por Quintín
Otras cinco reseñas parciales, es decir, a partir de libros leídos de modo incompleto. Es muy cómodo este formato y la paso bien pensando qué nuevos libros empezar y seleccionando aquellos que me parecen apropiados para esta sección.
6. Antonio José Ponte, La fiesta vigilada, Anagrama. Hace un par de meses, en la desmesurada cabalgata de reseñas diarias que emprendimos con Flavia, me ocupé de Las comidas profundas, un libro de Ponte que me deslumbró. Escritor cubano casi secreto, perseguido por el régimen pero reacio a abandonar la isla, transmite un placer por la literatura que va unido a la inexorable necesidad de practicarla. Ponte (Matanzas, 1964) es uno de los pocos escritores contemporáneos para quienes la escritura no es un medio ni un camino sino lo único que hay. Un escritor así es una bendición y La fiesta vigilada (2007), un libro que promete ser memorable. Comienza con una cita de Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene:
Las nubes corrían desde el este, y él se sintió formar parte de la lenta erosión de La Habana.
Narrado en primera persona por un hombre en La Habana, La fiesta vigilada tiene todo el aire de ser autobiográfico, un roman à clef que incluye a otros escritores cubanos contemporáneos. El primer capítulo se ocupa de M., un exiliado lleno de enemigos que vive codiciando la obra y las mujeres ajenas. M. le pregunta al narrador por qué no se fue de Cuba y este le recuerda la historia de Maupassant, que odiaba la torre Eiffel pero iba a comer todos los días al restaurante del primer piso porque ese era el único lugar de París desde el que no se podía ver la torre.
En el segundo capítulo, el narrador proporciona otra respuesta a la misma pregunta, esta vez delante de B., quien regresa de Europa donde vive después de haberse labrado una carrera en la Unión Soviética como traductor de poesía rusa y luego como narrador de historias sobre extranjeros que viajan a Rusia. Ponte tiene ideas refinadas. Como, por ejemplo, la de que ser un especialista en poesía rusa significa muy poco y no lo convierte a uno en un buen lector de poesía:
La poesía rusa resulta tan lejana que parece obedecer a leyes de otro género. A diferencia de un poema clásico chino o de un poema japonés, aceptables como contemporáneos nuestros, el poema de un gran maestro ruso resultará siempre demasiado remoto para quien no conozca la lengua.
Al pensar en B. como un escritor camuflado mediante su exótico exilio, el pensamiento se desliza a una conclusión: que B.
se había ido tan lejos en busca de un destino literario, con el fin de hacerse distinto.
La frase me hizo pensar en una anécdota, que siempre me pareció muy reveladora pero nunca supe qué revelaba. Cuando era adolescente, solía jugar al fútbol e ir a la cancha de River con Marcelo Cohen. Un día Cohen (en quien nunca sospeché una vocación literaria) se fue a vivir a España, donde permaneció unos cuántos años y se convirtió en un eximio traductor. También publicó —entre otros libros— El país de la dama eléctrica, libro que un día compré en la calle Florida, sin saber si ese Cohen era el mismo que yo había conocido. Al leerlo tuve la convicción absoluta de que ambos eran la misma persona aunque no pude encontrar ninguna señal concreta de que lo fueran. Repito la frase de Ponte:
se había ido tan lejos en busca de un destino literario, con el fin de hacerse distinto.
Algo parecido me ocurre con Patricio Pron, aunque Pron empezó escribiendo en la Argentina (me gustaron sus primeros libros). Luego anduvo por Alemania y allí cambió el perfil: se convirtió en un escritor a caballo entre dos países, que escribía sobre extranjeros en Alemania. Ponte dice de B. que
en la Unión Soviética había hallado el exotismo o extrañamiento necesario que provocaba escritura.
Ese extrañamiento más bien mainstream le dio resultado a Pron, más que el extrañamiento fantástico y vanguardista de Nadadores muertos. Hoy es un chico Granta y sus personajes perdidos en Alemania le han abierto camino en España, donde hoy reside. Aunque muy celebrado, no me convence mucho lo que está haciendo Pron ahora, que también se adapta al síndrome de B.
Volviendo a La fiesta vigilada, la segunda respuesta del narrador a la pregunta sobre su negativa a exiliarse es metafórica: dice que se queda para cuidar de lo que llama los viejos parientes, es decir, para escribir sobre escritores cubanos anteriores a la Revolución, de los que ya nadie se ocupa.
