Sopa de letras (2)

Benet y Baroja

por Quintín

Antes de acometer el segundo mamotreto de Benet, encontré en la pila de sus obras Otoño en Madrid hacia 1950, un libro de memorias que tiene cuatro partes, cada una dedicado a un personaje. El primero, Barojiana, habla de Pío Baroja, autor al que también me propuse leer aunque en este caso el proyecto se complica porque Baroja escribió más de cien libros de los que tengo apenas una veintena. No sé bien cómo se me dio por leer a Baroja, acaso por mera curiosidad sobre un autor tan prolífico, del que había libros en la casa de mis padres y los sigue habiendo en las librerías de viejo, tanto que un librero español me contó que en Buenos Aires había encontrado algunos ejemplares inhallables en su país. Hace un tiempo leí La vida es ansí, que me interesó mucho e incluso escribí algo en Perfil sobre Baroja, pero no tengo la menor idea de qué fue y no encuentro el artículo.

Al hojear ese primer capítulo descubro que está subrayado, o sea que ya lo había leído, lo que me dejó bastante perplejo porque no lo recordaba en absoluto. No fue la primera vez que me pasó, cada vez me acuerdo menos de mis lecturas. Pero hay algo peor. En la página 24 encuentro una anotación en el margen superior, o mejor dicho dos anotaciones de mi puño y letra. Es frecuente que subraye los libros, pero muy raramente escribo algo en los márgenes. La primera inscripción dice:

El suspenso de la ignorancia. ¿Quién es Baroja?

Lo que prueba que leí el texto de Benet antes que la novela de Baroja y lo que quise decir es que intriga leer sobre un tema del que uno no sabe absolutamente nada. Cuando uno lee sobre un tema por primera vez, cada párrafo va aportando una información esencial y trazando una silueta, en este caso de un personaje, que después quedará fija y será difícil de modificar, aun cuando uno se olvide de lo que leyó y todo quede grabado en un lugar recóndito de la memoria.

Aun más misteriosa es la segunda inscripción. Dice así:

Segunda lectura (¿después de leer a PB?): ya sé quién es Baroja.

Esta vez me resulta muy difícil entender lo que quise decir y, sin duda, no fue que ya lo sabía todo sobre el escritor. En principio, parece que leí el texto de Benet no una sino dos veces, una revelación que debe ser muy similar a la que experimentan quienes se dan cuenta por primera vez de que sufren de Alzheimer. Pero me parece que lo que advertí en esa lectura fue que después de leer a Benet, yo ya sabría para siempre quién era Baroja aun sin haberlo leído y, probablemente también, sin acordarme de haber leído lo que dice Benet de él. Y que, en todo caso, el suspenso asociado a la ignorancia habría desaparecido, y con él parte del encanto o del interés por Barojiana.

Pero no es así, como pude comprobar en la tercera lectura que acabo de terminar, influida sin duda por el contacto reciente con la obra de Benet (de Baroja no leí más nada desde entonces). Ahora, Barojiana me pareció un ensayo extraordinario, no solo por el vívido retrato de Baroja y su tertulia en 1950, sino porque me di cuenta de que ilumina la idea de la literatura que me lleva a leer a Benet (y, desde luego, a Baroja), aunque se trata de dos escritores muy distintos, según la descripción que hace Benet de la escritura de Baroja:

Se trata por consiguiente de una poda total: a la épica la despoja de todo heroísmo, al héroe de toda grandeza, al discurso de todo énfasis y todo brillo, a la prosa de toda figura compleja, a la dicción de toda ambigüedad y el párrafo queda reducido a la oración simple, el sustantivo no es acompañado más que por el adjetivo más discreto. El resultado —llevado adelante año tras año sin un concesión al estilo “artístico” y a los ideales de la épica— es que Baroja se convierte en uno de los pocos narradores castellanos, y el primero en mucho tiempo, tal vez en siglos, que consigue exactamente lo que se propone. Por lo mismo, para un apetito que busque algo completamente distinto de lo que él persiguió, su novela no satisfará nunca y ni siquiera encontrará en sus ciento y pico títulos uno solo completamente convincente, porque al no dejar resquicios al afán artístico no resultará nunca sugerente; sus cuentas están muy claras y nadie puede llevarse a engaño. Su fortaleza reside en una cierta humildad: el novelista despreocupado de la creación literaria (y decirlo así sin duda supone una intromisión en los asuntos más íntimos de la personalidad artística) adopta una actitud un tanto intemporal, desentendida de la evolución del arte en su tiempo y —se diría— dictada más por su criterio como consumidor que como creador.”

Benet cuenta que Baroja decía en 1950 que la novela había muerto. En realidad, quería decir que nadie podría superar en adelante a los que consideraba sus maestros, los gigantes del siglo XIX como Dickens, Dostoievsky, Stevenson o Stendhal y que lo suyo era un trabajo de segunda línea, “la prolongación del gusto adolescente por la novela de pasiones y aventura”.

