Lecturas intensivas

por Flavia de la Fuente

Como sigo convaleciente, continúo leyendo y leyendo. Aunque, para ser honesta, lo cierto es que si, en lugar de leer, pudiera nadar y caminar por la playa en estos días todavía tibios, me la pasaría correteando al aire libre con Soli y no me quedaría energía más que para eso. Me desespera ver que se me escurren los últimos días templados del otoño, que los estoy perdiendo uno a uno, sin poder hacer mis largas caminatas antes de que se largue el invierno. No es que odie realmente quedarme en casa, sino que me deprimo por la falta de endorfinas y cada día, poco a poco, me voy poniendo más melancólica.

Todas las mañanas, con Q tomamos el desayuno, leemos el diario, contestamos algunos mails y vamos a la playa. Q parte entusiasta, en shorts, con el torso desnudo y descalzo y se mete en el mar donde nada unos quince minutos en el agua fría de finales de abril. Solita y yo lo seguimos caminando lentamente para acompañarlo y luego arroparlo cuando sale del mar, unas cinco o seis cuadras más allá de donde empezó a nadar. La verdad es que sufro bastante mirando nadar a Q. Me da miedo que el frío le haga mal. Lo sigo con la mirada atenta y lista a zambullirme para socorrerlo. Cada día es una nueva aventura de contacto con el frío, que si no nos mata, nos fortalece. Es una experiencia realmente estimulante. Por ahora, con el correr de los días a Q se lo ve cada vez más joven y saludable y yo estoy hecha una ruina. Yo, la hija de Neptuno, achaparrada, convertida en un alfeñique enfermizo. Esto no puede seguir así. La semana próxima, en cuanto vuelva a subir un poco la temperatura, me tiraré yo también al mar helado. La hija de Neptuno no aguanta más la vida terrestre.

Mientras tanto, como ya les dije, seguí leyendo libros de La Bestia Equilátera y otros más. Leí de un saque Veneno de tarántula de Maclaren-Ross y, como preví, no me cambió la vida ni nada de eso. También leí, a pedido de Gabi, un cuento de Maclaren-Ross, Tostadas de jabón, y tampoco me hizo mella. Se ve que sufro de una especie de insensibilidad a ese hombre. No puedo decir que los libros sean malos, para nada. Al contrario, están muy bien escritos, tienen gracia, pero la verdad es que no me interesan. No son para mí. Aunque Q me anda persiguiendo para que lea De amor y de hambre, que dice que es el mejor. Quizás le dé una chance, es sobre un escritor. Además, leí la primera página y promete. Miren lo que dice la contratapa:

“Richard Fanshawe regresa a Inglaterra desde la India con la idea de convertirse en escritor. Mientras tanto, vende aspiradoras a domicilio en un balneario inglés de los poco ciertos años treinta.”

Como andaba en busca de algo que me impactara, algo contundente, me puse a leer Memento mori de Muriel Spark. Ese libro sí que es una experiencia intensa, por decirlo de alguna manera. La novela, que ya comentó Q en el LLP, se devora. Comienza muy arriba, con un clima inquietante y mortuorio que me resultaba muy atractivo. Dame Lettie recibe llamados anónimos que le repiten una y otra vez: “Recuerda que debes morir”. No se trata de un policial ni nada de eso, sino de un libro inmerso en el universo de la vejez y de la muerte.

“Tener más de setenta es como estar en una guerra. Todos nuestros amigos se están yendo o ya murieron, y nosotros sobrevivimos entre los muertos y los moribundos, como en un campo de batalla.”

Aunque no es un policial, la autora trata de mantener el suspenso sobre quién es el hombre que hace esos llamados terroríficos. Pero a mí lo que más me interesó es la vida de todos esos viejos, que van muriendo uno a uno y que se observan anestesiados entre sí y que, además, filosofan.

“Hace treinta años”, pensó la señorita Taylor, “yo estaba en la cincuentena y empezaba a envejecer. ¡Qué exasperante es comenzar a envejecer! ¡Cuánto mejor es ser viejos!”

