Primera página (89), respuesta

Ensayos de Elia, de Charles Lamb

por Flavia de la Fuente

Acá sigo, escribiendo frente a la misma ventana de anteayer, en Villa Ventana, contemplando la última luz del día en las sierras. No me puedo decidir si escribo o miro. Preferiría mirar, pero el tiempo me corre y ya se hace la hora de cenar, y el hambre de Q es implacable. Así que mejor dejo la contemplación para otro día. Por otra parte, ya queda poco para mirar, solo siluetas apenas distinguibles de árboles negros frente a un cielo gris plomo con nubes negras.

Hoy me tiene intimidada el gran amor que siente Roger Malquerer por Charles Lamb, me gustaría pedirle a él que escribiera la respuesta, porque parece conocerlo mucho. En cambio, mi relación con el señor Lamb es larga pero no intensa. Compré Ensayos de Elia sin saber quién era Lamb, pero me interesó ni bien leí algunos párrafos sueltos y decidí llevarlo conmigo. Es de una editorial que no veo hace mucho, El Cobre, que tiene un catálogo desparejo, pero a la que le debo también haber leído Solo de Strindberg, un libro que adoro. Me viene bien el recuerdo de Strindberg porque con él el amor fue a primera vista. Leí y releí Solo y me gustó las dos veces, aunque reconozco que la primera vez me impactó más que en la relectura. En cambio, con Lamb siempre me pasa lo mismo. El tipo me cae bien, me hace reír mucho por momentos y me cansa y me hastía en otros. Es como si fuera un escritor con altibajos, pero que cuando está en vena es muy especial. Por eso nunca lo dejo del todo, y una y otra vez vuelvo a intentar con Los ensayos de Elia. También hay que reconocer que se debe perder mucho en la traducción, lo estoy leyendo en castellano y quizás esa sea parte del problema.

Hoy Q me decía que el prologuista de El placer de odiar de William Hazlitt decía que Lamb era muy inferior a Hazlitt. No leí a Hazlitt quien, por otra parte, era amigo de Lamb, pero sí a Montaigne, que cultiva el mismo género y es evidentemente superior. Aunque Montaigne no es tan gracioso como Lamb, que tiene el humor en la sangre.

Pero no me gustaría ser ingrata con un personaje tan especial. Lo que noté claramente es que es mucho más filoso cuando habla de cosas que le duelen como la historia de su hermana Mary, el hombre soltero, la jubilación, que cuando habla, por ejemplo, de música o de libros. Lo suyo es hablar de sí mismo y en primera persona. Ese es el estilo que domina y a mí me encanta.

Charles Lamb nació en Londres en 1775 y murió en la misma ciudad en 1834. Nunca se casó y compartió su vida con su hermana Mary, quien mató a cuchilladas a su madre en 1796. Mary, como se habrán dado cuenta por el matricidio, estaba loca y pasó mucho tiempo internada. Pero cuando estaba bien, vivía con Charles, que tampoco era del todo cuerdo: él también pasó una temporada de seis meses hospitalizado por una severa crisis nerviosa. En fin, otro amigo, otro loco, como Strindberg y Walser. Además de loco, Lamb era muy petiso y, para colmo, tartamudo.

Un extracto de la Autobiografía de Charles Lamb, que tiene apenas una carilla y media.

Por debajo de la estatura media, su rostro es de apariencia algo judía, sin influencia judaica en su religión constitutiva; tartamudeaba abominablemente y por lo tanto es más apto para descargar su conversación ocasional en un aforismo singular, en alguna sutileza pobre, antes que en un discurso definido y edificante. En consecuencia, ha sido catalogado como una persona que apunta al ingenio, lo cual, como le respondió al serio amigo que lo acusó por ello, es al menos tan bueno como apuntarle a la seriedad. Come poco, pero no bebe; confiesa su predilección por las bayas de enebro; fue un fiero fumador de tabaco y ahora se parece más a un volcán apagado que emite de vez en cuando un bufido ocasional.