Pero me parece que en este punto hay que ser muy fino y, sobre todo, no caer en la tentación de reducir esa humildad con una literatura anquilosada y menor del siglo XIX. Benet se da cuenta de que esa actitud de Baroja de conformarse con una segunda fila porque la primera estaba ocupada permitió que Baroja fuera “el mejor altavoz de toda la ridiculez de cierta retórica castellana, sobre todo la de sus contemporáneos; el más riguroso patrón con el que medir las ínfulas de la épica moderna, el Fiel Contraste de la novela española del siglo XX y tal vez también el tronco del que tendrán que partir las ramas de la narrativa que él mismo podó”.

Hay más. Benet señala que Baroja ignoró todos los movimientos literarios que atravesaron sus sesenta años de carrera:

Entre su juventud y su madurez vio pasar el modernismo, el simbolismo, el dadaísmo, el surrealismo, sin que su pluma conociera el más ligero estremecimiento; vio pasar a Proust, a Gide, a Joyce, a Mann, a Kafka, por no decir a Breton, a Céline, a Foster, a todos los americanos de entreguerras, la generación perdida, la literatura de la revolución sin levantar la cabeza a su paso, obediente del retrato que de él hiciera Vázquez Díaz, escribiendo junto a una ventana. No sólo no mudó la actitud y el talante literarios que tan unidos estaban a su forma de ser, el cuerpo de sus opiniones; no mudó nada (…) Y así permaneció impertérrito y supo guardar una cierta flema no sólo ante las modas y corrientes literarias sino de cara a las numerosas e intensas convulsiones que se produjeron en sus cincuenta o sesenta años de vida más activa; ya estaba formado cuando se pusieron en circulación las ideas de Marx y Freud que sólo habrían de levantar su desdén. Y convertido en un cuerpo inmunizado, ni siquiera le afectarían hondamente la guerra del 14, la revolución bolchevique, el caos de la posguerra o la aparición de dictaduras y fascismos. De alguna manera se había intemporalizado.

En esa cena en la casa de Constantino Bértolo que contamos en otra parte, en un momento surgió el nombre de Baroja y alguien dijo que una vez leída una de sus novelas se habían leído todas. Otro señaló la caducidad de su literatura. Evidentemente, yo había leído el texto de Benet (ahora me doy cuenta) y lo había procesado de un modo particular sin darme cuenta, porque se me ocurrió arriesgar que lejos de ser un decimonónico como Galdós, otro escritor prolífico, repetitivo (a quien Baroja odiaba), Baroja bien podría resultar un vanguardista, alguien que desde esa aparente modestia había descubierto una vía para la literatura además de un refugio para sus lectores. Al respecto, cuento una anécdota. En la librería de El Corte Inglés en la Puerta del Sol, preguntando por Baroja una tarde, un empleado me contó que a la mañana trabajaba alguien que era especialista en Baroja, que había leído toda su obra y hasta escrito una tesis sobre él. Volví al otro día, lo busqué y le pregunté si era cierto lo que decía su compañero. Con gran modestia me dijo que no, que no había escrito ninguna tesis, que era un simple aficionado. Me recomendó algunos libros, pero cuando me iba escuché que el hombre hablaba con un grupo de gente de cierta edad y uno de ellos decía “nosotros, los barojianos”. Me di cuenta de que había dado con una sociedad secreta que mantenía un culto y señalaba la vigencia de Baroja.

Pero, volviendo al hipotético carácter vanguardista de Baroja, es cierto que parece lo último que a alguien se le ocurriría decir, pero se me ocurre que lo que me da ganas de leerlo no se diferencia demasiado de lo que me hace colocar a Aira en un lugar completamente distinguido de la literatura actual. Ambos comparten no solo un castellano seco, que “no deja resquicios al afán artístico” y una narrativa despojada de toda retórica sino que me parece que Aira aplaudiría a un escritor que respondiese a esta apreciación que hace Benet:

Lo más difícil de comprender es esa aceptación de las propias limitaciones, la doma de la ambición y la retirada dentro de un ámbito de reducidas dimensiones: pero una vez aceptada esa actitud de renuncia es muy posible que exista un fondo inagotable de recursos —no suministrados por la ambición— con el que alimentar durante sesenta años la creación de una variable y siempre la misma cosa.

Benet señala también otras dos cualidades de Baroja que están en sintonía con algunas ideas de Aira. La primera es que

El nuevo hombre de letras no tendrá más remedio que volverse para mirarle: un tanto apartado del camino, intemporal, petrificado en su carácter retraído y sin embargo permanentemente admonitorio: advirtiendo al joven de los peligros y la caducidad de todo arte y de toda personalidad demasiado brillantes.

