Locarno: memoria y balance (29)

El kiosco de Mohamed

por Quintín

A los ocho de la mañana de ese jueves, en una desierta función de prensa, nos había tocado ver Paraboles de Emmanuelle Demoris, la película más larga de la selección (dos horas y media). Demoris es una francesa nacida en Londres que estudio cine en La Fémis (la exclusiva escuela parisina) y trabajó en el teatro como actriz y directora. En realidad, Paraboles es la quinta y última parte del proyecto Mafrouza, un gigantesco documental sobre un barrio pobre de El Cairo que está a punto de ser demolido. Otra vez aparece una directora con una carrera interdisciplinaria e internacional y un tema que se viene repitiendo, incluso en Cineasti del presente donde ya habíamos visto Foreign parts.

Durante la película, creí notar algo familiar. Dos días más tarde, durante la ceremonia de premiación, me encontré con una cara que también me resultó conocida: era la directora. En Viena, hace unos años, había conocido a Demoris durante un desayuno en el que me contó el proyecto con tanto entusiasmo que me obligó a ver la primera parte de Mafrouza. Ese primer capítulo me resultó una película muy opresiva, filmada siempre en las calles interiores del barrio y en viviendas sin ventanas, que tenía como protagonista a un poeta que daba la impresión de sufrir mucho y estar muy loco. Recuerdo haber salido un poco abrumado de aquella experiencia y de haberla discutido con la realizadora, que me contó entonces que utilizó técnicas de improvisación teatral para crear cierta tensión en algunas escenas. No quedé muy convencido.

Pero la quinta parte de Mafrouza es muy distinta: más aireada, menos angustiante, más espontánea y, sobre todo, más universal. El protagonista Mohamed Khattab es un personaje encantador, un gordo que tiene en su casa un kiosco que da a la calle. Es un tipo simpático y la familia también lo es. Pero Mohamed es también un líder comunitario y un predicador en la mezquita. Lo que uno podría llamar la trama de Paraboles tiene que ver con la aparición en el barrio de los fundamentalistas islámicos, que desean controlar los sermones y terminar con la tradición de libertad y pluralismo de la cultura musulmana. Mohamed se ve entonces impedido de predicar, pero la mezquita se vacía porque sus sucesores son dogmáticos y sin carisma. El gordo, en cambio, tiene una verdadera vocación para la tarea y edifica sus sermones con parábolas y apelando a la creación de suspenso entre los fieles. Paraboles tiene un parentesco con otra gran película cuyo protagonista se ocupa de menesteres semejantes: The Apostle, de Robert Duvall. Pero lo que allí es performance del actor, aquí es descripción del contexto y el trabajo de Demoris, que se pasó dos años en Mafrouza, es de una enorme profundidad.

Hago un pequeño paréntesis para contar que en estos días, me llegó el número de setiembre de los Cahiers du cinema españoles. Uno de los enviados de la revista a Locarno, Carlos Reviriego habla de las películas que lo impresionaron y cita la consensual Foreign parts. Copio:

El documental Foreign parts emergió como la pieza incontestable del certamen, pues se trata de un sobrio documento que se instala durante un año en un junkyard industrial de Queens, un rincón de la ecología urbana a punto de desaparecer bajo la capitalización neoyorquina [¿eh?]. Cabe pensar en F Wiseman o en Jia Zhang-ke ante este film, aunque también acude a nuestra mente David Simon, pues la ideología de resistencia de Foreign parts, su emocionante retrato comunitario, guarda estrecha relación con los microcosmos poblados de “excedentes sociales” con los que el creador de The Wire construye sus series televisivas.