En “Mackery End, en Herfordshire”, uno de los ensayos de Elia, describe la relación con su hermana, a quien llama prima Bridget. Es uno de los textos que más me gustaron.

Ambos somos grandes lectores en diferentes sentidos. Mientras yo cabeceo (por milésima vez) en algún pasaje del viejo Burton u otro de sus extraños contemporáneos, ella está absorta en una aventura o cuento moderno, pues nuestra mesa de lectura común se alimenta a diario con provisiones asiduamente frescas. A mí la narrativa me resulta molesta. Me preocupa muy poco el curso de los hechos. (…) Lo que más me agrada son las opiniones y textos de humor fuera de circulación –cabezas con algún giro divertido–, las rarezas de los autores.

A mí me pasa lo mismo que a Lamb con los libros. Cada vez tolero menos la ficción y me gustan los escritores que tienen un toque distinto. No soporto la literatura convencional, por mejor escrita que esté. Me aburre a la segunda página.

Hago una pausa para recordar a un amigo inglés que murió hace unos años y cuyos textos, personales, ingeniosos y libres, ayer me hicieron acordar a los de Lamb. Me refiero a Julian Cooper quien escribió durante muchos años en el Buenos Aires Herald unas columnas bizarras sobre temas aparentemente irrelevantes, muy al estilo Lamb. Creo que Cooper escribía dos veces por semana en el diario. Una era una columna de cine también extraña y, creo que los sábados, tenía una columna libre, que podía hablar, por ejemplo, del huevo duro. Seguramente, alguno habrá tenido el placer de leerlo, era un tipo muy particular, a Lamb le habría gustado, porque Cooper también era bizarro, muy bizarro, tan bizarro que casi perdió la razón en sus últimos años. Pero, además de bizarro, siempre trató de ser fiel a sí mismo, un hombre libre. Al final de sus días se había convertido al budismo y le dio todo lo que tenía a una secta y murió en la pobreza más absoluta. Era muy tímido, tartamudeaba un poco al hablar y nunca llegó a dominar el español. Algún día habría que recopilar esas columnas y que no se pierdan en el olvido. Y también proyectar sus películas, si es que están en algún lado, porque Cooper también fue cineasta. Vimos con Q una sobre la India que era maravillosa, pero no recuerdo el título. Hasta aquí el saludo al amigo Julian Cooper. Pero mejor volvamos pronto a Lamb antes de que me agarre la melancolía.

Estábamos con el tema de sus lecturas y su hermana.

Puedo perdonar su ceguera hacia los bellos desvaríos de la Religio Medici [de Sir Thomas Browne, 1643], pero tendría que pedirme perdón por algunas insinuaciones irrespetuosas, que ha disfrutado espetar últimamente, relativas a la mentalidad de mi autora favorita, del siglo pasado: la tres veces noble, casta y virtuosa, y también una de las mentes más fantásticas y originales, la generosa Margaret Newcastle.

Otra interrupción. Nunca escuché hablar de Margaret Newcastle. ¿Alguien leyó algo? Debe ser buena. Porque Lamb no leía cualquier cosa. Como buen melancólico leía y releía a Burton y su libro de la melancolía y a Sir Thomas Browne. Estos tres escritores son los más citados en el libro, es como si estos autores fueran sus biblias. Habrá que ver quién es la gran Margaret Newcastle. Quizás Dasbald la conozca. A Sir Thomas Browne lo tengo esperándome en San Clemente. Así que cualquier día de estos lo trato de leer.

Por último, miren cómo describe la educación de su hermana, que le parece la educación ideal para la mujer.

En su juventud no se atendió mucho a su educación, y felizmente se saltó toda esa instrucción en adorno femenino que pasa por el nombre de perfeccionamiento. Tempranamente cayó, por accidente o designio, en un amplio gabinete repleto de buena y vieja literatura inglesa, sin mucha selección ni prohibiciones, y se alimentó como quiso con ese hermoso y saludable pasto. Si me dieran veinte niñas, las criaría exactamente de esta manera. No sé si sus posibilidades para el matrimonio disminuirían por ello, pero puedo asegurar que se conseguirían (si lo peor llega a lo peor) las más incomparables solteronas.

