por Oscar Peyrou
Entre el Grey d’Albion, en la Rue des Serbes, y el Cariton, en La Croissette, conté doce Rolls; era demasiado lujo para una mañana de mayo, aunque fuese sábado. Las palmeras estaban inmóviles y tenían un aire decaído y polvoriento. El festival de cine acababa de terminar y quedaban grandes carteles que mostraban el rostro ambiguo de Tony Curtis en una cinta alemana o una imaginaria carga de caballería en una francesa. Detrás de las palmeras, el mar era más real que el cielo, cubierto de enfermizas nubes de un color raro. En las últimas dos semanas yo había visto más de treinta películas; los límites entre la realidad y la fantasía, siempre confusos para mí, habían casi desaparecido. No hacía frío.
Volví despacio hasta el Blue Bar y me senté bajo una sombrilla. Había unos viejos bebiendo pastis o algo semejante. Un chico y una chica de menos de 20 años se miraban con intensidad a los ojos sin hablar; parecía que les acabara de suceder algo por primera vez o estuviese a punto de ocurrirles. También había un hombre con aspecto de turista que, finalmente, resultó ser el dueño del bar y el único de los que trabajaban en el establecimiento nacido en Cannes. Después de quince días tumultuosos, los directores, productores, actores, periodistas y curiosos —y todos los que intentaban simular con variada fortuna cada una de estas profesiones— se habían marchado.
Era rara esa melancolía en un sitio que siempre estaba lleno de gente y del contenido bullicio característico de los lugares caros. Me recordó lo que queda de las despedidas después de unos años, los domingos, los balnearios fuera de temporada, la luz de las cinco en las tardes de invierno, las mujeres famosas cuando están distraídas.
Un comentario casual del falso turista sobre el color del cielo sirvió para iniciar una de esas conversaciones generales que oscilan entre la meteorología y la variedad de las costumbres humanas. Después de un rato de trivialidades y de quejas sobre el trabajo de los camareros, el alza de los precios de algunos productos y la cada vez más escasa ganancia que le producía el bar, el hombre comenzó a rozar temas cada vez más personales. Imaginé que era uno de esos solitarios tímidos que prefieren franquearse con un desconocido antes que con un amigo o un vecino. Por último, me miró con cierta fijeza y luego bajó la vista, como cuando se está a punto de iniciar una confesión vergonzante, o de simularla.
Hace unos días, me dijo, se encontraba en su casa descansando. Vive en la colina, cerca del puerto y del castillo. El trabajo había sido muy duro en el último mes y su socio, que normalmente se ocupa del aspecto contable del negocio, había aceptado quedarse al frente del establecimiento durante todo el fin de semana. Terminó de comer y dudaba si dormir la siesta o llamar a un amigo para ir a tomar el café juntos, cuando tuvo la sensación de estar mirándose en un espejo. Simultáneamente, oyó un ruido fuera. Miró por la ventana y se vio a sí mismo que cruzaba la calle.
El dueño del bar me pareció un hombre contradictorio: muy sensible, obsesivo, quieto y práctico a la vez. Cuando habla mueve las manos con movimientos lentos. Tiene un vocabulario inusualmente amplio para un comerciante, consecuencia, quizá, de la curiosidad, de las lecturas frecuentes, de un sentimiento de inferioridad. No me dio la impresión de ser perezoso ni imaginativo ni seguro de sí mismo. Alguien en cuya compañía una misma persona se puede divertir mucho o aburrir enormemente.
Me explicó que sintió una angustia cada vez mayor mientras veía cómo él mismo se alejaba. Antes de doblar la esquina, y en medio de la ansiedad que le produjo su propia partida, observó con sorpresa que sus piernas se movían con una firmeza que jamás hubiera sospechado en una persona como él. Eso, me confesó, le hizo pensar que lo que estaba ocurriendo no era producto de su fantasía. Nunca se había visto de espaldas y tuvo un sentimiento de incredulidad y de molestia, como cuando se oye por primera vez la grabación de la propia voz.
