Empanadas de pino (4)

El FIDOCS y otras curiosidades chilenas. Más libros

por Quintín

Como contamos en otra entrega, durante el FIDOCS nos hicimos amigos de María Paz González y de Alvaro Bisama, los otros integrantes del jurado de Flavia. Por eso, apenas llegamos a San Clemente, nos propusimos ver Hija, la película de María Paz que el año pasado ganó el premio al mejor documental chileno en el festival. La teníamos en la valija pero un duende maligno se la llevó y ahora no la encontramos por ningún lado. Como también estuvo en el Bafici, trataremos de rescatarla de algún modo, porque me da mucha curiosidad ver lo que hizo MP con la historia de su familia. También tengo para ver Sibila, la película que ganó este año en la competencia chilena, pero dejaremos el cine para una próxima entrega, ya que esta va a ser literaria.

En uno de nuestros primeros encuentros, Bisama me regaló Estrellas muertas, una novela suya reciente (Alfaguara, 2010), que leí con gran interés en Santiago, en uno de los pocos momentos libres que tuvimos ya que los amigos no nos dieron tregua con sus invitaciones (tengo pensado dedicarle también una nota a la gastronomía, como otra manera de prolongar el recuerdo). Estrellas muertas, como Ana Karenina, habla de dos parejas. La que sufre menos cuenta la historia de la que sufre más mientras se desintegra sin más daños que la tristeza del fin del amor y el ahogo provinciano en Valparaíso durante los años de la transición. Los narradores, protagonistas apenas de su propia desazón, encuentran en Javiera y Donoso un motivo de fascinación y espanto inagotables, un relato de locura, violencia y muerte que es también una especie de espejo retrospectivo: la imagen de lo que podrían haber sido ellos mismos atrapados en la vorágine, en la ideología y en el colapso de la parte más negra de la turbulencia setentista. Javiera, presa y torturada durante la dictadura, exiliada luego, vuelve a Chile para asumir su papel de militante rentada del Partido Comunista en la universidad. Es una personalidad endemoniada y con El Donoso, un pibe del norte mucho más joven que ella, terminan armando una pareja que se precipita paulatinamente hacia la marginalidad y el desastre. Estrellas muertas no se regodea con el horror de las vidas arruinadas por la esterilidad de una causa sino que lo exorciza: la novela expresa su incomodidad con el presente pero decide enterrar el pasado, proclamar que tiene que haber otro destino, incluso otro horizonte social para la clase media que no sea el de la épica política o el de la sumisión de clase. Aunque Bisama declara que la novela no tiene nada de autobiográfica, él de hecho dejó Valparaíso para vivir en Santiago y terminó para siempre con un destino posible. Bisama tiene una notable facilidad para escribir, trabaja con las estructuras sintácticas y las ideas con una concentración y una eficacia propias de un quinielero que calcula las apuestas o de alguien que puede multiplicar números de treinta cifras. La novela tiene un tono que no es el de la ira, pero tampoco el de la calma, sino más bien el de una determinación definitiva.

Después, Bisama me regaló otros dos libros suyos. Uno es la novela Caja negra (Bruguera 2006) que tiene forma de diccionario. No la leí, pero sí estuve saltando entre las páginas del otro libro, Cien libros chilenos (Ediciones B, 2008), una historia de a literatura chilena a través de cien textos. La selección es ecléctica, e incluye material de los márgenes, desde Jodorovsky a Condorito, pero sirve como una orientación primaria en un territorio que es vasto, pero no parece inagotable. Tengo la impresión de que, en relación a la literatura argentina, la chilena es más comprensible como un relato, con su tronco principal y sus excepciones. Me pregunto quién podría escribir algo parecido de este lado y concluyo que en la Argentina, que es un país más democrático en muchos sentidos, el mundo literario es más careta y más limitado por el dogma universitario: me parece que ningún escritor de cierta nota se atrevería con una obra semejante, y si alguien lo hiciera no pasaría de una operación comercial. En cambio Bisama arriesga con una obra personal, ambiciosa y esclarecedora. Y muy útil para un lego como yo.

Supongo que la selección es discutible y no puede ser de otra manera. Voy a señalar una objeción, una entrada que personalmente me resulta intragable: Para leer al Pato Donald, de Dorfman y Mattelart (1971), que Bisama califica como “uno de los mejores ensayos sobre cultura pop y semiótica publicados alguna vez en Latinoamérica.” No lo he vuelto a leer desde que estuviera de moda hace algunas décadas, pero para mí es un monumento a la imbecilidad y el oportunismo intelectual, propio de una época en la que se competía por ver quién era más rebuscadamente marxista o más estructuralista (ganaron Althuser y Lacan, Dorfman y Mattelart no clasificaron).

