Publicado en Perfil el 6/5/12
por Quintín
En el reciente Bafici, Patience (After Sebald) fue uno de los dos films exhibidos en el fino auditorio de la fundación Proa, donde nunca van a pasar El último Elvis ni las aventuras de Bore Lee, el karateca croata. La película, obra de Grant Gee, un cineasta inglés dedicado a filmar músicos y artistas, es bastante mala. Gee maltrata la pantalla abusando de feas incrustaciones para ilustrar lo que se habla. Y lo que se dice es un amontonamiento de testimonios, citas, comentarios y lecturas de Sebald a cargo de editores, artistas plásticos, escritores y expertos que comparten un tono elevado, solemne y presuntuoso. Patience es un parque temático Sebald, un homenaje que la industria cultural le rinde a uno de sus héroes más sorprendentes: este profesor de literatura nacido en Alemania en 1944 ascendió de modo fulgurante a la gloria literaria y en diez años pasó de ser un ignoto académico a un escritor de culto, de buenas ventas y de enorme prestigio. Cuando murió sorpresivamente en 2001 era un ostensible candidato al Nobel. La película está centrada en Los anillos de Saturno, un libro en el que Sebald narra sus caminatas por los desolados caminos rurales del Suffolk y descubre en su transcurso remotas coincidencias que evocan episodios de la destrucción progresiva y sistemática del mundo. La tenebrosa colección de vidas, catástrofes y genocidios que el libro hilvana, junto con la colección de lugares que nombra fueron un buen detonante para dos obsesiones británicas: la crueldad y la completitud. Patience termina evocando Conspiración de mujeres, una horrible película de Peter Greenaway que transcurre en Suffolk y en la que cada plano tiene un número correlativo, hazaña semejante de algún modo a la de Daniel Tunnard, el ciudadano inglés que subió a todas las líneas de colectivos de Buenos Aires.
Patience muestra lo fuerte que pegaron las traducciones de Sebald al inglés como inspiración para artistas de todo tipo. Existen incluso mapas para facilitar la permanente peregrinación a los sitios que aparecen nombrados en Los anillos de Saturno. Tal vez el único momento gracioso de Patience ocurra cuando Ian Sinclair declara que después de leer a Sebal, creyó descubrir que el secreto de la literatura consiste en pasear por cualquier lado y asociar libremente. “El campo está negro de tanta gente que camina por ahí para después poder escribir un libro”, remata Sinclair sin reírse.
En estos años, tal vez por el carácter tan poco estimulante del presente, el pasado resulta la fuente más cercana de inspiración, un manantial de relatos para ser desenterrados, para darle volumen al tiempo e iluminar el futuro. Desde Benjamin a Greil Marcus, el trabajo de recuperar lo destruido por el progreso se ha convertido en una necesidad intelectual y la Historia pasó a ser nuestra gran ciencia ficcional. Sebald tuvo el acierto de aparecer con un dispositivo perfecto: unir Historia y Geografía. Lo hizo con fotos, de un modo particularmente apto para despertar la excitación audiovisual e interdisciplinaria del arte contemporáneo. Su trayectoria fugaz fue una bendición para las letras: un escritor grave, culto, erudito pero también amable, entretenido y hasta un poco místico, como para redondear la paradoja del ermitaño que produce en soledad pero al que todos quieren parecerse. Los anillos de Saturno tiene mucho de alta cursilería, una frase inspirada de Constantino Bértolo. Pero Sebald narra con una fluidez increíble y el relato de las masacres coloniales en el Congo es más que un pasaje ameno. Leí a Sebald con placer y admiración hace diez años pero Patience demuestra que la cultura se ha vuelto una pasta tan homogénea que es imposible determinar si sus ídolos son sabios o impostores.
Foto: Flavia de la Fuente
