por Quintín
Cinco libros más no del todo leídos. Tres son argentinos. Después de practicar este ejercicio varias veces, me doy cuenta que leer el comienzo de un libro no es igual a leer el comienzo de otro libro. Hay libros en los que la parte permite saber cómo será el todo mientras que, en otros, las páginas iniciales anticipan poco de las páginas del futuro y no permiten abrir un juicio definitivo. También es frecuente el caso en el que es mejor leer solo un poco para no llegar a la página de la desilusión. De todo hay aquí y vienen mezclado. Supongo que para el lector será obvio deducir en qué caso se encuentra.
11. Ferdinand von Schirach, Crímenes, Salamandra. Schirach (Munich, 1964) es un abogado penalista berlinés, de aquellos que se conocen bajo el simpático sobrenombre de “mate y venga”. Su función es sacar de la cárcel u obtener la pena más leve posible para los acusados. En Crímenes, Schirach inaugura su carrera literaria con gran éxito de ventas en Alemania. Supuestamente, habla de sus casos. Digo “supuestamente” porque las cinco historias que leí (son once) son demasiado buenas para ser ciertas. Eso no tendría ninguna importancia, pero me da la impresión de estar ante a un best-seller cuidadosamente calculado más que frente a la intimidad profesional de un sacapresos.
Cada uno de los cinco cuentos podría dar lugar a una película: la historia del pacífico y respetado médico de pueblo que un día despedaza a su mujer a hachazos luego de cincuenta años de matrimonio; la increíble aventura de tres delincuentes de poca monta, explotados por un mafioso, que un día le roban a un caballero japonés una impensada reliquia familiar (el caballero japonés resulta ser un yakuza); la tortuosa historia familiar de un padre rico que martiriza a su hija violonchelista hasta que él, ella y su hermano mueren violentamente; la refinadísima estratagema con la que un inmigrante turco, secretamente genial, libra a su hermano de una condena segura; la triste desesperación de otro inmigrante que descuartiza el cadáver de un cliente de su novia prostituta que murió de un infarto.
Schirach cita de entrada a Wener Heisenberg
La realidad de la que podemos hablar jamás es la realidad en sí.
Heisenberg y su principio de indeterminación suponen que la realidad no puede ser observada sin alterarla, pero la frase sirve aquí más bien para justificar lo que señalé antes: von Schirach estiliza la realidad y la convierte en un conjunto de relatos muy sólidos, muy atractivos y muy convenientes, con una mezcla equilibrada de morbo y corrección política. Estoy seguro de que los seis casos que faltan serán igualmente atractivos y de que von Schirach, o el inteligente editor que lo respalda, entregará más casos del abogado en los años venideros. [leídas 82 páginas].
12. Josefina Licitra, Los otros, Debate. Me cae bien Licitra, aunque no la conozco más que de algún intercambio de tuits. Los otros es uno de los libros más elogiados del año. En principio, porque se ocupa de ese mundo semisecreto que es el conurbano y da de él una visión iluminadora. Los otros cuenta el conflicto entre dos grupos de vecinos de Lanús, a poca distancia del Riachuelo. De un lado, el barrio de inmigrantes italianos: una clase media en caída libre, abandonada hace mucho por las autoridades. Del otro, los marginales atrapados en las habituales redes del clientelismo, que ocuparon un basural e intentan no quedar del todo afuera de la civilización. A uno y otro lado mugre, aguas servidas, delito, carencias escolares, sanitarias, laborales… Y la violencia, que un día termina en el asesinato de un chico villero del que se acusa a uno de los “tanos”. Licitra se mete en el infierno de los pobres contra otros pobres y allí encuentra víctimas y héroes; y la sensación de que no hay salida ni a uno ni a otro lado de la pared.