Pero dejando de lado algunos desacuerdos, usé Cien libros chilenos para acceder a algunos autores que desconocía. El propio Bisama me regaló algún libro y me recomendó otros en una excursión que hicimos a la librería que queda en el GAM. El Centro Cultural Gabriela Mistral, se convirtió a partir de esta edición en la lujosa sede principal del FIDOCS, un lugar que tiene una herencia siniestra (fue sede temporaria del gobierno de Pinochet) pero hoy es un lugar moderno, acogedor y de fácil acceso, ideal para que el festival tenga allí su centro. La librería es bastante buena aunque un poco fría y está dedicada exclusivamente a libros chilenos. Allí, por indicación de Bisama, compré cinco libros: Memorias prematuras, de Rafael Gumucio, Los asesinados del seguro obrero de Carlos Droguett, Angeles y solitarios de Ramón Díaz Eterovic, Calendario 2008-2001 de Francisco Mouat y El mundo de Alfredo Gómez Morel. Los tres primeros corresponden a entradas de Cien libros chilenos, los otros dos de autores que aparecen entre los cien pero no con ese libro en particular. Lo mismo ocurre con El guarén, flamante novela breve de Germán Marín, que Bisama me regaló porque le sobraba un ejemplar. En estos días estuve mirando esos libros y acá van mis impresiones.

Empecé a leer distraídamente El Guarén de Marín (FCE, 2012) y lo terminé de un tirón. Marín (Santiago, 1934) es probablemente el narrador chileno vivo más respetado entre sus pares. Tiene una prosa perfecta y la brevedad de esta narración ayuda a que sea de una contundencia demoledora. El guarén es un relato impecable, absoluto, completamente logrado. Iba a agregar indiscutible, pero todo es discutible y procederé a discutir. El guarén es en chileno una rata de alcantarilla y el libro está narrado en primera persona por un marginal así apodado de chico, un ladrón de poca monta que evoluciona un poco socialmente y pasa a ser sucesivamente guardiacárcel, funcionario de la siniestra CNI de Pinochet y finalmente secretario, chofer y proveedor sexual tanto de un empresario rico como de su mujer. El guarén está escrito en un habla coloquial, con giros lunfardos (¡cuántas palabras comunes tenía el lunfardo chileno con el argentino!) pero muy pulida, muy precisa y al servicio de un monólogo que va revelando cierta complejidad detrás del primitivismo de un personaje empujado a una tragedia sin escapatoria. El guarén es un ejemplo acabadísimo de ficción naturalista, de la imposibilidad de evitar la desgracia cuando se parte de la miseria aunque se cuente con determinación, con astucia y hasta con alguna dosis de suerte. El sistema social es demasiado cerrado y la casa siempre gana. El epílogo del libro muestra, con un punto de subrayado más allá de lo que el género requiere, cuán poco importa la vida de un pobre. Si esta descripción parece la de una novela del siglo XIX, o una mutación de El roto de Bello Edwards hacia la sobriedad y el laconismo, tal vez lo sea. Pero después de admirar el estilo y la habilidad de Marín durante noventa páginas uno se termina preguntando si su literatura no es demasiado mezquina o si la literatura, en general, no termina siendo mezquina para ser respetable. Ya me había pasado lo mismo con otra novela de Marín. No hay caso.

A Francisco Mouat (Santiago, 1962) no se lo puede acusar de mezquino. Su Calendario, del que leí la parte correspondiente al primer año, es un diario generoso con el lector y con sus semejantes, en particular con sus semejantes escritores. Compuesto por anécdotas de vida y citas de lectura, Mouat luce como el típico enamorado de las letras, o de la idea de que los libros iluminan el mundo y permiten sobrevivir en él. Hay algo de ingenuo en el lugar que elige Mouat, pero casi todo lo que cuenta es ameno, variado, ligero. Las peores entradas son las que caen en cierto sentimentalismo un poco indigesto, casi de autoayuda, como la historia de la pareja de ancianos que almuerza dos veces por semana en un restaurante, y que al final resulta que los traen de un geriátrico. Es uno de esos relatos que hacen rechinar los dientes. Pero el resto es en general más sobrio y más contenido. Moaut habla de muchos escritores, de muchos libros, un poco a la manera de Vila-Matas (a quien cita dos veces en las primeras páginas) aunque sin excursiones ficcionales, pero con el mismo talante amistoso hacia sus colegas grandes y pequeños, a la noble familia de la literatura. En un momento, Mouat habla con gran afecto de la presentación de un libro de Agustín Squella y me vino a la cabeza la imagen de leer a Bisama leyendo a Mouat leyendo a Squella en una especie de cadena de la solidaridad literaria. También pensé en Fabián Casas, quien también ocupa el lugar de enamorado de la literatura, aunque lo suyo transcurre en otro nivel de discreción, de profundidad y de coquetería. Pero la idea de una patria benevolente de las letras es común a todos ellos (Vila-Matas incluido) y, en conjunto, me suena más chilena que argentina, aunque cada vez hay más contacto y más semejanzas entre los mundos literarios de los dos lados de la cordillera. Tengo la impresión de que Chile es para los escritores argentinos un lugar donde son bien acogidos y se respira de otro modo, con menos presión de las circunstancias políticas, pero también de las conspiraciones y guerras internas del mundillo. Fogwill iba seguido a Chile. También Aira y Piglia, que son clientes de la misma librería. Y todo el resto. Y todos parecen pasarla muy bien. Por lo menos, es lo que se ve desde la superficie: un mundo más cordial.

