Apuntes subterráneos (2)

Schnitzler, Welty y otras antiguallas

por Quintín

Leo distraídamente la contratapa de un libro de Arthur Schnitzler, Camino a campo abierto y encuentro este fragmento de una carta de Freud al escritor:

Tengo la impresión de que usted ha aprendido mediante la intuición todo lo que yo he tenido que arrancar laboriosamente a muchas personas.

Para empezar, la frase es muy divertida: sugiere la imagen de Freud torturando a sus pacientes para que confiesen el secreto de la psiquis humana. Cuesta imaginar un escritor al que Freud le dijera hoy algo semejante, pero también cuesta imaginar un científico actual convencido de que los escritores pueden ser sus colegas en el camino del conocimiento. Pero el ejemplo de Schnitzler pone en evidencia que hace un siglo, psiquiatría y literatura podían ser parte de la misma empresa.

¿Qué pasó después para que esa alianza se rompiera? Supongo que se pueden aducir muchas razones. La menos convincente es la que seguramente alegarán los positivistas: que la ciencia progresó de tal modo que ya no necesita del auxilio del arte. Es una tautología sin ninguna gracia: lo único que dice es que el conductismo y la farmacología que dominan la escena de la salud mental contemporánea son analfabetos en materia literaria.

Pero sin llegar a esos extremos, se podría decir que la literatura retrocedió, como si después de los descubrimientos de Freud, paralelos a una vasta tradición de las letras (Freud puede pensarse como un escritor más entre sus contemporáneos o casi contemporáneos, desde Dostoievsky a Proust, desde Joyce a Thomas Mann), ya se hubiera llegado a ciertas verdades inmodificables sobre la etnografía del hombre y la mujer en la civilización occidental. Y que después, en la medida en que el psicoanálisis se convirtió en una práctica profesional, hay menos interés en nuevos hallazgos no solo clínicos sino especulativos. Es cierto que uno puede hablar de una tradición posterior de escritores lacanianos (especialmente en la Argentina) pero el lacanismo literario tiene que ver con el estilo, con la lengua y, en todo caso, con otro paradigma (mucho más estéril).

En los últimos días leí La hija del optimista, un libro de Eudora Welty (1909 -2001), una de esas escritoras sureñas a las que me vengo resistiendo a leer (Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter). Pero, tal vez por la portada, compré dos libros de Welty de la editorial Impedimenta y leí el más corto. Aunque la autora es de principios de siglo (coexistió con Freud y Schnitzler), el libro no lo es: se publicó en 1972. Tuve una sensación doble mientras lo leía. Por momentos, me pareció que estaba en presencia de una antigualla. Una antigualla de los treinta, pero también una antigualla de los setenta. La hija del optimista es una novela que podría ser un cuento: se concentra en unos pocos días y unos pocos acontecimientos y cierra con la demostración de una tesis psicológica enunciada en la página 107 y que todo crítico de la novela parece inclinado a citar:

El misterio, pensó Laurel, no radica en lo poco que conocemos a quienes nos rodean, sino quizás en lo mucho que los conocemos realmente.

