This entry was posted on julio 30, 2011 at 10:34 am and is filed under Primeras Páginas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada a través de sindicación RSS 2.0.
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Auto de fe, sí. Un libro poco difundido. Me costó bastante engancharme en su lectura por momentos. Tiene cierta cercanía con Kafka, pero un Kafka menos ameno. ¿A ustedes qué les pareció?
dia helado, desde un cielo gris plomizo cae agua o nieve o algo que se le parece, con los caminos cerrados, donde el ingenio se consume inventando fuentes de calor, sigo sumando ignorancias y paseantes, y listas de pendientes y……no sé si esto me está haciendo bien o estoy sufriendo todo lo que tengo y no lei, todo lo que tengo y no leeré, todo lo que no leí ni leeré, ni tengo ni tendré, mientras un mundo hostil se cae a pedazos…y en un rincón de jujuy nadie duerme ni dormirá sobre el pastizal ajeno, oscuro y sangriento…
perdón, el invierno no me sienta bien según parece
y la literatura se hace líquido que se me escapa
No me imaginé a Canetti con mucho diálogo, le he tenido un poco de temor, lo hacía algo parecido a Musil, aunque algo de Masa y poder he mirado, pero eso es otra cosa. Ese diálogo primerizo hace dar ganas. ¡En carpeta!
A mí me gustó mucho lo que dejó ‘desde la sierra’. ¡Coraje! desde un día y cielo iguales…
“La antorcha en el oído” es una obra maestra. La visita del niño Canetti a un matadero industrial es una de las páginas más memorables que he leído. Poco después me hice vegetariano.
¡Arriba los ánimos Desdelasierra! Hoy estás muy deprimida. Pero escribiste un texto precioso. ¡Gracias! Yo también ando medio medio. Mañana hay que votar, tengo que viajar hasta Buenos Aires con todos los turistas que vuelven de las vacaciones de invierno y hace mucho frío. Y todo me angustia. Ni siquiera puedo comer de los nervios que tengo.
No te creas que yo leí mucho y no sabés todos los libros que hay en casa que sé que jamás voy a leer. Eso es muy triste. Hay libros por todos lados, ya hay pilas hasta encima del sofá. Hoy le decía a Q que me había quedado sin mi lugar de siestitas junto al hogar, por culpa de la invasión de libros. Lo que pasa, Desdelasierra, es que te estás enfrentando con mi lista de lecturas y la de Q, que debe ser distinta de la tuya. Volviendo a tu frustración, no te angusties que estoy segura de que si vos me pusieras tu lista a mí me pasaría lo mismo. Cada uno tiene su propio universo de lecturas.
Lo curioso es que de eso se trata Auto de fe de Elías Canetti, la primera página de hoy que adivinó el gran Saint-Jacob. Es la historia de un hombre llamado Kien, que vive solo para sus libros. Se levanta cada mañana, da un paseo de siete a ocho y a las 8 en punto comienza a trabajar, o sea, a estudiar y no para hasta la hora de dormir. Es un hombre memorioso, un estudioso de las lenguas orientales que no va a ningún congreso para no perder el tiempo (envía sus investigaciones para que las lea un tercero), no tiene mujer ni amigos ni nada. Su único objeto de amor son los libros a los que no tolera ver sucios. Tiene una biblioteca de 25.000 ejemplares y en el piso donde está instalada, Kien clausuró todas las ventanas que daban a la calle para poder poner más estanterías.
Andrew, yo tampoco pude terminar Auto de fe. Aunque no sé si fue porque el libro hacia la mitad se va enrareciendo o porque tuve que dejarlo por otra razón. Hoy quise leerlo pero no pude. No me alcanzó el tiempo. Apenas leí las primeras treinta páginas y me dieron ganas de seguir la historia de ese bibliófilo loco. El texto del comienzo es sencillo y gracioso, casi liberador. Hay gente que está más chiflada que uno, pensé, pero, a la vez, qué parecidos que somos todos los bibliófilos.
Pero Q y yo somos bibliófilos desordenados. En casa hay libros por todos lados y una buena parte del día la perdemos buscando los libros que tenemos clasificados según un criterio poco efectivo.
En el living, en la mesa ratona, está lo que llamamos “la mesa de novedades”, es decir, los libros que compramos recientemente. O sea, que chau living. Como la mesa ratona quedó chica, ahora las novedades andan también por el suelo y por el sofá de mis siestitas. Después hay un orden de Q por país, y yo tengo mis libros favoritos en mi escritorio y en el dormitorio. Y pilas en las mesitas de luz, pilas en los escritorios. En fin, un caos.
