Primera Página (66), la respuesta

Las comidas profundas, de Antonio José Ponte

por Quintín

Descubrir un escritor es un hecho raro. Más si viene de un país como Cuba, castigado por cincuenta años de una dictadura que no solo castigó a sus ciudadanos con el paredón, la cárcel, el exilio y la pobreza sino que secó el pensamiento y convirtió a los artistas en seres esquizofrénicos, practicantes de esa doble moral tan característica de la isla que consiste en alternar la queja con la sumisión. Después de los primeros años, aquellos en los que algunas personas de buena voluntad todavía creían que la Revolución sería otra cosa (después lo siguieron creyendo solo los fanáticos y los tontos), en Cuba empezó el silencio. El régimen no dio un solo cineasta, ni dio poetas ni novelistas importantes más allá de los que ya vivían o de los que surgieron en esos primeros años, como el mártir Reinaldo Arenas. Solo dio el régimen algunos músicos populares, aunque conviene recordar que parte de la rica tradición musical de la isla fue sepultada durante décadas, ya que hasta el gusto musical se le dio por regular a Fidel Castro junto con las preferencias sexuales.

En materia literaria, Cuba era todo menos un país salvaje en 1960, pero sus mayores escritores (Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cabrera Infante, Severo Sarduy, hasta Carpentier) resultaron una carga incómoda para la dictadura, cuyas malas intenciones con la cultura se terminaron de poner de manifiesto durante el affaire Padilla primero y definitivamente, con la persecución a Arenas. Desde entonces, los escritores cubanos se movieron bajo la amenaza permanente de censura y bajo convenciones parientes a las del realismo socialista: se podía denunciar algunos problemas e inconvenientes pero siempre bajo la premisa de que la Revolución sería el ámbito para solucionarlos. La literatura cubana fue en estos años un género resignado. Quienes nacieron y se educaron bajo el dictador solo conocieron esa forma de miseria espiritual colectiva y es muy raro que hayan podido escapar de ella aunque la esperanza de vivir bajo otro cielo es lo último que se pierde.

Por eso es tan notable el pequeño libro de Antonio José Ponte que publicó en 2010 Beatriz Viterbo y que se titula Las comidas profundas. Ponte nació en 1964 y es un exiliado tardío (2006). Un poco antes, en 2003, lo expulsaron de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, una de las organizaciones genuflexas de inspiración sovíética que rigen la vida cultural de la isla. Ponte escribe en los años noventa, en pleno “período especial”, eufemismo para la atroz escasez a la que Fidel sometió al pueblo cubano después de la caída del Muro. En un acto subversivo, de extrema radicalidad intelectual, Ponte escribe un libro sobre la comida. Lo hace, como lo cuenta en la primera página, sentado en un mesa cubierta por un mantel de hule cuyos motivos, “frutas y carne asada y copas y botellas” no están a su alcance. Un poco como Chaplin en La quimera del oro, Ponte escribe desde la hambruna y sueña historias relacionadas con la comida. La primera se relaciona con Carlos V, perplejo frente a un exótico ananá que le traen de Cuba.

A punto de devorar el único pequeño pan del día, he pensado en la falta que ese pan me hará más tarde. Lo mismo que el emperador. El día que me toca atravesar hasta otro pan pequeño es tan vasto como el océano desde Sevilla. Días y días marcados por una ración de prisionero.

Supongo que al norte o al futuro abundarán las piñas y los panes. Como un viejo cartógrafo que llena mapas de ballenas y eolos y gente de las antípodas, coloco en algún punto el Lugar De Donde Vienen Las Comidas Sabrosas (lo vi en una postal, un cuadro de Paul Klee). Y todavía llamo a ese lugar imaginario Cuba.

Ponte no se limita a recordarle al lector los sueños de un intelectual cubano sin privilegios (ni siquiera el de ver alguna vez un cuadro más allá de las postales), sino que establece una comparación con un país exuberante que es el país del ananá y el país de un gran devorador de comida como Lezama Lima, tal vez el nombre que ilumina por contraste la sórdida realidad que evoca el libro. Ponte es un escritor culto que no tiene compromiso alguno con las cosas del presente y apunta en cambio a ese mundo cultural  autónomo, signado por la abundancia y la imaginación barroca que la revolución silenció, proscribió, suprimió en beneficio de un arte magro y regulado por el Estado.

