por Quintín
Ninguna idea es nueva, pero esta no la vi antes. No es un chiste ni una extravagancia, sino una forma de solucionar un problema. Compro muchos libros y recibo algunos de las editoriales. No los leo enteros pero al menos lo intento casi siempre. Cada día hojeo algún libro nuevo, lo empiezo y avanzo hasta que una casualidad, el cansancio, el aburrimiento o el desagrado se interponen. Esto último me ocurre pocas veces: en realidad creo que podría terminarlos todos, pero se suele adelantar algún otro. A su vez, me gusta dar cuenta de lo que leo, aunque hasta ahora me paralizó la idea de que una reseña requiere de una lectura completa. Pero un día se me ocurrió que no estaría mal hacer reseñas parciales a partir de los avances en una lectura múltiple y con la ventaja de que el formato permite naturalmente hablar de varios libros en una sola entrada. Bien, esa es la idea.
En esta primera entrega me ocupo de cinco libros. Pensaba incluir más. Al principio una veintena, que son más o menos los que empecé en los últimos tres días. Pero se hacía muy larga la nota; de modo que la estrategia será publicar informes con menos entradas pero más frecuentes. De algunos libros leí cincuenta páginas, de otros menos de diez. Hubo casos en los que no pasé del prólogo. La intención es seguir leyendo los que me atraen, descartar los otros e informar lo que sucede (la continuación de algunas lecturas, el comienzo de otras) en los sucesivos capítulos de esta serie. Allá vamos.
1. Gay Talese, Retratos y encuentros, Alfaguara. Este libro se publicó a mediados del año pasado y tuvo reseñas unánimemente laudatorias, lo cual ya es un motivo para sospechar. Otro motivo para sospechar es que se trata de una recopilación de crónicas periodísticas de un americano con pretensiones literarias, un género que nunca fue mi favorito. Talese, junto con Tom Wolfe, es uno de los nombres insignia del Nuevo Periodismo, de esa gente que empezó en una redacción cualquiera pero su estilo lo llevó al New Yorker, una publicación que siempre fue demasiado amanerada para mi gusto.
El libro parece bien traducido por Carlos José Restrepo pero está mal editado y no dice de dónde provienen los textos. Leí el primero, que parece escrito en los tempranos sesenta. Se llama Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas y es una recorrida por la ciudad que recopila datos como en Tire dié de Birri (que es de la misma época), se rinde ante sus amaneceres como Manhattan de Woody Allen (que es posterior) y tiene un ritmo y una variación que lo convierte en la continuación perfecta de Sinfonía de una ciudad de Ruttmann. Talese me dejó sin argumentos: el retrato de NY es delicioso, está escrito con una gracia notable y me tuve que tragar todos los prejuicios. Hay un dato muy curioso que no sé si es cierto: que en las estatuas ecuestres de los generales, si el caballo tiene las dos patas delanteras levantadas el homenajeado murió en combate, si tiene una sola murió como consecuencia de las heridas sufridas en combate y si no tiene ninguna murió en la cama. No sé si es cierto, pero a quién le importa. Hay que tener talento para inventar algo así, incluso para fijarse en eso [leídas 27 páginas].
2. E. L. Yeyati, Gallo, Mondadori. El autor (Buenos Aires, 1965) es un prestigioso economista, profesión en la que se desempeña con su nombre completo, Eduardo Levy Yeyati. Además de escribir, estudió ingeniería y psicología. Gallo es su segunda novela, un policial publicado en 2008, que compré un par de años más tarde en una mesa de saldos. Después intercambié un par de tuits con el autor y surgió la idea de que yo leyera la novela y se la comentara. No cumplí, pero por lo menos la empecé. El libro arranca con la cita de dos versos de Pessoa:
Vivir es zurcir con un propósito
que no es nuestro sino de los otros.
