Diario de una fotógrafa del mundial

por Flavia de la Fuente

Domingo, 13 hs. Q se levantó a las 8 o antes. Estos días se despierta muy contento y excitado para ver el maldito mundial. Yo le pedí que me despertara a las 9.30. Me dijo que no podía, que me iba a poner el despertador. Me desperté ni bien sonó la alarma pero me quedé remoloneando un poco. Al rato, cuando estaba logrando salir de la cama, vino Q y me avisó que se iba a comprar medialunas y pan fresco porque mañana es lunes y, como ya saben, cierran todas las panaderías en San Clemente. Como ven, el mío es un marido ejemplar. Mientras esperaba que volviera Q con las facturas, puse el agua a hervir y me dediqué a sacar las cenizas y avivar el fuego del hogar. ¿Se prenderá con las miserables brasas que quedaron de la noche o tendré que luchar un rato largo para encenderlo de nuevo? Ese es mi dilema de cada mañana, con o sin maldito mundial.

No sé si alguien se habrá preguntado por las fotos que ilustran las notas de Q del mundial. Son todas parecidas, pero eso fue lo acordado con Q. Cuando le pregunté con qué le gustaría ilustrar sus posts me dijo que por qué no sacaba una foto del mar, desde la misma posición, durante el transcurso de cada partido. Se ve que el hombre sabe que necesito tomar aire. A mí me pareció una buena idea. El día antes del mundial fuimos juntos a la playa y elegimos cuidadosamente el lugar del crimen. Debería sacar las 60 fotos desde un punto fijo, que resulta de la intersección de una línea imaginaria paralela al mar, unos diez metros más allá de la escalera del muelle, y otra perpendicular al agua, que pasa por el balneario El delfín. Más fácil imposible. Es la bajada de casa al mar. Ni bien desciendo la escalera del muelle, camino unos pasos hacia adelante, luego otros hacia el Sur y allí estoy, en el lugar elegido. Pero en ese momento no pensamos en todo. Yo no me di cuenta de que debía elegir dónde pondría el horizonte para que el juego fuera más interesante. A la tercera foto, me decidí por el horizonte al medio y que saliera lo que saliera. Lo que tampoco había tenido en cuenta eran las mareas ni los posibles temporales. Ayer, sin ir más lejos tuve que sacar las fotos bajo la lluvia. Me daba una fiaca tremenda, pero  pensé que era una vergüenza no cumplir con mi promesa. Así que me calcé mis botas de goma, me puse una campera impermeable  y fui a cumplir mi misión sintiéndome una fotógrafa de guerra. Y estuvo bueno. Soplaba viento del este y la lluvia me mojaba la cara. Para colmo, el mar estaba crecido y me tuve que meter con las botas en el agua. Fue divertido. La experiencia fotográfica me despabiló. Pero, para la foto de la tarde, como llovía aun más, salí munida de un coqueto paraguas blanco. Para mañana se espera un temporal. Y quizás haya truenos o lluvia con vientos huracanados. Pero allí estaré. La vida por las fotos mundialistas de Q.

La verdad es que la idea de las fotos resultó muy buena. No lo digo por la calidad de la producción fotográfica en sí, sino por mi calidad de vida. La misión suicida me obliga a salir de casa e ir a la playa tres veces por día, con sol, nubes, viento o marea. Y eso está bueno. Así que decidí aprovechar el mundial para entrenarme como caminante. Si cada vez que salgo a sacar las fotos aprovecho y camino al menos 5 kilómetros, voy a terminar el mes bien entrenada. Y tendré dulces sueños y no me importarán las vuvuzelas sudafricanas, ni el ruido del fútbol ni nada de nada. Si camino 15 kilómetros por día en la arena, la vida será muy fácil. Todo transcurrirá apaciblemente, sin ningún problema, sin asperezas, con esa liviandad de espíritu que deja el deporte. Eso sí, hay que reconocer que mi rutina se parecerá mucho a la de un animal: caminar, comer, dormir. Pero bueno, ¿qué importa? A mí, el embrutecimiento del deporte me encanta. ¿A quién le importa embrutecerse aún más? A mí no. A Q sí. Esa es nuestra eterna pelea. El detesta estar cansado por mi manía deportiva. Prefiere estar despabilado para poder leer y escribir mucho. Yo no. Si logro nadar o caminar todo el día ya está todo bien. Es como vivir drogado sin drogas. La armonía lo inunda todo. Q me puede pedir cafés a cada rato, no hablarme en todo el día y nada me afecta. Tengo endorfinas de sobra. ¿Alguien necesita una dosis por allá? Y si leo, leo. Y si escribo, escribo. Y si no hago nada, no hago nada. ¿A quién le importa?