Los otros es un libro trabajado, lúcido, sincero, que padece las limitaciones de un género que tiene buena prensa, tal vez porque sus cultores son periodistas. Demasiada buena prensa para mi gusto. La nonfiction, esa costumbre de hacer literatura con la crónica. Siempre pensé que había un problema ético en la nonfiction. Es la tentación de relatar situaciones sórdidas y desesperantes adornándolas mediante recursos de estilo. Es decir, recurrir al narcisismo de la escritura bonita con la excusa de evitar la monotonía y el mero registro de los acontecimientos. No es un problema de Licitra: creo que esto sucede desde Capote en adelante y, en particular, desde el “nuevo periodismo”. Y el problema ético aparece más flagrante cuanto más negro es lo que se cuenta: es como si el tema se transformara en una excusa para que el escritor luzca sus habilidades y saque, exagerando un poco, su tajada de la miseria.
No es que el libro sea tremendo en ese sentido, pero hay aquí y allá capítulos construidos como cartas o como poemas, giros amanerados que denotan la preocupación por lograr que la prosa no sea chata, porque alcance picos de expresividad:
Y cruzando el baldío, el perfil de la villa: una geometría rota; un cuerpo fracturado bajo un cielo que hoy —que casi siempre— es gris.
a la izquierda está el Riachuelo y a la derecha hay galpones, villas, curtiembres, villas, galpones, curtiembres
A los costados, el paisaje va pasando como en un continuo de Moebius donde siempre desaparecen y vuelven las mismas imágenes: chapas, restos, polvo, caballos, zanjas, culos de niñitos, tuberías abiertas, muebles rotos, perros. Y en el medio de todo esto está el hedor: un olor sin síntesis, un olor que es la esencia de los cuerpos enfermos.
En el último párrafo hay algo de impresionismo, de imprecisión (“un olor sin síntesis” y de exceso (“la esencia de los cuerpos enfermos”) (¿Moebius es la cinta o el dibujante? ¿no es suficiente con otra figura para describir la monotonía del paisaje?).
He leído que la no ficción contemporánea presupone que el cronista no puede ya comprender interpretar las situaciones de las que se ocupa y que, por lo tanto, debe abordarlas superponiendo voces mientras renuncia a la pretensión de comprender (y menos de imaginar una salida). No estoy de acuerdo. Siempre fue difícil decir toda la verdad: no hay que ponerse posmoderno para eso. La realidad social es complicada y dolorosa, pero no tan compleja como para eludir el escrutinio de la inteligencia. Pero me parece que la renuncia a llegar a la verdad y la tendencia a priorizar lo “literario” son las dos caras del mismo síntoma, como si la literatura acudiera al rescate de la culpa y le permitiera al cronista quedarse en una superficie confortable, habitar una confusión en la que no corresponde profundizar más allá de un límite trazado de antemano.
Creo que ya lo dije, pero insisto en que no es esta una acusación contra Licitra. Su trabajo es meritorio y no me parece que haya esquivado el bulto. Pero sí creo que el género está formateado para favorecer el ejercicio de estilo y el aplauso fácil. Creo que hay demasiada gente haciendo lo mismo, interrumpiendo su narración para avisar que está ahí, que quien escribe es un escritor y no un mero periodista. Y así, este género de la crónica florida se termina pareciendo demasiado a un refugio temporario e ineficaz contra la dificultad del mundo. [leídas 80 páginas].
13. Natalí Schejtman y Javier Porta Fouz, El libro de otro del helado argentino, Sudamericana. Este es un libro insólito, ya desde el título, el formato y la diagramación. Pero, sobre todo, porque no se parece a nada en su estilo extravagante: no hay textos tan celebratorios, tan convencidos de que están diciendo cosas importantísimas que nadie puede ignorar, aunque es obvio que el nivel de detalle de la información y un proyecto cuya intención parece la de construir una antropología definitiva y hasta una fenomenología del espíritu del helado puede abrumar al habitué más conspicuo.
