nuestro Malcom Lowry, salvando las distancias y los diferentes apetitos.
Conciencias intoxicadas. De Quincey, claro, y también hace un par de años Libros del Zorzal publicó el ‘Tratado de los excitantes modernos’ de Honoré de Balzac, una obrita cómica de 60 páginas que, después de un minucioso trabajo de campo (estamos en el siglo XIX) quiere advertir al público y a las autoridades sobre los efectos en el ser humano de ciertas sustancias que provocan adicción. Recuerdo una lectura entre carcajadas. Llega a decir que la España imperial entró en decadencia por popularizar el consumo del chocolate o que el cigarrillo provoca impotencia.
Mis respetos
G.B.
septiembre 24, 2012 en 6:45 pm
Es Pablo Ramos y Mariana Enriquez (a quien, encima, cita), con pinceladas de Esteban Schmidt. Sí, y también un Fogwill muy menor. Dejé de confiar en la novela cuando leí que la empleada doméstica se llamaba ‘Rosita’ (y eso fue antes de la página 10).
Obligatorios, a ese nivel, para mí son Pola y Rejtman.
septiembre 24, 2012 en 8:08 pm
Para mí la novela está lejos de ser genial, pero no es descartable como pensé al principio por detalles equivalentes a lo de “Rosita”. (A mí me sacó, además de la crueldad inútil de la escena en la que matan a un pibe destruido por el paco, una frase que dice algo así como “no hace falta ser enólogo para saber que el merlot de esa bodega es mejor que el malbec”: no hay tal cosa, digo una bodega de la que todo el mundo sepa eso. La imprecisión en los detalles me molesta, aunque no veo cuál es el problema de lo de Rosita). Pero después me di cuenta de que esa crueldad se integraba en una trama completamente artificial (y lo digo como elogio), un ejercicio del que se destila una inesperada blandura y una mirada sobre la cultura de la cocaína alejada de cuestiones morales. A lo que apunté con lo de “Fogwill”, nuestro escritor amigo de la cocaína más famoso, no es tanto que fuera una influencia (que lo es, igual que Ramos, Easton Ellis y siguen las firmas), sino a que Fogwill era lo que alguna vez llamé un “lobo herbívoro”. Y allí Moret se diferencia de sus antecesores masculinos y trata con ironía y con un cierto cariño a su protagonista que se cree vivo y es el rey de los tontos. Creo que el hallazgo de Moret es no tomarse en serio al macho adicto como los machos adictos se toman en serio a sí mismos. Para mí, en algún lugar, Javier ES Fogwill.
Q
septiembre 24, 2012 en 10:37 pm
Probablemente vos hayas visto algo que a mí se me escapa, porque yo todavía no llegué a la mitad de la novela. Lo de la ironía, sobre todo, que aún no la encuentro, aunque admito que por momentos me parece que Moret no se toma para nada en serio todo el asunto, como sí lo hace Pablo Ramos en La ley de la ferocidad, ponele . Eso me parece bueno, de todas maneras.
Lo de Rosita me molesta porque da demasiado mucama, como si saliera de una tira de Polka. Pero me molestan más la cita a Mariana Enriquez (“bajar es lo peor”) o los comentarios tan perdonavidas de Javier o los pensamientos frívolos en momentos críticos, que me resultan forzadísimos.
Salva la novela el hecho de que el protagonista sea masculino. Esa sí fue una gran decisión de Moret. La otra es la introducción de un misterio en la trama.
septiembre 24, 2012 en 10:40 pm
Ah, a mí la manera en que describe a las minas y los vínculos sexuales que se van estableciendo en la novela me hizo acordar muchísimo a cosas de Vivir afuera.
septiembre 25, 2012 en 9:56 am
Una cosa más: la imprecisión en los detalles (¿o la ironía?) está ya en el título: lo primero que te enseñan cuando estudias Publicidad es que a los profesionales del rubro no se les llama publicistas sino publicitarios.
septiembre 25, 2012 en 10:44 am
Buenas, alguien por ahí dice que “obligatorios” son Rejtman y Pola. Como mi firma indica, con Rejtman ya estoy hecho, alguien me dice algo de este (o esta) tal Pola?