Caminaba y se veía a sí mismo mirando por la ventana y caminando. Al dar la vuelta a la esquina, las imágenes se modificaron: los objetos familiares de su casa, los ángulos de la habitación se superpusieron con los de la calle. En un momento disfrutó de la inusual sensación de caminar sentado y de ver automóviles que atravesaban el baño, se internaban en el salón y desaparecían a la altura de la cocina. Al acercarse a la estación marítima, un ómnibus frenó a su lado con un silbido entrecortado. Se puso de pie y subió. Ahora, todo retrocedía y los portales, tiendas y luces pasaban delante de la lámpara de su habitación.
Bajó después de un viaje confuso, como si fuese soñado. Dijo que se sintió raro caminando en medio de la humedad y del calor, a veces reclinado en un sillón de respaldo alto con borlas verdes que le molestaban un poco en la nuca. Era un tejido áspero, como el borde de uno de sus zapatos, que le provocaba un cierto ardor, una incomodidad cada vez más notable, entre los charcos donde se reflejaban las luces de los anuncios y teñían la parte superior y el techo de la pieza de azul claro, rosa sucio y violeta, sucesivamente.
Intentó hacer algo que coincidiera en sus dos versiones, como mirarse las manos, por ejemplo, porque notó que favorecer una conducta contradictoria le producía una especie de desazón que se convertía rápidamente en incomodidad. Le pareció que esa actitud aumentaba innecesariamente la distancia entre los dos hombres que todavía eran él.
También me dijo que cuando, casualmente, las acciones de ambos coincidían totalmente, sentía una extraordinaria felicidad, como si algo superior a sí mismo se completara. Era parecido a estar leyendo mientras se escucha una música cuyo ritmo, de pronto, se superpone con el de la lectura y se ajusta a él. Eso ocurre muy raramente, pero cuando sucede, no se olvida jamás. Al final de la tarde estaba acostumbrado a su nueva situación. En ocasiones, sus gestos confluían y, en ocasiones, no.
Yo sentía que no pasaba el tiempo, aunque las mesas vecinas se habían ido llenando de un confuso movimiento y de un creciente murmullo.
El dueño del bar se comparó con dos ríos que cuando se juntan recuperan su independencia y cuando se separan, mantienen su unidad. Se quedó inmóvil en el centro de la habitación, bajo una lámpara que proyectaba su sombra contra una pared, mientras regresaba a pie por estrechas calles brillantes y desiertas, ya oscuras.
Desde la ventana y después de unos momentos de incertidumbre en los que los reflejos se volvieron a mezclar con la curva de una esquina, se vio a sí mismo que se acercaba a la casa, mirando la ventana tras los cristales. A pesar de estar dividido, la primera inquietud lo había abandonado y no sentía ninguna disminución de sus capacidades ni tampoco la más mínima carencia o tristeza.
Oyó sus pasos en la escalera y miró los peldaños mientras subía. Pensó en la posibilidad de no abrir la puerta, de girar sobre sí mismo y volver a la calle o regresar a sentarse en el sillón de las borlas verdes. Estuvo dudando, y cuando por fin la abrió, no había nadie.
Como yo a veces tampoco sé quién soy, no supe qué decirle. La luz del cielo había cambiado. Quise observar el mar, pero desde donde estábamos sentados no se podía. Igual que al final de algunas películas, permanecimos un rato sin hablar, oyendo el murmullo de las mesas cercanas y el susurro metálico del viento que, justo en ese momento, comenzó a soplar entre las hojas de las palmeras.

noviembre 26, 2010 a las 6:15 pm
Luego de los debates en los que -voluntariamente- he estado enfrascado en LLP, leer este texto de Oscar parece un oasis. Qué suerte que alguien puede abstraerse de las miserias cotidianas y producir un texto tan bien logrado.
noviembre 27, 2010 a las 12:18 pm
GRACIAS JANFILOSO. LEO TU COMENTARIO TAN GENEROSO EN RONDA,DONDE ESTAN ENTERRADAS LAS CENIZAS DE ORSON WELLS Y DONDE ASISTO A UN FESTIVAL DE CINE POLITICO EN MEDIO DE LA LLUVIA Y EL FRIO. DESPPUES DE UNA COMIDA ABUNDANTE PERO MEDIOCRE (AUNQUE EL VINO NO ESTABA MAL) TUS PALABRAS ME RECONFORTAN. GRACIAS. AHORA ME VOY A DORMIR LA SIESTA.
noviembre 27, 2010 a las 12:26 pm
Che, Oscar, ¿no hay minúsculas en esa máquina?
Abrazo
Q