Este párrafo no tiene nada que ver con esta nota, pero ¿por qué diablos no compré The Clinic en Santiago? No sé si es buena o mala, pero me da curiosidad y nunca logro leerla.

No tuve suerte con Los asesinados del Seguro Obrero de Droguett (1912-1996). Aunque el autor la reescribió varias veces es una novela del año 1940, a propósito de una matanza ocurrida en 1938 en un golpe de estado fallido. Parece muy moderna para la época —un anticipo de la no-ficción— y Bisama hace una gran defensa en su libro, pero me agarró cansado y no pude pasar de las primeras páginas. Tengo otro libro de Droguett, de la maravillosa colección Huellas de la Universidad Diego Portales dedicada a críticas y escritos sobre literatura. Lo abro y descubro que el prólogo—casualidad pura— es de Germán Marín. No es un gran prólogo o mejor, es un prólogo que esconde algo, que no pasa de la infancia del escritor. Creo que alguien me contó que Droguett, desde su exilio durante la dictadura (nunca volvió a Chile) lanzó un feroz ataque contra los colegas que no emprendieron el mismo camino. Algo de ese tono furibundo hay en el artículo sobre Neruda que viene en el libro, de tono elocuente y comunista. Escrita en 1946, en ocasión de la negativa de los senadores de la derecha a aceptar el pliego de Neruda como embajador en Roma, la nota es bastante empalagosa, pero supongo que es muy difícil escribir sobre Neruda secamente, so pena de quedar como un rencoroso ante uno de los casos más notorios de genio puesto por el destino en manos inexplicables. Pero no quería hablar de Neruda sino de Droguett, de su capacidad para lanzar llamaradas de fuego contra sus contemporáneos. Esta frase es una buena prueba:

Crepusculario (el libro de Neruda) inyecta romanticismo en toda esa juventud del año veinte, la más soñadora, la más política de toda la alborada chilena. Aquellos mismos que a la vuelta de los años habían de convertirse en los tránsfugas, los traidores, los vendidos, en abogados del diablo y en yernos de la canalla, balbucean entre sollozos los versos inolvidables.

Droguett es sin duda un maestro del vituperio truculento y lo poco que leí de Los asesinados es de una violencia verbal excelsa. Debería seguirlo.

Angeles y solitarios de Eterovic (1956, Punta Arenas) es una novela policial publicada en 1995. Leí unas pocas páginas (24 exactamente) y el libro tiene algo de arcaico. Parece una novela de Chandler escrita por un letrista de tango.

Deseaba emplear el tiempo en algo que me hiciera olvidar. Deambular por el barrio o quizás ver una película para detener la furia de lo inevitable. Esa marea azul que me cubría como sudor malsano y me obligaba a morderme los labios para no tomar a alguien del pellejo y zamarrearlo por causas que ni yo mismo entendía.

La cosa se pone un poco pesada cuando uno lee lo siguiente:

Estaba desnuda y sus piernas sobresalían del borde inferior de la sábana azul que la cubría (…) Toqué su vientre y dejé que mis dedos rozaran los vellos de su pubis. —Es suficiente— oí decir en el instante que la besaba en sus labios.

Como literatura erótica el fragmento no es del todo original, pero resulta que la mujer desnuda es una vieja novia del detective que reposa en una camilla de la morgue. No supe qué hacer después de leer ese capítulo. No sé si Eterovic escribe en serio o en broma, como si intentara acaso una caricatura de Sasturain, que a su vez es una caricatura de Chandler, que no es exactamente una caricatura pero tiene algo de festivo, como si el género hubiese nacido bajo ese signo. En el fondo, la metamorfosis del noir en historieta o pornografía tal vez constituya su expresión definitiva.