Esa cita es edificante. Me dio ánimos. Como bien me dijo Q, Memento mori es un libro que parece estar vivo. El libro se detiene largos capítulos en un geriátrico público inglés donde residen ancianas enfermas o en la casa de una escritora con demencia senil. Pero, aunque descarnado, es interesante. Para mí, lo único que falla es que, por momentos, sentía que la escritora hacía grandes esfuerzos por seguir contando una historia y no se animaba a sumergirse más en el tema de la muerte y la vejez, sin importarle si dejaba bien atados los cabos sueltos de su novela. No casualmente, el personaje de la escritora anciana, en un momento de lucidez dice:

“Sin embargo”, dice Charmian sonriendo hacia el cielo a través de la ventana, “hacia la mitad de una novela siempre me embrollaba y no sabía adónde me llevaría.”

Y sigue:

“¡Oh, qué enmarañada red tejemos / cuando intentamos engañar en el comienzo!” Porque –agregó– el arte de la novelística es muy similar a la práctica del engaño.

En fin, pese a todo el engaño y el intento de seguir con una narración hasta el final, el libro me sedujo porque de él emana una fuerza singular. Pero no dejé de refunfuñar y hartar a Q con comentarios como “Bernhard o Aira no hubiesen hecho eso. Habrían seguido haciendo lo suyo sin pensar en los lectores”.

No muy entusiasmada, le pedí a Q que me trajera otro libro de Muriel Spark. Me trajo uno que, según Q, dicen que es el mejor: La plenitud de la señorita Brodie. Aunque no es de La Bestia Equilátera, lo acepté porque se trata de una editorial no menos elegante. Es un colorido libro de Pre-Textos, cuya tapa promete un verano cálido y amores. Digamos que de solo ver la portada, uno puede imaginar que se va a encontrar con un texto que está en las antípodas de Memento mori, cuya tapa es medio tenebrosa. Pero me dio fiaca seguir leyendo a Spark, porque supuse que después de Memento mori ninguna de sus novelas me iba a impactar. Veremos. También tengo a mano otro libro de Spark que se llama Las señoritas de escasos medios. Estoy perdida con esta dama. No sé por dónde seguir. Pero me siento presionada. “A todo el mundo le gusta Muriel Spark”, según me dice Gabi.

Pensándolo bien, me parece que no comparto la anglofilia de La Bestia Equilátera. Mejor dicho, no es que yo no sea anglófila, sino que me interesa otra familia de autores y también otra época. A mí me gustan las Brontë, Elizabeth Gaskell, George Eliot, Stevenson, Hawthorne, Dickens, Wilkie Collins y otros más que La Bestia Equilátera jamás cita en las contratapas. En cambio, citan a Jane Austen, que es del siglo XIX pero que a mí me dejó de interesar hace diez años.

Confundida, continué entonces con mi proyecto de ver cómo eran los libros de La Bestia Equilátera. Esta vez le tocó el turno a La biblioteca ideal de Matías Serra Bradford. Apenas leí 63 páginas de las 413 que tiene la obra y debo decir que me atrapa. Aunque lo de que me atrapa es una manera de decir, porque el libro es rarísimo, nada más lejano a un best-seller que la novela de Bradford. Pero es de los libros que a mí me gustan. La narración, si es que la hay, la entiende solo el autor. Es un libro abrumador. Pero como habla de gente obsesionada con la lectura estoy en mi salsa y, aunque muchas de las manías de los bibliófilos que aparecen me sean ajenas, me siento en buena compañía. Entonces, decidí leerlo antes de irme a dormir, un poco cada noche, porque leerlo de corrido me pareció una misión imposible. Dormirme con esos locos que viven buscando rarezas en librerías de viejo es un plan protector y tengo para todo el año, calculo. Así leyó Q a Anthony Powell. Creo que estuvo tres años hasta que terminó los cuatro tomos de Una danza para la música del tiempo. Me acuerdo que cuando estaba llegando al final, trataba de leer poquito cada noche, porque le daba lástima que se le acabara el libro.

