El calor de las aguas
por Flavia de la Fuente
Me equivoqué. El agua sigue tibia, el windguru continúa marcando 21 grados en el mar sanclementino. Pero esto no durará, si fuera a seguir siempre así podríamos anunciar que en enero tendremos el mar a 29 y que el Atlántico Sur se convirtió en el Caribe. Auguro que tarde o temprano volverán las aguas más frías y saladas.
Vayamos al viaje de hoy. Como no había un viento significativo y el mar estaba subiendo, o sea que la corriente se desplaza hacia el Norte, caminé desde el muelle un kilómetro hacia el Sur, hasta el Edén, para volver a casa nadando a favor de la corriente.
Me costó la caminata bajo el sol del mediodía porque hacía mucho calor y yo tenía puesto mi traje de neoprene, pero fui cantando I woke up on the right side, la pegadiza canción de Dangerous When Wet, la película que les contaba ayer, en la que Esther Williams cruza el Canal de la Mancha para salvar a su familia de la ruina. ¡Y lo logra! ¡Y además se casa con un francés seductor y millonario, que, para colmo de bienes es Fernando Lamas, quien sería su último marido hasta su muerte, en 1981! ¡Y, como si todo esto fuera poco, sueña que nada con Tom y Jerry!
Volviendo al mundo acuático real, me metí en el agua a un kilómetro de casa. Nadaba un poco de pecho y un poco de crawl. Siempre hago lo mismo al principio de la temporada, no sé por qué. Para mí, nadar pecho es casi como no hacer nada, mientras que el crawl me pide un poco más de esfuerzo, pero me encanta su ritmo, sobre todo en el mar, dejándome mecer por las olas. Mientras nadaba y cantaba, sufría porque me iba acercando demasiado pronto al muelle, o sea, al momento de salir, y no quería. ¡El agua estaba tan deliciosa! Verde, tibia y calma. ¿A dónde voy a estar mejor que acá?, me preguntaba. La respuesta era evidente: “En ningún lado.” No hay mejor sitio que el mar para la Hija de Neptuno. Así que decidí seguir braceando y mirando el agua y las nubes.
Cuando el muelle estuvo definitivamente cerca, decidí pasar de largo y seguir nadando. No abundan los días tan apacibles con aguas templadas y vientos como caricias. Así que enfilé mar adentro, porque no se debe pasar muy cerca de la punta del muelle, y me dispuse a esquivar el escollo que tenía enfrente. Pero mi pusilanimidad me jugó una mala pasada.
Q siempre me critica que me alejo demasiado del muelle, que no hace falta, me dice que soy una maniática. Es cierto, Q tiene razón. Por temor a que una ola me estrelle contra las columnas de cemento, tiendo a meterme cien metros más adentro del final del muelle para evitar todo riesgo. O quizás sean 200. No lo sé, debería llevar un GPS conmigo para averiguarlo. Pero hoy, como estaba sola en medio del mar, no me alejé tanto porque me dio un poco de impresión adentrarme en las aguas así que habré pasado a unos veinte o treinta metros de la punta del espigón donde había decenas de hombres y mujeres pescando. Y me pasó algo que nunca había pensado, que me enredé con una tanza, ¡casi me pescan! Imagino que por un instante el pobre pescador habrá pensado que tenía en su caña una corvina de 47 kilos que luchaba con todas sus fuerzas por su vida. Por suerte, logré sacarme la tanza de encima sin mayores dificultades y seguí nadando imperturbable, con la misma música en la cabeza, y pensando que no era tan innecesario eso de alejarse más de cien metros de muelle. Les juro que a mí no me van a pescar nunca más.
Nadé unos doscientos metros más, miré el reloj y me di cuenta de que había pasado casi media hora nadando. ¡Qué buena que está el agua!, pensaba. Pero si sigo, voy a dormir toda la tarde. Mejor salgo, igual tengo muchos meses por delante de natación. Así que bracée suavemente hasta la costa y me quedé un rato haciendo la plancha para descansar.
Como estaba a unos cuatrocientos metros al norte de casa, volví caminando con el agua por la cintura, que es algo muy agradable y, antes de salir del agua, me di un último chapuzón para refrescarme la cabeza.
Salí del mar radiante con mi máscara y mi torpedo y todos los turistas me miraban como si fuera una diosa. Es que lo soy, soy la Hija de Neptuno.

noviembre 20, 2011 a las 4:45 pm
Che, lo de la tanza suena divertido hasta que te clavas un anzuelo o no logras desenredarte.
noviembre 20, 2011 a las 7:21 pm
Y si fueras letrada pensaría “pesqué una boga”
noviembre 20, 2011 a las 7:30 pm
Por acá, querida gabriela v no hay ninguna boga, eso era en Santa Fe. Acá solo hay bogas como Janfi o Daio.
Janfi, quedate tranquilo que yo soy demasiado precavida. Y hoy aprendí la lección: tengo que adentrarme a más de 100 metros del muelle para no caer presa de los pescadores. Yo también me asusté por el anzuelo, pero con el traje de neoprene de mangas largas solo tengo una parte muy escasa del cuerpo desprotegida.
Saludos a los dos,
F
noviembre 20, 2011 a las 11:39 pm
¡quéee placer! esto es fantástico. Voy con vos… (una de mis fantasías era vivir a orillas del mar, ay). ¡casi te pescan! noo. Hey, sos muy joven para ser fan de Esther Williams, y Fernando Lamas! ja! (en la foto parece una sirena, qué foto tan linda).
Lo de cantar mentalmente es un descubrimiento, todavía no me doy cuenta cómo se hace (digo con Adolfo Bioy: qué le hubiera costado a Dios darme la más mínima capacidad de tararear…).
Saludos marinos y buenos baños, Hija de Neptuno.
noviembre 21, 2011 a las 2:53 am
Lilia, es que mi papá estaba enamoradísimo de Esther Williams y se ve que me contagió su entusiasmo. Fernando Lamas, en cambio, me parece un horror, un hombre carente de carisma. Pero algo tendría si logró pescar a la gran sirena.
Hay una tormenta tremenda y me despertaron los truenos. Pienso en Solita que tiene terror y está afuera y no sé cómo rescatarla. Las ratitas (ya las podemos llamar ratas) todavía no se asustan por las tormentas, no saben nada de la vida.
Me voy a leer un ratito en el sofá para ver si me puedo volver a dormir.
Besos,
F
noviembre 21, 2011 a las 9:51 am
I left my soul there, down by the sea…
noviembre 25, 2011 a las 10:14 am
Varios días sin renovar el blog. ¿Dónde estará la hija de Neptuno, esposa de Quintín y madre de Sola? Toda una mitología hay por allá, en San Clemente.
noviembre 25, 2011 a las 3:15 pm
Acá estoy. Acabo de escribir una nueva bitácora. Lo que pasa es que me duele una muela desde el lunes y Q está todo el día tuiteando. Y así quedó el pobre blog, solito.
F