Primera página (75), respuesta

La casa ideal y otros textos de Robert Louis Stevenson

por Flavia de la Fuente

Creo que todos pensamos alguna vez en nuestra casa ideal, sin embargo, pocas veces vi un ensayo escrito sobre el tema, aunque quizás haya infinidad de artículos de arquitectos, pero de escritores no me viene ninguno a la cabeza.

Solo recuerdo una especie de diario de Mujica Láinez que leí el año pasado en La Cumbre, luego de visitar su casa (hoy museo) El Paraíso. Esa fue su casa ideal. La amó desde que la vio y la armó siguiendo sus más secretos caprichos con muebles y adornos exquisitos. Es muy interesante y grato leer sus textos sobre El Paraíso. No lo puedo citar porque me gustó tanto el libro que se lo regalé a mi hermano Liso y se lo llevó a Madrid. Pero me resultó conmovedora la historia del hombre y la casa que tiene un final más que feliz, porque logró todo lo que imaginaba. O casi todo, porque creo que Manucho era insaciable y no era demasiado rico.

Nosotros también vivimos en una casa ideal, pero el ideal al que corresponde es al de la mamá de Quintín, quien la construyó también con mucho amor y esperanza a los setenta y cinco años, gastándose casi todos sus ahorros de una vida. Como se sentía vieja y su casa anterior quedaba a dos cuadras de la playa, además de que el dormitorio estaba en el primer piso y se le complicaba subir la escalera, en un acto que podríamos llamar casi una iluminación cumplió su sueño de hacerse una casita frente al mar para ella sola y, eventualmente, alguna amiga que la acompañara. El emplazamiento es privilegiado. No está exactamente frente al mar sino que la parte delantera da a una plaza muy verde y a médanos cubiertos por pinos y aromos. Uno de sus lugares favoritos era el mirador del primer piso (hoy, el escritorio de Q) donde iba a contemplar el mar. Mas también se aseguró una pequeña vista marítima desde la mesa del comedor. Luisa, así se llamaba mi suegra, quería una casa chiquita, pero con todo lo que ella necesitara. Así pues, tenemos un jardín pequeño, una cocina para una mujer anciana, una parrilla minimalista, un living para una persona y así siguiendo. Es una casa en miniatura. Hasta ideó que tuviera calefacción solar para ahorrar energía, pero los arquitectos no calcularon el movimiento de la Tierra y así que el sol nunca dio, en invierno, sobre los paneles que instalaron, lo cual significó el final de la utopía solar de Luisa. Otros detalles para la lucha contra la inclemencia del clima marítimo fueron las paredes dobles, huecas en el medio, para aislar el interior tanto del frío como del calor, y las ventanas dobles para evitar los chifletes del viento invernal, que acá no es ningún chiste. Como ven, la casa tiene muchos detalles caprichosos que me hacen pensar en La casa ideal de Stevenson. “Lo de Luisa”, así se llama nuestra casa, tiene ventanas por todos lados, mira al Este, con lo cual vemos la salida y la puesta del sol, y tiene un jardín muy bonito presidido por una araucaria (el jardín era muy bonito, ahora es un potrero desde que llegó hace tres años la bella Solita). Otro gusto que se dio mi suegra fue hacer un hogar en el comedor, que hace que mi vida sea deliciosa durante el invierno, mientras leo tirada en el mullido sofá que pusimos justo a su lado.

La casa ideal de Luisa, que era una mujer muy austera en sus últimos años, no es tan ideal para nosotros dos, por la falta de espacio. Como somos compradores compulsivos de libros, y ya van ocho inviernos que vivimos acá, la convivencia con los libros se está complicando. Hay libros por todos lados, hasta debajo de las camas del cuarto de huéspedes. Y ya no encontramos nada. Hace un par de días, se nos inundó la casa porque se soltó un caño del tanque y se mojaron unos cuantos libros. Algunos los tiramos, otros, como Notes sur le cinématographe de Robert Bresson, los pusimos a secar junto al hogar. Pero lo cierto es que andamos pateando libros por el suelo y las pilas, cada vez más inestables, se derrumban y se les caen en la cabeza a las torpes y chusmas cachorritas.

Pero veamos cómo era la casa ideal de Robert Louis Stevenson, un hombre sensato, aunque soñador y sumamente inteligente.

El comienzo de La casa ideal de R. L. Stevenson parece dedicado a Quintín y a mí:

Dos cosas son necesarias en cualquier paraje donde nos propongamos pasar la vida: soledad y agua.

Dejemos a un lado la descripción de los alrededores de la casa y de su jardín maravilloso y vayamos directamente a su interior.

Veamos cómo imaginaba Stevenson su casa:

Debe estar orientada hacia el Este. (…) El recibimiento debería contar con abundantes huecos y apartados, ya que éstos son “muy discretos lugares para conversar”; pero ha de tener también una larga pared con un diván: pasar el día tendido en un diván, entre un universo de cojines, es tan placentero como viajar. El comedor, siguiendo la moda francesa, debe ser ad hoc: desamueblado, pero con un aparador, una mesa, las sillas necesarias, uno o dos aguafuertes de Canaletto y una chimenea de azulejos para el invierno.