Les copio algunos párrafos que marqué hoy.
Mientras daba sus paseos matinales, entre las siete y las ocho, solía echar un vistazo a los escaparates de cada una de las librerías ante las cuales pasaba. Casi regocijado, comprobaba que la proliferación de morralla y basura era cada vez mayor. El mismo poseía la biblioteca privada más importante de esa gran ciudad, y llevaba siempre una mínima parte consigo. Su pasión por ella, la única que se concedía en medio de una austera vida consagrada al estudio, lo obligaba a adoptar ciertas medidas de precaución. Los libros, incluso los malos, lo inducían con facilidad a hacer una compra. Aunque, por suerte, la mayor parte de las librerías sólo abrían después de las ocho.
La última parte del párrafo me hizo pensar en mi maridito, que se vive quejando de la porquerías que compra. “¿Por qué habré comprado este adefesio?”, se enoja Q día a día. Pero no puede parar. La curiosidad lo vence. Yo, en cambio, soy más conservadora y voy a lo que conozco, o a lo que me recomiendan amigos que conozco. Cuando digo amigos, salvo la excepción de Q y Gabi, suelo referirme a un escritor que adoro. Y así , poco a poco, formo mi universo de lecturas, con los libros que citan mis autores queridos. Ya que estamos en una tarde de confesiones, les cuento que cuando me gusta un libro llego a tener varias ediciones del mismo título, con distintas traducciones, y hasta también la versión en francés y en inglés. Y me gustan los libros caros, esos con tapas duras y ediciones sofisticadas. Así que no sé quién es peor con la compulsión por los libros, si Q o yo. Creo que yo soy la peor, sin ninguna duda. Pero mejor sigamos con el señor Kien.
A las ocho en punto comenzaba su trabajo, su labor al servicio de la verdad. Ciencia y verdad eran conceptos para él idénticos. Y uno se aproximaba a la verdad aislándose por completo de los hombres. La vida cotidiana era una maraña superficial de mentiras. Cada transeúnte era un mentiroso. Por eso él ni los miraba.
A mí me enternece este profesor Kien. Me gusta la gente que vive fuera de la detestable cotidianeidad. Me gustan estos personajes que se aíslan del mundo. Creo que esa es una buena razón para leer este libro, la compañía de locos desinteresados por el mundo terrenal es siempre tonificante.
Kien solo quiere estar con sus libros y estudiar tranquilo. No tiene tiempo que perder. No quiere ser profesor de filosofía en la universidad, no quiere hablar con la gente, no asiste a eventos sociales ni a congresos. Kien es un ídolo total. Miren cómo es su biblioteca:
Todas las paredes estaban recubiertas de libros hasta el techo. Las recorrió lentamente con la mirada de abajo a arriba. En el techo había varios tragaluces: se sentía orgulloso de esa iluminación cenital. Las ventanas habían sido tapiadas hacía años, tras una ardua pelea con el propietario. Así ganó una cuarta pared en cada habitación: más espacio para colocar nuevos libros. Además, una luz cenital que iluminase por igual todas las estanterías le parecía más justa y adecuada a su relación con los libros. La tentación de observar el trajín de la calle –una mala costumbre que hace perder tiempo y con la que por lo visto venimos al mundo– desapareció junto con las ventanas. Cada día, antes de sentarse a escribir, bendecía aquella idea y su firmeza a la hora de imponerla, pues a ellas debía la realización de su máximo anhelo: poseer una biblioteca bien surtida, ordenada y herméticamente cerrada por todos lados, en la que ningún mueble ni persona superfluos pudieran distraerlo de sus serias meditaciones.
Y así sigue, pero yo hoy no puedo leer más. No me acuerdo qué pasaba, pero ocurrían cosas extrañas, el texto cristalino de estas primeras páginas se volvía abigarrado y bizarro. Pero estaba bueno, aunque era algo abrumador. Tendré que terminarlo.
Recién, cuando busqué datos de Canetti en la Wikipedia, me encontré con que también ganó el premio Nobel en 1981 y, también, como Bernard Shaw, fue longevo, nació en 1905 y murió en 1994. De casualidad, elegí dos premios Nobel al hilo.
