El FIDOCS y otras curiosidades chilenas. Libros.
por Quintín
Volvimos de Chile al borde del exceso de equipaje. La causa, como siempre, fueron los libros. Soy un comprador compulsivo de libros, pero también el tipo más feliz cuando me los regalan. Y de las dos cosas hubo en Santiago. Esta nota intenta simplemente dar cuenta de los libros que trajimos en el viaje.
San Antonio
Nuestra primera partida de caza fue a la librería Metales Pesados, que tiene fama de ser la mejor de Santiago. Allí fuimos acompañados por María Paz González, la co-jurado de Flavia y por Yolanda Arena, directora ejecutiva de Cinemachile, la agencia de promoción del cine chileno, quienes se prestaron gentilmente a acompañarnos.
En Metales Pesados reina Sergio Parra, un librero notable, simpático y gran vendedor, que nos despachó en pocos minutos con un paquete apreciable bajo el brazo. En esta nota, el escritor Iván Thays cuenta que una vez Parra le agregó disimuladamente un libro que él no había pedido porque estaba convencido de que le iba a gustar y así fue. No sé qué pensaría Parra de nosotros, pero a continuación van los libros que nos vendió sin que se nos otorgara siquiera el derecho a la protesta.
Constanza Arena y Q antes de salir para la librería donde Constanza se compró Los hermanos Tanner de Walser por consejo de F.
Flavia fue a lo suyo y, sin que nadie le diga nada, se alzó con Sueños, de Robert Walser, una nueva colección de inéditos del inagotable suizo, que Siruela editó en 2012 y que aun no vimos —Moreno mediante— en Buenos Aires. Hablando de eso, ayer estuve en Arcadia, donde nuestro amigo Pablo Pazos contó —con desolación en la voz— cómo un pedido de importación de libros de editoriales españolas pequeñas había recibido de la Secretaría de Comercio la respuesta: “DENEGADO”, sin más explicaciones. Pero volvamos a Chile, que ya me estoy poniendo nervioso.
Yo iba con un interés específico por la literatura chilena, y vi unos libros de Marcelo Mellado (“el escritor que odia a los escritores”) que me interesó a partir de uno de sus libros de cuentos, Ciudadanos de baja intensidad, editado por La Calabaza del Diablo. “No iré a Madrid”, uno de los relatos más agudos que leí en mucho tiempo. Así que me llevé Armas arrojadizas (ahí también está “No iré a Madrid”) una selección de cuentos que editó la propia Metales Pesados, además de La provincia (editorial Cuneta) y La hediondez (ediciones Alquimia). Este último viene con un prólogo de Alvaro Bisama (no reparé en el detalle cuando compré el libro), pero Mellado fue uno de los primeros motivos de coincidencia en las conversaciones con Bisama. Como curiosidad irrelevante, agrego que el provinciano y correoso Mellado vive en San Antonio, por donde pasamos el domingo en la excursión a Isla Negra que programó el festival. Un puerto en perfecta decadencia, según nos informaron.
También me llevé Mitín 1934, un libro de Juan Emar que desconocía, pero me tentó al verlo en el anaquel. Nunca terminé ninguno de los pequeños libros de Emar (no hablo de Umbral, una leyenda que tiene algo así como diez mil páginas), pero empecé como tres y todos prometen ser extraordinarios.