Gracias.
septiembre 25, 2012 en 11:30 am
Pola Oloixarac es la autora de Las teorías salvajes, otra novela fogwlliana, pero deslumbrante.
septiembre 25, 2012 en 12:37 pm
La de Pola es una novela muy mediocre, inexplicablemente aclamada por la crítica.
Q
septiembre 25, 2012 en 1:08 pm
A mi me daría verguenza haber probado la cocaína, pero bueh es menos provocativo.
Alguna vez leí que pequeñisimas dosis de LSD no generan adicción y dan esa sensación de confianza y autoestima. Pero con toda la histeria alrededor de las drogas ese tipo de experimentos están prohibidos.
septiembre 25, 2012 en 1:27 pm
Tengo un amigo que tiene la teoría de que los (muy) ricos y (muy) famosos, más que dealers tienen científicos de cabecera que les diseñan drogas inocuas que los hacen tener unos viajes fabulosos. Me parece una teoría razonable.
septiembre 25, 2012 en 5:29 pm
La Argentina, de creer en su efectiva mercadotecnia literaria, produce más escritoras jóvenes deslumbrantes y guapas (y no lo digo por Q, como puede leerse en la reseña y verse en las fotos) que soja: Schweblin, Pola, Enríquez, Moret, Romina Paula, Lola Arias, Selva, Inés Acevedo, Gabriela Bejerman, Puenzo…). Y muchas son multitalentos y la literatura les queda chica: cantan, bailan, actúan, dirigen, performancean, diseñan.
¿Serán tan buenas? ¿Será porque es el país hispano menos sexista? ¿Será porque es el país hispano más sexista?
septiembre 26, 2012 en 12:55 am
de las que menciona Pustulio leí a cuatro -un libro de cada una- así que me animo a hacer una breve reseña, de menor a mayor.
Romina Paula: su primera novela tiene un primer capítulo brillante a nivel reproducción de la jerga juvenil, un poco con esa brillantez de taller literario, se nota mucha corrección ahí. el resto es un estiramiento, como querer hacer una novela de un cuento o apunte e ir perdiendo la gracia y la imaginación a medida que van pasando las páginas. no me gustó.
Pola Oloixarac: Las teorías salvajes efectivamente tiene una intención fogwilliana con personaje sabelotodo y cancherísimo pero femenino. lo mejor es que por la mitad descubrimos que la mirada que los otros tienen de esa protagonista es muy diferente de la que ella nos cuenta de sí misma, lo que da un efecto cómico. pero la novela no pasa de ser una acumulación de citas y teorías, alguna realmente interesante, pero sólo eso. termina de golpe y sin conclusión alguna, como si se hubiera quedado sin merca.
Mariana Enríquez: escribe bien y sin pretensiones de cambiar la historia de la literatura, lo cual ya es bueno. mi problema con la novela que leí -Cómo desaparecer completamente- es que hay un regodeo en el reviente francamente exagerado y medio al pedo. digamos, no alcanza con que alguien viva en la villa y tome merca sino que aparte le tienen que pegar un tiro y sobrevivir pero con una deformación horrible, etc. etc. todo eso me tira para atrás. pero recomiendo las notas de color que escribe en la revista El Guardián, en un estilo más light, algunas muy divertidas.