Sin embargo, ese estilo sobrecargado de datos y de experiencias, que alterna la historia del helado y los heladeros con el análisis de un sabor determinado, que no se priva de discutir si los helados engordan, ni de describir la intimidad de un grupo a la hora de pedir el delivery, ni de aportar datos sobre las heladerías más tradicionales de Buenos Aires e incursionar entre otras destacadas en el mundo. El libro empieza diciendo que la Argentina está entre los países que fabrican los mejores helados, se lamenta de que sus habitantes no sean los que más consumen y creo que no hay nada relacionado con el helado que no aparezca en este breve pero desmesurado Libro de oro.
No hay muchos libros en los que los autores supongan en el lector una pasión equivalente a la suya o estén dispuestos a lograr que lo sea. Por eso le hablan como si estuvieran dispuestos a tomar un helado en cada renglón y compartieran no solo un gusto o una afición sino el mismo afán por registrarla, por no reducirla al simple consumo de una golosina, que es la actitud que la mayoría de la humanidad tiene respecto del helado antes de toparse con este libro. Ese optimismo, lejos de dejar afuera a los que tienen por el helado una pasión menos abrasiva, permite sumergirse en un mundo obsesivo pero feliz, que la lectura fuerza a suponer infinito e inabarcable. El libro de oro del helado se propone prolongar el placer infantil de los primeros helados y transformarlo en una actividad adulta, practicada con la misma seriedad que el juego de los niños pero con el nivel de erudición de un coleccionista. Entre las especialidades de la gastronomía, nada se presta a este abordaje como el helado y esta es una guía para niños grandes. [leídas 62 páginas].
14. Louis-Ferdinand Céline, Conversaciones con el profesor Y, Caja Negra. Tengo una gran simpatía por esta editorial joven, que casi en silencio ha ido construyendo un catálogo notable, casi exclusivamente en dos direcciones. Una es el cine, con gemas de Godard, Kluge, Mekas o Glauber Rocha y la otra es la literatura francesa donde brilla, por ejemplo, la Antología del decadentismo. En particular, la publicación de este libro es un motivo de alegría. Hace un tiempo lo leí en francés (no se conseguía en castellano) y, aun entendiendo una tercera parte, fue un gran placer.
Céline es, como se sabe, un maldito. Su antisemitismo y su apoyo a la ocupación nazi lo llevaron al borde de ser ejecutado y su lugar entre los réprobos es inamovible. Por otro lado, su descomunal estatura como escritor creó una contradicción que nunca va a terminar de resolverse. A ello contribuye que la parte de su obra en la que expresa sin tapujos su racismo y sus ideas políticas, es decir, los “panfletos” Bagatelles pour un massacre, L’École des cadavres y Les Beaux Draps, publicados entre 1937 y 1941, están fuera de circulación por decisión de su viuda (siempre me extrañó que sean también inconseguibles en la internet). Aunque hay buenos análisis sobre Céline, como por ejemplo la biografía de Philippe Muray o los textos contenidos en este interesante blog, y el autor ha sido reivindicado incluso desde la izquierda, me parece que no es lógico hablar globalmente de su figura sin haber leído al menos parte de sus libros prohibidos. Por supuesto, el tema es fascinante: “¿por qué alguien con ese talento y esa lucidez abraza la causa más indefendible de la historia?”. Las explicaciones son mucho menos convincentes o, en todo caso, más retorcidas que las que se ensayan a propósito de Heidegger, cuya obra filosófica hace de algún modo natural su simpatía por el nazismo. Así es como tiendo a poner entre paréntesis el tema y siempre termino leyendo a Céline con admiración y sorpresa. Es demasiado bueno como para no hacerlo.
Y este libro es muy bueno. Como explica el buen prólogo de Mariano Dupont (responsable también de la excelente traducción) fue escrito en circunstancias particulares. Después del fracaso de Fantasía para otra ocasión, su primera novela de posguerra y apremiado por la miseria, Céline le pide a su editor Gaston Gallimard que “le haga prensa”, que le gestione entrevistas en los medios. Pero estas no se concretan y Céline decide inventarlas. Así aparece una serie de conversaciones con el ficticio Profesor Y, un académico mediocre que acepta reunirse con el monstruo para hacer buena letra con Gallimard, ya que tiene un manuscrito que pretende ver publicado. Esas supuestas charlas tomaron la forma de libro autónomo en 1955.