Y atención, Quintín:

En ninguna de estas habitaciones habrá más de uno o dos estantes con libros; sin embargo, las paredes de los pasillos pueden estar totalmente cubiertas de libros.

Es una buena idea, pero nuestros pasillos son muy angostos, apenas podemos pasar nosotros. Y también son muy cortos. Así que tenemos libros por todos lados menos en los pasillos. Stevenson también sugiere empapelar de libros la escalera. Otra misión imposible, querido Quintín, nuestra escalera, la que lleva a tu escritorio, es como la escalera de un faro.

Marido y mujer deben disponer de sendos cuartos de trabajo; no decidiéndome a invadir el santuario de la esposa, me dirijo al del hombre. Los muros están recubiertos de estanterías con libros que llegan hasta la cintura, y la parte superior del mueble forma una mesa continua adosada a la pared. Encima hay grabado, un gran mapa de los alrededores, un Corot y uno o dos Claude.

Es curiosa todo esta ensoñación de lujo y espacio. Stevenson vivía preocupado por las desigualdades sociales y, aunque provenía de una familia adinerada, no quería vivir más que del dinero que él mismo ganaba con el sudor de su frente. Hace unos años leí Moral laica, otro de mis ensayos favoritos de Stevenson, donde afirma que en el mundo capitalista todos somos ladrones.

Diría menos si pensase menos. Pero considerando mis propias razones y la justicia de las cosas, solo puedo reconocer que yo mismo soy un ladrón y que sospecho intensamente que mis vecinos participan de la misma culpa.

Pero sigamos con la descripción hedonista del cuarto de trabajo del hombre de la casa ideal:

La habitación es muy espaciosa, y las cinco mesas y dos sillas no parecen sino islotes. Una de las mesas es para el trabajo que se realice en un momento dado; otra, contigua a la anterior, para los libros de consulta que se utilicen; otra, muy amplia, para manuscritos o pruebas que esperan su turno; otra debe permanecer vacía para una eventualidad; y la quinta es la mesa cartográfica, que cruje bajo un cúmulo de mapas y cartas a gran escala. De todos los libros, allí se encuentran los menos aburridos y los más sustanciosos.

La casa de Stevenson también cuenta con un gimnasio con techo de vidrio y pileta de natación climatizada con trampolín y todo. Pero no nos dispersemos y veamos qué hace con los libros, que es el gran problema que tenemos con Q.

…una mesa para los libros del año; y, en una esquina, los tres estantes llenos de esos libros eternos que nunca envejecen: Shakespeare, Molière, Montaigne, Lamb, Sterne, las comedias de Alfred de Musset (abierto, uno de los tomos, en Carmosine, y el otro, en Fantasio; Las mil y una noches, y otras narraciones del mismo estilo, en los solemnes volúmenes de Weber; La Biblia en España de Borrow, el Viaje del peregrino, Guy Mannering y Rob Roy, Montecristo y El vizconde de Bragelonne, el inmortal Boswell (el mejor de los biógrafos), Chaucer, Herrick y los Juicios de Estado.

Nosotros también tenemos una mesa con los libros del año, que llamamos “la mesa de novedades”. Aunque ahora está colapsada y hay pilas anexas alrededor de la mesa ratona del living, que es la que cumple esa función. Pero sigamos con Stevenson, que sigue acomodando libros por todos lados.

“Los dormitorios son grandes, aireados, sin muebles apenas, con suelos de madera barnizada y, en la cabecera de la cama, un anaquel con libros de una especie particular y taxativa, tales como el de Pepys, las Cartas de Paston, las Cartas desde las Tierras Altas de Escocia de Burt o el Calendario de Newgate…”

No tengo idea de qué van estos últimos libros. Pero me hace gracia que yo tengo la misma obsesión. En mi dormitorio tengo los libros que adoro y los que no entran bajo mi severa custodia en el dormitorio, los tengo bien a mano, en mi escritorio. Pero los del dormitorio son especiales, son mis novelas y ensayos más queridos. Y después está la pila enorme de la mesita de luz. Esta manía mía conspira con el orden de librería que tiene Q. El resto del universo de nuestra casa está ordenado en literatura argentina, hispana, francesa, inglesa y resto del mundo. Pero el principal motivo de caos, no es el doble criterio de orden (porque yo sé qué libros tengo en mi poder y Q también) sino el exceso de volúmenes.

¿No les pareció hermosa la casa ideal de Stevenson? Y eso que no les conté nada del jardín al que dice que hay que empezar a imaginar así. “Una regla áurea aconseja cultivar el jardín con el olfato; los ojos se cuidarán de sí mismos. Tampoco ha de olvidarse el oído: sin pájaros, un jardín es un patio carcelario”.

Cada renglón de este ensayito es un deleite. Si bien me encantan las ficciones de Stevenson, soy una gran admiradora de sus ensayos que leo sin cesar desde que era muy joven. En esos textos también brilla su prosa inspirada y placentera, siempre llena de imaginación y alegría.