Aunque nació en Bulgaria, Canetti vivió muchos años en Inglaterra y en Austria y escribía en alemán. Tengo en casa muchos libros autobiográficos, los cuadernos de apuntes, que según Q son un plomo, y otro que empecé a leer hace un año que se llama Libro de los muertos, donde anotaba todos sus pensamientos sobre la muerte, para exorcizarla. Dado que vimos que vivió casi 90 años, habría que copiarle el método, ¿no? Lo cierto es que todavía no lo leí entero, así que no se los voy a recomendar y hoy no estoy para libros mortuorios, ni siquiera para hojearlos.
Hay una colección de ensayos de Canetti : La conciencia de las palabras (ed.FCE) , tiene dos memorables y para releer mientras nos quede vida :
Hitler, segun Speer
El otro proceso a Kafka
Bella reflexión. Gracias, la disfrute mucho. Comparto con usted y con Canetti, el placer (¿es erroneo definirlo como “erótico”?) con el objeto libro, pero la fisica no tolera sentimentalismos y tarde o temprano se nos acaba el espacio para atesorarlos.
Yo he optado por una solución provisional: dejar algunos en el trabajo y llevar otros a la casa de mi padre, pero le confieso que ninguno de los dos refugios temporales me parece ciento por ciento seguro. Entonces, me he convencido de que es una gran idea convertirme en un “coleccionista de calidad”. Quiero decir, si dejo entrar cada año, digamos, unos cien libros nuevos en el vapuleado departamento de dos ambientes donde vivo solo, algo debe salir como contrapartida (obviamente, los que consideramos “regulares”). Al fin y al cabo, uno gana amigos regalando libros.
Tengo cierta esperanza de que en el futuro cercano me de una mano el ‘e-reader’ en este combate implacable contra la escasez de espacio. Jamás de los jamases consentiré leer una novela oceanica sobre estos artilugios, pero no me alarmaría, por ejemplo, almacenar allí la colección de artículos que Paul Krugman escribio en ‘The New York Times’ entre 1990 y 2005, y que hoy guardo en formato libro. Quiero el ‘e-reader’, además, para cumplir un viejo sueño: comprarme todos los tomos de la Enciclopedia Britanica y que me los vayan actualizando año tras años.
Nachito, sólo fumé mucho tabaco envasado para la ganancia del señor Massalin-Particulares. Por ahí a vos, con ese nombre, hablar del frío y la estación, o de libros o de muertos sin tierra, te resulta producto de algo alucinógeno. Lamento la desilusión pero no hay hierba que pueda convidarte.
Lilia, gracias por compartir los cielos grises, y F.claro que cada uno que lee es un universo particular de lecturas, que se aleja o se acerca de otros, pero justamente ese abismo de lo singular frente a lo vasto de lo impreso, un vacío que nunca alcanzaremos a llenar, se me hizo pedazos contra el frio gris y el mundo allá afuera y el pensamiento de la gente en jujuy, y en todos lados, que está a la intemperie o con miedo, que qué carajo le importa si yo lei mucho o poco y se me diluyen mis pretensiones literarias. O a uds mismos que disfrutan de los libros con compulsión, como yo también hago a diario, qué debería importarles de mi pura tormenta mental teñida de culpa de clase. Todo mucho más caústico que lírico por cierto. Aunque uno elija muchas veces pasar las noches al abrigo de la hermosura de un texto, fue pura sensación de invierno o falta de coraje, más que depresión o desafío de las letras, que se me dio por compartir en este sitio. Pero siempre queda la tristeza inevitable entre las cosas y la certeza en que la belleza de un texto hacen el mundo, mi mundo, más habitable. Como por ejemplo leer a Calveyra :
“Cerraron con el cielo. El frío es un lugar, y las rutas del verano.”
“¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.”
