Un caballero ingenioso
This entry was posted on septiembre 28, 2011 at 10:23 am and is filed under Primeras Páginas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada a través de sindicación RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio sitio.

septiembre 28, 2011 a las 10:38 am
Este es el amigo de Hazzlit, Charles Lamb, acaso el ensayista más fino que ha dado Inglaterra. Es difícil leerlo en su idioma original, pero más satisfactorio. Sus ensayos sobre el día de San Valentín o sobre los libros prestados son maravillosos; en realidad, cualquier cosa de Lamb es especial.
septiembre 28, 2011 a las 5:51 pm
Olvidaba otro ensayo, el de los convalescientes, una verdadera joya que me hizo reír hasta el cansancio cuando andaba enfermo. Tal vez la literatura no tenga una función solamente consoladora, tal vez tenga además una función curativa. No digo que Lamb me haya curado en aquella ocasión -y de veras que tenía yo medio pie en el más allá-, pero formó parte de una corte de doctores entre los cuales destaco principalmente a Rousseau y un puñado de franchutes, como les llama Quintín- todos ellos cardiólogos sin saberlo.
septiembre 28, 2011 a las 7:50 pm
Cardiolologos del corazón material o del corazón del mal de amores?, xq el nick “malquerer” da que pensar. Si es mal de amores se cura a los 10 años mas o menos, el otro se cura antes. :)
septiembre 29, 2011 a las 12:38 am
Cardiolologos de ambos corazones, Janfiloso. Ahora, eso de que el mal de amores se cura en 10 años, me dice que tienes un corazón inmenso. Ya quisiera el mío tener la fortaleza del tuyo; acostumbrado como estoy al aforismo, le debo todo al Dios de la brevedad, y olvido a mis amores en cosa de 3 meses, aunque parezca mentira.
septiembre 29, 2011 a las 9:21 am
Roger, corazón olvidadizo, ¿cuál es el capítulo de Lamb sobre la convalecencia? No lo vi en Ensayos de Elia, aunque no alcancé a leer ayer todos los capítulos. Si recordás el título, decime cuál es porque me interesaría mucho leerlo.
Saludos,
F
septiembre 30, 2011 a las 9:29 am
Como dice Sabina, “24 días y 500 noches”, hasta allí llega mi Dios de la brevedad.