Los primeros viajes
por Flavia de la Fuente
Tal como lo imaginaba, el agua tibia se está retirando lentamente. Ayer, el windgurú anunciaba que el mar estaba a 22 grados y hoy ya marcaba 21. Pero mi cuerpo experto puede afirmar que la corriente de Brasil se está alejando, mis manos, mis pies y mi cara sintieron corrientes de agua helada que se alternaban con las tibiezas llegadas del Norte.
Una curiosidad es que el agua tibia brasileña no es nada salada. Debo decir que, como hija de Neptuno, eso no me gusta nada, siento que me estoy bañando en un mar verde transparente pero insípido. A mí me encanta sentir el sabor de la sal mientras nado, es parte de los placeres marinos. Además, la sal me da idea de purificación, siento que me protege de los resfríos lavando todo mi sistema respiratorio, que me levanta los ánimos, en fin, que es un estimulante más en los baños de mar. Así que este mar caliente pero desabrido no es para mí.
En este breve informe les voy a contar que retomé la natación diaria hace casi un mes, después de la gran derrota electoral del 23 de octubre. Llegué a casa unos días más tarde hecha una ruina. No sé si era la astenia primaveral, una gripe o la depresión postelectoral, pero lo cierto es que no tenía fuerzas ni para caminar por la playa, me quedaba dormida todo el día, no me podía despertar a la mañana, en síntesis, que lo mío era preocupante porque pasaban los días y cada día hacía menos cosas y me sentía más agotada. Así que una mañana de sol fría, al ver que el mar ya estaba a 17 grados de temperatura, me hice a la mar. O me mata o me cura, pensé.
Porque hace tiempo que vengo leyendo que para la gente mayor que se siente cansada, o las personas convalecientes o deprimidas, no hay nada más terapéutico que un buen baño de agua fría en el mar. Y, como vivo a metros del océano, no es cuestión de desaprovechar esa cura milagrosa.
El primer día, metí los pies y sentí que se me dormían. Igual, como estaba absolutamente decidida a meterme en el mar, vencí la aprensión y después de cinco minutos de caminar con el agua por la cadera, me zambullí bajo una ola. Y eso fue todo amigos. Recuerden que, además de vieja y asténica, soy fóbica. Un dechado de virtudes. Pero para reivindicarme un poco, debo decir que soy tenaz y disciplinada. Así que después de ese baño tímido vino otro más largo al día siguiente y ya estoy nadando contenta veinte minutos todos los días en el mar.
Es un poco inquietante eso de nadar sola, porque Q, por ahora, solo se remoja y se vuelve a casa. Pero munida de mi traje de neoprene, el torpedo y las antiparras, la hija de Neptuno con el mar ya más tibio se anima a todo.
Hoy nadé feliz cantando Masters of War de Dylan y cuando levanté la cabeza estaba en el Edén, no en el Paraíso, sino en el Balneario Edén, a 10 cuadras de casa. Miré el reloj y apenas habían pasado 15 minutos, pero se ve que las olas me arrastraron, porque les juro que yo no hice el menor esfuerzo, dado que yo practico una natación zen. Puedo nadar una hora, dos horas, nunca me canso porque jamás trato de ir rápido (salvo cuando tengo frío y quiero entrar en calor). Lo único que quiero es disfrutar de los movimientos rítmicos, armoniosos, sentir la respiración pausada, sacar la cabeza, tomar aire y largarlo por la boca bajo el agua. Y no dejar nunca de cantar. En algún lado leí que uno canta para darse coraje. Debe ser cierto, porque siempre canto (mentalmente, se entiende) mientras nado. Y canto himnos como Masters of War o canciones protectoras como Oklahoma. Y, si alguna vez me flaquea la voluntad, miro un rato el DVD de Dangerous when wet con mi ídola Esther Williams, esa que tiene una famosa animación con Tom y Jerry nadando con la sirena de Hollywood. El fetichismo es así. A mí, ver salir del agua a la Williams, siempre con esa sonrisa radiante, me llena de energía y me lleva a la mar. Es infalible. Que no se muera nunca mi ídola, que el 8 de agosto cumplió 90 años y nadie le hizo un homenaje, o al menos no me enteré. Quizás sacaron ediciones especiales de sus películas y no las tengo. Ya mismo me voy a fijar en Amazon qué pasa.
Se me hizo tarde. Q me pide que lo acompañe a hacer las compras. Hoy el chef cocinará spaghetti al coñac. Mañana continúo.



noviembre 20, 2011 a las 12:43 am
Muy bonito tu relato, lo disfrute mucho, me hiciste sentir el mar cambiante la tibieza, el frio, maravilloso.
noviembre 20, 2011 a las 11:44 pm
Yo también lo disfruto mucho. El homenaje a Esther es de li cio so. Bravo.