El comentario de Guiasterion acerca del exceso de libros en un pequeño espacio me recordó el método del don Rigoberto de Vargas Llosa. Aquel personaje mantenía su biblioteca con un máximo de cuatro mil libros selectos, si la memoria no me falla, para lo cual llevaba un ritual anual de criba sobre los ejemplares que sacrificaría en su chimenea, siempre con el objeto de no sobrepasar dicho límite. Esa especie de inquisición doméstica se asemeja a la que el cura y el barbero aplican sobre la biblioteca de don Quijote; y aunque motivo y finalidad difieran respectivamente, el veredicto incendiario coincide en que el mejor destino para ciertos ejemplares es el fuego, ya que no corresponde ceder desperdicios o herejías. Don Rigoberto no lo hace por afán de prohibición, aunque la hoguera consumiendo especialmente esos objetos tiene un no sé qué de melancolía, fealdad y violencia. Seguramente hay títulos que merecen el fuego, y no por malignos sino por vanos y estúpidos, puesto que hay demasiadas tonterías escritas y que toda censura al cabo pierde la carrera; aquello que pretende destruir sobrevive o renace y a veces ni siquiera existe, siendo pura ofuscación o delirio de un imbécil que declama.
Mejor que quemarlos a veces es regalarlos. El lujo gráfico, además, cuando merecido, es un deleite refinado. Yo también junto diversas ediciones de un mismo libro favorito, y además de atesorarlas por pura devoción acostumbro esperar el momento oportuno para obsequiarlas. El fetichismo con los libros, adquirirlos y acumularlos, presenta el problema del dinero y el espacio, aunque estos inconvenientes quizás sean disminuidos o equilibrados cuando se invente el libro electrónico ideal. Pienso que no falta mucho tiempo para eso. Con la música, ese futuro llegó hace rato.
Finalmente, hay ocasiones en que debe disponerse un estante o cajón para aquellos libros horribles que nos regalan con genuino amor y bellas dedicatorias.
A mí el comentario de Montañés me recuerda una graciosa sentencia de Borges -en el “B” de Bioy… no me acuerdo a qué libro se refería-, decía que era tan malo que ya el hecho de que faltara en una biblioteca la hacía mejor.
Me ha gustado mucho todo esto que nos trajo el Kien de Canetti, ya lo quiero un poco más. Una amiga me decía que prefería el invierno porque reúne a la gente mientras que el verano la dispersa. La cálida reseña de Flavia y noches invernales propiciaron este clima de contar dilemas y manías de bibliófilos. A mí los que me enternecen son los muy viejos (de esos que no tienen vencimiento), que hasta les faltan hojas, pero me apena que su destino sea el basurero, ya la fogata de la chimenea sería mucho más digno, como dijo Montañés, con la carga simbólica del ritual. Espero que el electrónico se tarde mucho, por favor.
Me olvidé de agradecer también a Saint-Jacob por los enlaces. Bajé Auto de fe.
Y dejo una imagen del Quijote que me divierte, porque por fin a Daumier se le ocurrió no mostrarlo andante y sobre su caballo, es muy linda.
Coincido con la extraña belleza que puede emanar de un libro viejo y arruinado. Es equivalente al amor que producen esos personajes contrahechos pero brillantes por alguna virtud del alma, como la generosidad, la elocuencia o el coraje.
Además, ciertos libros viejos validan definitivamente el placer fetichista pues logran enamorar como meros objetos rústicos, además de la consabida sutileza que encierran; ya sea por su particular tipografía, o por el sutil envejecimiento de sus páginas amarillentas o por habernos acompañado durante toda una vida, con sus tapas curadas por nuestras propias manos.
Con respecto a la acumulación de libros, otra grave desventaja se sufre durante las mudanzas. Sin embargo, este inconveniente puede tornarse en ejercicio placentero y enriquecedor, pues tenemos la oportunidad de limpiarlos uno por uno, pasando un paño a cada tapa al tiempo que se revisa la encuadernación y se hojean sus páginas.
Finalmente, la idea del libro electrónico tiene una potencia formidable y no me parece fea o temible, pues no vendrá a eliminar los de papel sino a complementarlos. Nosotros jamás veremos la total desaparición de los viejos impresos, si es que ocurre alguna vez.
Y después de todo, llevar la biblioteca entera en el bolsillo (así sea como backup) no está nada mal.
Es verdad, Montañés, es Alonso Quijano y no el Quijote, ja –a Daumier o algún otro se le dio por titularlo Quixote y no es así.
“…con sus tapas curadas por nuestras propias manos.” Síii, sí –qué bien te salió- y también maltratadas por ellas, eh.
