EL FIDOCS y otras curiosidades chilenas. Libros, tercera parte
por Quintín
Siguen pendientes algunos comentarios sobre películas. Tengo aquí los DVD de Sibila, la película que ganó la competencia chilena en el FIDOCS y El salvavidas, que generó cierta soterrada polémica, como suelen ser las polémicas en Chile. También, como dijimos, quiero conseguir Hija de nuestra amiga María Paz; las tres, curiosamente, estuvieron en el Bafici. Ya llegarán. Pero quería terminar con los libros. El martes 3, antes de tomar el avión, nos invitó a almorzar Matías Rivas, el responsable de las ediciones de la Universidad Diego Portales. Estaba ansioso por el encuentro, que dejamos para último momento porque la semana anterior Rivas estuvo en España. No veía a Rivas desde aquellas jornadas de crítica que organizó Fogwill en 2008, si mal no recuerdo, donde nos cruzamos brevemente. Rivas, además, había prometido regalarnos libros de la editorial y me sentía como un chico al que le ofrecen una bolsa de caramelos. Finalmente, tras mantener el lugar en suspenso como en El padrino, nos ció en Squadrito, un restaurante italiano del barrio de Lastarrias, donde comí el mejor plato de la estadía chilena, unos fetuccine negros con locos. El día anterior, Hector Soto nos había invitado también a comer pastas en un lugar donde también eran de primera, pero no recuerdo el nombre del lugar. Soto vino también a la comida del día siguiente, pero se tuvo que ir temprano. Así nos quedamos departiendo y Rivas resultó un neurótico afable, que hablaba con gran franqueza. La charla resultó muy entretenida.
La perspectiva de tener libros gratis de la UDP me llenaba de alegría porque soy admirador de un milagro editorial con pocos antecedentes: una editorial universitaria que alcanza un notable grado de excelencia fuera de lo estrictamente académico. Casi de la nada y en poco tiempo, a partir de un presupuesto para comunicación de la universidad y de un sello pensado para las obras de cátedra, Rivas inventó las colecciones de literatura —más específicamente de ensayos sobre literatura— más atractivas del mundo de habla hispana. Cómo hizo, no sé bien, pero lo cierto es que puso a Chile en el mapa de la edición hispanoparlante y facilitó, además, un acercamiento entre los mundos literarios de países normalmente aislados.
Yo tenía varios libros de la UDP. En su momento había adquirido alguos hitos de la colección Huellas, la nave insignia de la casa, como La sabiduría sin promesa de Christopher Domínguez Michael, Desvíos de Ignacio Echeverría o las entrevistas con Bolaño. Hace un par de meses, en un acto de compra compulsiva me fui de Eterna Cadencia con una pila de libros de la colección, entre ellos Carácter y destino del gran Rafael Sánchez Ferlosio. Otros eran nombres que desconocía, pero que el contacto con los chilenos me ha permitido ir desentrañando. En esa oportunidad también compré tres libros de otra colección Vidas ajenas, dedicada a biografías, autobiografías y memorias de escritores. Hace poco escribí algo, de Los malditos, la colección de crónicas compilada por Gloria Guerriero, pero de esa colección también tenía Antes que yo muera de Germán Marín, Amistades literarias de Ford Maddox Ford y Vidas breves de John Aubrey, tres libros chicos que prometen anécdotas, infidencias y chismes. Pero no los leí. De la colección Vidas Ajenas, Rivas nos regaló Autobiografía y otros textos, de Robert Creeley, que Bisama me había recomendado especialmente y Confesión y otros escritos de Pierre Drieu La Rochelle, el colaboracionista que amó a Victoria Ocampo (o viceversa). Drieu es uno de los malditos más famosos, de esos réprobos que abrazaron la causa fascista, pero a diferencia de Pound o de Céline, nunca entendí cuáles eran sus méritos literarios. De hecho, sus libros se me cayeron de las manos cada vez que intenté leerlos. Acá, Drieu me mira desafiante desde la tapa vestido de traje y con un gato entre las manos, en un toque equívoco aunque no sé de qué equivocación se trata.
El libro de Creeley tiene todo el aspecto de ser de primera. Creeley (1926-2005), relacionado con la legendaria experiencia del Black Mountain College y con los beat es una especie de poeta al aire libre, como queda claro en el gran prólogo de Germán Carrasco, un texto erudito —un poco pedante, tal vez, no se puede empezar hablando de la definición de biografema de Roland Barthes sin espantar a las personas juiciosas— pero burbujeante e intenso.