Hay pocos escritores que inspiren tanta felicidad como Stevenson. ¿Será por la precaria salud que lo acosó desde la infancia y que lo obligó a refugiarse en un mundo de fantasía, a veces, arrobadora, otras, terrorífica?

Stevenson fue un gran viajero y vivió en varios sitios tropicales para combatir la tuberculosis que lo persiguió todo la vida. Nació en Edimburgo en 1850 y murió en Vailima, Samoa en 1894.

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7 comentarios para “Primera página (75), respuesta”

  1. norma Dice:

    Me encantó. Cuando viaje me lo prestás.
    En cuanto a Luisa, no tenía la cocina chica porque era anciana. Ella era coherente. No le interesaba la comida. Sí los libros y leer.
    En su departamento de la calle Esmeralda, todo estaba a nuevo. La
    cocina chiquita y nunca la renovó. Tenía biblioteca hasta en el comedor diario, su lugar preferido. Así era Luisa.

  2. Santiago Giralt Dice:

    Hermoso texto.

  3. lilia Dice:

    Muy linda la descripción de vuestra casa, o la de Luisa. Para mí ‘la casa’ es un tema interminable y fascinante. ¿No tenemos todos cierta debilidad por algunos recuerdos de casas vividas, habitadas a través de lecturas o soñadas? Creo que Stevenson dio en un clavo sensible. Tengo un libro -La casa- que es más bien descriptivo de lo que significa, o cómo evolucionó en la historia de los humanos, pero ahora no lo encuentro, para dar más datos. Está siempre en relación con las nociones de lo privado y lo público.
    Gracias por los anticipos de la de Stevenson, es muy graciosa, tan siglo XIX clase alta mal que le pese. Cinco mesas en el cuarto de trabajo, me encanta, qué gozada.
    Pero su síntesis de la primera página: soledad y agua, es genial y tentadora.

  4. lilia Dice:

    Q, hablando de la película de Natalia Cano: Hay una escena extraordinaria en la película. Una vieja mapuche cuenta frente a una cueva en la montaña que ella vivió ahí de chica y agrega lo feliz que fue en ese lugar. Lo dice con una alegría genuina, con una elocuencia admirable. Allí se ve el misterio de una vida comunitaria silenciada por la civilización.
    La de la mapuche también es ‘la casa ideal’…

  5. Montañés Dice:

    Hermosa reseña. Stevenson, un favorito absoluto.

    El refugio resulta esencial al fenómeno biológico, al igual que la ambición. Por ello llegamos, rápidamente, a la necesidad de tener un palacio, exceso que pocos consiguen y finalmente nadie merece.

    A veces pienso que la absoluta libertad que se atribuye a la sacrosanta intimidad del hogar es el legado más sofisticado de toda la historia política. Poca cosa, dirá alguien. Sin embargo, las auténticas maravillas y desgracias humanas acaso provengan, fuera de la fortuna, del modo específico con que se vive o vivió en casa. Y conseguir una buena vida en casa depende, sin contar la comida, de dos aspectos fundamentales: el material/económico (que deriva en la falta de espacio y demás incomodidades graves) y el relativo a la institución familiar (o sea la convivencia).

    Sumando a ello las vicisitudes geográfico-climáticas, terminamos bebiendo un bonito/maldito cóctel de azares.

  6. Montañés Dice:

    Entre otras cualidades, una buena casa debería tener espacio suficiente para todos sus habitantes, quienes merecen disponer de un dormitorio personal con baño incluido; también, de una habitación de trabajo o esparcimiento para cada uno. Además de la amplia y cómoda cocina/comedor, del salón de reuniones y/o biblioteca (o pinacoteca o discoteca), del jardín y de la habitación de huéspedes o reserva. Buena ventilación, buena iluminación natural y rodeada de naturaleza, pájaros y silencio. En lo posible, separada por tierra y árboles de los vecinos inmediatos.

    Debido al exceso de población, a la consiguiente escasez de recursos, a las ambiciones estúpidas y a la inequidad reinante, estas (u otras) condiciones ideales son inalcanzables para la mayoría. Pensar en una casa ideal tiene siempre, como triste conclusión política, su alcance corto y por demás defectuoso.

    Y puesto que tierra sobra en el mundo, la culpa final reside en la ciudad, con sus golosinas, vanidades y embelecos…

    Ciudad, maldita embaucadora.

  7. lalectoraprovisoria Dice:

    Me encantó también la casa ideal de Montañés. Yo siempre pienso que con Q quizás deberíamos construirnos una casa más grande lejos del centro donde los terrenos son baratos, en medio de la nada, frente al mar arriba de un médano, para tener más espacio para los libros y ahora para las perras. Pero, la verdad, es que suena lindo, pero me asusta el desamparo. Nosotros vivimos aislados pero en pleno centro del pueblo. Así que creo que nos quedaremos para siempre en la casa ideal de Luisa.

    F

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