Publicado en Perfil el 27/11/11
por Quintín
Empecé a pensar esta columna cuando había leído unas pocas páginas de Cuentos carnívoros, el libro de Bernard Quiriny, un belga de treinta y dos años que me estaba haciendo reír y admirar su ingenio fresco, original, erudito con ayuda de la traducción del siempre impecable Marcelo Cohen. Antes había decidido dejar inconclusa la lectura del prólogo de Enrique Vila-Matas, que puede encajar bien entre las metaficciones de Vila-Matas, pero no explica nada sobre Quiriny ni sobre esta obra con tan sugestivo título.
Los cuentos carnívoros son catorce. Iba por el segundo y decidí escribir esta columna cuyo eje sería anunciar mi voto para Cuentos carnívoros como libro del año. Supongo que influyó en mí el deseo de votar de nuevo, después de tantas frustraciones en las urnas. Yo desbordaba de entusiasmo después de leer dos cuentos fantásticos: en el primero una mujer hermosa tiene la piel de una naranja y se licúa tras ser poseída. En el segundo, un obispo argentino tiene un misterioso doble que lo convierte en el exacto reverso de Jekyll y Hyde: un alma para dos cuerpos en lugar de un cuerpo para dos almas. La prosa de Quiriny me resultaba seca y precisa, sus temas inquietantes. El tono era ligeramente burlón pero las narraciones no abandonaban el género ni lo parodiaban frontalmente. Uno de los cuentos era sensual, el otro metafísico. Me convencí de que Quiriny tenía imaginación, humor y parecía haber leído toda la literatura.
El tercer cuento es ligero y virtuoso. Es sobre Renouvier, un empleado bancario que descubre de pronto que tiene el don de oír las conversaciones ajenas en las que se habla de él. Quiriny despliega una gran categoría literaria cuando incluye esos pequeños razonamientos, propios de los grandes escritores, que revelan la ambigüedad del mundo. Por ejemplo, se da cuenta de que escuchar las conversaciones del los demás sin que lo sepan no es una garantía de que la información obtenida sea confiable. Realmente digno de Aira. Está claro que Quiriny ha leído y disfrutado a Calvino, a Perec, a Chesterton, a Queneau, a todos los escritores que hicieron del ingenio una divisa. En el capítulo dedicado a la biografía de escritores absurdos parece el heredero de Bustos Domecq, con un tono que se acerca más a la generosidad de Borges que a la mezquindad de Bioy. Cuando Quiriny inventa músicos excéntricos no deja de homenajear a Raymond Roussell y sus asesinos estetas derivan explícitamente de de Quincey. Quiriny parece feliz tanto por escribir como por habitar el mundo sin fronteras de la literatura, por recorrer el mundo en el texto y alternar la cita con el acto de imaginación. Es decididamente un escritor con buena onda, extraordinariamente amable, sin conflictos con su material ni con su lugar de enunciación, que puede alcanzar cotas de comicidad para las que hace falta un verdadero talento.
Y por eso mismo cansa un poco. Quiriny está muy cómodo en los límites de lo puramente literario y lo hace explícito cuando usa el mismo nombre para sus personajes. El citado Renouiver reaparece en el cuento séptimo, ahora como un gerente de banco que puede o no ser el empleado de antes. Hay un tal Pierre Gould que se pasea de un relato a otro y cuyos parientes intervienen aquí y allá. Es literatura, soy el autor, mi soberanía es tan grande que puedo hacer lo que quiero con las palabras, con los nombres, con las tramas, con la física, con la botánica. El último capítulo —Cuento carnívoro— trata sobre un científico obsesionado con las plantas carnívoras y Quiriny completa el círculo de sus ficciones británicas en el territorio de Sherlock Holmes. A esa altura se ha desinflado un poco y me ha convencido de que un escritor demasiado bueno es imposible en el siglo XXI. Mejor me quedo en casa y no voto
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Foto: Flavia de la Fuente

diciembre 2, 2011 a las 6:49 pm
Yo acabo de terminar este libro y me pasó algo similar. Al principio me quedé boquiabierta con la facilidad de Quiriny para hacer que lo fantástico se manifieste. Pero conforme avancé en la lectura me empezó a faltar algo, el tono del libro me cansó, la repetición de la misma voz en todos los cuentos… Sin embargo, tiene sus momentos geniales, “La música que flota en el aire” es espectacular.