Uno de los ensayos que me pareció más divertido es “Queja de un soltero sobre el comportamiento de la gente casada”.

Al ser un hombre soltero he pasado buena parte de mi tiempo tomando nota sobre los males que aquejan a la gente casada, con el fin de consolarme a mí mismo por esos placeres superiores que me dicen que he perdido al mantenerme como estoy.
Lo que a menudo me ofende cuando visito las casas de las personas casadas es un disgusto de una especie bastante distinta: es que se amen tanto.
Tampoco que se amen tanto: eso no explica lo que quiero decir. Además, ¿por qué tendría eso que ofenderme? El acto mismo de separarse juntos del resto del mundo, para tener el completo goce del otro, implica que ellos se prefieren entre sí por encima del resto del mundo.
Pero de lo que sí puedo quejarme es de que señalen esta preferencia tan evidentemente, que la muestren sin ninguna vergüenza en el rostro de nosotros, los solteros, tanto que no se puede estar un momento con ellos sin sentir, por insinuación indirecta o abierta declaración, que uno no es el objeto de su preferencia.

Y sigue más abajo su texto indignado:

Hacer gala de conocimientos superiores o de riqueza también puede ser bastante mortificante, pero esto admite paliativos. Los conocimientos que se muestran como un insulto accidentalmente pueden servir para mejorarlo a uno; al estar en las casas de los hombres ricos, entre sus cuadros, parques y jardines, al menos se goza de un usufructo temporal. Pero el despliegue de la felicidad marital no ofrece ninguno de estos paliativos: es un completo, puro, irrecompensado e inaceptable insulto.
El mejor sinónimo de matrimonio es monopolio, y no uno de la especie menos aborrecible.

Pero Lamb no se detiene en el amor marital, ahora la emprende contra las familias con hijos.

Pero lo que he dicho hasta ahora no es nada en comparación con los aires que ellas se dan cuando llegan a tener hijos, como generalmente sucede. Cuando pienso qué cosa tan poco rara son los niños –porque abundan en cada calle y ciego callejón; porque la gente más pobre comúnmente los tiene en abundancia; porque hay poquísimos matrimonios que no estén benditos con uno de estos regalos; porque normalmente se enferman, o porque defraudan las amorosas esperanzas de sus padres al seguir caminos viciosos que conducen a la pobreza, la desgracia, las galeras, etcétera–, por mi vida que no puedo entender qué provoca el orgullo que les asoma al tenerlos. Si fueran jóvenes aves fénix, de verdad, que nacen sólo una vez al año, podría haber un pretexto. Pero cuando son tan comunes…

Y después analiza cómo las mujeres destruyen la amistad previa que existía entre dos hombres antes del casamiento. En fin, es todo muy divertido y bastante cierto. Un amigo joven me dice que cada vez que se casa un amigo, se muda a un barrio menos céntrico, tiene hijos y ese es el fin de la amistad. Y algo de eso hay. El dice que los que no tenemos hijos somos pendeviejos. Y que los que forman una familia se transforman de un día para el otro y no hay lugar ya para uno. Solo importan los niños. Es cierto, los que no tenemos hijos somos una raza aparte.

La verdad es que no está tan mal este Lamb. Pero es un género raro este de las crónicas humorísticas, de a ratos es un poco como leer a Dolina.

Por último, voy a citar algo de “El hombre jubilado”, este ensayo es muy sentido y me dio mucha pena, porque sé que está basado en la vida real. Lamb trabajó treinta y seis años, desde los catorce hasta los cincuenta, en una empresa y vivía aterrorizado por que lo echaran. Un día, lo citan los dueños y le dicen que ya se puede jubilar y que va a cobrar el 75% de su sueldo. Así es cómo de un día para el otro el hombre dispone de todo su tiempo libre.