Sos perspicaz (lo rústico me puede, todo eso que lleva las trazas de que ha sido usado y se puede seguir usando por un tiempo más) pero también adivino: estoy a las puertas de una mudanza, todavía no sé cuáles serán los elegidos y a cuáles seré infiel, lo que decís me reconforta. Lo de los electrónicos está muy bien pero me horroriza depender de la energía, que un corte te deje indefenso a mitad de una página, ¡proveyámonos de transistores al menos! La biblioteca en el bolsillo… qué vértigo. Si nos escuchara el profesor Kien…
julio 30, 2011 a las 2:04 pm
Auto de Fe… lo comenta Vargas LLosa en su ensayo sobre literatura…
julio 30, 2011 a las 4:06 pm
Auto de fe, sí. Un libro poco difundido. Me costó bastante engancharme en su lectura por momentos. Tiene cierta cercanía con Kafka, pero un Kafka menos ameno. ¿A ustedes qué les pareció?
julio 30, 2011 a las 6:54 pm
dia helado, desde un cielo gris plomizo cae agua o nieve o algo que se le parece, con los caminos cerrados, donde el ingenio se consume inventando fuentes de calor, sigo sumando ignorancias y paseantes, y listas de pendientes y……no sé si esto me está haciendo bien o estoy sufriendo todo lo que tengo y no lei, todo lo que tengo y no leeré, todo lo que no leí ni leeré, ni tengo ni tendré, mientras un mundo hostil se cae a pedazos…y en un rincón de jujuy nadie duerme ni dormirá sobre el pastizal ajeno, oscuro y sangriento…
perdón, el invierno no me sienta bien según parece
y la literatura se hace líquido que se me escapa
julio 30, 2011 a las 7:11 pm
Díganle al de arriba que convide lo que está fumando.
julio 30, 2011 a las 8:18 pm
No me imaginé a Canetti con mucho diálogo, le he tenido un poco de temor, lo hacía algo parecido a Musil, aunque algo de Masa y poder he mirado, pero eso es otra cosa. Ese diálogo primerizo hace dar ganas. ¡En carpeta!
A mí me gustó mucho lo que dejó ‘desde la sierra’. ¡Coraje! desde un día y cielo iguales…
julio 30, 2011 a las 8:40 pm
“La antorcha en el oído” es una obra maestra. La visita del niño Canetti a un matadero industrial es una de las páginas más memorables que he leído. Poco después me hice vegetariano.
julio 30, 2011 a las 9:15 pm
¡Arriba los ánimos Desdelasierra! Hoy estás muy deprimida. Pero escribiste un texto precioso. ¡Gracias! Yo también ando medio medio. Mañana hay que votar, tengo que viajar hasta Buenos Aires con todos los turistas que vuelven de las vacaciones de invierno y hace mucho frío. Y todo me angustia. Ni siquiera puedo comer de los nervios que tengo.
No te creas que yo leí mucho y no sabés todos los libros que hay en casa que sé que jamás voy a leer. Eso es muy triste. Hay libros por todos lados, ya hay pilas hasta encima del sofá. Hoy le decía a Q que me había quedado sin mi lugar de siestitas junto al hogar, por culpa de la invasión de libros. Lo que pasa, Desdelasierra, es que te estás enfrentando con mi lista de lecturas y la de Q, que debe ser distinta de la tuya. Volviendo a tu frustración, no te angusties que estoy segura de que si vos me pusieras tu lista a mí me pasaría lo mismo. Cada uno tiene su propio universo de lecturas.
Lo curioso es que de eso se trata Auto de fe de Elías Canetti, la primera página de hoy que adivinó el gran Saint-Jacob. Es la historia de un hombre llamado Kien, que vive solo para sus libros. Se levanta cada mañana, da un paseo de siete a ocho y a las 8 en punto comienza a trabajar, o sea, a estudiar y no para hasta la hora de dormir. Es un hombre memorioso, un estudioso de las lenguas orientales que no va a ningún congreso para no perder el tiempo (envía sus investigaciones para que las lea un tercero), no tiene mujer ni amigos ni nada. Su único objeto de amor son los libros a los que no tolera ver sucios. Tiene una biblioteca de 25.000 ejemplares y en el piso donde está instalada, Kien clausuró todas las ventanas que daban a la calle para poder poner más estanterías.
Andrew, yo tampoco pude terminar Auto de fe. Aunque no sé si fue porque el libro hacia la mitad se va enrareciendo o porque tuve que dejarlo por otra razón. Hoy quise leerlo pero no pude. No me alcanzó el tiempo. Apenas leí las primeras treinta páginas y me dieron ganas de seguir la historia de ese bibliófilo loco. El texto del comienzo es sencillo y gracioso, casi liberador. Hay gente que está más chiflada que uno, pensé, pero, a la vez, qué parecidos que somos todos los bibliófilos.