Las primeras páginas de las Conversaciones demuelen, con la habitual prosa entrecortada de Céline y en el menor espacio posible, el mundo literario y editorial de la época, que es lo mismo que decir el mundo literario y editorial de cualquier época y de cualquier parte. Copio, para terminar, dos fragmentos:
¡Comprendí en un santiamén! ¡en primer lugar! que “seguir el juego” era pasar a la radio… ¡antes que nada!… ¡ir y perorar! ¡qué se le va a hacer! ¡sobre cualquier cosa!… ¡pero deletrear el propio nombre cien veces! ¡mil veces!… ser el “jabón de pompas grandes” o la “navaja de afeitar sin hoja”… ¡o el “escritor genial”!… ¡la misma salsa! ¡las mismas maneras! ¡y no bien uno deja caer el micrófono se hace filmar! ¡en detalle! filmar la propia infancia, la pubertad, la madurez, los pequeños percances… y terminando el film, ¡teléfono!… ¡que vuelvan todos los periodistas!… se les explica por qué uno hizo que filmaran su infancia, su pubertad, su madurez…
Balbuceó… También tenía, como cientos de otros, el profesor Y, lógicamente, como miles de otros, licenciados, catedráticos, con anteojos, sin anteojos, un manuscrito “en lectura” en la N.R.F… casi todos los profesores tienen un pequeño Goncourt que espera en la N.R.F… me dirán: ¡eso es obvio!… ¡ya no publican novelas, solo castigos!… castigos sarcásticos, castigos arqueológicos, castigos proústicos, castigos sin pies ni cabeza… ¡castigos! Castigos nobelianos, ¡castigos antirracistas!… ¡castigos de pequeños premios! ¡de grandes premios! ¡Castigos Pléiade! ¡Castigos!…
Como se ve, el humor y la musicalidad de Céline se pueden mantener perfectamente al pasar al castellano. [leídas 30 páginas]
15. Ricardo Romero, Los bailarines del fin del mundo, Negro Absoluto. Este es un libro publicado en 2009 que emergió de una pila olvidada en un rincón. Romero nación en Paraná en 1976 y leí de él El síndrome de Rasputín (2008), primera parte de una serie de la cual Los bailarines vendría a ser la segunda. Creo que leí Rasputín, y creo también que me gustó. Romero formaba parte entonces de un grupo de escritores jóvenes denominado “El quinteto de la muerte”, del cual el más notorio resultó Leonardo Oyola, cuyos libros suelen tener muy buenos comentarios. Creo haber leído por entonces algo de Oyola, o me parece.
Casi puedo jurar que leí El síndrome de Rasputín, pero no me acuerdo del contenido. En busca de alguna pista leo el prólogo de Los bailarines, firmado por Juan Sasturain, director de la colección. Allí habla de “los increíbles Abelev, Muishkin y Maglier, los muchachos más o menos pendejos o veteranos marcados por el síndrome de Tourette…” y eso me hace sonar alguna campanada en el fondo del cerebro, y veo imágenes borrosas de un trío de valientes discapacitados que vive aventuras en edificios altos del Once y hospitales… No mucho más.
Leo entonces los primeros dos capítulos de Los bailarines del fin del mundo y no entiendo mucho, pero no sé si es porque las claves del relato están en Rasputín o se supone que uno no entienda bien la anécdota. En el primer capítulo, Maglier es el guardia nocturno de un edificio en Puerto Madero; allí llega una morocha que tiene el pecho poblado de cicatrices. Se supone que ella y Maglier se conocen de antes. Pero empieza el segundo capítulo y allí Muishkin anda por un barrio posapocalíptico que puede ser Boedo en compañía de dos fantasmas gemelos, fantasmas de dos cadáveres que están enterrados en el barrio, o algo parecido. Estamos, se ve, ante una novela fantástica, negra, de la que puedo decir muy poco salvo que el estilo de Romero, terso, amable, fluido, invita a seguir leyendo:
Muishkin se mordió el labio inferior para no participar de la conversación. Miraba los edificios en las esquinas intentando ubicarse pero no encontraba un punto de referencia. Había actuado como un sonámbulo. La primera noche después de la desaparición del gigante ruso y la resolución del caso de los hermanos Zucker, había vuelto a la habitación a donde habían abandonado los cuerpos.
