Publicado en Perfil el 8/7/12
por Quintín
El domingo pasado estuve en Isla Negra gracias a que los gentiles anfitriones del FIDOCS —el festival de documentales de Santiago de Chile— organizaron una excursión a la casa de Neruda, hoy convertida en tumba y museo. Sentado en un banco frente al Pacifico (poca gente tuvo el talento para hacerse de una vista como el poeta) leo Cien libros chilenos, la historia de la literatura local por Alvaro Bisama, que califica a Neruda de “héroe insoportable”. En privado, Bisama habla del parecido entre la residencia nerudiana y la de Michael Jackson, pero el libro dice que Neruda inventó, narró y coleccionó el siglo XX, del cual sería su rey Lear. Después de asombrarse ante un derroche de extravagancia como el de Isla Negra, no se puede hablar de Neruda en términos comunes: su delirio principesco queda fuera de nuestra comprensión y sospecho que también de la de sus compatriotas, habitantes de un país opaco, más proclive al exceso secreto que al ostensible.
Conocimos a Bisama gracias a esa fuente infalible de amistades que son los jurados, el invento ideal para suspender la vida una semana. Notable escritor, está tan fascinado como harto de las oscuras garras de la chilenidad y de su juego social que prescinde de la clase media. En Chile, todavía hay gente que se comporta como los viejos patrones de fundos. Por ejemplo, un tal Carlos Klein, joven cineasta que presentó en el FIDOCS Donde vuelan los cóndores, una película tonta y autocomplaciente sobre otro cineasta que juega a ser tonto y autocomplaciente. Al final de la función; Klein se subió al escenario para insultar groseramente al proyectorista. En lo que podría considerarse un gesto imperial nerudiano, el cine caro y lustroso del horrible señor Klein fue elogiado en el discurso de clausura por Patricio Guzmán, fundador del FIDOCS y autor de un film en las antípodas como La batalla de Chile.
Nunca había visto La batalla de Chile, pero lo hice antes de viajar a Santiago. Es un trabajo obsesivo y notable, especialmente por la tercera parte (El poder popular), anatomía de una izquierda masiva y radical en pleno enfrentamiento por el poder, un fenómeno que el cine no alcanzó a mostrar tan profundamente en la Revolución Rusa ni en la Guerra Civil Española. La gran pregunta frente a la película es qué se hizo de esas masas tan politizadas, cuyo lenguaje suena tremebundo en estos días. Una respuesta posible la proporciona la inconfundible irritación de los gases lacrimógenos que sentí a la salida de una película. Era jueves y cien mil estudiantes de la pasionaria Camila Vallejo luchaban con la policía en las calles. Otra respuesta está en Estrellas muertas, la gran novela de Bisama que funciona como autopsia de ese mundo y también como un grito que expresa el deseo de vivir en una modernidad incierta y democrática antes que en el castillo de sombras de la ideología y la diferencia de clase.
Acaso otra respuesta esté en El otro día de Ignacio Agüero (“el mayor cineasta chileno viviente” según Christian Ramírez), que me tocó premiar con gran placer en la sección de películas casi terminadas. Desde su cristalina estructura geométrica, El otro día combina la reflexión y la memoria con una apertura al mundo y hacia los semejantes que puede servir para entender que, después de todo, Chile es un país como cualquier otro. Un país donde, por ejemplo, hay un festival de documentales como el FIDOCS, pequeño, inteligente y tan adecuado a los tiempos que hasta permite que las películas se vean en formato online. El futuro de los festivales parece ligado a la transparencia, a la posibilidad de que los espectadores virtuales amplifiquen lo que sigue ocurriendo en las salas. Aunque es posible que lograrlo no sea tan fácil en Beijing o en Tucumán.
Foto: Flavia de la Fuente

julio 8, 2012 en 12:11 pm
Estimado Q.:
Por si no has visto los “documentales” de los Perut-Osnovikoff, chilenos a pesar de esos apellidos, quedan totalmente recomendados. Son de la “nueva escuela”, todo entre comillas. Tienen una manera muy particular de filmar.
Y en cuanto a libros Armando Uribe es un imperdible, tanto en prosa o poesía podrás captar su humor.
Saludos.
julio 8, 2012 en 2:17 pm
Gran nota.
¿Se pueden ver online hoy las películas?
julio 10, 2012 en 4:52 pm
Señor Jorge Al referirme al canta-autor Víctor Jara no lo he hecho con el afán de denostarlo, pues muy bien sé que denostar significa lo mismo que injuriar e infamar. No lo he injuriado ni lo he infamado. Sólo que no me parece que este señor esté conformando un listado de 10 personajes chilenos, para indicar de allí quién merece el rango del más Grande de nuestra historia. Víctor Jara fue un chileno más, como los hay muchos que se dedican a escribir canciones y que luego van a un estudio a grabarlas y si son talentosos podrán tener algún éxito. Creo que para un canta-autor como Jara, que grabó 6 LP, ( Long Play, disco de acetato con 6 canciones por cara) dejando en el recuerdo sólo dos canciones como Te recuerdo Amanda y el Cigarrito, su legado fue mínimo y casi insignificante comparado con Lucho Bahamondez, por ejemplo, que dejó plagado nuestro folclor cancioneros con obras inmortales. La diferencia está en que Bahamondez murió en su cama y Jara asesinado, cuyo suceso ha sido usado y utilizado por la ideología izquierdista para dejarlo en un sitial de privilegio para su adoración. También sé que Víctor Jara fue un director de teatro, con diez obras a su haber sin ser autor de ninguna de ellas. ¿Eso lo hace grande? Arturo Moya Grau dirigió muchas obras y la mayoría de su autoría, en la que se destaca la Madrastra, éxito indiscutido en nuestra local historia de la televisión. Por lo expuesto, es que no me parece que Jara esté entremedio de los Grandes chilenos. Esto no lo denosta, no lo injuria, sólo lo muestra con cierta objetividad. No hay más que buscar, no hay nada más de él que pueda encontrar para su pedestal. En fin, este concurso afanado en buscar a los Grandes chilenos, es una perdida de tiempo, tal y como lo sería en buscar la fruta del más alto deleite. A propósito: ¿Cuál es la fruta que más me gusta? Me parece que esto depende de la estación del año. Sí, parece que sí.