En el tercer capítulo, Ponte convierte en literal la metáfora y narra la larga agonía de su abuela, incluido el pasaje por un asilo de ancianos que resume toda la sordidez de las instituciones públicas (del castrismo, pero no solamente). Es un texto desgarrador pero Ponte trata el tema con el mismo grave distanciamiento con el que transita la interna literaria cubana. Tengo que terminar La fiesta vigilada. [leídas 24 páginas (que tienen material para 300)]
7. Kobo Abe, Los cuentos sinestros, Eterna Cadencia. Este es otro de esos libros de los se habla bien en los suplementos culturales. Según la contratapa, Abe (1924-1993) integra con Mishima y Oé la trilogía de los renovadores de la literatura japonesa contemporánea (del siglo XX, digamos). A mí Mishima ni fu ni fa y a Oé lo he leído poco, aunque su pequeña novela La presa me impresionó en su momento. No leí tampoco La mujer en la arena, la novela más famosa de Abe, que dio lugar a una película famosa de los sesenta (que recuerdo vagamente y con poca simpatía). Pero el primer cuento, titulado El pánico, está a la altura de los elogios. Es la historia de un proletario desocupado que cae en las redes de Comercio Pánico, una sociedad secreta infiltrada en las más altas esferas del poder y dedicada quién sabe a qué crímenes horrendos. Hay algo en el cuento de El hombre que fue jueves y también, desde luego, de Kafka. El individuo que recluta al protagonista se llama K, como si Kafka secuestrara la literatura de Abe, y el relato tiene una impronta fantástica. El terror que inspira se destila más a partir de la imprecisión que de los hechos concretos. En algún sentido, es un terror reconfortante porque responde a la más acogedora de las paranoias, la de que hay un orden secreto y siniestro que gobierna el mundo. Eso siempre es miel para el lector. Relacioné El Pánico con escenas, momentos y atmósferas de algunas películas japonesas recientes, que utilizan la idea de que las apariencias cotidianas y el movimiento de la ciudad esconden realidades escalofriantes. Me tienta pensar, incluso, que Abe inventó algo que impregnó la ficción japonesa posterior. La de los Murakami, por ejemplo, tanto el sobrevalorado Haruki como el más interesante y menos conocido Ryu. Será interesante explorar los capítulos que siguen. [leídas 30 páginas]
8. Fernanda García Lao, La piel dura, El cuenco de plata. Al principio hay una cita de Jean Genet: “Soy la gallina negra, tengo mis jueces”, que no sé qué diablos quiere decir. García Lao (Mendoza, 1966) es novelista, actriz y dramaturga. Su novela Muerta de hambre tuvo cierto éxito de críticas. La piel dura se presenta como el diario de una actriz de cierta edad, que nunca queda en un casting, que tiene todo tipo de dificultades domésticas y laborales, que ensaya una obra absurda con un profesor tiránico. Es uno de esos libros sobre mujeres al borde de un ataque de nervios, cuyo personaje central me hace pensar en Bridget Jones, pasada por algún teatro del absurdo. Algo así:
Regreso a casa pedaleando lentamente. Me gusta la oscuridad. Vago como boga al viento. Mierda. Siento un odio famélico hacia Raúl Parisi. Lo imagino a él como una pasión de Paternal, a la que la multitud enardecida golpea con un crucifijo de hierro candente. Paternal le marca el culo como a una res atea. Después, lo hacemos a las brasas.
Raúl Parisi es el profesor de teatro. No está mal ese párrafo. Tiene gracia, pero no logro apartar la idea de que estoy frente a uno de esos abrumadores personajes femeninos de Twitter, que cuentan su vida con un impudor cuyo efecto cómico reside en una especie de idea estereotipada del mal humor menstrual. El resultado es curioso, pero no logro engancharme con la lectura. ¿Habrá al final una recompensa, una tregua, una epifanía? [leídas 30 páginas].