Pero Q y yo somos bibliófilos desordenados. En casa hay libros por todos lados y una buena parte del día la perdemos buscando los libros que tenemos clasificados según un criterio poco efectivo.
En el living, en la mesa ratona, está lo que llamamos “la mesa de novedades”, es decir, los libros que compramos recientemente. O sea, que chau living. Como la mesa ratona quedó chica, ahora las novedades andan también por el suelo y por el sofá de mis siestitas. Después hay un orden de Q por país, y yo tengo mis libros favoritos en mi escritorio y en el dormitorio. Y pilas en las mesitas de luz, pilas en los escritorios. En fin, un caos.
Les copio algunos párrafos que marqué hoy.
La última parte del párrafo me hizo pensar en mi maridito, que se vive quejando de la porquerías que compra. “¿Por qué habré comprado este adefesio?”, se enoja Q día a día. Pero no puede parar. La curiosidad lo vence. Yo, en cambio, soy más conservadora y voy a lo que conozco, o a lo que me recomiendan amigos que conozco. Cuando digo amigos, salvo la excepción de Q y Gabi, suelo referirme a un escritor que adoro. Y así , poco a poco, formo mi universo de lecturas, con los libros que citan mis autores queridos. Ya que estamos en una tarde de confesiones, les cuento que cuando me gusta un libro llego a tener varias ediciones del mismo título, con distintas traducciones, y hasta también la versión en francés y en inglés. Y me gustan los libros caros, esos con tapas duras y ediciones sofisticadas. Así que no sé quién es peor con la compulsión por los libros, si Q o yo. Creo que yo soy la peor, sin ninguna duda. Pero mejor sigamos con el señor Kien.
A mí me enternece este profesor Kien. Me gusta la gente que vive fuera de la detestable cotidianeidad. Me gustan estos personajes que se aíslan del mundo. Creo que esa es una buena razón para leer este libro, la compañía de locos desinteresados por el mundo terrenal es siempre tonificante.
Kien solo quiere estar con sus libros y estudiar tranquilo. No tiene tiempo que perder. No quiere ser profesor de filosofía en la universidad, no quiere hablar con la gente, no asiste a eventos sociales ni a congresos. Kien es un ídolo total. Miren cómo es su biblioteca:
Y así sigue, pero yo hoy no puedo leer más. No me acuerdo qué pasaba, pero ocurrían cosas extrañas, el texto cristalino de estas primeras páginas se volvía abigarrado y bizarro. Pero estaba bueno, aunque era algo abrumador. Tendré que terminarlo.
Recién, cuando busqué datos de Canetti en la Wikipedia, me encontré con que también ganó el premio Nobel en 1981 y, también, como Bernard Shaw, fue longevo, nació en 1905 y murió en 1994. De casualidad, elegí dos premios Nobel al hilo.
Aunque nació en Bulgaria, Canetti vivió muchos años en Inglaterra y en Austria y escribía en alemán. Tengo en casa muchos libros autobiográficos, los cuadernos de apuntes, que según Q son un plomo, y otro que empecé a leer hace un año que se llama Libro de los muertos, donde anotaba todos sus pensamientos sobre la muerte, para exorcizarla. Dado que vimos que vivió casi 90 años, habría que copiarle el método, ¿no? Lo cierto es que todavía no lo leí entero, así que no se los voy a recomendar y hoy no estoy para libros mortuorios, ni siquiera para hojearlos.
Hasta la próxima.
F
julio 30, 2011 a las 9:32 pm
,,,si quieren pegar una mirada…
http://www.mediafire.com/?503vi6mzi9ar8m0
julio 30, 2011 a las 9:37 pm
Saint Jacob: coleccion particular o alguna pagina con links para recomendar? Ya me lo baje
julio 30, 2011 a las 9:54 pm
Hay una colección de ensayos de Canetti : La conciencia de las palabras (ed.FCE) , tiene dos memorables y para releer mientras nos quede vida :
Hitler, segun Speer
El otro proceso a Kafka
julio 30, 2011 a las 10:23 pm
Estimada F.:
Bella reflexión. Gracias, la disfrute mucho. Comparto con usted y con Canetti, el placer (¿es erroneo definirlo como “erótico”?) con el objeto libro, pero la fisica no tolera sentimentalismos y tarde o temprano se nos acaba el espacio para atesorarlos.