No ponerse rígido a la hora de bailar es la tarea más difícil para un poeta.
dice Carrasco. Y Creeley da el peso, o mejor la levedad. El libro mezcla memorias y entrevistas e incluye una selección de diez poemas. Transcribo el primero.
You send me your poems
I’ll send you mine.
Things tend to awaken
even trhough random communication
Let us suddenly
proclaim spring. And jeer
at the others
all the others.
I will send a picture too
if you will send me one of you.Envíame tus poemas / y te enviaré los míos. / Las cosas cobran vida, incluso / en estas notas azarosas. / De súbito proclamaremos / la primavera. Y burlémonos / de los demás, / todos los demás. / Te enviaré también una foto / si tu me envías una tuya. (Trad. Germán Carrasco).
El libro se manchó un poco con vino tinto. Pero es un libro al que una mancha de vino le sienta perfectamente.
Creo que la colección que le empezó a dar a la UDP su prestigio es la de poesía, esos libros de tamaño muy grande que volvieron a poner en circulación a los poetas chilenos más importantes. Rivas, ex librero, confesaría que ese tamaño de caja de algunas colecciones (Huellas es también extragrande) tuvo que ver con una argucia editorial, porque los libros se destacan en las mesas y en las vidrieras de las librerías. Y de hecho, son inconfundibles. En esta ocasión nos hicimos con tres libros de poetas. Diario de muerte de Enrique Linh, La vuelta del Cristo de Elqui, de Nicanor Parra y Dicho sea de paso, de Claudio Bertoni. Bisama me advirtió que no me podía ir de Chile sin los libros de Bertoni, una opinión que no sé si comparte Rivas. Explico. Bisama incluye en sus Cien libros chilenos algunas historietas; hace el gesto de darles la misma importancia que a Neruda o a Donoso. Rivas lo califica de actitud elitista, que explica con esta frase: “la historieta es hoy un mundo más cerrado que el de los lectores de Proust”. Creo que le voy a robar la frase: es una buena chicana contra los fanáticos del cine bizarro y otros engendros estéticos. El libro de Bertoni tiene un prólogo de Andrés Braithwaite, que empieza diciendo que poesía de Bertoni recuerda a la obra de Robert Crumb, y cita al respecto la película de Terry Zwigoff. Para mí, es un ancho y ajeno territorio.
En general, la poesía chilena es un mundo peligroso. Y los otros dos nombres con los que nos obsequió Rivas tienen mucho de radioactivos. Creo que para animarse a opinar sobre Parra hay que hacer algún curso. Y con Lihn ocurre algo parecido. Son gente con mucho carácter, muy brava y muy sesgados en relación al mainstream cultural aunque lo integren. El libro de Parra tiene un prólogo de Alejandro Zambra, lo que prueba una vez más que Zambra está en todas partes. El de Lihn, en cambio, trae un prólogo de Domínguez Michael, un nombre que suele ser sinónimo de claridad expositiva. El prólogo se titula “Lihn: la obligación moral de ser inteligente”. Procedo a leerlo. Comienza con este epígrafe:
No se puede hablar impersonalmente de nadie. Enrique Lihn, “Las vicerrealidades de Rodrigo Lira.”
Esa frase sola debería obligarnos a leer toda la obra de Lihn. Pero el habitualmente claro Domínguez aquí resulta bastante confuso y oscuro. Curiosamente, él también entra en el mundo de Lihn en puntas de pie, confesando ser “una persona poco enterada de su entorno y circunstancia”. Michael habla de dos libros de ensayos críticos de Lihn El circo en llamas y los Textos sobre arte (ambos, creo, editados por la UDP) que parecen una buena puerta de entrada a su obra. Lihn sigue resultando uno de esos autores con los que no me animo, que me da por rondar cada tanto sin comenzar a leerlos. Este Diario de muerte (Lihn lo escribió a partir de que se supo enfermo mortalmente) tiene además la difícil carga de su tema. Abro, de todos modos, el libro a azar y encuentro este poema:
Como desde hace años me detestabas
porque a tu real saber y entender yo había sido el mal marido de una amiga tuya
me elegiste para hacerme decir de tu marido
cosa que repetiste al inventarla
que yo había dicho de él, entre amigos comunes
en una casa precisa
“es un perfecto mediocre”
se te ocurrió darle esa aguja en el costado
celebro aquí esta gran precisión
de la perversidad femenina
Así compenso mis excesos en gloria y alabanza
de las mujeresMe gustaría escuchar tu versión de los hechos algún día
pero naturalmente más allá de la muerte.