Laurel es la hija del juez McKelva, quien se ha casado en segundas nupcias con Fay, una mujer texana pobre, vulgar, egoísta e insensible, todo lo contrario de su madre Becky, con la que su padre se leían mutuamente los clásicos. Del sonido de esas lecturas surgió una sensación de protección y distinción que acompañaría siempre a Laurel. La historia empieza cuando Fay y Laurel asisten al juez en una operación de cataratas en Nueva Orleans, que termina con su inesperada muerte. Siguen el velorio y el entierro en un pequeño pueblo de Mississippi donde contrastan la puritana burguesía local del vecindario y la familia de Fay, puro white trash texano (alguna escena hace acordar al encuentro de Clint Eastwood con la familia de la chica en Million dollar baby). El libro tiene dos tipos de momentos: aquellos muy buenos en los que Welty describe los pensamientos y los recuerdos de Laurel y aquellos bastante malos que parecen escenas de vodevil, con las peleas entre las familias o el cotorreo de las amigas de Laurel. Muchas de esas escenas parecen provenir del mal teatro moderno (o acaso de Tenesse Williams) y darían bien en una adaptación insufrible de la novela (me sorprendería que no se haya filmado). Finalmente, Laurel descubre que ese hombre tan fino y tan frágil como su padre incluía al que terminó eligiendo como segunda esposa a un personaje como Fay: que eso estaba en la naturaleza de las cosas y ella siempre lo supo aunque no quiso verlo. No se trata de una evidencia escrita en la pared, sino apenas de unos signos que mirados retrospectivamente le permiten a Laurel afirmar que ya conocía el lado oscuro de su padre.

Welty, a través de Laurel, es despiadada con Fay. Amaga darle una oportunidad, llega a sugerir que no es peor ni menos generosa que sus propias amigas de la infancia, se juzga con severidad a sí misma. Pero al final deja muy claro que nunca serán iguales y que es a ella a quien le corresponde cargar con el peso de la diferencia. Esta afirmación de las diferencias no tanto de clase sino de educación y sensibilidad suenan muy pasadas de moda, muy propias de la literatura decimonónica o de una literatura del siglo veinte en la que los personajes tienen como horizonte moral e intelectual la literatura de los siglos pasados. Pero no solo porque Welty puede llegar a ser aguda y profunda y sus descripciones de los lugares fascinantes. También podía escribir:

La idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.

Y también podía arriesgar alguna pista para comprender la conducta de la gente. Welty era, como escritora, vagamente parte de la empresa freudiana.

En el libro se mencionan unas cuantas variedades de rosas ya que Laurel, su padre, su madre y sus vecinos se dedican a cultivarlas. El traductor José C. Vales nos aclara que esa es una costumbre de las familias acomodadas del sur y que Welty la practicó toda su vida con entusiasmo. ¿Debería leer el otro libro de esta dama literaria? ¿Debería comprar los otros? Miss Welty, sin duda, es mejor que los típicos escritores actuales quienes también intentan explicarnos cómo es el hombre contemporáneo. Pero no les sale, les sale mucho peor que a sus colegas de hace un siglo o de medio. Freud no felicitaría nunca a Auster, Murakami o Amis, los coleccionistas de rosas de esta época.

Foto: Flavia de la Fuente

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7 comentarios para “Apuntes subterráneos (2)”

  1. Gabriel Dice:

    Q, muy interesante.
    En el caso de Murakami se puede pensar que se trata de un caso de slipstream, una forma de ciencia ficción pasteurizada, para vender como ficción mainstream, haciendo uso del efecto de la disonancia cognitiva comn
    o efecto para convertir la obra en algo “raro” y que haga sentir muy, pero que muy raro al lector.
    Lo que sí no tengo idea de cómo se conecta eso con Freud.
    Saludos
    Gracias

  2. lanoviadetroll Dice:

    …por agregar un detalle de color podría decirse que Sigmund fue reconocido por su exquisito dominio de la escritura con un “Goethe”, pas le Nobel!!!

    :)

  3. lalectoraprovisoria Dice:

    ¿Murakami con Freud? Nada, nada. Creo que no se enteró de su existencia.

    Q

  4. Lenny Dice:

    Bueno, y qué pasa con Cronenberg?

  5. cadorna Dice:

    “Disonancia cognitiva” en un post donde se menciona a Freud… Es una invasion, cuanto mas seguiran con esa gilada?
    Freud era alguien afecto a las letras… por eso invento el psicoanalisis.

  6. boudu Dice:

    Lenny, yo tbn pensé en Cronenberg. Y en Ballard.

  7. Lenny Dice:

    boudu: Ballard! totalmente. El resultado es Crash.

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