No engañéis más a nadie…, de Bertrand de la Coste
por Quintín
Según se indica, este es un libro publicado en 1675 por un tal Bertrand de la Coste, militar con veleidades de matemático que se burla de los académicos parisinos y los desafía a resolver problemas de geometría y aritmética. El opúsculo está estructurado como un diálogo socrático, con la peculiaridad de que todos los participantes se llaman Betrand: Herr Bertrand, Milord Bertrand, Signore Bertrand…, pero también Bertrand Cocinero, Bertrand Lavandera, etc. A cada problema planteado siguen una serie de burlas del tipo:
Pierden sus pasos y sus penas, pues sus ojos son tan lagañosos que apenas pueden ver a las once de la mañana, y sus cerebros están tan mal orientados que comienzan siempre por donde deberían terminar.
Estamos evidentemente ante una curiosidad, aunque no es fácil decidir de qué tipo. El título completo del libro se llama No engañéis más a nadie o continuación del despertador de los pretendidos sabios matemáticos de la Academia Real de París: donde los curiosos encontrarán de qué divertirse e instruirse.
La miniatura está editada, prologada y traducida para la Universidad de San Martín por José Emilio Burucúa, quien se presenta como profesor e historiador, crítico de las artes y la cultura. Burucúa afirma que un tal Lucio B. (Lucio Burucúa es un probable pariente y habitual colaborador de José Emilio) encontró el original en 2006 en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Furt (no tengo idea de lo que pueda ser la Biblioteca Furt, así como de la mayor parte de las notas eruditas que contiene el libro, pero todo suena un poco a Uqbar). En la introducción, Burucúa explica que de la Coste fue un chiflado que intentó probar la cuadratura del círculo y el movimiento perpetuo (y aunque no lo dice, uno de los problemas planteados es la trisección del ángulo, otro de los problemas de índole casi alquímica que con los años se demostrarían insolubles). Al parecer, de la Coste fue rechazado por los académicos y cultivó por ellos el resentimiento típico de un paranoico. En la biografía que esboza Burucúa del personaje, se dice también que este sirvió a algunos príncipes europeos y tuvo una relación tumultuosa con una tal Antoinette Bourignon, una mística flamenca “de reconocida fealdad” y afición por la profecías. El libro original de de La Coste, lleno de elogios a su persona, está prologado por él mismo haciéndose pasar por otro y la arrogancia enloquecida del sujeto alcanza cotas hiperbólicas.
La descripción del personaje de de La Coste (y su nombre mismo), lo bizarro de su escritura y sus ideas hacen pensar por momentos que estamos frente a una broma de Burucúa y que el texto es apócrifo. Solo el esfuerzo que requeriría representar un tal personaje y elaborar tantas notas bibliográficas e históricas tiende a convencernos de que la existencia de de La Coste y sus pasiones pueden ser reales.
Si inventar a de la Coste aparece como un trabajo excesivo, reflotarlo puede ser también una tarea dudosa. Burucúa termina su ensayo introductorio así:
Militar, ingeniero, matemático, satirista, bufón, quizás loco, quizás malvado, en Bertrand de la Coste hay algo de Descartes, pero invertido. Ambos tuvieron vidas signadas por la guerra, ambos vivieron en el exilio y en una suerte de limbo interreligioso, ambos amaron a Euclides, ambos se aproximaron a mujeres autónomas y llenas de desasosiego en materia de religión (…). Pero Descartes revolucionó la matemática y la filosofía, liberó el pensamiento de los hombres, Bertrand, Cartesio alla rovescia, ha liberado nuestra risa. Algo es algo.
Se nota en este párrafo y en el tono general del libro la influencia de Carlo Guinzburg, el gran artífice de la microhistoria, de la idea de tomar un oscuro personaje y colocarlo en el centro del olvidado y secreto vaivén de su tiempo. Los casos desenterrados por Guinzburg sirven como prueba e hilo conductor de que la clausurada visión de los acontecimientos que nos proporciona la historiografía oculta movimientos subterráneos y una vida espiritual alternativa cuyo conocimiento es capaz de revivir lo que parece sellado y darle al pasado un sentido menos unívoco y menos escolar. Burucúa ha leído a Guinzburg y hasta escribió un libro que lo menciona en el título. Sin embargo, su propia operación va casi en el sentido contrario de su maestro. Por un lado, de la Coste no deja de ser una curiosidad aislada, incapaz de iluminar su circunstancia. Pero además, mientras que los escritos de Guinzburg explican y acompañan a quienes desafiaron el poder, el prólogo de No engañéis define a su sujeto como una anécdota risible que prueba, en todo caso, que las instituciones estaban en lo cierto como siempre y que quienes las desafiaban eran a lo sumo dignos de la piedad engañosa de la retórica literaria. El texto de Burucúa es glacial, explica poco y, protegido por su pátina de erudición e ironía, recuerda menos a Guinzburg que a La era del ñandú, aquel programa de televisión sobre la falsa ciencia que le dio patente de genialidad a una gansada.
septiembre 30, 2011 a las 4:11 pm
Uh. Claro que suena a eso. A JLB le hubiera encantado, o no sé. Qué bueno que no lo tengo.
octubre 1, 2011 a las 2:29 pm
La era del Ñandú era una gansada divertida. El problema era que se utilizaba como una especie de “comentario alegórico” sobre la crotoxina. Cuando lo pasaron por primera vez, formaba parte de un programa semanal -estábamos en el 87, cuando se empezaba a resquebrajar el alfonsinismo- donde cineastas hacían programas de TV (todos muy malos) sobre “temas de actualidad que preocupan a los argentinos” y luego había un debate (aburrido, retórico, lleno de consignas vacías) que coordinaba Magdalena Ruiz Guiñazú. Después sólo repitieron varias veces La era… sin el contexto. Aquel programa era muy parecido a la TV kirchnerista menos declamatoria, y había si alguna diversidad de voces.(los alfonsinistas jamás le quitaron cámara a los opositores, ni micrófonos; e incluso le devolvieron un canal a Romay -el 9, líder de audiencia entonces- y a Héctor Ricardo García -el 2, que le pulseó el público al 9-. Yo siempre pienso que el uso de la retórica del kirchnerismo es bastante similar al que intentó el alfonsinismo con su tentación del “tercer movimiento histórico”. Lo cierto es que los k “perfeccionaron” un poco esto con represión del pensamiento y realismo mágico (dos cosas que cuadran perfectamente en el setentismo en boga). Por cierto: el folclore peronista es mucho más poderoso y han sabido encontrar entre sus postulados las herramientas más fuertes (nunca refieren a Perón, siempre a Eva, que alternativamente puede “reencarnar” en Cristina -cuando discursea- o en Néstor -por el santo desaparecido, Él-). Por todo esto, La era del Ñandú hoy sería un programa imposible. Aunque sí se pueden hacer cosas como esta.
Ya que hablamos de apócrifos (entendido como “falso” y no, como corresponde, “oculto”). Salud!