Hoy mientras caminaba con Solita por la playa desierta pensaba en los caminantes célebres que conocía. Como tenía un poco de frío, me acordé de Kant y de su consejo de respirar siempre por la nariz para no enfermarse. Y también pensé en Schopenhauer que, entre sus reglas para la vida feliz, aconseja que uno debe hacer ejercicio al aire libre al menos dos horas diarias. Y también me acordé de los grandes caminantes que fueron Thoreau y Robert Walser. Y Nietzsche. Y Gandhi. Y Daney. No sé, al parecer todo el mundo camina mucho, o caminaba mucho. Aunque últimamente no escucho hablar de grandes caminantes.

15.30 hs. Se me fueron todas las endorfinas. No me quedó ni una sola. Lo siento. Lo siento sobre todo por mí, porque ahora no sé qué corno estaba escribiendo ni para qué. Las obligaciones domésticas aniquilan todo. Son las mayores enemigas de las endorfinas que tanto trabajamos por conseguir. Lo que pasó fue lo de siempre. Tuve que interrumpir la escritura de mi diario para corregir la nota de Q del partido del mediodía y también ponerle la foto del mar correspondiente. Parece poco, pero, de hecho, dejé de hacer lo que estaba haciendo. Y no es que no quiera o me fastidie hacerlo, lo hago con todo mi amor. Pero el resultado es que me disperso. Leo las notas de Q dos veces para tratar de no dejar erratas (y, para colmo, siempre quedan algunas). Más tarde, paso las correcciones que me envía por e-mail la buena de Gabi, que también se toma el trabajo de corregir las notas de Q. Como ven, esta producción del mundial exige un trabajo en equipo. Somos una mini redacción con redactores, fotógrafos y correctores. Pero volvamos al día de hoy. Una vez terminados los deberes editoriales, llegó la hora del almuerzo que, pese a que fue muy improvisado, llevó su tiempo. Q se hizo una ensalada de tomate y sardinas. El quería comer una ensalada de sardinas y cebolla, pero no había cebollas en la Sede Central. Así que le sugerí que le pusiera ajo y tomates. Y el ajo le cayó mal. Y ahora se queja todo el tiempo. Cada vez que baja de su guarida, me dice que el ajo le cayó mal. Hoy fue un almuerzo raro. Cada uno comió un plato distinto (yo, una porción de pizza vieja recalentada en el microondas) y ni nos hablamos durante todo el almuerzo porque cada uno estaba en su mundo privado. Q hace una dieta mundialista porque pasa todo el día sentado en la oscuridad mirando los partidos y escribiendo. Mas no vayan a creer que siempre se contenta con una ensalada. En realidad, ni siquiera hoy se contentó con las dietéticas sardinas. También se comió una tirita de asado que había quedado por ahí del asado de Panox del martes pasado. Después de levantar la mesa, Q se puso a leer los diarios. En la cocina, había platos y tazas por todos lados porque yo no había juntado nada desde la mañana temprano. Pero, gracias al nuevo Candy, en dos minutos resolví el problema. Y ahora tengo una fiaca enorme. Y ya se me hace la hora de ir a sacar la última foto del día. Y de caminar, aunque tengo que confesar que me duele todo el cuerpo porque hoy se me fue la mano con la velocidad. Caminé una hora y media muy rápido y estoy un poco contracturada. Soli duerme profundamente a mis pies. Cada tanto se estira y emite sonidos extraños. Me da envidia su placidez. Cuando caminamos mucho Solita duerme toda la tarde. Ella también se cansa. Y eso que es joven.