Lola Arias: su libro de cuentos trae algunos realmente interesantes, con personajes bien delineados y mucha cosa “femenina” bien escrita. mi único reparo tiene que ver con la edición de textos. uno de los cuentos tiene un error gramatical grosero justo en el párrafo final. me pregunto si nadie lo vio, y si el resto estaba bien escrito o también fue corregido y esto se les chispoteó. pero en general está muy bien el libro.
bueno, este debe ser el comentario más largo que he dejado jamás, espero wordpress no se coma la mitad… saludos
septiembre 26, 2012 en 4:45 am
Yo también he leído a cuatro. Algunos cuentos de Schweblin me gustaron mucho. Las teorías salvajes me pareció pretenciosa y aburrida. Los cuentos de Enríquez no me disgustaron, aunque me parece que están mal redactados. El librito de Inés Acevedo se me hizo intrascendente. Tengo muchas ganas de leer a Romina Paula y la novela de Moret (aunque he leído dos cuentos suyos que me parecieron muy normalitos). Del libro de Lola Arias no había escuchado buenos comentarios, pero por lo que comentas, Hilario, habrá que echarle un ojo.
septiembre 26, 2012 en 8:27 am
a mi me pareció interesante “el pasado” de Alan Pauls, la relación que tiene su personaje Rimini con la “merca”, es genial el encuentro en la casa del dealer con un “conocido” músico; (hace algo parecido en “historia del llanto con Piero). Hector Babenco filmó “el pasado”, la tengo ahí, no me atrevo a verla, el libro me gustó mucho y prefiero el buen recuerdo. Hablando de Asís, Cucurto tiene un escrito super delirante sobre él ( “Flores robadas o el escritor al que nadie lee”), en su libro “hasta quitarle Panamá a los yanquis”. Me voy a procurar el libro de Moret. Un gran abrazo!
septiembre 26, 2012 en 10:31 am
Hilario, ahora que hablás de errores gramaticales y de redacción, hoy me choqué de frente con uno leyendo el libro de Moret: “Llegué a la puerta del conventillo de Rosmari, abrí la puerta y entré”. Horrible.
Fuera de ese detalle, a partir de la mitad el libro empieza a ponerse muy bueno.
septiembre 26, 2012 en 12:18 pm
Schweblin es la mejor. Enriquez es buena tambien. El de Pola no lo lei, ni creo que lo haga(me cae para el orto todo lo que lei/escuche de ella). Coincido con Pustulio: Acevedo es intrascendente.
septiembre 26, 2012 en 6:15 pm
Alan Pauls es a la literatura lo que Mourihno al futbol. Un plomo absoluto, solemne y pretencioso, la receta infalible para el insomnio resistente a la farmacologia. Quien se atreve a releerlo? Ni los presos a perpetua de Batan. Debajo de la constante operacion de prensa y de la impostura de escritor serio al que deberiamos elevar al canon no hay nada mas que un buen brushing de peluqueria. Basta de Pauls. Bienvenida Moret.
septiembre 26, 2012 en 7:31 pm
…después de dos “pelpas”, está bueno para bajar un poco Pauls…
Como decía la publicidad de “Mukenio”… “disculparme, no lo voy a hacer mas”…
septiembre 26, 2012 en 9:37 pm
¿Y de Cielo Latini nadie dice nada? Por lo menos está más buena que todas esas juntas.
septiembre 27, 2012 en 12:05 am
Roberto: una mina que se casó con Rolando Graña, no puede estar buena,
septiembre 27, 2012 en 12:45 am
candelaria saenz valiente
septiembre 27, 2012 en 8:32 am
Santi: ¿no viste la contratapa de Chubasco? Fijate. Aparte, corre la ley del embudo: las mejores minas con el más boludo.
septiembre 27, 2012 en 2:13 pm
Ok, pero estábamos hablando de escritoras, no de chicas que se comen a sí mismas.
septiembre 28, 2012 en 12:20 am
Sigo leyendo a Moret: evoluciona muy favorablemente. Pasada la mitad de la novela hay un capítulo francamente horrible (el de Tiffany), pero el resto es como un tecno pegadizo que va y va.
noviembre 8, 2012 en 9:52 pm
vuelvo a este post porque acabo de leer Pájaros en la boca, de Samantha Schweblin, que efectivamente está muy bien. lo que me llamó la atención es otro error editorial (de la misma editorial que el de Lola Arias: Emecé) que se repite en todas las páginas pares del libro, en la parte superior: la guía que debería decir “Samantha Schweblin” dice… “Samantha Schewblin”! fíjense