Invocar a Pessoa denota cierta ambición y no hay duda de que Yeyati la tiene, como confirman las dos primeras páginas que constituyen una suerte de prólogo o de anticipación de algo que ocurrirá más tarde. La segunda oración empieza así:
El cielo plomizo embosca el valle con su luz barrosa, lo ilumina por un instante con un latigazo de luz…
Hay un propósito literario en esta prosa, como si Yeyati se invistiera con la voz de un escritor admirado (confieso que no logro reconocer la influencia si es que existe). Luego, el primer capítulo se inscribe netamente en la novela negra chandleriana. El Marlowe de Gallo se llama Gallo y en la primera escena recibe en la oficina la visita de una mujer
alta, delgada y morena, y vestía un traje negro de lana que resaltaba los contornos de un cuerpo ejercitado que se insinuaba otrora perfecto, ahora perfeccionado por la sujeción al vestido y a las medias largas, también negras.
Un párrafo de toques barrocos que compensan el absoluto cliché de la situación. La morocha quiere que Gallo busque a su hija de quince años que se fue de la casa. Y allí, después de atravesar un par de páginas más en las que Gallo se demuestra aficionado a los rompecabezas de cartón y comprobar que el libro omite toda referencia geográfica concreta, dejé de leer, demasiado perplejo como para imaginar una devolución a Yeyati. Veremos cómo sigue esto. [leídas 20 páginas].
3. Julian Maclaren-Ross, Noches en Fitzrovia, La Bestia Equilátera. Desde que esta sofisticada editorial argentina apareció en las librerías (no hace mucho de ello), había publicado de Maclaren-Ross la novela Veneno de tarántula y el libro de relatos Tostadas de jabón, a los que hay que sumar De amor y de hambre, una gran novela publicada y descatalogada por Sudamericana. Maclaren (1912-1964) es un escritor inglés de culto (creo que todos los escritores ingleses anteriores a Martin Amis han pasado a ser de culto ya que nadie los lee) que irrumpió en el mercado local con esas obras a las que ahora se suma este libro de memorias o más bien de ficciones autobiográficas. Desde antes de conocer su nombre (y naturalmente de leerlo) tengo una gran simpatía por Maclaren, ya que con el nombre de X-Trapnell resulta el personaje más querible de Una danza para la música del tiempo, el glorioso mamotreto de Anthony Powell. Trapnell es allí un tipo cabal, un talento excéntrico y desgraciado, un romántico que vive en la pobreza y está poco dispuesto a los compromisos con el mundo literario.
Basta de preliminares. Noches de Fitzrovia es una fiesta: no sé de alguien que haya contado su vida con tanta gracia, con esa firme ligereza y elegante distanciamiento. Los primeros capítulos se ocupan de la infancia del escritor, que vivió un tiempo en Francia, y es prodigioso cómo Maclaren se las arregla para evocar su despreocupación infantil que tanto contrasta con sus padecimientos posteriores. Una pista de ese tono virtuoso está en este fragmento:
Era un ciudad invernal; eso quiere decir que el invierno es la estación con la cual la asocio, como a Bornemouth con el verano. El invierno por supuesto significa todo aquello que es acogedor: muffins y panecillos tostados para el té, y las manos frías, ya sin guantes de lana, extendidas delante del fuego para descongelarlas; recuerdo estar “bien abrigadito”, con pulóveres gruesos, mitones y bufandas enrolladas tres veces alrededor del cuello, con las puntas colgando en la espalda; me irritaban esos cuidados, aunque no hay duda de que la atención que me dieron en ese entonces almacenó la resistencia que necesité años más tarde, cuando caminaba por las calles de esa misma ciudad sintiendo el pavimento mojado a través de la gastada suela de los zapatos, o, sin ir más lejos, el año pasado, durante el invierno en Londres, sin sobretodo a causa de la falta de recursos, al ser la vida literaria lo que es y el mundo del cine aun peor.
Con la ayuda de la excelente traducción de María Martoccia, ese párrafo es un ejemplo de lo que yo llamaría la literatura perfecta o lo perfectamente literario. Me impresionó mucho y espero que el lector se contagie y lea este libro genial. Capítulos posteriores prometen revelaciones sobre la vida literaria durante los años cincuenta, con la presencia estelar de Dylan Thomas y Graham Greene. [leídas 81 páginas].
