Sopa de letras (7)

Variedades posmundiales

por Quintín

Ya pasaron, mundial incluido, casi dos meses desde la última entrega de esta serie. Pero nunca pensé en interrumpirla. Es lo que más disfruté escribir en el último año, tal vez porque el proyecto incluye largas horas de lectura.

Hoy quiero volver a arrancar despacio, comentando apenas tres pequeños acontecimientos laterales. Dos de ellos son comentarios llegados desde España al primer capítulo de la “Sopa de letras”.

El primero es este. Se trata, probablemente, del comentario más violento que hayamos tenido en este blog. Un infeliz xenófobo y perdonavidas envuelto en la bandera española afirma que los escritores en castellano que valen la pena nacen indefectiblemente en la península. Y que fuera de la Madre Patria, ni siquiera sabemos leer:

Me temo que a Faulkner y Benet ya sólo los leen los argentinos.

Así empieza el texto de este cretino, que razona desde la pereza y recita la biblia del lector populista. Unamuno, Galdós, Delibes, vocifera como si vivara al Generalísimo y el griterío termina en Ana María Matute, aunque yo hubiera jurado que su favorito es Pérez Reverte. Hay que ser un animal para negar a Faulkner y hay que ser gallego para negar a Benet.

Hubo otro lector (ahora no encuentro el comentario) que apostó a que yo no llegaría a cumplir la promesa que me hice a mí mismo de leer toda la obra de Benet. Y eso me preocupó, porque hay que tener tiempo y tranquilidad para leer a Benet. Es cierto, pocos lo leen en España, intimidados por el terrorismo crítico tan bien representado por nuestro amigo y que tiene más de un cultor en los medios. Es imprescindible entonces mantener la llama encendida y seguir leyendo a Benet aunque diluvie.

Me toca seguir por su segunda novela, Una meditación, publicada en 1969, que tengo en la edición de 1993 con tapa dura de RBA. El libro no tiene puntos aparte y ese es un serio inconveniente para interrumpir la lectura en un punto más o menos neutro de la narración. Hoy leí apenas diez páginas, pero me resulta insólito que alguien piense que a la novela le sobran doscientas páginas, como dice nuestra bestia ibérica. Al contrario, la prosa de Benet se desliza sobre patines.

Mi abuelo, como digo, había comprado la casa unos diez años antes de retirarse, en un momento en que el valle alto apenas se hallaba habitado sino por unas pocas familias de campesinos arruinados, ni siquiera acuciados por el ansia de abandonar su tumba. Sin duda a tal adquisición le llevó un sincero deseo de paz y economía (ya que no de incrementar su prosperidad), tan diferente y ajeno a tantas obligaciones sociales que, por voluntad de su mujer y por el número de sus hijas y como consecuencia de las nuevas formas que adoptaran ciertas gentes pudientes de Región —que en lo sucesivo no sabrían renunciar a la cercana casa de campo para los meses de verano o las semanas de Pascua—, impusieron a su familia, rodeada por casi todas partes por una sociedad de rango más elevado, un sentido de emulación que tan difícilmente casaba con sus propósitos, su edad y su cansancio.

En otra parte, dice el narrador que el abuelo “no era el viejo sentencioso tan generalizado en el país por el teatro de ideas y la novela de costumbres”. Estamos evidentemente ante un intento de modificar el rumbo de la prosa novelística contra esas ideas preconcebidas que justamente tienen individuos como el bárbaro comentarista. Benet se anticipa a sus críticos en el elogio del abuelo, que “había logrado revestir su persona de una cierta compostura y una sencilla dignidad” frente a la vulgaridad sin límites de ciertos escritores y sus propagandistas en el mercado.

El comentario en cuestión tuvo una respuesta parcial en este otro que, en principio, resulta más civilizado porque al menos se avergüenza del provincianismo de su compatriota. Pero, en el fondo, no es mucho mejor. Después de anunciarnos que está haciendo una tesis sobre Gombrowicz y Lamborghini y tratar de congraciarse con los argentinos diciendo que son mejores que los españoles, el estudiante nos hace ver que es necesario ser español para darse cuenta, nos comunica que Cortázar es trescientas veces mejor que Aira y nos recomienda a João Gilberto Noll, escritor repetitivo, obseso y académico cuya mejor virtud es el nombre de pila y cuya pequeña obra poco puede disputar a la del gigante de Coronel Pringles. No hay caso: en ambas márgenes del Atlántico, la academia sigue sin aprender a leer.

La otra cosa que quería comentar es el casual encuentro en la librería Arcadia con Matías Serra Bradford. Ultimamente se ha puesto peligroso ir a las librerías. Ya van dos veces que me topo con Jorge Fondebrider, un personaje que me expulsó de su blog y prohibió que se me mencionara en nombre de la mafia de los traductores. La primera vez fue en Lilith, donde lo traté de fascista, y la segunda el martes en lo de Garamona, que también intentó presentármelo y le dije que teníamos una relación “poco amistosa”. Pero Serra Bradford, del que me venía quejando en estas notas por la aridez de La biblioteca ideal y de la arrogancia de sus personajes, resultó un tipo encantador. Hasta se bancó que le dijera que no había podido pasar de las cien páginas de su novela, abrumadora fenomenología de la bibliofilia que le llevó doce años de trabajo a su autor. Se nota, y es posible que a mí me lleve otros doce años leerla. Pero voy a hacer el intento. Hoy leí un capítulo nuevo, que habla de lecturas en el Jardín Botánico. Voy por la página 121 y Serra ha mencionado hasta ahora, si las cuentas no me fallan, 127 obras y escritores.