Ufff. ¡Qué ajuste de cuentas! No creo estar preparado para Lihn, pero tal vez sí lo esté para Parra. Parece no existir nadie tan truculento como los poetas chilenos. Por cada O. Lamborghini de este lado allá tienen una docena.
La UDP tiene una colección relativamente nueva, que se llama Indicios, y está dedicada, si mal no entendí, a textos singulares y esenciales. Allí salió, por ejemplo Proust y otros ensayos de Beckett, que está agotado (hay muchos libros agotados en el catálogo, la UDP vende bien). Pero Rivas nos obsequió otros tres libros de la serie. Sobre uno de ellos, Preguntando entre lágrimas de Peter Handke, escribí el domingo pasado en Perfil. También estuve espiando las Notas sobre literatura inglesa de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, de quien no leí El gatopardo. Nunca fui un fan de la película ni tampoco del resto de la obra de Visconti. Hace poco, leyendo los escritos de Bobi Bazlen, que tanta impresión me causaron, me deleité cuando lapida El gatopardo con esta frase inapelable (no queda claro si se refiere a la película o al libro, pero qué más da):
En suma, un buen technicolor hecho por y para gente bien.
Después, Bazlen dice que cuando va al cine prefiere el technicolor a engendros como Un condenado a muerte se escapa de Bresson, a la que trata de la peor bazofia jamás filmada. Me hizo mucha gracia, porque nunca me gustó mucho esa película.
Pero el libro de Lampedusa (1896-1957) vale la pena. En primer lugar por el prólogo de Paz Balmaceda, que cuenta con mucha gracia la vida de ese noble napolitano excéntrico y un poco venido a menos. Las notas son apuntes que Lamepdusa, que no publicó nada en vida, tomaba para darle clases particulares a un grupo de jóvenes amigos. Las notas son increíblemente inteligentes, informadas y precisas. Si Lampedusa no fue el mayor escritor del siglo XX, es posible que haya sido uno de sus mejores lectores. Cada capítulo dice algo original e interesante y el libro es también una historia de la recepción de los autores ingleses en Italia. Además, hay algo contagioso en su actitud con respecto a la lectura, a la que valoró como ocio supremo. Abro el capítulo sobre Dickens, uno de los más extensos, que empieza así:
Todos los artistas son creadores de hombres, aunque sea de sí mismos. A algunos de ellos, sin embargo, les fue conferida la facultad de crear mundos. (…) Como habrán ya entendido, esta facultad de crear mundos no es por fuerza un índice de suprema calidad artística. (…) Ariosto ha creado un mundo; Leopardi no. Y, no obstante, habría que estar ciego para no captar que entre uno y otro corre, en la jerarquía de los poetas, la misma diferencia que en la jerarquía de los marineros existe entre el almirante y el mozo.
Las clases de Lampedusa tenían algo de las de su contemporáneo Borges, pero casi diría que son más radicales en su invocación del carácter sagrado de la lectura. Es una tentación suprema dejar aquí esta nota y pasar la tarde leyendo lo que il signore tiene para decirnos de De Quincey o de Joyce. Pero el deber me reclama.
El otro libro que ligamos de la colección Indicios es Jorge Luis Borges y otros textos sudamericanos de Roger Caillois, otro de esos escritores que uno conoce porque fueron amantes de Victoria Ocampo o algo así. Miento un poco. La antología de la literatura fantástica de Caillois, con su gran prólogo, fue una de las lecturas que más recuerdo de mi adolescencia. Pero aparentemente, según dice Rivas, estos textos son los primeros que contribuyeron a poner en circulación a Borges en Europa. Y la contratapa empieza diciendo que Borges afirmaba ser un invento de Caillois. El libro viene con un prólogo de Mauricio Electorat que empieza así:
Roger Caillois es quizás uno de los personajes más singulares de la literatura francesa contemporánea. Su excepcionalidad radica, diríamos, en su particular “hermetismo”, que se aleja por completo de la estética barroca, en la acepción de “cifrada”, de autores como Pierre Klossowski, Georges Bataille, Claude Simon o Henri Michaux, sus compañeros de generación y de mundo…
Es “oscura” la diferencia entre “hermético” y “cifrado” (el prólogo está lleno de comillas un poco inexplicables). Debo decir que no leí a Simon ni a Michaux, pero cada vez que lo intenté con Klossowski, me resultó una experiencia equivalente a la de un tratamiento de conducto sin anestesia. De Bataille puedo decir algo semejante: siempre me pareció un escritor indigerible. Bazlen liquida a Bataille con suprema gracia:
Un aspirante a lobo a quien le gustaría quedar bien con Dios y con el Diablo (lo cual está por debajo de la dignidad de todo lobo verdadero), que invoca la crueldad con frasecitas post-symbolistes menos lúcidas que lustrosas.
