Primera página (61)

Una lengua filosa

6 comentarios para “Primera página (61)”

  1. libreros de la ciudad Dice:

    Ivy Compton-Burnett, Una herencia y su historia.

  2. dasbald Dice:

    poison ivy…

  3. janfiloso Dice:

    libreros me tiene harto, y por supuesto dasbald también que debe haber leído todo lo que se escribió en Inglaterra, hasta las actas del parlamento de Oliver Cromwell. :)

  4. lalectoraprovisoria Dice:

    Segundo intento con Ivy Compton-Burnett. El primero fue con Una familia y una fortuna (1939), editado por La bestia equilátera. Lo leí en el verano y tuve sentimientos encontrados frente al libro. Era entretenido, inteligente, el estilo de Ivy es elegante, sus diálogos son únicos, punzantes, impiadosos, pero… Con la firme intención de poder rellenar los puntos suspensivos, ayer, después de Oblómov, me puse a leer Una herencia y su historia (1959) y la verdad es que sigo como antes, todavía no sé si me gusta o no. ¿Tendré que leer una tercera para poder completar la frase?

    Tengo que confesar que hace unos meses me compré como cinco libros de Ivy Compton-Burnett. Estaban en Eterna Cadencia, recién llegados de España. Eran tan lindos, todos de tapa dura blanca, con fotos de vajilla inglesa, de Lumen. Verlos todos juntos me dio alegría y me despertó la gula. Pensé que quizás nunca más los volvería a encontrar, y que acaso al final, un día, la escritora me llegara a gustar tanto como a Dasbald o a Matías Serra Bradford, en fin, que me los compré todos de manera compulsiva por si algún día me volvía una adicta a la Compton-Burnett como le pasó a Natalia Ginzburg tras años de rechazo.

    Aunque lo de Natalia Ginzburg es algo que leí un par de meses después, cuando me compré una recopilación de sus ensayos. Entre los textos que me gustaron había uno sobre Ivy Compton-Burnett, lamentablemente su necrológica, escrito en 1969. Me divirtió que a la Ginzburg le pasara lo mismo que a mí cuando conoció a la escritora inglesa. Y creo que ese ensayo hizo que hoy volviera a intentar encontrar placer en la lectura de la Burnett.

    Descubrí sus novelas hará unos diez años, durante mi estancia en Inglaterra. Tropecé con ellas por casualidad. Al leer por primera vez una de sus novelas tuve la desagradable sensación de estar presa en una trampa. Me sentía clavada en el suelo. Las busqué todas. No domino el inglés; leía aquellas novelas con grandes dificultades, y de vez en cuando me preguntaba por qué seguía leyendo con tanta obstinación y esfuerzo a una escritora que quizá aborrecía.

    ¿No es curiosa la coincidencia? Aunque a mí no me cuesta ningún esfuerzo porque la leo en castellano y su estilo fluido, mordaz y cristalino impide el aburrimiento. Además, los diálogos son increíbles y los personajes parecen todos sofistas inspirados. Pero pese a las líneas brillantes hay algo que me falta que no sé qué es.

    En Una herencia y su historia pasa de todo, pero es lo mismo que si no pasara nada. Nadie se va a morder las uñas por saber cómo termina porque todo da igual, puede pasar cualquier cosa, la trama es totalmente irrelevante. De hecho, pasan más cosas que en Edipo Rey, Hamlet o la tragedia que se les ocurra. Pero todo es gélido y carece de importancia. Lo único que interesa es lo que hablan los personajes, que son pocos, pero todos dotados de una lengua virtuosa, incluso los nenes de dos y tres años. No hay felicidad, no hay sufrimiento, no hay violencia física, no hay sangre, solo hay diálogos descarnados y filosos, uno tras otro en un sinfín de 286 páginas. ¿Y de qué hablan? Hablan de la vida, la muerte, el dinero, las relaciones humanas, la sociedad, los afectos, los sentimientos, la familia, la amistad, el matrimonio, el tiempo, la existencia o no del más allá. Sí, efectivamente, los participantes de la tertulia de Compton-Burnett son filósofos filosos, aforistas.

    Con las dos novelas que leí tuve la misma sensación: son máquinas que no paran. Hasta parece raro que esos textos los haya escrito una sola persona en soledad. Esos diálogos tan brillantes, parece escritos por un comité, como los guiones de las sitcoms americanas, para que cada línea tenga el efecto más eficiente posible. Tanta precisión, tanta velocidad, tanto sarcasmo y crueldad parecen un prodigio logrado por largas sesiones de brainstorming. Les copio un par:

    —Tío, habría sido mejor que no pronunciara esas palabras. No debe hablar en tono irónico.
    —¿Es que hay algún tono en el que podamos hablar?
    —Muy pocos. Casi todos molestan.
    —¿Vamos a estar sentados a la mesa desayunando hasta la hora del almuerzo?
    —Eso nos ahorraría un viaje —dijo Simon.

    ——

    —¿No han dicho nada de nosotros?
    —Solo frases de amable resignación ante lo que somos. Y no sabía que supieran que somos lo que somos. Nos ven con toda claridad, como nosotros los vemos a ellos. Y eso siempre representa una sorpresa desagradable.