9. Marc Fumaroli, París – Nueva York – París, Acantilado. Bajo el subtítulo Viaje al mundo de las arte y las imágenes, Fumaroli se despacha con este ladrillo sapiente de 900 páginas. Leí casi cien y no logro darme cuenta muy bien cuál es el tema del libro. Pero no importa demasiado. Fumaroli es nuestro pensador reaccionario favorito y uno de los ensayistas más interesantes que se pueden leer en estos días. Aunque hable de cualquier cosa, siempre estará diciendo lo mismo, aunque de distintas maneras. Cuando uno se hartó de los marxistas, de los lacanianos, de los estructuralistas y de sus versiones más light y vistosas (cuando escribo esto pienso en Zizek, pero cada uno tiene los suyos) entonces comienza a prestar atención a lo que tiene para decir alguien como Fumaroli, que parece poseer el antídoto contra el discurso dominante, el que nos lleva al kirchnerismo y a tantas otras aberraciones cultivadas por los pedagogos del progresismo en todos los terrenos. La obra de Fumaroli es como una refutación del manual de zonceras progresistas, así hable de Chateaubriand (lo descubrí como prologuista de las Memorias de ultratumba) o de la gestión cultural francesa en el siglo XX. Estamos ante uno de los más lúcidos y convincentes enemigos vivos de la modernidad y, por suerte, Acantilado está editando sus obras, que son extensas y caras pero distinguidamente refrescantes. Fumaroli no es un panfletista como Joseph de Maistre sino un profesor convencido de que en los clásicos franceses anteriores a la Revolución hay una sabiduría que el mundo se dedica a olvidar para su desgracia. Pero lo dice con tranquilidad, sin agitarse y, de paso, pone en evidencia las paparruchadas de un sistema que no funciona porque ha perdido la brújula.
Uno de los libros más interesantes de Fumaroli es El Estado cultural, dedicado a demoler lo que hasta hace muy poco consideraba yo como un paradigma digno de imitarse en materia de gestión de gobierno. Me refiero al diseño del manejo público de la cultura que hicieron en Francia Malraux primero y Jack Lang después. Fumaroli es muy persuasivo para convencernos de que el mundo del arte y la cultura subsidiados es una calamidad, más o menos como lo pensaba Eric Rohmer en El árbol, el alcalde y la mediateca, una de sus películas menos conocidas y más profundas. Rohmer es otro de los grandes reaccionarios de la contemporaneidad, alguien a quien no supimos apreciar en todo su valor como intelectual, atrapado en un disfraz de cineasta de los jóvenes que le quedaba muy chico. En Fumaroli uno intuye la misma discreción que en Rohmer, que sabía muy bien que no podía decir lo suyo en voz demasiado alta,
En París – Nueva York – París, Fumaroli aprovecha un viaje a los Estados Unidos para dar cuenta del estado del arte contemporáneo a partir de ideas como la que expone en el siguiente fragmento, motivado por el horror ante tanto exceso de trabajo, de consumo y de competencia:
A veces se diría que hemos vuelto pomposa y masivamente al estadio de la supervivencia [como el de los pueblos primitivos], en plena sociedad de la abundancia y del consumo como si al haberse cerrado el ciclo histórico los extremos se tocasen y los efectos de la penuria se confundieran con los de la glotonería.
A Fumaroli le encanta describir la historia como el terreno de confrontación de grandes fuerzas opuestas y aquí, antes de abordar el tema del libro da una vuelta por la antigüedad y empieza contraponiendo el ocio griego con la industriosidad romana aplicada a la guerra y a la administración. Pero luego, analiza cómo esa batalla se reproduce en el interior del cristianismo y, mientras que algunos pensadores se quedan con el ascetismo y el sufrimiento, otros estimulan la fiesta y el placer. Cristo, para Fumaroli, proclama un reino gozoso en la Tierra como anticipación del cielo.
El año litúrgico cristiano no se resume en los días de Cuaresma y de duelo que preceden a la Pascua: invita a la piedad pública más a unos domingos en honor de un dios triunfante sobre el pecado y la muerte que a capillas ardientes de Viernes Santo al pie de un dios mártir voluntario.
Hace tiempo que pienso que el cine de John Ford parte de una idea semejante. Su catolicismo es el de la Navidad, el de la alegría y la celebración sensual y no el de la Pascua, el de la crucifixión y la abstinencia. Pero Ford, como Fumaroli, como Rohmer no pertenecen al mundo de los pensamientos que son tomados en serio por el zeitgeist. El libro promete ser apasionante. [leídas 75 páginas]
10. Sebastián Robles, Los años felices, Pánico el pánico. Me crucé con el autor en Twitter y me ofreció mandarme el libro si le prometía leerlo. Así que lo mandó y lo estoy leyendo. Voy lento, y el libro también, aunque se lee fácil. Quiero decir que después de 16 capítulos (son cortos) no sé a dónde puede dirigirse la novela. Narrada en primera persona, cuenta la vida de Eric, un adolescente en los noventa nacido en Villa Ballester como Robles (1979). El pibe es de clase media no muy alta, no tiene características especiales, vive con la madre, tiene una barra de amigos y una novia, hija de un abogado rico. Ambos debutan sexualmente recién en el capítulo dieciséis, en parte porque son menores y tienen miedo de que no los dejen entrar a un hotel. Hasta ahora, no tengo motivos de queja contra este retrato costumbrista, contado parsimoniosamente y sin alardes. Pero supongo que en algún momento va a aparecer lo que la gente llama “un conflicto”, lo que me da un poco de miedo. Preferiría, me parece, que todo siga así, que el libro sea una enumeración de circunstancias de esa época y que el título no fuera irónico ni nostálgico. Pero es pedir mucho, supongo. [leídas 45 páginas].