Es un poco deprimente que The Wire sea el referente ideológico del cine contemporáneo, pero supongo que hay que aceptar que ese es el universo de la crítica actual. Pero tomemos el comentario al pie de la letra. Reviriego le reconoce a Foreign parts (su crónica de Locarno no menciona Paraboles) la representación de una “resistencia” que apoya a los marginales frente al capitalismo global. Pero eso es demasiado o demasiado poco. Porque esa cercanía con los “excedentes sociales” incluye un evidente grado de condescendencia, de distancia, imposible de atenuar en lo esencial mediante la convivencia. Esa elegancia de Foreign parts, esa construcción de una bonita película sobre la chatarra y —de paso— sobre quienes se ocupan de ella (o viceversa, lo mismo da) es lo que convierte a la película en “la pieza incontestable del festival”. Un poco de forma, otro poco de ideología y, otra vez, ya estamos. Aunque la película, en ese caso, sea noble.

Pero Paraboles y el proyecto Mafrouza son —felizmente— otra cosa. Durante la fiesta, Demoris me presentó a su productor, un señor muy viejo llamado Jean Gruault, que se improvisó en esa función porque las cadenas de televisión no querían saber nada con el proyecto Mafrouza. Gruault fue actor y también guionista de Rivette, de Resnais, de Truffaut, entre otros. Y, como él me lo recordó, de Rosselini en La toma del poder de Luis XIV. Paraboles me hizo pensar justamente en Rosselini, en su vocación de utilizar el cine menos como vehículo de una ideología que como instrumento de conocimiento. Y eso es lo que, en definitiva, fue a hacer Demoris a ese oscuro barrio egipcio: conocer mucho más que resistir.

Paraboles nos acerca a una realidad inusual frente a la que el cine suele pasar de largo. Porque no se trata aquí de filmar la miseria ni la exclusión social. Los personajes de Paraboles y el señor Khattab en particular no son dignos de lástima. Al contrario. Lo que Demoris descubre, y ese es el sentido de la película, es que podemos aprender de él, ser no ya su prójimo sino sus iguales. De hecho, la comunidad en la que Demoris decide instalarse es un reducto de civilización: es lo que queda de una cultura sofisticada, laica y urbana tras la embestida de la globalización y su contraparte de fanatismo religioso. El kiosco de Mohamed, su discusión con los vecinos sobre el sentido y los modos de practicar la caridad, las referencias al impacto de la televisión, la resistencia a la llegada del radicalismo islámico como alteración de un sistema de vida más libre son miradas desde una estricta horizontalidad y son escenas de nuestro imaginario cotidiano. La escena final, con Mohamed fumando en la peluquería (la que bien podría ser una peluquería de nuestra infancia) preparándose para lucir bien en el sermón es de una extraordinaria sofisticación, de una perfecta civilidad. Lo que vemos en El Cairo es lo que aprendimos en Buenos Aires, en París o en Tokio: que gracias a la vida del barrio, el mundo fue alguna vez un lugar de circulación de ideas y de intercambio de afectos en los ambientes populares. Paraboles nos muestra que humanamente hasta allí llegamos y después sucedió en todas partes algo que nos supera y que no comprendemos bien.

Hay un momento extraordinario en Paraboles. Ocurre durante la matanza de un carnero en ocasión de una fiesta religiosa. El carnicero le corta el cuello al animal y la familia de Mohamed se abalanza sobre él para empezar a utilizar la sangre y la carne. Uno de los hijos se unta con sangre la mano, a mitad de camino entre hacer una broma y tomar conciencia de la presencia de la muerte. Hay una evidente parábola en la violencia y también en la dulzura de ese momento tan extraño, tan revelador de los límites y de las raíces de nuestra cotidianidad, de la ambigüedad de la experiencia religiosa, de todo lo que somos.

