Publicada en Perfil el 18/12/11
por Quintín
El conocimiento es un rompecabezas inconcluso cuyas piezas nunca terminan de encajar. En 1968, cuando empecé a estudiar matemática, en Análisis I se usaban tres libros. El más banal era el Sadosky-Guber, una mera colección de ejercicios; luego venía el árido mamotreto de Rey Pastor, Pi Calleja y Trejo; finalmente estaba el Hardy. Publicado en inglés en 1908 como A course of pure mathematics, traducido en 1962, era un libro difícil pero sus demostraciones eran elegantes e inspiradoras. Para alguien que balbuceaba la matemática, aquel libro de tapa azul oscuro anticipaba el placer del camino. Por entonces todavía no había oído hablar de Ramanujan.
En 1913, cuando G.H. Hardy era un brillante profesor de Cambridge, recibió una carta de la India en la que un oscuro empleado público le pedía su opinión sobre una serie de fórmulas que había descubierto sin poseer una educación formal. El empleado se llamaba Srinivasa Ramanujan, resultó ser un genio y murió a los 33 años, apenas cuatro después de que Hardy lograra traerlo a Inglaterra. Creo que fue Ricardo Noriega el que me habló por primera vez en detalle de Ramanujan después de leer la Apología de un matemático, un libro que Hardy publicó en 1940 y en el que dictaminaba con implacable certidumbre que yo no sería un gran matemático.
El prólogo de la Apología es del novelista C. P. Snow. Allí hay una síntesis de la historia de Ramanujan y es una apología de Hardy a quien describe como un personaje excéntrico y brillante, además de sugerir veladamente que era homosexual. Sin que venga al caso, Snow aprovecha para descalificar a Proust y a Joyce como escritores. Al final cuenta la anécdota más famosa de Ramanujan: Hardy va a visitarlo al hospital y le dice que no encuentra nada interesante en el número 1729, la patente del taxi que lo trajo. Ramanujan le responde que se equivoca, porque 1729 es el entero más pequeño que se puede expresar como suma de cubos de dos formas distintas.
Parece obligatorio contar esta anécdota si uno habla de Ramanujan. Se acaba de traducir El contable hindú, la novela de David Leavitt que se ocupa de Ramanujan, de Hardy y del mundo de Cambridge durante la Gran Guerra. Leavitt espera hasta la página 604, cuatro antes del final, para contar lo del 1729. Pero quinientas páginas antes, Leavitt le hace decir a Hardy esta sorprendente frase sobre un colega: “percibí inmediatamente algo bastante raro para el Cambridge de aquella época: le gustaban más las mujeres que los hombres”. Hardy pertenecía a Los Apóstoles, una sociedad secreta en la que también revistaban, —entre otros gays eminentes— Lytton Strachey y John Maynard Keynes (y hasta algún heterosexual de mal aliento como Bertrand Russell). Acaso la página más divertida de la novela sea aquella en la que Ludwig Wittgenstein asiste horrorizado a una reunión del círculo demasiado homoerótica para su propio gusto. La nueva novela de Leavitt —que ya le había dedicado una a Turing, otro matemático homosexual— está construida a partir de fuentes exhaustivas, empezando por la monumental biografía de Strachey de Michael Holroyd. El libro de Leavitt sugiere que la literatura se ha convertido en una rama de la divulgación histórica y que al novelista le toca simplemente repetir los documentos e inventarles a sus personajes amistades con fantasmas o posiciones durante el coito. Pero la púdica semblanza de Snow dice mucho más sobre Hardy que el explícito volumen de Leavitt, cuyo lugar en la literatura no es análogo al de Ramanujan ni al de Hardy sino al de Eric Neville, el miope y esmerado segundón. Sin embargo, esta vez entendí la anécdota del 1729: Ramanujan no lo calculó en el momento sino que conocía los números naturales como un patriarca a sus muchos bisnietos.
Foto: Flavia de la Fuente

diciembre 18, 2011 a las 12:43 pm
Estudiando Economía, llegué hasta Sadosky-Guber y Rey Pastor, nunca pude pasar de ahí, pero la culpa no fue tanto de Análisis I o II, sino de Trigonometría, nunca pude encontrar el seno de alfa, ni siquiera pude conocer a alfa.
diciembre 18, 2011 a las 3:30 pm
Yo lo amaba a Sadosky. Me hizo saborear la matemática, y sus clases eran admirables. Además sintonizaba con su ideología.
Rey Pastor me resultaba francamente una tortura. Guardo sus libros por respeto, y porque están muy bien encuadernados…
diciembre 18, 2011 a las 9:34 pm
Me encanta Introduction to algorithms, de Cormen. Los otros libros de matemáticas o computación que recuerdo eran feotes. Leavitt anda por Baires, en cualquier momento te lo cruzás caminando por Charcas, cada vez más lleno de eminentes homosexuales, como yo.
diciembre 18, 2011 a las 9:38 pm
Otros comentarios aledaños, respecto a las ciencias duras en su versión accesible. Dicen que se buena una nueva versión de Cosmos, de Carl Sagan, pero hecha por Neil deGrasse Tyson. Dicen que las clases de física de Feynmann son lo más. Y este videíto de youtube (en inglés) con “10 cosas delirantes sobre el universo”, en el que habla de física cuántica, astronomía, etc, es buenísimo: http://www.youtube.com/watch?v=r5x8t-4ewGo
diciembre 18, 2011 a las 9:41 pm
Corrijo mi comentario anteriores, “Dicen que se viene…” y el videíto de youtube es de Marcus Chown, no de Feymann.
diciembre 19, 2011 a las 1:00 am
Con respecto a Leavitt, “Baile en familia”, su primer libro de relatos, es un pequeño clásico. Que alguien de tan solo 23 años pudiera escribir un libro de relatos tan bellos y personales merece, entiendo, un calificativo mejor que el de segundón. Es cierto: no estuvo a la altura de las expectativas que se crearon en torno a su figura, pero sigue siendo un escritor valioso. Leavitt se suma, junto a Martin Amis, Mac Ewan, etc a la lista escritores anglosajones que yo admiro y uno de mis criticos favoritos (Quintín) no valora demasiado, cuestión en la que suelo pensar bastante. Abrazos.
diciembre 19, 2011 a las 1:11 am
Janfi, las funciones exponenciales y logarítmicas, y las trigonométricas, son las más hermosas y sencillas. Al mismo tiempo tienen una riqueza y una historia fascinantes.
El problema es que, en general, se las presenta de una forma horrible y difícil. El carusolombardismo infectó a la enseñanza colegial de la matemática mucho antes que al fútbol.
diciembre 19, 2011 a las 11:51 am
¿Vos decís?
diciembre 21, 2011 a las 9:45 am
También hay algo interesante en el número 604 (lá página donde se cuenta la anécdota del 1729), pero no tengo suficiente lugar para explicarlo aquí.
diciembre 30, 2011 a las 5:50 am
Yo por las mías me había comprado también en Talcahuano y Corrientes unos de la editorial rusa MIR, no recuerdo el autor. Sí recuerdo que usaban una simbología diferente a la usual y que me permitieron entender conceptos que no estaban suficientemente profundizados en los otros. Solía irme un poco por las ramas al estudiar, terminaba leyendo Russell en alguna biblioteca. Pero me servía todo y era un placer.
Por supuesto que los presté a alguien que tampoco recuerdo y los perdí para siempre.