Foto: Flavia de la Fuente

enero 22, 2012 a las 8:04 pm
Perdoname Quintin que te joda pero Vos no serias capaz de hacer una lista de los Libros esenciales de la Literatura Argentina digamos de los ultimos 50 agnos A veces me recomiendan cada BODRIO y mi PASION es el CINE el que si veo todo Por eso siempre vuevo a BORGES el nunca me falla
enero 22, 2012 a las 8:33 pm
Pusiste “libro que un día compre el libro…” (Cohen)
enero 22, 2012 a las 8:41 pm
Las capillas ardientes de viernes santo no existen porque el cristo ese día no está en la tierra, motivo por el cual las imágenes permanecen tapadas. Dramáticamente es el día mas interesante, sería como que no busques consuelo en las iglesias,ese día no hay Dios que te consuele. Solo queda salir por ejemplo con antorchas y un paso intimidante para aportar algo de luz al mundo en un día aciago.
enero 22, 2012 a las 11:03 pm
Es de agradecer también el Fumaroli ese desdén por todo tipo de Chauvinismo, cuando explica, en otro libro (When the World Spoke French) las circunstancias que explican la expansión de la lengua francesa en el continente europeo, durante la Ilustración; fenómeno que responde sobre todo a una expansión del espíritu, a diferencia del actual dominio del Inglés, que tiene mucho que ver con la dinámica del comercio.
Ahora, no estoy muy convencido en torno al carácter reaccionario de la obra de Fumaroli, la verdad es que nunca lo había visto de ese modo; de la misma manera en que jamás leo a Chateaubriand como si fuera un liberal contemporáneo (esta fue la lectura estrecha de C. Domínguez Michael en Letras libres, siempre apto para llegar agua rumbo a su molino).
enero 23, 2012 a las 12:34 am
Fumaroli es un antimoderno, es decir, alguien que no cree en la revolución francesa como un progreso indiscutibe. Eso está claro y en ese sentido es un reaccionario. Ahora bien, de esa idea nacen muchas cosas, pero también una manera de revisar los dogmas de la izquierda que nos han intoxicado durante demasidado tiempo, los dogmas que permiten a un Chávez o a los Kirchner. Pero hay que decir bien claro que del pensamiento de Fumaroli no salen el fascismo ni el nacionalismo, pero tampoco el neoliberalismo, con lo que la paradoja se termina de concretar: se trata de un pensamiento utópico y progresista, más avanzado que la esclerosada aporía en la que nos encontramos.
Q
enero 23, 2012 a las 12:48 pm
Dale una oportunidad a Oé, tratá de leer “El grito silencioso”, muy duro y perturbador.
enero 23, 2012 a las 3:15 pm
A final de cuentas Ponte se acabó yendo de Cuba. Ahora vive en Madrid, donde, creo, dirige una revista de exiliados cubanos. Veamos cómo le sienta el cambio a su literatura; para mí que al hombre lo inspiraban las ruinas (recomendabilísimo Un arte de hacer ruinas y otros cuentos). Ya veremos: quizás del recuerdo de las ruinas surjan incluso mejores libros.
enero 24, 2012 a las 4:03 pm
Quintín:
¿Vas a leer Libertad, de J. Franzen?
enero 24, 2012 a las 6:08 pm
No creo.
Q
enero 25, 2012 a las 4:14 pm
Querido: los leo siempre; un blog siempre fresco. Sólo quería decirte que, hasta mis “treinta y pico” (ahora porto 59), “Una mujer… ” formaba en la trilogía de mis películas predilectas -”El séptimo sello” y “8 y medio”, las otras. Me sigue simpatizando mucho, pero hace muuuucho que no la veo.
Abrazo desde Uruguay.
enero 26, 2012 a las 2:38 pm
…yo leí ‘El País de la Dama Electrica’ en su momento y no me gustó nada nada, incluso me desanimó de leer las obras siguientes de Cohen, aunque he visto mucha crítica a favor… tengo el libro por ahí, debería releerlo, a ver que pasa…