Y hasta ahí llegamos con las elecciones personales. El resto nos lo llevamos porque Parra es un genio vendiendo. No logro imaginarme cómo logró encajarnos una cosa que se llama Un año en el budismo tibetano, de Sebastián Olivero (editorial Hueders). No alcancé a hojear el libro, pero viene con un prólogo de Roberto Merino. Matías Rivas nos contaría más tarde que Merino es un escritor muy apreciado. De hecho, parece que Aira dice de él que produce frases perfectas. Pero a mí no me gustó el capítulo de Los malditos, las crónicas organizadas por Leila Guerriero en el que Merino escribe con desdén de Joaquín Bello Edwards. Después me enteré que Merino es el mayor especialista en Bello Edwards y el editor de sus obras para la Universidad Diego Portales. Tal vez el tipo se haya aburrido de tanto Bello Edwards y le ajustó las cuentas en ese lugar lateral. Tengo por ahí un libro de Merino, que trataré de mirar cuando llegue a San Clemente. Pero ahora mismo, no puedo dejar de leer el prefacio del budismo tibetano, y me encuentro con que ese fue el trabajo de tesis de Olivero bajo la dirección de Merino (o una derivación del trabajo, no entendí bien). Y que el libro, originalmente presentado como ensayo, según dice Merino, se escapa hoy de esa categoría. Dice Merino: “podríamos hablar, en relación al libro, tanto de ensayo como de novela, diario de vida o registro autobiográfico, y siempre nos sobraría y faltaría algo.” Es buena la prosa, no hay duda, pero ¿no suena un poco gallega? Para que el lector juzgue, aquí les dejo las primeras líneas del Prefacio:
Es posible que sea inútil añadirle un prólogo a este libro, pues corresponde a una clase de obras que, en su espontaneidad y en su transparencia, se presentan solas, volviendo algo disonantes los despliegues explicativos que vienen desde afuera.
En cuanto a Olivero, creo que después que quien lea las primera líneas del libro, en Santiago, correrá a comprar el libro. Aquí van:
Soy sedentario y me aburro de serlo; cuando hago cosas, tarde o temprano también me aburro. Me siento incómodo siempre que estoy en lugares que no acostumbro, y en los que acostumbro, me aburro.
¿Estamos en presencia de un clásico, o es solo una idea apresurada?
Hablando de Aira, varias veces nos topamos con gente que afirmaba haberle escuchado recomendar un libro. Parece que Aira va seguido a Chile y es cliente de varias librerías, donde deja caer al pasar sus consejos. Uno de ellos es que hay un libro genial que se llama “El hipódromo de Alicante y otros cuentos fantásticos”, cuyo autor es Héctor Pinochet Ciudad (Simplemente editores). Parra me lo vendió sin esfuerzo a partir del certificado de calidad aireano. La edición es fea, pero el autor nació en 1938 y murió en 1998 tras afirmar que Chile no le dio más que “hambre, desolación y olvido”, según dice la solapa. Pero en la contratapa aparece Aira para decir:
Mis amigos chilenos son generosos y me tienen bien diagnosticado: en cada viaje alguien me tiene preparada alguna golosina explosiva, por ejemplo, El hipódromo de Alicante de Héctor Pinochet.
Me pregunto si fue Parra quien le recomendó el libro a Aira o fue al revés. De Metales Pesados me llevé cuatro libros chilenos más por recomendación (imposición) de Parra. Uno fue Trama y urdimbre de Matías Celedón (Mondadori). Es un formato muy chico y en las primera páginas se lee que “la escritura del libro contó con ayuda del Consejo Nacional del Libro en su línea de fomento a la creación literaria”. Es obvio que un libro bueno no tiene por qué ser extenso, pero Trama y urdimbre tiene ciento cuarenta páginas y muchas de ellas no constan más que de un par de frases, a manera de capítulos de “una novela de recortes, un esqueleto de imágenes plenas, esenciales, que por momentos recuerda las investigaciones de Tanizaki sobre las luces y las sombras o sobre los pasajes cerrados de Adolfo Couve” según la define Alejandro Zambra en la contratapa. Ni los fondos oficiales ni los elogios de Zambra me predisponen favorablemente para leer a Celedón, que según la solapa nació en Santiago en 1981 y en 2005, a los 24 años, “obtuvo el apoyo del Fondo de Fomento del Libro y la Lectura para la creación y el desarrollo de la obra Desnudos sin argumentos”. Ignoraba que el Estado chileno financiara los libros antes de escribirse. ¿O solo financiará los libros de Celedón? Pensé que eso solo pasaba con el cine. La verdad, no sé qué pensar de este asunto.
Otro de los libros tiene una tapa amarilla con el dibujo de una pelirroja y se llama Canciones punk para señoritas autodestructivas (editorial Das Kapital). Según la solapa el autor nación en 1983 y es porteño (no sé qué quiere decir “porteño” en Chile, sospecho que debe ser de Valparaíso). También es periodista y músico de rock. Es un libro de cuentos y la verdad es que no tengo la menor idea de qué puede haber llevado a Parra a pensar que a mí me interesaría este libro, cuya apariencia es la de un costumbrismo pop. Habrá que ver.