Bataille es uno de los escritores que me ha hecho perder más plata. A cada libro de él que compraba y abría para ser despedido como si tuviera un resorte adentro, le seguía la compra de otro libro para ver si con ese tenía más suerte, porque yo pensaba que era esencial leer a Bataille. Bazlen me habría hecho ahorrar algunos pesos. Ahora sería cuestión de ver qué dijo Caillois de Borges como para convencer a sus compatriotas.
Vuelvo a la colección Huellas, a sus libros de gran porte, de tapas elegantes con un fondo monocromo y la foto del autor, libros que uno quiere tener en la biblioteca porque no hay ediciones más atractivas. Rivas nos obsequió seis volúmenes. Uno es ¿A quién matamos ahora?, el segundo tomo de los diarios de Claudio Bertoni, el ídolo de Bisama (el primer tomo está agotado). Consta de entradas sueltas, domésticas, ligeras. Al hojearlo, el tipo no me cae del todo. Dice:
El primer bostezo de la noche fue un vómito en la vereda (quité la vista como si me la quemaran).
Y después:
Elizabeth Henderson: 435 0894.
Me va a tener que explicar Bisama en qué consiste la grandeza de Bertoni. Tal vez sea acmulativa.
Otro libro es La metamorfosis del sabueso. Ensayos personales y otros textos de Horacio Castellanos Moya. Leí de Castellanos Moya El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador que me pareció una obra maestra y me convirtió en un admirador incondicional del escritor. Tuve la suerte de conocerlo por casualidad hace un par de meses en Eterna Cadencia. Es un petiso muy simpático. Tuve el atrevimiento de confesarle que La sirvienta y el luchador me había derrotado, que no pude soportar la violencia y la sordidez de los primeros capítulos. Me alentó diciendo que después se aligeraba, que cambiaba de perspectiva y el protagonista no era ya ese represor enfermo y miserable que de joven había sido luchador.
Me parece que los primeros ensayos de este libro, agrupados bajo el título Breves palabras impúdicas, son de lectura imprescindible. Vean esto:
Yo era el poeta paranoico que se asomó por la ventana. A finales de 1978, no me cabía la menor duda de que mis compañeros de generación, poetas o no, iban con ritmo precipitado hacia la militancia revolucionaria. Comprendí también que no había más opciones: tomar partido o largarse. Yo decidí largarme.
Este tipo tiene algo que decir y es bueno escucharlo cuando vivimos en un momento en el que, si bien la violencia parece descartada como método, una buena parte de los jóvenes escritores de la región vuelve a considerar que la revolución es el único horizonte legítimo de la política (y los que no lo creen se callan ante los que así lo vociferan). Que su estandarte y su líder sea, por ejemplo, un personaje tan grotesco como Cristina Kirchner no debe engañarnos: la pulsión revolucionaria se enciende ante cualquier viento favorable y termina negando cualquier realidad. Después de todo, qué importancia tiene que Cristina sea ridícula si también admiran a Fidel Castro después de tantos años de dictadura.
Otro de los libros es Conversaciones con la poesía chilena, entrevistas de Juan Andrés Piña a nueve poetas: Nicanor Parra, Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Armando Uribe, Oscar Hahn, Claudio Bertoni, Gonzalo Millán y Raúl Zurita.
De Gonzalo Millán es Veneno de escorpión azul, escrito a partir de que Millán se enteró de que padecía de un cáncer terminal. Hablamos más arriba del Diario de muerte de Lihn y también de la truculencia chilena. Me pregunto si a Millán, cuando estaba sano, también se le ocurrían cosas como esta:
El sexo, como una sucia faena de matadero, desea una mujer sin cabeza con una botella de champaña en la vulva.