Establecida la lectura para la noche, decidí abandonar por un día mi investigación sobre La Bestia Equilátera y leer la biografía de Tolstoi que escribió su hija Tatiana. Necesitaba algo de verdad, y también, por qué no algo conocido. Y Tolstoi es como de mi familia, junto con Thoreau, Walser, Bernhard y otros pocos elegidos. Para mí Tolstoi es la verdad encarnada en un ser humano. Pocos personajes me conmueven tanto como el viejo Tolstoi con sus conflictos y su tenacidad en la búsqueda de la verdad.

Sobre mi padre de Tatiana Tolstoi cuenta la vida del escritor, con la idea de dar una versión diferente de la tortuosa relación entre sus padres, que se deteriora hasta convertirse en un infierno a partir de la crisis existencial que sufre Tolstoi y que lo lleva a escribir Confesión. Tolstoi y Sonia, su mujer, sufrirán por distintos motivos hasta el final de sus días. Dice Tania: “Ella quería a sus hijos ‘hasta la locura, hasta dolerle’, pero él sobre todo amaba la verdad”.

El libro es muy angustiante porque, si bien yo simpatizo con el Tolstoi torturado, en el libro de Tatiana se siente empatía también con el sufrimiento de Sonia, al ser, de pronto, la esposa de un monje que quiere abandonar todo para buscar la verdad. Lean este extracto de una carta de Tolstoi a su mujer:

“De la misma manera que los hindúes se van al bosque cuando cumplen sesenta años, así mismo todo hombre viejo y religioso desea consagrar los últimos años de su vida a Dios y no a las bromas, a los chistes, a los chismes y al tenis, y yo, que he cumplido setenta años, deseo con todas las fuerzas de mi alma la tranquilidad, la soledad, y si no consigo la coherencia absoluta, al menos no habrá esa aparatosa discordancia entre mi vida, mis convicciones y mi conciencia.”

Por otra parte, la pobre Sonia no lograba salir de su asombro ante el cambio de estilo de vida de su marido y le escribe lo siguiente a su hermana:

“Ha cambiado de costumbres, todos los días hay algún cambio. Se levanta a las siete, cuando todavía es de noche. Va a sacar el agua para toda la casa. Trae una enorme cuba llena en un pequeño trineo. Corta leña. Parte los troncos con el hacha y los amontona. Ya no come pan blanco y no va a ninguna parte.”

En fin, que siguieron así hasta la muerte. Sonia tratando de defender su estilo de vida y el de sus hijos, y Tolstoi tratando de desprenderse de todo para poder vivir en paz con su conciencia. Una historia dramática que termina con la muerte de Tolstoi en 1910, cuando finalmente había tomado la decisión de huir de su casa para escapar de la vida mundana.

Ya no me acuerdo a cuento de qué, pero de pronto, Q me obligó a leer el primer capítulo de un libro que él estimaba fascinante. Se trata de En busca del barón Corvo. Un experimento biográfico de A.J.A. Symons. Recién voy por la página 48 y es realmente impresionante. No les cuento nada más. Solo les voy a decir que Q está leyendo Adriano VII de Barón Corvo y está alucinado. Pero, al parecer, para poder apreciar realmente Adriano VII, según Q, hay que leer primero la biografía de Barón Corvo. Parece un programa espectacular. Pero tengo muchas páginas por delante para poder opinar algo. Habrá que esperar.

Se viene el fin de semana y los informes meteorológicos amenazan con tormentas de distintas intensidades. Parece que seguiremos leyendo y leyendo. Hasta pronto.

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2 comentarios para “Lecturas intensivas”

  1. Pablin Dice:

    Mierda que estás leyendo! Qué envidia. Yo no puedo terminar un libro hace dos meses. Aprovechá la época hibernativa-lectora, ya vendrán tiempos de nados y caminatas.
    Beso

  2. www.dialogandodemiconmigo.blogspot.com Dice:

    ¡Gracias por el post! Yo estoy leyendo “Los que susurran” de Orlando Figues.

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