Romero escribe como si él y el lector miraran las imágenes del gigante ruso y los hermanos Zucker en alguna pantalla, como en esas series que comienzan recordando mediante flashes lo ocurrido en capítulos anteriores. Hay algo audiovisual en esta escritura, como si las imágenes hablaran por sí mismas y no fuera necesario explicarlas. Claro que no hay imágenes, pero su virtualidad produce una literatura interesante. Me pregunto, por otra parte, cuántas personas habrán leído las dos novelas de la saga, si esta continúa y si alguien las reseñó alguna vez. [leídas 30 páginas]
Foto: Flavia de la Fuente

enero 28, 2012 a las 4:49 pm
Creo que deberías profundizar un poco más en tu opinión sobre el nonfiction, Q. Me encanta que le tires a matar. Pero por momentos se vuelve evidente que a tus opiniones se las podría encauzar mejor, con más ejemplos y sutilezas, como para destrozar el género. Me encantó lo de la culpa, por ejemplo, y coincido totalmente. Pero justo en ese punto quizá haya algo para desarrollar.
enero 28, 2012 a las 4:56 pm
Gracias por el comentario. Estoy seguro de que se puede mejorar mucho lo que dije, pero me va a costar dar ejemplos: es muy raro que lea nonfiction. Es un género que no me atrae para nada, aunque tampoco intento destrozarlo. Leí Los otros porque me interesaba el tema. Sin embargo, tengo la sensación de que el libro podría ir más lejos, pero el género lo protege al mismo tiempo que lo frena.
Q
enero 28, 2012 a las 5:10 pm
Céline es el más grande escritor francés del siglo XX, por estas perlitas que vos citás, Q, pero también es justo volver a decirlo, porque apenas se lo evoca, se desvanece inmediatamente en el aire: con solo escribir El viaje al fin de la noche ya se hubiera ganado ese título.
enero 29, 2012 a las 12:48 am
Un lector me acaba de enviar los tres panfletos prohibidos de Céline (en francés). Dice que son muy fáciles de encontrar. Una prueba más de que la web es una herramienta formidable contra cualquier tipo de censura.
Q
enero 29, 2012 a las 12:07 pm
Muy interesante tu hipótesis sobre el por qué de la crónica literaria. Había algo que me molestaba en ese género y no sabía que era. Incluso que tenga muchos lectores podría explicarse por lo que quedarse en la superficie de los hechos pero con la conciencia tranquila.
febrero 4, 2012 a las 1:41 am
Quintín querido, además de tu prosa, que sí es tersa y sí es fluida, me gusta mucho que sigas haciendo estas reseñas, ahora más impacientes que cuando te tomabas ese furibundo laburo -inexplicable para mí- de leer ¡y comentar! a los muchachos de la Joven Guardia. Como escriba que detesta la crónica lisa y llana no puedo menos que estar de acuerdo con lo que decís del nonfiction, un género que en su negación encuentra un reaseguro contra posibles apremios literarios, y que a la vez busca desmarcarse de la pobreza pseudo-croniquera y cotidiana utilizando recursos ornamentales, muy al borde de que el sol reverbere anaranjando alguna ventana (!!). Se supone que el libro marca un salto de calidad, pero no es más que una pretensión extendida con fuerte impronta burguesa y, peor, profesional. Si me permitís, un abuso de las editoriales que cuenta con el bombo de los amigos que cortan el pacú en las revistas y suplementos literarios.
hernán firpo