por Flavia de la Fuente
Desde que vi en Arcadia la tapa de El caballero que cayó al mar de H. C. Lewis, lo quise comprar, pero tanto Pablo Pazos como Q me avisaron que ya lo tenía, pero que había que esperar a que volviéramos a San Clemente para que lo leyera. Pese a que soy muy impaciente, por una vez me comporté a la altura de las circunstancias y decidí esperar estoicamente los quince días que faltaban para leer el libro. ¿Qué había despertado mi compulsión? La belleza de la ilustración de tapa, la elegancia de la tipografía, el texto de la contratapa y el comienzo del libro. Además, después de haber pasado horas y horas de los últimos años nadando en el mar, el tema me resultaba irresistible, aunque ni Q ni yo seamos caballeros ingleses.
Ni bien llegué a San Clemente, le reclamé a Q el famoso ejemplar. Y lo leí de un saque. El libro me atrapó y es una auténtica rareza. Aunque no sé si me gustó, porque no me gustan los personajes patéticos. O mejor dicho, no me molestan los personajes patéticos sino los autores que disfrutan con el patetismo de sus personajes. Así que no sé. Disfruté de la lectura, pero un poco me perturbaba que Lewis banalizara hasta el ridículo al pobre señor Standish, que podría haber muerto con más dignidad en las aguas tibias del Pacífico. Pero miren cómo empieza y díganme si no es irresistible:
“Cuando Henry Preston Standish cayó de cabeza al océano Pacífico, el sol empezaba a trepar por el horizonte oriental. El mar estaba calmo como una laguna; el clima tan templado y la brisa tan suave, que era imposible no sentirse gloriosamente triste. En esa parte del Pacífico, el amanecer se realiza sin fanfarria: el sol simplemente colocaba su bóveda naranja en el borde lejano del gran círculo y se impulsaba hacia arriba, lento pero persistente, dándoles a las débiles estrellas tiempo de sobra para difuminarse con la noche. De hecho, Standish estaba pensando en la enorme diferencia entre la salida y la puesta del sol cuando dio con el desafortunado paso que lo mandó al agua salada. Pensaba que la naturaleza prodigaba toda su generosidad a los magníficos atardeceres, pintando las nubes con haces de colores tan brillantes que nadie con un mínimo sentido de la belleza sería capaz de olvidar. Y pensaba que por algún motivo incomprensible la naturaleza era extraordinariamente tacaña con sus amaneceres sobre aquel mismo océano.”
El tema de los amaneceres y los atardeceres también me preocupa a mí. En el Atlántico Sur pasa lo mismo. Los amaneceres son mucho menos espectaculares que los atardeceres. Es más, se me acaba de ocurrir hacer una serie de fotos para dar testimonio. Quizás fotografiar durante una semana, desde el mismo lugar y cada 5 minutos, durante media hora cada día, el mar desde el muelle. Veremos si me animo a madrugar durante una semana. Creo que lo ideal sería sacar fotos media hora antes de la salida del sol y luego, media hora después del ocaso. Veremos qué sale.
Como estoy engripada, pero no mucho, puedo pasar todo el día leyendo plácidamente en la cama. Y me picó la curiosidad de seguir leyendo libros de La bestia equilátera, una editorial que saca libros muy originales y cuyas ediciones son muy cuidadas. Me encantan las traducciones, la tipografía, el papel interior y el peso del papel de tapa, que no es ni de cartón ni demasiado blanda y tiene la firmeza ideal. Son libros casi perfectos. Y esa característica me encanta en sí misma, aunque le moleste a Q que no le hace asco a leer fotocopias o PDFs en la computadora. Así que decidí aprovechar la leve gripe para leer libros de La Bestia Equilátera y, como me sentía mal, le pedí a Q que me hiciera una selección y me trajera la pila a mi lecho de enferma.
Me trajo los que encontró: Una familia y una fortuna de Ivy Compton-Burnett; El camello, de Lord Berners; dos de Julian Maclaren-Ross: Tostadas de Jabón y otros cuentos y Veneno de tarántula; Memento Mori de Muriel Spark y Los enamorados de Alfred Hayes.