La otra cualidad se relaciona con ese tan espléndido aislamiento de la obra de Baroja con respecto a las modas de su tiempo, un aislamiento imprescindible para construir una obra tan segura de sí misma, tan inconmovible. Refugiado en su casa de Madrid durante años, acompañado apenas por los fieles integrantes de su tertulia donde se decía cada día lo mismo sobre lo mismo, convencido de que no sobreviviría al franquismo, Baroja logró lo que Benet denomina la “preterización” de la literatura y es la capacidad de que aun cuando transcurran en el presente, sus historias formen parte del pasado, clave para evitar que la actualidad nos devore bajo el pretexto de que somos hijos de la Historia. Dice Benet:

Y por eso, a pesar de que el de Baroja es un mundo de buenos y malos, de inteligentes y necios, de ricos y pobres, de razón y brutalidad, de indolencia y acción, su novela está carente de ese último grado de tensión y de violencia que sólo le imprime quien de hoz y coz se siente incurso en el combate de la Historia.

Esta mañana, después de escribir el párrafo anterior, me encontré con un artículo publicado en Ñ por Gonzalo Garcés que lleva el explosivo título de “La parálisis de la crítica”, donde se dice lo siguiente:

Barthes escribió que la función de la escritura no es sólo comunicar o expresar sino imponer “un más allá del lenguaje que es al mismo tiempo la Historia y el partido que tomamos en ella”.

Es una de las típicas sentencias de Barthes del período marxista-estructuralista que terminaría abandonando para convertirse en un pensador más interesante. Pero es una frase terrible, que desde su dogmatismo sartreano envía a la literatura al atolladero del que le es casi imposible salir y del que son deudores muchos libros que nos hacen sufrir por culpa de un oportunismo que se ignora. Porque para escribir hay que tomar ese famoso partido que no puede ser otro que el de las ideas dominantes, al menos en los círculos que frecuenta el escritor.

A través de esa caracterización de Benet descubro la razón de cierto disgusto que me provocan muchas novelas contemporáneas, cuyos autores parecen obligarse a decir la última palabra sobre sucesos recientes y encuadrarlos en una mirada que revele su lucidez política. Desde ya, no se me ocurriría nunca leer esas novelas con la última palabra sobre el 11 de septiembre que escriben los anglosajones, pero también me disgustan las novelas argentinas que se empeñan en hablarnos desde el presente y sus batallas aunque transcurran en el pasado. A quién le importa finalmente ese combate que nunca entenderemos del todo, quién quiere esa tensión y esa violencia cuando lo que buscamos —aun sin saberlo— es algo tan parecido a la paz barojiana, algo así como una literatura que no nos cuente lo mismo que los diarios.

Foto: Flavia de la Fuente

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6 comentarios to “Sopa de letras (2)”

  1. Anónimo Says:

    Lunes a Viernes Resero
    Sabado Rojo Trapal
    y el Domingo con Baroja
    A Alentar al Calamar

    Cantico de la Hinchada de Platense a principios de los 80

  2. juan Says:

    bueno el artículo, Quintín, pero finalmente no me quedó muy claro qué tipo de escritor es Pio Baroja, ¿es un escritor de novelas de aventuras o algo similar, al que “los problemas de su época lo tenían sin cuidado?

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Leamos a Baroja y después contestemos la pregunta. Los libros se consiguen. Pero “novelas de aventuras” no es una descripción adecuada, me parece.

    Q

  4. juan Says:

    Encontré este comentario, que habla sobre Baroja, y que tal vez sirva como incentivo para leerlo, o al menos como una introducción a su obra. Espero no le moleste publiclarlo en el blog.
    Entre 1944 y 1948 aparecieron sus Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino, de máximo interés para el estudio de su vida y su obra. Baroja publicó en total más de cien libros. Usando elementos de la tradición de la novela picaresca, Baroja eligió como protagonistas a marginados de la sociedad. Sus novelas están llenas de incidentes y personajes muy bien trazados, y destacan por la fluidez de sus diálogos y las descripciones impresionistas. Maestro del retrato realista, en especial cuando se centra en su País Vasco natal, tiene un estilo abrupto, vívido e impersonal, aunque se ha señalado que la aparente limitación de registros es una consecuencia de su deseo de exactitud y sobriedad. Ha influido mucho en los escritores españoles posteriores a él, como Camilo José Cela o Juan Benet, y en muchos extranjeros entre los que destaca Ernest Hemingway.

    Quintín, respecto a Faulkner, no creo que sea necesario leer todas sus novelas. Creo que lo mejor de él es El sonido y la furia, Luz de agosto, Abasolom Absalom y Santuario, pero es apenas mi opinión y creo que vale la pena leerlo completo.

  5. Teflón Says:

    El tipo que en notas y entrevistas siempre elogia a Benet entre nosotros es Serra Bradford, y hasta lo menciona con Baroja en su ultimo libro -La biblioteca ideal) que no tiene nada que ver ni con Baroja ni con Benet pero es recomendable. Saludos

  6. boudu Says:

    HAy q ver cuando tiene sentido ser un completista y cuando no

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