Locura canadiense
por Quintín
Tras un breve paréntesis, retomo la pluma locarnesa. Aquél ya lejano miércoles 11, nos tocaba otra película canadiense de nuestra selección (tres películas canadienses es un exceso en cualquier selección). Era Ivory tower, hecha por músicos de la escena underground eurocanadian. Bueno, no sé si esas son las palabras exactas para describir lo que hace esta gente, pero no se me ocurren otras. El productor, inspirador, guionista y actor principal es un tipo llamado Chilly Gonzales. El director, Adam Traynor, es un músico (¿británico?) del hip hop berlinés y hasta aquí solo había hecho videos. También actúan el DJ de Montreal Tiga, la DJ Peaches, reina del electoclash de Toronto y la cantautora Feist. Todos nombres de los cuales en mi vida había oído hablar, aunque Mark Peranson me asegura que fue a la facultad en Toronto con Gonzales y el tipo es un grosso y que, en Berlín, Peaches es más famosa que Maradona.
En fin. La película ratificaba que la gente que hace cine viene de otro lado, lo que venimos sosteniendo aquí, pero prometía muy poco. Thom Andersen, que la había visto antes porque en ese horario tenía un Godard, un Straub o un Gianikian y su religión le prohibía faltar a misa, nos confirmó la sospecha. Según él era una película sobre el ajedrez hecha para gente que no tenía idea de lo que era el ajedrez. De más está decir que no le había gustado ni medio.
En realidad, Ivory tower no es una película sobre el ajedrez o lo es solo a medias. Es más bien una farsa musical con el ajedrez como excusa. Hershell (Gonzales) es el campeón canadiense. Sale con Marsha (Peaches) una artista visual especializada en violininstallations o violinstallations, no sé bien, instalaciones con viejos violines. Pero en algún momento se cansa de jugar torneos y se va a Europa a buscar algo distinto. Su lugar como campeón y novio de Peaches es ocupado por su hermano Thadeus (Tiga). Todo esto ocurre antes de la película, que empieza cuando Hershell vuelve después de inventar un juego genial, el ajedrez-jazz o Jazz Chess, que suprime la competencia y es pura creatividad. Nunca tendremos una pista de qué se puede tratar eso, salvo que Hershell se inclina sobre las piezas y “escucha lo que le quieren decir” mientras hace movimientos como quien sigue una melodía con swing.
Mientras que Hershell tiene un estilo hippie, Thadeus es un yuppie duro, que solo cree en la competencia y odia al hemano y sus tonterías pacifistas. Es que uno fue educado en el amor y el otro en el odio por el mismo padre (la madre es la verdadera madre de Gonzales). Hershell intenta comercializar su invento, pero le dicen que vender un juego donde nadie gana es imposible a menos que esté asociado a un nombre famoso. Por eso, aunque había prometido dejar de competir, debe reconquistar su título de campeón. La representación del torneo donde eso ocurre no podría ser más ridícula: entre otras simplificaciones, los jugadores cantan “jaque” y “mate” como si fueran niños del preescolar y el evento se transmite al público como un partido de fútbol.
Por supuesto, Herhell y Thadeus llegan a la final, pero cuando Hershell tiene todo para ganar, se rehúsa y logra que la partida sea indecidible. El hermano se enfurece, prefiere perder que empatar. Así, ambos rechazan el premio y este se lo lleva Peaches que huye a Europa. Pero al final, los hermanos se reconcilian y deciden hacer dinero juntos presentando el nuevo juego.
Habrán notado que todo es un disparate mayúsculo, al que hay que agregar que la película está hecha con centavos, entre amigos y con la utilería más trucha que se haya visto en muchos años. Pero Ivory tower me resultó divertidísima. No podía parar de reírme con la situaciones, los personajes, el absurdo total, hasta con la idea del jazz chess y el tipo bailando sobre el tablero. Me pareció una de las películas más felices de los últimos años, portadora de una exuberante ligereza, de una fluidez encantadora y de un buen humor contagioso. El público la ovacionó de pie. Cuando salía transportado me encontré con Ferreira y este me dijo en un susurro “a mí me gustó”. Ambos sabíamos que era un juicio festivaleramente incorrecto en grado máximo.