Pero volvamos a la caminata. El día de hoy era casi en blanco y negro. No llovía, pero estaba a punto de largarse. No había un alma en la playa. Yo no estaba muy bien, me sentía cansada, pesada, no tenía ganas de moverme, pero poco a poco me fui entusiasmando y aumentando la velocidad de la marcha. Mi plan de mínima era ir hasta el Balneario Norte, una caminata de 3 kilómetros. Pero estaba tan lindo que seguí de largo. Era una mañana maravillosa. No había viento, no había gente, no había vuvuzelas. Sólo arena, gaviotas, agua, nubes, Solita y yo. Hubiera seguido así hasta cansarme, hasta caer rendida en la arena. Pero nunca me animo a esas experiencias extremas. Soy una pusilánime. Siempre pienso que en algún momento hay que volver, y nunca logro olvidarme de que en esa zona no hay caminos ni gente a la vista para que me socorran.

Mientras caminaba, pensé mucho en la lectora que había desechado a Bernhard con ligereza. No sabe lo que se pierde siendo tan apresurada. No hay muchos Bernhards en este mundo. En realidad, confieso que odié profundamente a esa lectora. Que la desprecié. Es más, mientras caminaba tenía ganas de contestarle con un comment a la Q. Quería decirle que si no le ve nada a Bernhard, que se compre anteojos, o que no lea y se deje de joder. Que no puede ser que no le guste Bernhard. Que es una bestia. Caminaba rápido y pensaba en el comment que le iba a escribir descargando mi ira. Después decidí no hacerlo. La gente tiene derecho a tener su gusto, me repetía una y otra vez haciéndome la ecuánime. Y al rato me encontraba, de nuevo, pensando con la misma violencia: “¡Que se mate si no le gusta Bernhard!”.

Algo está muy mal en el mundo si el primer comment de la nota sobre Mis premios de Bernhard es para burlarse de lo mal que escribe el austríaco. Cambiando de tema, si es que lo logro, estoy leyendo Aventuras y desventuras del Príncipe Otto de R. L. Stevenson. Es una delicia. Ayer leí la mitad de un tirón y hoy, después de la foto de dentro de un rato, lo termino. La escribió entre La isla del tesoro y Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Yo soy fanática de Stevenson y de Bernhard. El libro de Stevenson viene con un prólogo de Fernando Savater. Está bueno el texto. Aunque, de pronto, se manda un exabrupto tremendo e inatingente: “A pesar de que el lector disfruta siempre con la gracia y ligereza de la escritura de Robert Louis Stevenson, el autor componía con esfuerzo y hasta con cierto sufrimiento. Como todo creador auténtico y generoso, se reservaba lo difícil para él y gratificaba con lo delicioso al público (en literatura, los abundantes pelmazos —a menudo muy considerados por la crítica— suelen hacer lo contrario).” ¿Con quién se pelea Savater? ¿No parece la pelea de un dinosaurio? ¿Como la discusión sobre la transparencia en el cine? En fin, dejemos a Savater y sus rencores. Hoy seguiré con las aventuras y desventuras de Otto.

Miren qué mañana neblinosa. Arriba, Solita intentando cazar alguna gaviota o meditando. Abajo, el muelle en la bruma, visto desde el Sur.

Dos turistas sacándose fotos. Me pareció una imagen bella y canónica. No me ofrecí a sacarles una foto juntos porque iba apurada para sacar la foto del mundial, con un rayo de sol sobre el mar. Pero, aunque aceleré aún más mi paso, llegué tarde y la foto salió muy oscura.