Durante el primer y segundo día me sentí aturdido, abrumado. Sólo podía concebir mi felicidad; estaba demasiado confundido para disfrutarla sinceramente. Vagaba por ahí pensando que era feliz, pero sabiendo que no lo era. Me encontraba en la misma condición de un prisionero de la vieja Bastilla liberado repentinamente tras cuarenta años de confinamiento. Apenas podía conciliarme a mí mismo conmigo mismo. Era como pasar desde el Tiempo hacia la Eternidad –pues para un hombre es una especie de Eternidad tener todo su Tiempo para sí mismo. Me parecía que tenía en mis manos más tiempo que el que jamás podría manejar. De ser un hombre pobre, pobre de tiempo, repentinamente me elevé hacia una renta enorme; no veía el fin de mis posesiones; necesitaba algún administrador o un mayordomo juicioso para que manejara mis propiedades de Tiempo por mí.

Es cierto que nominalmente he vivido cincuenta años, pero si descuentan las horas que he vivido para otra gente, y no para mí mismo, podrán ver que aún soy un hombre joven. Porque ese es el verdadero Tiempo, el que un hombre puede llamar ciertamente como propio, el que tiene para sí mismo; el resto, aunque en alguna medida pueda decir que lo ha vivido, es Tiempo ajeno, no suyo.

Extrañaba mis viejas cadenas, realmente, como si hubieran sido una parte necesaria de mi persona.

He perdido toda distinción de las estaciones. No sé el día de la semana ni el mes. (…) Todos los días son iguales. (…) Tengo tiempo para todo. (…) Un hombre nunca puede tener demasiado Tiempo para sí mismo, ni muy poco que hacer. (…) Camino por ahí, no desde ni hasta. (…) He hecho todo lo que vine a hacer a este mundo. He trabajado lo que había que trabajar, y tengo el resto del día para mí mismo.

Me dio mucha pena saber que Lamb no vivió mucho tiempo más después de su jubilación, apenas unos diez años. Su hermana Mary, que era diez años mayor, lo sobrevivió y ahora yacen juntos en la misma tumba en un cementerio.

En fin, como ven, finalmente Charles Lamb me compró. Esta noche le he tomado aprecio y cariño. El librito que tengo viene además con un epílogo que es la necrológica de Lamb por Thomas de Quincey en donde lo define así:

Los ensayos en prosa bajo la firma de Elia conforman la sección más placentera dentro de la obra de Lamb. Atraviesan un campo de observación peculiar, apartado del interés general; fueron compuestos por un espíritu demasiado delicado y discreto como para ser oído por la muchedumbre bulliciosa que clama por sensaciones fuertes. (…) Quizás podríamos nombrar a Rabelais y a Montaigne como los primeros escritores de esta clase. En el siglo que sigue al de ellos está Sir Thomas Browne, e inmediatamente después La Fontaine. Luego se encuentran Swift y Sterne…

Por último, el prólogo a Los ensayos de Elia dice:

Sus costumbres se quedaron más atrás que sus años. En gran medida era un hombre-niño.

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Una respuesta para “Primera página (89), respuesta”

  1. Roger Malquerer Dice:

    Hola Flavia. El ensayo se titula “The Convalescent” y es posible que no esté traducido al español. Lamb, creo yo, tuvo mejor fortuna que Hazlitt porque Hazlitt era radical políticamente y por sus ideas se ganó la antipatía de muchos de sus contemporáneos. Los dos, creo yo, están en un mismo nivel; y he tenido la fortuna de poder leerlos en su propia lengua (no por culto, sino por accidente). Lamb, me parece, es de esos escritores que aman mucho los ensayistas libres, por la manera tan ardua en que trabajaba la forma. Tal vez en la traducción pierda mucho, porque además es un escritor difícil de traducir.

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