El segundo libro que leí fue Una familia y una fortuna de Ivy Compton-Burnett. ¿Por qué elegí ese? Me atrajo la siguiente frase en la biografía de la autora: “Creía en el aislamiento y en el ocio como protectores de la identidad”. Les tengo fe a los autores aislados y ociosos, que intentan vivir fuera del mundo. Así que me acomodé en la cama con muchos almohadones y me puse con este libro de casi 400 páginas sobre la familia Gaveston, que se dejan leer como si nada. Lo leí en un día, de corrido, porque me costó dormir por culpa de la maldita tos. El veredicto es que tampoco sé si me gustó demasiado, aunque al final terminé queriendo a los personajes, porque la autora se permitió aflojar un poco con el sarcasmo y sentir un poco de piedad por sus títeres. Si no hubiese aflojado la señora Ivy, no habría podido evitar sentir que había estado leyendo el guión de Friends o Two and a Half Men, situado en otra época y con un estilo más distinguido. Cada personaje dice una frase ingeniosa, son todos cancheros y cínicos. Era como una obrita de teatro. Pero, como con las series, la lectura es amena y divertida. Aunque no estoy segura de querer pasar mis días escuchando ingeniosidades inconducentes, por eso tampoco me gusta ver series. Yo soy medio moralista. En fin, igualmente, fue una experiencia. Y creo que, al final, Ivy demostró también ser moralista. Con el correr del tiempo le voy teniendo más aprecio.
Pasemos, entonces, al tercer libro, El camello, que Q me venía recomendando desde que lo leyó no sé cuándo, pero hace bastante. Además del fanatismo de Q, la biografía (http://labestiaequilatera.com.ar/catalogo_item2_4.htm) de Lord Berners de la solapa me resultó irresistible.
“Gerald Tyrwhitt-Wilson, mejor conocido como Lord Berners, nació en Apley, Shropshire, Inglaterra, en 1883. Fue compositor de música clásica, pintor, escritor y un excéntrico nato. Stravinski lo calificó como el compositor británico más interesante del siglo xx, “el Satie inglés”. Como autor se ganó la admiración de figuras de la talla de Evelyn Waugh, H. G. Wells, Isaiah Berlin y Jean Cocteau.”
Me gustan los excéntricos, me gusta que le haya gustado a Jean Cocteau. Debe ser algo único, pensé. Vamos a ver cómo empieza:
“Una fuerte nevada había caído durante la noche en toda la campiña, sobre campos y setos y sobre el tejado y las chimeneas de la pequeña vicaría de Slumbermere.
Era temprano en la mañana y una tenue luz asomaba por el este en el horizonte.
La vicaría parecía una casa de muñecas gótica y, si el tejado hubiera podido levantarse, se habría visto al pastor Aloysius Hussey y a su esposa Antonia durmiendo cómodos y arropados en sus camitas gemelas.”
Estos tres párrafos me compraron. Campiña inglesa, vicarios, el estilo elegante de la narración. Así que leí de corrido las escasas 100 páginas de El camello. No les voy a contar nada porque si lo hago el libro no tiene gracia, pero aunque es un poco siniestro para mi alma sensible, reconozco que es una joyita.
Sigamos leyendo, que el tiempo pasa. No sabía si seguir por Los enamorados de Alfred Hayes o Veneno de tarántula de Julian Maclaren-Ross.
Del primero, Q me había dicho que había hecho un ruido bárbaro, que a todo el mundo le había encantado, pero algo me hacía desconfiar. Del segundo, pese a la calurosa recomendación de mi marido, leí la contratapa y tampoco me atrapó. No era una lectura para una enferma de mediana edad. No me resultaban personajes protectores.
“Una mujer alta con pijama de seda color rojo estaba junto al gramófono. Se dio media vuelta cuando entré y con una brillante sonrisa dijo: -Buen día. Hablaba inglés con acento ruso. Era delgada y elástica, con pechos en punta y nalgas bien definidas. El pijama de seda rojo revelaba todo esto bastante bien. Sus ojos oscuros sobresalían luminosamente a ambos lados de una nariz aquilina. El rostro tenía pómulos pronunciados y terminaba en un mentón puntiagudo sobre el cual la boca estaba pintada con una doble curva de lápiz labial carmesí. Junto con su feroz e intensa mirada, la boca, fija en una resplandeciente sonrisa, le otorgaba la expresión de un ave de rapiña. El cabello oscuro mostraba un mechón teñido de rubio. Dijo: -Puesto que nuestro anfitrión está ausente, debemos presentarnos nosotros mismos. Soy madame Mollnov.”