Yo he optado por una solución provisional: dejar algunos en el trabajo y llevar otros a la casa de mi padre, pero le confieso que ninguno de los dos refugios temporales me parece ciento por ciento seguro. Entonces, me he convencido de que es una gran idea convertirme en un “coleccionista de calidad”. Quiero decir, si dejo entrar cada año, digamos, unos cien libros nuevos en el vapuleado departamento de dos ambientes donde vivo solo, algo debe salir como contrapartida (obviamente, los que consideramos “regulares”). Al fin y al cabo, uno gana amigos regalando libros.
Tengo cierta esperanza de que en el futuro cercano me de una mano el ‘e-reader’ en este combate implacable contra la escasez de espacio. Jamás de los jamases consentiré leer una novela oceanica sobre estos artilugios, pero no me alarmaría, por ejemplo, almacenar allí la colección de artículos que Paul Krugman escribio en ‘The New York Times’ entre 1990 y 2005, y que hoy guardo en formato libro. Quiero el ‘e-reader’, además, para cumplir un viejo sueño: comprarme todos los tomos de la Enciclopedia Britanica y que me los vayan actualizando año tras años.
Saludos
G.B.
julio 30, 2011 a las 11:09 pm
Nachito, sólo fumé mucho tabaco envasado para la ganancia del señor Massalin-Particulares. Por ahí a vos, con ese nombre, hablar del frío y la estación, o de libros o de muertos sin tierra, te resulta producto de algo alucinógeno. Lamento la desilusión pero no hay hierba que pueda convidarte.
Lilia, gracias por compartir los cielos grises, y F.claro que cada uno que lee es un universo particular de lecturas, que se aleja o se acerca de otros, pero justamente ese abismo de lo singular frente a lo vasto de lo impreso, un vacío que nunca alcanzaremos a llenar, se me hizo pedazos contra el frio gris y el mundo allá afuera y el pensamiento de la gente en jujuy, y en todos lados, que está a la intemperie o con miedo, que qué carajo le importa si yo lei mucho o poco y se me diluyen mis pretensiones literarias. O a uds mismos que disfrutan de los libros con compulsión, como yo también hago a diario, qué debería importarles de mi pura tormenta mental teñida de culpa de clase. Todo mucho más caústico que lírico por cierto. Aunque uno elija muchas veces pasar las noches al abrigo de la hermosura de un texto, fue pura sensación de invierno o falta de coraje, más que depresión o desafío de las letras, que se me dio por compartir en este sitio. Pero siempre queda la tristeza inevitable entre las cosas y la certeza en que la belleza de un texto hacen el mundo, mi mundo, más habitable. Como por ejemplo leer a Calveyra :
“Cerraron con el cielo. El frío es un lugar, y las rutas del verano.”
“¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.”
abrazo serrano
julio 31, 2011 a las 12:36 am
‘La Conciencia de las Palabras’…
http://www.4shared.com/file/TyPUNqRe/La_conc_d_lpalab.html
julio 31, 2011 a las 8:27 pm
Gracias por los links SJ, muchas gracias
agosto 1, 2011 a las 11:00 am
El comentario de Guiasterion acerca del exceso de libros en un pequeño espacio me recordó el método del don Rigoberto de Vargas Llosa. Aquel personaje mantenía su biblioteca con un máximo de cuatro mil libros selectos, si la memoria no me falla, para lo cual llevaba un ritual anual de criba sobre los ejemplares que sacrificaría en su chimenea, siempre con el objeto de no sobrepasar dicho límite. Esa especie de inquisición doméstica se asemeja a la que el cura y el barbero aplican sobre la biblioteca de don Quijote; y aunque motivo y finalidad difieran respectivamente, el veredicto incendiario coincide en que el mejor destino para ciertos ejemplares es el fuego, ya que no corresponde ceder desperdicios o herejías. Don Rigoberto no lo hace por afán de prohibición, aunque la hoguera consumiendo especialmente esos objetos tiene un no sé qué de melancolía, fealdad y violencia. Seguramente hay títulos que merecen el fuego, y no por malignos sino por vanos y estúpidos, puesto que hay demasiadas tonterías escritas y que toda censura al cabo pierde la carrera; aquello que pretende destruir sobrevive o renace y a veces ni siquiera existe, siendo pura ofuscación o delirio de un imbécil que declama.