Son las 16.47. Debería ir a sacar la última foto del día. Aunque, en realidad, estoy esperando a que se haga más tarde, para ver cómo salen las fotos casi cuando se pone el sol. Aunque quizás no sea una buena idea porque está muy nublado. Mejor voy ahora mismo porque se puede largar a llover. Voy hasta la playa y vuelvo con mi cosecha de la tarde.

17.31. Acá estoy de nuevo. Acabo de volver de mi último paseo/misión fotográfica. Ya me saqué la campera, los guantes y el gorro. Tomé dos vasos de agua y me senté en mi escritorio para mostrarles la última foto del día. La playa estaba apacible, pero mi cuerpo sigue estropeado, así que caminé apenas dos kilómetros. La marea había bajado. Y salió bien oscura, casi no se ve nada. Habiendo terminado mi misión de fotógrafa, editora y mundialista consorte, me retiro al sofá junto al fuego, a terminar con la lectura de las Aventuras y desventuras del Príncipe Otto. Hasta la próxima.

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8 comentarios para “Diario de una fotógrafa del mundial”

  1. janfiloso Dice:

    Che, truenos no sé, pero si hay rayos, tratá de no salir con un paraguas, porque te convertís en un perfecto pararayos en un lugar tan plano como una playa.

  2. alejobostero Dice:

    Estos son grandes meses para caminar por Buenos Aires. La semana pasada me vine a pata desde el DOT (Gral Paz y Plaza) hasta Mosconi y Cuenca y es muy gratificante recuperar la experiencia del recorrido, ya que desde que tengo el auto (2 años) he dejado de prestar atención a los detalles circundantes al camino.

  3. Pablin Dice:

    Linda crónica, muy linda. Y me debo Bernhard! Y decile a Q que haga las fotos un día mientras vos ves un partido y haces una crónica del mismo. Roles cambiados para sacarlo del pozo negro que lo va a devorar!!

  4. abrunhosa Dice:

    Hablando de Stevenson y grandes caminantes:

    http://ebooks.adelaide.edu.au/s/stevenson/robert_louis/s848vi/chapter10.html

  5. estrella Dice:

    Epero crónicas como estas todos los días, ¿es mucho pedir? Qué gusto me hubira dado hoy caminar por esas playas. Acá también sigue la lluvia y los cielos encapotados, pero no tenemos el encanto del mar ni la ruta libre para caminar hasta decir basta.
    Y Bernhard es así, se lo ama o se lo odia. Yo lo dosifico, si llego a leer sus relatos autobiográficos de un saque, quedo como si hubiera corrido una maratón.

  6. lalectoraprovisoria Dice:

    Estrella, tenés que leer Mis premios. Es delicioso, realmente. Hay un Bernhard bon vivant que disfruta de la buena comida, de los autos de lujo, de los hoteles como el Ritz de Madrid. Y, además, putea contra todo, como siempre. Los discursos que da en las ceremonias de entrega de premio son increíbles.

    Pablín, creo que Mis premios es bueno para comenzar con Bernhard. Es una lectura agradable y corta. Después podés seguir, por ejemplo, con Maestros Antiguos, El tala o El sobrino de Wittgenstein, que es muy cortito.

    Janfi, gracias por el consejo práctico. Te juro que no había pensado en que con un paraguas era un pararrayos humano.

    Saludos y buen día de lluvia para todos!

    F

  7. janfiloso Dice:

    Hay un efecto doble de pararrayos mas altura. Aún una mujer que no mide 1,80 como vos, se convierte en el objeto/sujeto mas alto en una playa desierta, y los objetos/sujetos mas altos son los preferidos de los rayos, aún, insisto, los que no miden 1,80 mts.

  8. norma Dice:

    El agua es un centro de atraccion para los rayos. Pese a lo que dicen los bañeros,no hay que entrar al mar cuando llueve.
    Como siempre ,muy buenas las fotos . El relato muy fresco .
    Gracias janfiloso.
    Falta menos para que termine el mundial . Cuando se van eliminando los equipos ,los partidos disminuyen.
    Ahora voy a leer que paso con el Candy.

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