4. Claudio Uriarte, Almirante Cero, Planeta. Esta es la famosa biografía no autorizada de Massera, que el autor publicó en 1992 y se vuelve a editar recién veinte años más tarde. El libro tiene un gran prestigio: no conozco a nadie que lo haya leído y no lo recomiende con una nota de asombro por el rigor y la valentía intelectual que demuestra. Uriarte murió en 2007 a los 48 años y fue un personaje brillante, extremo y singular. Lo traté muy poco, pero recuerdo su viraje hacia posiciones de derecha en las columnas que escribía para Página/12 (hoy, curiosamente, las columnas de política internacional las escribe Santiago O’Donnell, a quien conocí como acérrimo pronorteamericano en los noventa pero hoy practica el elogio encendido de Chávez, de los hermanos Castro y hasta de la familia Kim y su régimen).
Con esos antecedentes, ya con el libro en las manos, me dispuse a una lectura instructiva y apasionante. Pero me encontré en el camino con el prólogo de Alejandro Horowicz. En cinco páginas, Horowicz hace apenas mención de las características del libro, de la personalidad de su autor o de las circunstancias de su escritura. En cambio, da su versión de lo ocurrido en la Argentina desde el año 2001 (al final del libro, Uriarte se pregunta si en 2001 valdría la pena ocuparse del Almirante Massera). La prosa de Horowicz es notablemente enrevesada y confusa, pero alcancé a entender que se congratulaba de que recientemente la ex modelo Graciela Alfano hubiera sido atacada y escarnecida por haberse acostado con Massera en la época de la dictadura. Horowicz sostiene incluso que en 2001 Alfano no solo no era molestada como corresponde, sino que “en el fondo se la admiraba secretamente”. No aclara quién sería el sujeto de esa admiración ni cómo se hizo de un secreto tan bien guardado. Hace tiempo que no me sorprendía tanto con una frase. Hace tiempo también que no tenía la oportunidad de indignarme frente a una muestra semejante de imbecilidad y de rencor.
Se me ocurrió que Horowicz había sido designado por el editor para traicionar a Uriarte y darle a su libro un sentido que él no podría haber previsto. Pero al dar vuelta la página me di cuenta de que en 1991 Uriarte le había dedicado el libro justamente a Horowicz, lo que puede entenderse como una legitimación post mortem si no del prólogo, al menos de su autoría. Completamente deprimido, abandoné la lectura y no sé si la habré de retomar. Ya bastante repugnancia me inspira el Almirante Massera. [leídas 11 páginas]
5. Alejandro Modarelli, Rosa prepucio, Mansalva. Este libro lleva como subtítulo Crónicas de sodomía, amor y bigudí, y empezaré con una personal. Ayer estaba en Twitter y veo que Osvaldo Bazán escribe lo siguiente:
B. Y sí, creo que ha llegado la hora de que tengas tu primera experiencia gay.
Como la invitación no estaba dirigida a nadie en particular, se me ocurrió contestarle lo siguiente:
Q. Are you talking to me?
Lo que generó el siguiente intercambio:
B. Ponéle.
Q. Será en otra oportunidad. Estoy muy ocupado tuiteando.
B. No te lleva mucho tiempo, eh.
Q. ¿Intercambiar tuits con vos se puede considerar una experiencia gay? Ya tá, entonces.
B. Te aseguro que hay experiencias más excitantes, eh.
Q. Me las prohibió el proctólogo.
Por suerte para el decoro colectivo, aquí intervino Leo D’Espósito:
D. Ustedes son fake de Disi y Del Sel respectivamente, ¿no?
y una carcajada de mi parte (supongo que también de Bazán) dio por terminado el episodio. ¿Cuál es la moraleja y qué tiene que ver con el libro de Modarelli? No sé exactamente, pero me parece que lo que es abierta y desfachatadamente homosexual posee una connotación cómica, carnavalesca, aunque haya otras cuestiones en juego. Rosa prepucio, desde el título mismo, tiene esa característica. El libro empieza con una cita de Santa Teresa de Avila:
Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza
que bien puede servir para entender la primera de las crónicas, titulada: “El amargo retiro de la Betty Boop (o un tango de los baños)”. En ese texto de seis páginas el narrador es una loca vieja que ha renunciado al sexo porque los baños públicos, especialmente los de las estaciones ferroviarias, ya no son epicentro del levante democrático, donde un homosexual de cierta edad podía ligar sin necesidad de disimular sus arrugas. Más importante, allí se podían enganchar los heterosexuales casados que constituyen su objeto de deseo:
Al principio, el espacio gratuito del baño público convivió con la incipiente movida homo de la democracia, hasta que la onda modernizadora fue inclinando la balanza, definitivamente, en favor del circuito sexual privado de puertas adentro. Así, a medida que se expandía el mercado manfloro con sus saunas, discotecas y pubs, y la clase política vendía las maltrechas joyas del Estado, el sexo ferrocarrilero fue perdiendo su frecuentado privilegio.