Mejor que quemarlos a veces es regalarlos. El lujo gráfico, además, cuando merecido, es un deleite refinado. Yo también junto diversas ediciones de un mismo libro favorito, y además de atesorarlas por pura devoción acostumbro esperar el momento oportuno para obsequiarlas. El fetichismo con los libros, adquirirlos y acumularlos, presenta el problema del dinero y el espacio, aunque estos inconvenientes quizás sean disminuidos o equilibrados cuando se invente el libro electrónico ideal. Pienso que no falta mucho tiempo para eso. Con la música, ese futuro llegó hace rato.
Finalmente, hay ocasiones en que debe disponerse un estante o cajón para aquellos libros horribles que nos regalan con genuino amor y bellas dedicatorias.
agosto 1, 2011 a las 1:05 pm
A mí el comentario de Montañés me recuerda una graciosa sentencia de Borges -en el “B” de Bioy… no me acuerdo a qué libro se refería-, decía que era tan malo que ya el hecho de que faltara en una biblioteca la hacía mejor.
Me ha gustado mucho todo esto que nos trajo el Kien de Canetti, ya lo quiero un poco más. Una amiga me decía que prefería el invierno porque reúne a la gente mientras que el verano la dispersa. La cálida reseña de Flavia y noches invernales propiciaron este clima de contar dilemas y manías de bibliófilos. A mí los que me enternecen son los muy viejos (de esos que no tienen vencimiento), que hasta les faltan hojas, pero me apena que su destino sea el basurero, ya la fogata de la chimenea sería mucho más digno, como dijo Montañés, con la carga simbólica del ritual. Espero que el electrónico se tarde mucho, por favor.
agosto 1, 2011 a las 1:13 pm
Me olvidé de agradecer también a Saint-Jacob por los enlaces. Bajé Auto de fe.
Y dejo una imagen del Quijote que me divierte, porque por fin a Daumier se le ocurrió no mostrarlo andante y sobre su caballo, es muy linda.
http://www.escalpeloliterario.com/wp-content/uploads/2011/05/DaumierHonor-DonQuixotereading-Leye_thumb3.jpg
agosto 1, 2011 a las 3:41 pm
Lilia, hermosa la imagen de Quijano leyendo.
Coincido con la extraña belleza que puede emanar de un libro viejo y arruinado. Es equivalente al amor que producen esos personajes contrahechos pero brillantes por alguna virtud del alma, como la generosidad, la elocuencia o el coraje.
Además, ciertos libros viejos validan definitivamente el placer fetichista pues logran enamorar como meros objetos rústicos, además de la consabida sutileza que encierran; ya sea por su particular tipografía, o por el sutil envejecimiento de sus páginas amarillentas o por habernos acompañado durante toda una vida, con sus tapas curadas por nuestras propias manos.
Con respecto a la acumulación de libros, otra grave desventaja se sufre durante las mudanzas. Sin embargo, este inconveniente puede tornarse en ejercicio placentero y enriquecedor, pues tenemos la oportunidad de limpiarlos uno por uno, pasando un paño a cada tapa al tiempo que se revisa la encuadernación y se hojean sus páginas.
Finalmente, la idea del libro electrónico tiene una potencia formidable y no me parece fea o temible, pues no vendrá a eliminar los de papel sino a complementarlos. Nosotros jamás veremos la total desaparición de los viejos impresos, si es que ocurre alguna vez.
Y después de todo, llevar la biblioteca entera en el bolsillo (así sea como backup) no está nada mal.
agosto 2, 2011 a las 5:42 pm
Es verdad, Montañés, es Alonso Quijano y no el Quijote, ja –a Daumier o algún otro se le dio por titularlo Quixote y no es así.
“…con sus tapas curadas por nuestras propias manos.” Síii, sí –qué bien te salió- y también maltratadas por ellas, eh.
Sos perspicaz (lo rústico me puede, todo eso que lleva las trazas de que ha sido usado y se puede seguir usando por un tiempo más) pero también adivino: estoy a las puertas de una mudanza, todavía no sé cuáles serán los elegidos y a cuáles seré infiel, lo que decís me reconforta. Lo de los electrónicos está muy bien pero me horroriza depender de la energía, que un corte te deje indefenso a mitad de una página, ¡proveyámonos de transistores al menos! La biblioteca en el bolsillo… qué vértigo. Si nos escuchara el profesor Kien…