Demoris, por alguna razón que nunca le pregunté pero que me gustaría saber, sintió que había que mostrar Mafrouza, que allí estaba la prueba de que el mundo está vivo, que los otros están cerca y que tienen algo que decirnos. Pocas veces le es dado al espectador sentir que quienes aparecen en la pantalla son su familia. Y nunca en un medio tan rico como el mundo árabe, que el cine ha ignorado sistemáticamente salvo en lo que tiene de más agresivo o de más pintoresco. Y la clave de Paraboles es la ausencia total de pintoresquismo, un matiz que aunque la película trata de evitarlo, sigue contaminando Foreign parts y su perspectiva etnográfica. Demoris parece haber ido a Mafrouza porque se dio cuenta de que siempre, igual que nosotros, había formado parte del lugar.

Paraboles era la mejor película de la selección. Ahora, un mes más tarde, me queda más claro. En ese momento, no se me ocurrió que el resto del jurado podría pensarlo ni que terminaría recibiendo el premio mayor. Pero misteriosos son los caminos de Alá.

Foto: Flavia de la Fuente

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10 comentarios para “Locarno: memoria y balance (29)”

  1. Camilo Dice:

    Es la segunda vez que leo la crónica, casi que me emocioné. Cuando una película te gusta, la crítica no es tan divertida -graciosa, en realidad- pero contagia felicidad. Aunque difícilmente vea Paraboles alguna vez, no encontré ni un teaser en youtube (será porque es muy nueva?). Que placer la serie de Locarno.

  2. sebastián Dice:

    Qué bueno Quintín, qué hermoso y verdadero.

    “La escena final, con Mohamed fumando en la peluquería (la que bien podría ser una peluquería de nuestra infancia) preparándose para lucir bien en el sermón es de una extraordinaria sofisticación, de una perfecta civilidad. Lo que vemos en El Cairo es lo que aprendimos en Buenos Aires, en París o en Tokio: que gracias a la vida del barrio, el mundo fue alguna vez un lugar de circulación de ideas y de intercambio de afectos en los ambientes populares. Paraboles nos muestra que humanamente hasta allí llegamos y después sucedió en todas partes algo que nos supera y que no comprendemos bien. “

  3. sebastián Dice:

    qué contraste con Reviriego, con esa falta de inteligencia y aun de ética

  4. Boris K Dice:

    Flor de productor, ese señor escribió Mi tio de América.

  5. lalectoraprovisoria Dice:

    Mi tío de América es horrible.

    Q

  6. noriega Dice:

    Es malésima!

  7. Boris K Dice:

    No es verdad, si uno no se toma el conductismo tan a pecho (eso le mereció el oscar, supongo) es una gran película.

  8. noriega Dice:

    si uno no se toma el conductismo tan a pecho quedan 4 minutos de película.

  9. Boris K Dice:

    Pero que 4 minutos!
    No en serio, me parece que la puesta en escena de la película refuta el propio determinismo del guión basado en las investigaciones de Laborit (que no es Watson tampoco). Por ejemplo, la inclusión tan elegante de fragmentos de films de los 30’ que hacen Jurgenson y Resnais durante el montaje. Me parece que a Resnais le interesaba más la posibilidad de experimentar con la narración a través de la divulgación de cientifica que la mera ilustración. Asumiendo, claro, que cualquier teoria cientifica fecha de vencimiento. También tiene un poquito de gusto a rancio el mensaje en off (“montaje”, “mensaje”, prácticamente malas palabras en la crítica de estos días) del final, tan cargado de humanismo, pero a mi me encanta.

  10. Esteban Tabacz Dice:

    Dan ganas de ver la película.
    A propósito del párrafo en donde el autor de la nota habla sobre el sacrificio del carnero y la violencia, recomiendo un libro que me parece brillante: “La violencia y lo sagrado”, de René Girard. Su tesis es que el rito sacrificial sirve, en sociedades primitivas (adjetivo que él utiliza sin establecer una escala de valor), para detener la circulación de la violencia que amenaza con esparcirse por toda la comunidad. Quizás haya algo de eso en el film “Paraboles”, o por lo menos en esa escena.
    Habitualmente no concuerdo mucho con Quintín, pero este texto me gustó porque realmente se ve que la película lo emocionó. Será que eso sucede poco?

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