También nos llevamos Alameda tras las rejas de Rodrigo Olavarría (La Calabaza del Diablo). Otra contratapa de Zambra, quien lo califica de “bello, divertido y asombroso”. No le creo mucho a Zambra con esa descripción pum para arriba, pero este libro promete. Olavarría nació en 1979 en Puerto Montt, es poeta y en su curriculum figura haber traducido a Pound, a Bolaño y a Rodrigo Lira. “Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera” empieza Olavarría, una cita de Marx (acaso apócrifa) que jamás había escuchado (en realidad, de Marx se cita siempre la misma frase, ese asunto de la tragedia y la farsa). Pero si les copio acá el primer párrafo de esto que parece un diario, los voy a convencer de que el libro es excelente, que es de lo que me convencí:
El escribir ha perdido interés para mí. No solo el acto trivial de dar expresión a emociones, sino sobre todo el de perfeccionar frases que escribo como quien come o bebe, con más o menos atención, pero medio enajenado y desinteresado, medio atento y sin entusiasmo ni fulgor. Eso es casi una cita, mi repuesta está a mano. A mí no me interesa la literatura, lo que estoy haciendo es escribir un libro.
Y el segundo párrafo, puesta en abismo del anterior, es buenísimo también. Pero no lo voy a copiar.
Por último, Parra aseguró que si no leíamos La vida doble (Tusquets), una novela de Arturo Fontaine, no sabremos nunca lo que es la literatura. El autor es un chileno nacido en 1952, es decir un año después que yo, pero tiene un aire de lo más respetable, impresión que aumenta cuando uno lee la solapa. El libro trata sobre una guerrillera torturada en tiempos de Pinochet que se enamora de un carcelero. Creo que nunca voy a leer esta novela. Hay cierto morbo cuyo umbral me cuesta superar. Supongo que una vez que uno empieza y se familiariza con la ambigüedad de un horror semejante, se inicia un proceso adictivo, una especie de erotismo de la muerte y del asco a lo Portero de noche. Pero prefiero navegar en aguas más tranquilas.
No contento con hacernos llevar algunos imprescindibles chilenos, Parra nos vendió una novedad extranjera, un libro de Acantilado llamado Gottland, de Mariusz Szczygiel, uno de los apellidos más difícil de la historia de la literatura. Se trata de un polaco que escribe un libro sobre la República Checa (la “Tierra de Dios” del título) compuesto, según la contratapa, de “pequeños cuentos crueles”. Cómo diablos compré este libro es un misterio que no habré de entender en mi vida. Pero si alguna vez lo leo y me gusta, atravesaré en peregrinación la cordillera para pedirle perdón al librero más persuasivo de todos los tiempos.
Esta nota iba a ser en principio muy breve. Pensaba simplemente hacer una lista de los libros que habíamos traído de Chile, con algún comentario aislado. Pero una cosa lleva a la otra, y aquí estamos, once mil caracteres después, sin haber agotado ni remotamente el tema. Hay para una o dos notas más sobre los libros adquiridos en la semana mágica del FIDOCS.
Foto: Flavia de la Fuente


julio 6, 2012 en 5:14 pm
Una contratapa favorable firmada por Zambra sería, para mí, un argumento definitivo para no leer un libro. ¡Qué fiasco me resultó Formas de volver a casa!
¿Qué opinan de Zambra en Chile?
julio 6, 2012 en 5:25 pm
Las opiniones están divididas. Algunos dicen que lo envidian porque publica en Anagrama. Otros que es un poco mediocre y acomodaticio.
Q
julio 6, 2012 en 5:34 pm
Definitivamente estoy con los “otros”…
julio 9, 2012 en 6:56 am
[...] FIDOCS 2012 (Festival International de Documentales de Santiago) come giurato. C’è anche una seconda e una terza parte, si parla di film ma anche di altre occasioni più informali tra i protagonisti [...]