Diecisiete por diecisiete

Publicado en Perfil el 17/6/12

por Quintín

Una manoseada frase de Tolstoi afirma que las familias felices se parecen pero las infelices son todas distintas. Algo parecido podría decirse de los escritores y sus vidas: los convencionales son de la misma especie, pero los malditos se destruyen cada uno a su manera. Los malditos es una antología de crónicas organizada (más que compilada) por Leila Guerriero y publicada en Chile por la milagrosa editorial de la Universidad Diego Portales, que parece empeñada en humillar a sus colegas del continente. En este caso, le encargó a diecisiete escritores latinoamericanos vivos un perfil de diecisiete escritores latinoamericanos muertos cuya característica común es que sufrieron como chinos. Al menos diez se suicidaron, otros murieron por abusar de las drogas o del alcohol, hay un muerto de sífilis, otro que se cortó los testículos y unas cuantas internaciones psiquiátricas. Algunos de esos escritores (a ambos lados del mostrador) son buenos, otros no tanto, pero la compañía de los diecisiete malditos es conmovedora como un buen melodrama.

Una concentración tan alta de chismografía y truculencia en las 450 páginas del libro está sostenida en la moda de la crónica literaria, que si está a cargo de nombres conocidos promete que el periodismo va a resultar elevado por la literatura. El género tiene algo en común con el documental de creación, un concepto creado para mitigar la deshonra del arte por encargo.

Hace unos días murió Ray Bradbury, cuya genialidad han decretado los obituarios de modo unánime. Hace medio siglo, sin embargo, Bobi Bazlen decía de El vino del estío que está lleno de cualidades, pero que “acepta ciertas convenciones literarias, ciertos standards americanos, ciertos límites comerciales —que se han hecho carne de su carne— y todo eso se percibe”. Los perfiles de Los malditos están determinados por una idea que en el propio libro se atribuye a Fernando Vallejo: “En una biografía lo importante no sólo es saber, sino contar cómo se sabe”. La idea es interesante, pero en formato corto lleva a la rigidez que predomina en Los malditos, cuyos capítulos se reparten entre anécdotas sobre el personaje, citas de su obra y los desvelos del cronista por aproximarse a quienes lo conocieron. Los flashbacks, la alternancia entre primera y tercera persona, la repetición de muletillas, la progresión dramática definen una suerte de profesionalismo de la crónica pero la conducen a distintos grados de decepción: los parientes no saben o no recuerdan, los amigos no hablan, los archivos se han perdido, el rescate del escritor ya se ha hecho o no se hará nunca… Así, en esa rutina que concluye casi siempre en la constatación de un vacío se destacan los capítulos de quienes se desmarcan de algún modo de la consigna. Graça Ramos, Andrés Felipe Solano y Juan Gabriel Vásquez logran convencernos de la profunda y ejemplar excentricidad de Samuel Rawet, Bernardo Arias Trujillo y Porfirio Barba Jacob. Alan Pauls se mete a fondo con Jorge Barón Biza y produce un ensayo que arroja luz sobre su propia encrucijada entre vida y escritura. Rafael Gumucio corrige y complementa a Cabrera Infante a propósito de Calvert Casey. Marco Avilés construye una intriga jamesiana en torno a César Moro. Rafael Lemus, por último, comienza desafiando el propósito de la crónica diligente. Declara que es una pérdida de tiempo porque de Jorge Cuesta no queda más que una lápida, su obra es breve y las lecturas que se han hecho de ella han absorbido su posible influencia hasta disolverla. Pero termina convenciéndonos de que Cuesta es el único escritor maldito de México y logra que su fantasma adquiera una presencia descomunal sin tener que buscar parientes ni vecinos que lo recuerden. O tal vez por eso mismo.

Foto: Flavia de la Fuente

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2 comentarios para “Diecisiete por diecisiete”

  1. Pustulio Dice:

    Qué buena reseña, Quintín. Comparto tu escepticismo frente a la “nueva crónica latinoamericana”, en la que siempre encuentro el mismo formato calcado, una insoportable corrección política, el lenguaje carveriano de la “nueva narrativa latinoamericana” y una carga importante de solemnidad, sin importar si se está hablando de los desaparecidos del Paraguay o de una orgía en Barcelona. Como siempre, hay excepciones, Caparrós y Villoro, mucho mejores cronistas que novelistas, a su pesar.
    Con todo, me dieron ganas de leer el libro.

  2. las artes Dice:

    Este libro reúne perfiles de escritores latinoamericanos del siglo XX que tienen en común haber vivido una vida de desdicha y ser dueños de una obra literaria que, pese a su importancia, es poco conocida. Autores unidos por un mismo sentimiento: el hecho de no haber encajado ni en su tiempo ni en su sociedad ni en sus familias. ¡Ni siquiera en sus propios cuerpos!

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