Las comidas profundas empieza por fundar la literatura cubana en dos versos de Silvestre de Balboa

De aquellas jicoteas de Masabo
Que no las tengo y siempre las alabo

y agrega:

Bajo el mantel, la mesa debe tener esa memoria de los muebles, de la que están seguros tantos espiritismos. Es una mesa vieja, la recuerdo en todas las mudadas. Llamo a una piña, a un castillo en España, a un emperador viejo y antes joven, a deseos de comer carne en un poema de mil seiscientos ocho. Llamo al espíritu de las viejas comidas, pregunto por sus secretos.

La operación de Ponte trasciende la coyuntural miseria cubana y evoca el esplendor de la literatura. Es un libro opulento, que habla de Proust y de Lezama, de la relación entre la comida y el erotismo, de las incursiones de Apollinaire a los prostíbulos fantasmas de siglos anteriores. Ponte recuerda que Virginia Woolf descubre que sus libros escuetos se parecen a Londres bajo los bombardeos y que, en la escasez, el verbo conseguir sustituye al verbo comprar. “La escasez es el paraíso para el nominalismo y el mercado negro”, dice Ponte y recuerda que en esas condiciones, como en Cuba, “las comidas se han vuelto palabras, proyectos de existencia o de memoria”.

La costumbre de hacer comidas en palabras, aprendida en la escasez, no nos abandonará tan fácilmente. Como enfermos que ni siquiera en habitaciones muy caldeadas consiguen olvidar el frío, tenemos instalada el hambre bien adentro.

La historia se repite en cualquier país en depresión económica. La desesperación hace que se multipliquen las metáforas. (…) No es casual, cuando se trata de metáforas, que vengan a citar nombres de poetas: Montale, Apollinaire… Las comidas sustitutivas no solo pretenden pasar por más nobles, procuran ir más allá. Hablan del buen tiempo pasado, de hermosos días idos y establecen una relación entre ese ayer y hoy.

Por eso es tan radical, tan subversivo, el gesto de Ponte de hablar del hambre, tema tabú por excelencia en esos años y durante todo el tiempo en el que los infinitos desatinos dogmáticos del castrismo lograron privar a los cubanos de libertad y de alimento. Hablar de comer, dice Ponte, es hablar de lo que podría ser de otra manera, recordar que fue de otra manera.

Lo que ningún estado, por policial que sea logra llevar a esquema de identificación, lo que no cabría en un expediente, el gusto, un montón de simpatías y rechazos, nos hace iguales a quienes fuimos en mejores tiempos.

Ponte sugiere que podemos ser mejores, que todavía se puede escribir de un modo tan profundo, tan medular como las comidas que el título de su libro evoca. Este escritor notable es una de las grandes sorpresas personales de esta serie.

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5 comentarios para “Primera Página (66), la respuesta”

  1. Pustulio Dice:

    ¡Quiero leer este libro! La reseña me remite a la obra de Ronaldo Menéndez (Las bestias, De modo que esto es la muerte, etc.), que también se articula alrededor del tema del hambre en Cuba. De Ponte he leído La fiesta vigilada, que me pareció un libro delicioso, entre la crónica, la autobiografía y el relato de viajes, y un ensayo muy interesante, El libro perdido de los origenistas. Buscaré Las comidas profundas.

  2. lalectoraprovisoria Dice:

    Tengo acá La fiesta vigilada, pero no lo leí. Me dan muchas ganas. Las comidas es un libro muy corto, pero impresionante.

    Q

  3. Juan Gonzalez Dice:

    Mucho lo recomendó Sandro a este libro. Una reseña excelente que se gana otro comprador.

  4. lalectoraprovisoria Dice:

    ¿Quién es Sandro?

    Q

  5. Saint-Jacob Dice:

    http://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/989/1/1997103P7.pdf

    …obviamente, si se lee y gusta, a comprarlo…

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