Me sentía un poco claustrofófica leyendo solo libros de La Bestia equilátera y, de pronto, recordé un libro que me había recomendado Pablo Chacón, también en Arcadia. Haciendo un paréntesis, les cuento que nunca en mi vida había visto en persona a Chacón, quien entró a la librería lo más campante preguntando si vendían las obras completas de Lilita Carrió. Le contesté que por supuesto y que eran buenísimas, que las debía comprar sí o sí. Acto seguido, le pregunté con quién tenía el gusto de hablar. Y resultó ser el amigo Chacón, con quien había intercambiado cientos de e-mails amables y no tanto. También estaba Q en la librería y la verdad es que Pablo nos sorprendió por su dulzura y su mirada inteligente. Nos pusimos al día con su vida y la única recomendación que me hizo fue David Foster Wallace, que estaba en la mesa de novedades con su libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Yo, por mi parte, le recomendé Los premios de Thomas Bernhard, pero no me dio bola. Pero debo reconocer que yo tampoco le hice caso. Leí la contratapa y pensé que debía ser uno de esos escritores cínicos que maltratan a sus personajes desde una supuesta superioridad moral que no me banco. Y para colmo se trataba de la crónica de un crucero al Caribe, un lugar demasiado fácil para caricaturizar. El sarcasmo podía llegar a límites insoportables. En fin, la cosa es que no lo compré.
Pero esa tarde también entró a la librería otro lector de LLP, que saludó a Q pero a mí no. No sabemos su nombre, pero, horas más tarde, escribió un comment firmado como Nietszche, en el que recomendaba otro libro de David Foster Wallace, Entrevistas con hombres revulsivos. La verdad es que el comentario de Nietszche me hizo sentir molesta por no haber comprado el libro que me había recomendado Chacón. Pero ya estábamos en pleno Bafici, así que tuve que esperar hasta el lunes 18 de abril para volver a la librería y, cuando llegué, Entrevistas con hombres revulsivos se había agotado pero todavía se conseguía Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Me compré ese y también uno con los artículos periodísticos de David Foster Wallace.
Todo este paréntesis fue para decir que abandoné por un rato la lectura metódica de los libros de la Bestia equilátera para ver qué pasaba con David Foster Wallace. Leí apenas 30 páginas de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y está bueno, pero me mató de angustia. No era una lectura para una enferma. Pero el tipo me cautivó, no es lo que yo pensaba. Definitivamente, voy a seguir leyéndolo cuando me cure.
Dejé, entonces, a un lado a Wallace y volví a tomar Los enamorados, que yacía al lado en mi cama. Leí sin entusiasmo un rato hasta que me aburrí y me vine a la computadora para escribirle a mi amiga Gabi, que también está engripada. Aproveché la ocasión para comentarle sobre mis lecturas de La Bestia Equilátera y casualmente me contestó:
“Es verdad lo de La Bestia Equilátera, yo leí varios y casi todos me gustaron, salvo uno que se llama Los enamorados. A ese no le pude entrar, no sé por qué.”
Con la bendición de Gabi, me sentí aliviada y saqué de la cama Los enamorados. Le comenté a Q y me dijo: “Qué raro. Ese libro hizo un ruido bárbaro”. Pero como a mí el ruido que hacen los libros me tiene sin cuidado, lo dejé abandonado creo que para siempre.
Siguiendo con la correspondencia con Gabi, le pregunté qué libros le habían gustado de La Bestia y me respondió lo siguiente:
Además de esos dos [se refiere a El mármol y El camello], leí Tostadas de jabón y Veneno de tarántula, de Julian Maclaren-Ross.
Haciendo otro paréntesis, El mármol de Aira, que leí antes de esta fiebre equilátera, a mí también me encantó y les digo a todos que corran a buscarlo porque es espectacular. Uno de los mejores Airas de los últimos tiempos. Y la edición, como siempre, es bellísima.
Así que, haciendo caso de Gabi y Q hoy voy a seguir mis lecturas de La Bestia con los libros de Maclaren-Ross, que aunque ya chusmeé un poco y no sean lo mío, parecen muy buenos.
Mientras tanto, Q me trajo más libros de La Bestia. Me bajó Roxana de Daniel Defoe, que no voy a dejar de leer; Memento Mori de Muriel Spark, que parece inquietante pero prometedor, y La biblioteca ideal de Matías Serra Bradford, uno de los responsables de la aventura editorial de La Bestia Equilátera. Veremos qué pasa. Me voy a leer toda la tarde y mañana les cuento.
(Continuará)

abril 24, 2011 a las 9:26 pm
Hola: hablando de libros editados por La Bestia Equilátera y de algún libro escrito por Muriel Spark, hay además de Memento Morí, una novelita muy extraña, inclasificable y divertida que se llama Los encubridores. Sobre los demás, algunos integran el pilón que esperan lectura.
Saludos.
abril 25, 2011 a las 12:57 pm
Contra todas las angustias y tristezas de este mundo. Hermosa canción, grandísima interpretación.
http://www.youtube.com/watch?v=MtVCti1PjxY
abril 26, 2011 a las 9:16 am
Recomiendo una peli nac&pop, ideal para ir a la cama.
Ni Jorge Coscia se atrevió a tanto!
http://www.youtube.com/watch?v=7e3xIE5QDlw