En realidad, sería injusto encerrar a Modarelli en el efecto cómico de la promiscuidad gay que señalé más arriba. El libro está muy bien escrito y en esa primera crónica hay una descripción muy aguda de la Argentina de estos años vista desde la evolución de las modalidades sexuales. Lean esto, que me parece fantástico:
No insistan en ver ahí [las viejas “teteras”] el único recipiente posible donde podíamos derramar el jugo del deseo, en una época en la que casi no existía el mercado gay: nadie debiera prestar atención a esa clase de certezas sociológicas; son gimoteos teóricos de quienes nunca gastaron las baldosas detrás de pijas de señores heterosexuales. Esas pijas no buscan una boca amistosa en los clásicos lugares de encuentro gay. No están detrás de la más linda sino de la que más promete. Seamos claras: la disco y el sauna son entretenimiento erótico útil solo para las pendejas. Baile, cópula y enamoramiento entre pájaros iguales. Nosotras, en cambio, somos bichos del antiguo régimen.
Releo el fragmento anterior y me convenzo de que podemos estar frente a un gran libro. [leídas 12 páginas].
Foto: Flavia de la Fuente

enero 18, 2012 a las 2:44 pm
El primero queda descartado. Porque no es cierto que uno pueda determinar como murió el homenajeado mirando las patas del caballo de su estatua ecuestre. Pero también está descartado porque este dato falso no lo inventó el autor quien no tiene ni el encanto del relator apasionado por su tema, ni el talento del fabulador.
http://www.straightdope.com/columns/read/1093/in-statues-does-the-number-of-feet-the-horse-has-off-the-ground-indicate-the-fate-of-the-rider
(si la divertida columna que enlacé no los convence, piensen en la estatua ecuestre de San Martín frente a Casa Rosada, por dar solo un ejemplo)
El resto de los libros me aburren desde el título.
enero 18, 2012 a las 4:04 pm
Cada día me convenzo más que lo tuyo es la sociología. Igual no estoy seguro. Hay cosas que te gustan que no son basura sociológica bien escrita. Pero bueno. Gustos son gustos.
enero 18, 2012 a las 5:17 pm
“Al principio una veintena, que son más o menos los que los que empecé en los últimos tres días”
¿Esto es en serio? ¿Tus días tienen 240 hs?
enero 18, 2012 a las 5:40 pm
Se pueden empezar 20 libros en tres días. No es nada del otro mundo.
Q
enero 18, 2012 a las 6:29 pm
Me gusta por el hecho de reivindicar esta manera de leer que algunos amigos me critican como poco seria o inverosímil. El libro que se completa es porque coincidieron muchas variables, otros esperan por años maás cerca o más lejos de la mesita de luz.
enero 19, 2012 a las 1:33 am
Q: una curiosidad, ¿Qué clase de libro es “Una danza para la música del tiempo”? ¿Es un mamotreto genial? No conozco a nadie que lo haya leído, ni siquiera por partes (bueno, tampoco conozco a nadie que haya leído entero “En busca del tiempo perdido”, pero por lo menos se lo menciona en todos lados) y sin embargo, el mencionado Martin Amis ( y su padre Kingsley, que de Shakespeare para adelante despreciaba a todos los escritores) y los ingleses en general hablan de Powell y su obra con una especie de reverencia, como un escritor superior, indiscutido, algo así como Borges para nosotros. Hermoso el párrafo de Julian MacLaren Ross. Sludos.
enero 19, 2012 a las 8:42 am
Gatomazo.Una danza son doce novelas agrupadas en cuatro tomos (Primavera, Verano, Otoño, Invierno) más o menos autobiográficas a la manera de Proust (narradas en primera persona, recorren la vida del protagonista desde el colegio hasta, digamos, los 50 años). Es de lo más feliz que me tocó leer. Para mí, Powell es un grande grande.
Q
enero 19, 2012 a las 9:47 am
¿Alejandro Horowicz?