Thom Andersen no podía creer que me había gustado a película. Varios días más tarde seguía creyendo que le estaba haciendo una broma. Pero Ivory Tower me pareció uno de los hallazgos de Locarno, la típica película que enriquece de verdad una selección y propone una apertura en el cine. Claro que es muy difícil premiar una película así: está más allá de la posible aceptación unánime de un jurado y de la benevolencia de la crítica. Peranson me contó que, por ejemplo, el programador de la sección canadiense de Vancouver la había odiado. Entre nosotros, le había gustado a Maren Ade, pero el resto la miraba con indiferencia o rencor. Aunque nunca se podía saber lo que Joachim opinaría finalmente de cada película. Creo que más que juzgar, le interesaba pensar el cine con la pequeña muestra que nos había tocado de ejemplo. En eso coincidíamos bastante: lo importante no es juzgar sino comprender y disfrutar.
En los días siguientes, empecé a decirles a mis compañeros de jurado que durante la ceremonia de premiación teníamos que leer un comunicado que dijera que Ivory tower nos había parecido la mejor película pero no la íbamos a premiar porque se manifestaba contra la competencia y los premios. Un chiste Groucho. Incluso, se podía agregar que teníamos miedo de que el director no aceptara el premio y por eso se lo dábamos a otro. En realidad, la película se muerde la cola en ese sentido, ya que la supuesta no competencia se transforma en un eslogan para ganar dinero, ya que vender es lo que finalmente importa. Ivory tower es una película de un género que suelo odiar: el film de bambalinas, de gente del ambiente, en el que se siempre se concluye que no hay business como el show business, aunque sea bajo el disfraz del ajedrez. Pero la película mira el asunto muy de afuera, con el acento puesto en la alegría de su propuesta y en la sensación liberadora, euforizante que produce imaginar un mundo sin torneos y sin festivales. Hay algo muy inteligente en Ivory tower.
Foto: Flavia de la Fuente

septiembre 21, 2010 a las 6:17 pm
Por un momento pensé que estabas contando la última de Wim Wenders.
septiembre 21, 2010 a las 7:38 pm
http://www.youtube.com/watch?v=4UjjLpLzzX8&feature=player_embedded#!
septiembre 21, 2010 a las 9:19 pm
Me cagaron la visión de la película. Quintín me contó el cuentito de pe a pa y Saint Jacob me mostró un resumen audivisual que colma toda expectativa de descubrir algo nuevo. Ese es el problema de los cuentitos y el cine, por lo menos para mí. La película parece muy ligera y feliz, pero no sé si eso alcanza para renovar algo.
Pd: el tal Chilli toca muy bien el piano, eh, y para colmo se parece a Noriega cuando era joven.
septiembre 21, 2010 a las 9:33 pm
Pidieron aviso, bueno, ya está colgado el programa de Lanata en jorgelanata.com – Un saludo, me encanta leerlos.
septiembre 21, 2010 a las 9:52 pm
Ver a Lanata me genera un estado mental medio raro, si los K logran sacarlo de la tele se podría dedicar a la hipnosis, o convertirse en Guru de alguna técnica de meditación. Muchas veces no estoy para nada de acuerdo con lo que dice, pero logra crear una intimidad tremenda.
septiembre 22, 2010 a las 12:46 am
Algo así cómo “Hudson Hawk”?
septiembre 22, 2010 a las 10:43 am
leí casi simultáneamente,este post y la última entrada de Libreta/Sarlo (sobre una obra de Nicola Costantino). Algo, que no puedo justificar de alguna manera, hizo “puente”, sin querer, entre ambos textos (muy buenos), y desde entonces, a causa de ello, ya los releí varias veces. Gracias, por eso.