En lo de Garamona también me encontré con Fogwill. Lo felicité por el prólogo del libro del noruego Askildsen que editó Lengua de Trapo, autor que entusiasmó a Flavia. El verdadero Fog preguntó si me había dado cuenta de la bajada de línea que hay en el prólogo, que se ocupa entre otras cosas de descubrir Noruega. Respondí que no y aclaró entonces que se había encargado de subrayar que en Noruega, país aparentemente moderno, hay servicio militar obligatorio de dos años para ambos sexos. Fogwill es incorregible.

Foto: Flavia de la Fuente

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9 comentarios para “Sopa de letras (7)”

  1. Pustulio Dice:

    ¡Cómo no había leído el comentario de Julián! Es verdaderamente enternecedor. Compite, aunque gana por goleada, con los de un compatriota suyo que de vez en cuando entra por acá (saludos cordiales si lee esto): Pedro Navarro. Reconozcamos que Julián dice varias cosas originales, lo que, por imbéciles que sean, tiene algún mérito. La mejor: que a varios libros de Borges y de Paz les sobran 200 páginas. Supongo que se refiere a la saga novelística de Paz y a las enormes novelas río de Borges… En fin. A este patriota le hacen falta, con urgencia, tres manuales: uno, de ortografía; otro, de literatura; y un tercero, el más importante, de sentido común.

    Sin embargo, hay algo que me llama la atención en su comentario y que me parece sintomático de cierto gusto literario que priva en la actualidad. Como buen nacionalista, Julián repite pavlovianamente (la originalidad le duró poco) lo que lee y oye por ahí. De ahí que afirme que a Benet y a Faulkner siempre les sobren 200 páginas (un reproche que por principio se le hace a cualquier novela larga) y que la máxima virtud de los autores españoles que cita sea la escritura “sencilla, concisa y precisa”. La brevedad de los libros y la sencillez de la prosa no son virtudes en sí, sino sólo cuando la obra la reclama (como en el mencionado Askildsen). Muchos libros de hoy en día, por pereza y por subordinación al gusto dominante, se escriben de esta manera.

    De seguir esta tendencia, dentro de no mucho (si no ocurre ya) la literatura se convertirá en breves folletos de prosa plana e intercambiable (de preferencia un poco televisivos) que resulten comprensibles a todos los julianes y que satisfagan su cuestionable gusto estético. Por eso es importante leer a Faulkner y a Benet y a todos los escritores que los julianes se precian de no leer.

  2. Ethan Edwards Dice:

    Editaron a muy buen precio Mientras Agonizo, la compré hoy en El Ateneo..Linda edición…

  3. Pedro Navarro Serrano Dice:

    Pústulas: te ruego que no me incluyas en tus intentos de debate sobre banderas – literatura y banderas, fútbol y banderas, me da igual el sucedàneo – todos me aburren mucho, casi tanto como las historias sobre tu novia cordobesa y los libros que te compra y lo listo e instruído y pedante que eres.
    Y para que veas que no te tengo ninguna manía, te mando este enlace de una canción http://www.youtube.com/watch?v=HJM_XD1GurM&feature=related, que es de una chica muy mona catalana, a ver si lo disfrutas y consigues evitar pasarla por tu batidora de análisis.

  4. DiegoR. Dice:

    “..cuya pequeña obra poco puede disputar a la del gigante de Coronel Pringles. No hay caso: en ambas márgenes del Atlántico, la academia sigue sin aprender a leer.”
    Hay algo que no entiendo de este comentario; Aira es idolatrado hasta las convulsiones por Sarlo, Kohan, Tabarovsky y toda la intelligentzia literaria nacional, se lo lee en todas las materias de la carrera de Letras en Puan, incluso en las que es innecesario. Es el canon academico hecho ser humano ¿Porque los airistas insisten en hablar de él como un escritor maldito y prohibido? ¿Porque negar que, en materia de Literatura Aira es el “Regimen” y lo no-aira la “Resistencia”?
    Un saludo, como de costumbre brillantes sus argumentaciones.

  5. lalectoraprovisoria Dice:

    DiegoR. ¿De donde sacaste que Aira es idolatrado por Sarlo y Kohan? Es cierto que se lo lee en Letras en la UBA (hasta en exceso, si se quiere) pero no parece que eso suceda en otras partes).

    Q

  6. Bigote Dice:

    Bueno, un tipo que incluye a Borges entre los escritores que “usan 200 palabras para decir lo que se puede en 50″ es alguien que nunca leyó a Borges. Ni merecía la pena comentar a ese palurdo.

    Buen párrafo el de Benet, estás a punto de convencerme.

  7. ignacio Dice:

    no leí ni a Faulkner, ni a benet, ni a Borges, pero a Aira si.

    palurdo, que buena palabra para meter en algun bocadillo de conversacion.

  8. Bigote Dice:

    Sí, “palurdo” está bien. Eso sí, sugiero por experiencia propia no escribir en comentarios de este blog el término “esquicio” porque Quintín lo saca carpiendo (a que no te acordás, Q).

  9. tilyburgos Dice:

    Aira es repetitivo, obseso, academico, ademas de no ser interesante y no se lee fuera de la universidad por que ni siquiera tiene un nombre de pila atractivo.

    Lo de Askildsen es entretenido y sintetico, sigue la linea del enorme Knut Hamsun y como éste tambien tiene un nombre de pila atractivo.

    Serániebla es un buen apellido.

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