Los dos últimos libros son de autores argentinos. Uno es Teoría de la noche de María Moreno. En la contratapa, Piglia dice que Moreno es acaso “el mejor narrador argentino actual”. Dice que sus crónicas “saben captar con oído absoluto las voces y tonos extraviados de la época”. A mí las crónicas de Moreno sobre marginales, género en el que se la suele encasillar, no me interesan mucho. No suelo encontrarles la gracia a los luchadores, transexuales y freaks varios de los que se ocupa a veces. En cambio, ella misma me parece un personaje literario fuera de lo común, una genialidad. No hablo de la persona (desde ya, María es una mujer muy agradable) sino del personaje que su escritura ha construido. Ese personaje descarnado, capaz de hablar de sí misma con la franqueza más plena y con la ironía más afilada, no tiene comparación en la literatura argentina. Tal vez Carlos Correas tenga algún punto en común, pero Moreno escribe mucho mejor que Correas. La potencia literaria de Moreno es tan alta que se sobrepone incluso a la tentación del rebuscamiento lacaniano al que supo ser afecta y que es una máquina capaz de destruir cualquier escritura. Pero no pudo con la suya. Moreno es capaz de escribir piezas antológicas como el prólogo de este libro, que empieza diciendo:
Escribo sobre lo que no sé: si lo supiera ¿para qué lo escribiría?
y se convierte en un gran autorretrato profesional, pero también en una colosal defensa del periodismo, en una declaración de amor por un oficio sin futuro al que Moreno sostiene titánicamente desde las páginas secundarias de los suplementos, desde las notas que no harán nunca la primera plana.
O es capaz también de escribir su historia con el alcohol, que Rivas me recomendó muy especialmente. Es notable la habilidad de ese texto para seducir desde una sinceridad alevosa que no excluye el pudor. O, mejor dicho, hace del pudor y la coquetería armas ocultas en un cuerpo desnudo. La tragedia y el dolor de ese capítulo formidable son muy sofisticadas: es gran literatura, aunque Moreno se empeñe (otra vez la coquetería) en decir que su única obra es ese nombre, María Moreno, que no es del todo el suyo.
Quedó para el final Temas lentos de Alan Pauls, una selección de notas periodísticas, memorias, ponencias en congresos, etc., de la que se ocupó Leila Guerriero. Es un libro realmente grande, 350 páginas en la caja king size de la colección. Pauls es todo un caso. Escritor altamente respetado en el extranjero (en una categoría de veterano joven top que comparte con Juan Villoro), en la Argentina es víctima de cierta indiferencia. Sus méritos literarios y su capacidad como ensayista son indudables, pero a Pauls no se lo quiere demasiado. No es que se le achaquen conductas reprochables, todo lo contrario, es alguien de lo más noble. Pauls es conocido entre las chicas por su pinta y en el público en general por sus novelas. La ambiciosa El pasado, entre ellas impone una callada admiración. Pero su obra no despierta pasiones. No es como Fabián Casas, casi un ídolo popular, aunque Pauls sea más conocido y más versátil. Yo mismo sirvo como cobayo perfecto de este misterio. Tengo ahí el libro, me da mucha pereza abrirlo. Finalmente, tomo un artículo publicado en Radar en 2003 sobre Puig y el guión de El beso de la mujer araña. Lo leo, es impecable, confirmo que Pauls es muy bueno. Luego intento con un inédito en el que Pauls habla de sus experiencias como actor. Pero no llego ni a la tercera página. Y allí encuentro lo que puede ser la clave de esta resistencia. Pauls es de algún modo lo contrario de María Moreno: como escritor es sólido y respetable, pero su persona literaria es más bien anodina: no tiene gracia para hablar de sí mismo.
Fotos: Flavia de la Fuente


julio 20, 2012 en 9:08 pm
Estimado Q.:
Gracias. La trilogía sobre libros que ha escrito es magnífica. Y se me hace agua la boca, sobre todo por los apuntes de Lampedusa.
Me quede pensando sobre Alan Pauls, a quien conozco muy poco como para tener una opinion formada, pero coincido en hay una categoría anodina de escritores que a pesar de sus aciertos formales difícilmente logra seducirnos, son los “ni fu ni fa”. Atrapar la imaginación de un lector requiere algun elemento patetico, recuerdo que Borges decía sobre Quevedo.
Un abrazo
G.B.
julio 21, 2012 en 10:22 am
No se me hubiera ocurrido que nunca leíste a Michaux.
Muy buena la nota.
julio 21, 2012 en 6:02 pm
Estimado Q: Leí el texto de Pauls sobre su experiencia como actor y me pasó lo mismo.
Me causó gracia que lo califiques como “solido” y “respetable”: en el fondo:¿No son dos calificativos horribles? Que se entienda: estoy de acuerdo con lo que decís, pero es como que te digan que sos “estructural mente bueno”, o que tu último libro te encontró en “buena forma”. No sé si no es mejor que te digan que escribís pésimo. Siento que es como cuando una chica te dice que te prefiere como amigo.
Saludos, Gastonazo.