El que en la edición 1985 de “Los cuatro peronismos” escribió -y mantiene en la del 2005- que comparando la Rusia de Stalin con la Alemania de Hitler, “Hasta al más antisoviético de nuestros lectores no se le escapa que un régimen integra la galería de los fósiles históricos Y EL OTRO GOZA DE ENVIDIABLE PERMANENCIA” y “(…que el fortalecimiento de la URSS, ahora si UN ACONTECIMIENTO HISTÓRICO IRREVERSIBLE y por consiguiente el fortalecimiento de los movimientos antiimperialistas del mundo entero.” (*)
Que perspicaz y cuanta profundidad en su conocimiento de los países del socialismo real. ¿No?.
El libro de Claudio Uriarte no dejó de ser interesante, allá en el lejano 1991. Hoy ha sido superado, lo que no deja de ser lógico debido a todo lo que se ha conocido en los últimos años. Lástima que el fallecimiento del autor no haya permitido su actualización, actualización que recomendamos no se la confíen a Alejandro.
(*) En las páginas 54 y 104 de la edición 2005 de Edhasa.
enero 19, 2012 a las 12:46 pm
Q., ¿qué te parece el libro digital?
enero 19, 2012 a las 12:53 pm
Quintín. ¿Y qué tal la traducción de Anagrama? Las traducciones de La bestia equílatera me hacen cada día más difícil soportar las españoladas.
enero 19, 2012 a las 1:00 pm
Mulder. ¿La traducción de qué libro de Anagrama?
Q
enero 19, 2012 a las 4:02 pm
Arrancar 20 libros en tres días, sería como empezar un libro cada dos horas, si solo restaramos a las 24 hs. que tiene el día 8 hs. para dormir. No digo que no se pueda. Simplemente vivímos en mundos distintos Q.
Aprovecho para felicitarte por el blog y agradecerte por el espacio.
enero 19, 2012 a las 4:05 pm
No entiendo lo que decís. Si uno le dedica media hora a cada libro, son 10 horas de lectura en tres días, nada del otro mundo. No sé qué cuenta querés hacer.
Q
enero 19, 2012 a las 4:33 pm
Lo que quise decir -independientemente de las cuentas que hagamos- es que, aún sin tener demasiadas otras actividades recreativas y aún estando medio de vacaciones, me costaría mucho encontrar tres horas libres, tres días seguidos, que pueda dedicarle a leer. Ojalá pudiera.
enero 19, 2012 a las 8:34 pm
Hablando de libros.
Que bueno sería que alguien le prestare a la Presidenta -ahora que tiene que descansar obligatoriamente- el libro de gran actualidad de Vicente Palermo: Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura argentina contemporánea. Sudamericana. Bs. As. 2007, puede que nos ahorraríamos algunos papelones.
!Dios salve a la Reina¡ y se acuerde de nosotros.
enero 19, 2012 a las 9:04 pm
Quintín. Me refería a Una danza para la música del tiempo.
enero 19, 2012 a las 11:08 pm
Muy razonable. Tiene unos cuantos años.
Q
enero 19, 2012 a las 11:27 pm
Gracias.
febrero 6, 2012 a las 2:15 pm
Esto de las reseñas parciales es el colmo. ¿Habrá algún crítico de cine que se precie que emita comentarios sin haber visto la película? O que critique trailers? ¿Es vagancia o superficialidad?
febrero 6, 2012 a las 3:58 pm
Ni vagancia ni ná. Nuevo método. Genial para mí. Y honesto porque te está avisando. Sería malo que alguien escribiera una reseña completa (no parcial) sin leer el texto y queriendo hacerte creer que sí.
febrero 6, 2012 a las 4:00 pm
Gracias, Paula. La mala leche es infinita.
Q
febrero 7, 2012 a las 3:35 pm
¿Nuevo método? Jajajajaja Leer unas páginas y soltar sentencias efectivamente parciales y prescindibles, ahora constituiría sistema! Querida Paula: esto es un blog y el señor, un lector cualquiera.
febrero 7, 2012 a las 3:56 pm
“Esto es un blog y el señor es un lector cualquiera”. Efectivamente. Nada más acertado. Lo único que no se entiende es tu ferocidad.
Q