    ——

    —Creía que ya faltaba poco para que anocheciese —dijo Walter—. Era una ilusión que me hacía para paliar un poco el agobio de tener toda la mañana por delante.

    ——

    —Se enorgullece de su pesimismo, Deakin —dijo Julia.
    —Bueno, señora, cuando nos dicen que nos fijemos en el aspecto agradable del mundo se debe a que, por lo general, vivimos un momento de desdicha.
    —Sin embargo, es un buen consejo.
    —En la vida hay de todos, señora, toda clase de pesares.

    No les voy a contar el argumento porque es largo. Pero hay muerte, infidelidades, casi un casamiento entre hermanos, una herencia en juego, pero nada importa. ¿El final es feliz? Ni ellos lo saben. La vida continúa y es una conversación infinita. De un capítulo al otro, la autora se carga un personaje o vira la historia violentamente, mas nada impacta. Por momento parece que uno está leyendo una tragedia, pero una tragedia que bien podría ser una comedia, y en la que nada importa de verdad.

    —Lástima que Shakespeare no esté aquí —dijo Walter para romper la tensión—. Bueno, en realidad quiero decir que es una lástima que yo no sea Shakespeare. Si lo fuera habría sacado mucho partido de esta escena. Es lamentable que sea incapaz de utilizarla.

    Lo que sí me da la impresión es que la señorita Burnett la pasó muy bien escribiendo esos diálogos tan cuidadosos y agudos. Dice la solapa de la edición de Una familia y una fortuna de La bestia equilátera que empezó a escribir a los treinta y cinco años y que escribió diecinueve novelas, en los cincuenta años que siguieron, ya que murió a los ochenta y cinco. También cuentan que proviene de una familia de doce hermanos y que ningún varón tuvo descendencia (eran cuatro) y ninguna de las ocho mujeres se casó. Es increíble. ¡Ayer leí lo mismo de la familia de Robert Walser! Compton-Burnett, continúa el texto, “Creía en el aislamiento y en el ocio como protectores de la identidad. Pasaba horas ocupándose del jardín de la casa que compartió con Margaret Jourdain.” Después nombran sus escritores de cabecera y ahí creo que quizás esté la clave de mis diferencias: Shakespeare, Jane Austen, Samuel Buttler, Arnold Bennet y Thomas Hardy. No es que repudie a esos escritores, pero no son de mi familia. Mis ingleses favoritos son otros.

    Ivy Compton-Burnett nació en Inglaterra en 1884 y murió en 1969. Como ya dije, no se casó, no tuvo hijos, vivió con un hermano y luego con su amiga Margaret Jourdain hasta su muerte. Según cuenta Gingzburg, sus últimos años los pasó sola, escribiendo sus dialoguitos.

    Pero yo no pierdo las esperanzas. Ya leí dos novelas, quizás sea algo para ir tomándole el gusto de a poco y una mañana amanezca declarándome fanática de Compton-Burnett como la Ginzburg:

    …de repente comprendí que en realidad me gustaban con locura, que me producían placer y consuelo, que podía beber de ellas como del agua de una fuente. Aunque no había en ellas ni agua ni aire. (…) lo que había en aquellas novelas era una claridad alucinante, desnuda e inexorable. Y en esa inexorable claridad, seres impenetrables yacían clavados a sus atroces conversaciones, intercambiándose palabras que parecían mordeduras de víbora. Sin embargo, jamás derramaban lágrimas, ni sangre, ni sudor; tampoco palidecían, tal vez porque ya eran muy pálidos. Las heridas provocaban en ellos un dolor punzante pero sordo, que inmediatamente era absorbido entre nuevas mordeduras de víbora. No había en aquel mundo felicidad posible; la felicidad, entre aquellos seres, no existía ni siquiera como un mundo perdido. La felicidad sólo se configuraba como un oscuro triunfo del dinero y del orgullo.

    Tengo en mi escritorio Una casa y su dueño, Padres e hijos, las otras están sepultadas por algún lado. Prometo en unos meses leer uno más. Veremos qué pasa.

    F

    PD: Sabía que Dasbald no me podía fallar esta vez. Y, con libreros se puede contar siempre. ¡Felicitaciones a los dos!

  5. dasbald Dice:

    poison ivy le hizo a jane austen lo que henry james a los cuentos de fantasmas? en los invertidos no se puede confiar…

  6. Mulder Dice:

    Leí en la misma semana Mansfield Park y Una familia y una fortuna. Es evidente que Compton-Burnett tiene a Jane Austin a su espalda; pero como ha liquidado a su patito feo es mejor decir que la tiene enfrente y le pone un par de ganchos certeros. Uno está dirigido al personaje que está en el borde de las relaciones familiares. A pesar de que ocupan lugares afines en la historia, el tío que recibe la herencia en UFYUF no tiene relación con la Fanny pobretona que llega a la mansión de sus tíos en MP: en Compot-Burnett. todo es de hielo; en Austen hay todavía cuento de hadas.

    La analogía de Dasbald está buena, pero el alcance de James es mayor, porque lo que le hizo a los fantasmas se lo hizo a la literatura entera.

    Flavia. La traducción de La bestia es excelente; ¿cómo están las de Lumen?

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