Kurdos en curda
por Quintín
Quedaban dos películas. La primera, Pulsar del belga (flamenco) Alex Stockman, fue tal vez la más intrascendente de la selección. Está bien que Olivier Père busque películas donde normalmente no existen, pero el método tiene sus límites. Stockman no es un joven artista visual nacido en Polonia, sino un ex crítico de cine. Y se nota, para su desgracia. Pulsar huele a viejo, a encierro, a un sistema cinematográfico perimido aunque demasiado influyente: el de la narrativa de los setenta. Pulsar es una remake, homenaje, copia o actualización de La conversación de Coppola, con toques de El inquilino de Polanski. El protagonista, separado de su novia que está en Nueva York, empieza a pensar que le hackean la computadora. Se pone paranoico, empieza a sospechar de todo el mundo y termina destruyendo su departamento sin que a nadie le importe realmente si lo están persiguiendo, si es todo fruto de su imaginación o todo lo contrario. No es que Pulsar sea exactamente mala, pero es una película sin vida que —igual que su protagonista— no puede salir del encierro de una cinefilia rancia que, bajo la pretensión de ser contemporánea, atrasa tanto en su dramaturgia como en su representación del mundo.
Eso fue el jueves a última hora. El viernes a la mañana vimos Mandoo, del kurdo-iraní Ebrahim Saeedi que, a diferencia del bodoque belga, se alineó decididamente en el rubro golosinas. Fue la película más original que vimos en Cineasti del presente. La historia es la de una familia de kurdos que después de la invasión a Irak decide abandonar el campo de refugiados en el que estuvo confinada muchos años y volver a Irán. Emprenden el viaje en una camioneta donde viaja el jefe de la familia con su padre muy enfermo en silla de ruedas, la mujer, los hijos y una prima médica que no tiene los papeles en regla para una travesía rodeada de peligros. No logré entender quiénes eran los buenos ni los malos, a quién aterrorizaban los terroristas ni qué ordenaban las fuerzas del orden. Pero no es muy importante. Lo interesante de Mandoo no es el argumento. A grandes rasgos, es una road movie de aventuras, en la que cada etapa está marcada por un incidente extremo o una amenaza mortal que los viajeros sortean milagrosamente. Pero la película tiene dos particularidades que la hacen completamente inusual. Una es que los actores parecen sacados de un teleteatro o de un film popular egipcio. Es decir, a la manera de Bollywood, con estrellas muy producidas, muy sobreactuadas que atraviesan conflictos tremendos sin perder el look a pesar, en este caso, de las difíciles condiciones de la travesía.
Pero la otra condición, que proviene de un sistema cinematográfico opuesto (aunque vaya uno a saber de cuál) es que la película está filmada en cámara subjetiva y desde el punto de vista del anciano. Este, como dijimos, viaja en una silla de ruedas en la parte de atrás de la camioneta y mira desde su lugar lo que ocurre dentro y fuera del vehículo (si se quiere, con alguna licencia en sus desplazamientos). Siguiendo la poco fértil tradición inaugurada por La dama del lago de Robert Montgomery, donde la cámara hace de Philip Marlowe, aquí las condiciones son todavía más restringidas, porque el viejo no habla y, en cambio, emite los jadeos agónicos que corresponden a su condición. Recién cerca del final veremos su cara en el espejo, poco antes de morir (y de que la pantalla quede negra) justo cuando llega el final feliz y la familia alcanza por fin la frontera iraní.
Como había ocurrido con Ivory Tower, me divertí mucho con Mandoo, con su extraña y un tanto absurda libertad narrativa y me pareció otra de esas películas frescas y distintas que los festivales se resisten a programar aunque son el mejor antídoto contra su tendencia al academicismo y la solemnidad. Pero vaya uno a convencer a los críticos, programadores y jurados de que el asunto pasa por ahí.
Faltaba solo almorzar y sumergirse en la deliberación, que no estaría exenta de alternativas y emociones.
Foto: Flavia de la Fuente