En los bajos fondos transcurre también El mundo, de Alfredo Gómez Morel (1917-1984), considerado el Jean Genet chileno. Nunca había oído hablar de él y el libro que Bisama incluye en su enciclopedia es el primero del autor, El río (1962). En ese entonces, Morel se dio a conocer con sus memorias noveladas de delincuente nacido en el arroyo (¿por qué se me da por decir arroyo, justo cuando hablamos del río? ¿Y, de paso, de dónde saldrá lo de “arroyo”?). Dice Bisama que el libro es durísimo: “La novela es el modo de probar que en la mitad exacta del Chile del siglo veinte no hay futuro alguno”. Lo mismo pasa con el libró de Marín hacia el final de ese siglo. Y casi también con el de Bisama, pero de otro modo. (Bisama dice algo así como: “no hay futuro pero tiene que haberlo” y en eso reside su rebelión de clase media). Bien, cuando se publica El mundo, en 1984, Gómez Morel ya es una especie de celebridad porque El río fue un éxito y se nota. Escribe como un empresario —de algún asunto medio irregular— que cuenta anécdotas de su trayectoria delictiva en toda Latinoamérica. Incluso dice la solapa que llegó a ser guardaespaldas de Perón. Parece un libro cuyo contenido se debe tomar con pinzas, pero puede ser muy divertido. La tapa —curiosa elección— proviene de A Valparaiso, un documental de Joris Ivens.

Hasta ahora había leído dos libros de Rafael Gumucio. Páginas coloniales (crónicas de viaje, 2006) y La situación (ensayos literarios, 2011) y ambos me habían gustado mucho. Gumucio es muy inteligente, muy agudo y tiene un sentido muy preciso del efecto de la escritura. No sé si hay un ensayista de ese calibre en español, al menos en ese registro de periodismo fino. Comparado con Villoro (una de las estrellas de las letras regionales), por ejemplo, Gumucio gana por varios cuerpos. Nunca leí sus obras de ficción pero estas Memorias prematuras escritas antes de los 30 años están entre el ensayo y la narrativa y las sesenta páginas que leí son impecables, de una solidez muy rara en un escritor de esa edad. Gumucio es hijo de una familia de exiliados, militantes de una extraña secta cristiano-marxista. La primera parte del libro, que transcurre en Francia y en la que el narrador cuenta que vive con su padre, su madre y el amante de esta (que también pertenece al partido) es un texto corrosivo, impiadoso y con momentos desopilantes. Gumucio cuenta una vida rara (parece que es la suya) pero la cuenta desde una distancia y con un tono de dandy, que apenas deja traslucir la bronca ante tanta excentricidad, como un Holden Caulfield del subdesarrollo y con más espíritu de rebeldía. Se nota que Gumucio ha leído mucho, parece escribir sin esfuerzo y tal vez tenga una exposición excesiva. Pero el tipo es bueno de verdad. Tengo que leer sus novelas y sus cuentos.

Otra vez quedó una nota un poco larga. Tengo para hablar de películas, de vinos y falta al menos otra nota sobre libros, ya que Matías Rivas, editor de la UDP nos invito a comer y nos regaló una caja llena de las joyas de su editorial. Héctor Soto, a su vez, nos regaló el último libro de Fuguet, Missing, pero además vi la última película de Fuguet, en estado de proyecto. De eso quiero hablar también. Parece que seguiremos en Chile durante un tiempo. Será un placer.

Foto: Flavia de la Fuente y Carla Mc-Kay

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3 comentarios para “Empanadas de pino (4)”

  1. Juan Villegas Dice:

    Missing es un gran libro. Y también Aeropuertos, su libro posterior; menos ambicioso, pero más entrañable. Fuguet encontró un tono como escritor.

  2. lalectoraprovisoria Dice:

    No sé si es el mismo tono de Música campesina, la película. Pero ahí encontró algo también.

    Q

  3. Loro de Flaubert Dice:

    Acá encontré dos entradas interesantes sobre el libro de de Fuguet:

    http://www.cooperativa.cl/alberto-fuguet-y-su-libro-mas-personal-missing-esta-escrito-bien-de-adentro/prontus_nots/2009-10-19/120652.html

    http://oficinauta.blogspot.com.ar/search?q=Todos+tenemos+un+t%C3%ADo+que+se+perdi%C3%B3

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