Ocho horas en Praga

por Oscar Peyrou

En la relativa oscuridad se oye una música confusa, como la misma penumbra que me rodea. Acabo de llegar a Praga y en una dependencia del aeropuerto espero con impaciencia que aparezca mi valija ante una cinta móvil y oval. Me siento ridículo ante estos bultos ajenos que giran lentamente, burlándose de los que aguardan. No tengo que ponerme ansioso porque voy a pasar un mes en esta ciudad fantasmagórica. Afuera debe hacer 6 ó 7 grados bajo cero. ¿Y si mis pertenencias no aparecen? ¿Y si nadie me espera?

Por fin veo una forma y unos colores conocidos. La valija está cada vez más pesada, como si en la patria de Kafka, la fuerza de la gravedad fuera más intensa. Muestro el pasaporte, me dicen algo incomprensible, sonrío.

El ruido de la gente que espera a los viajeros y la luz que entra por unos ventanales me deslumbran. No reconozco a nadie. Estoy solo. Abandonado. Ahora las valijas y los rostros desconocidos que me rodean dan vueltas en mi imaginación. Dan vueltas y vueltas. Siento una mano en el brazo. Son los de la oficina que vienen a buscarme. Los conozco poco, pero casi los abrazo. Sólo yo conozco el motivo de mi excesiva alegría.

En el coche me dan dinero, las señas de un apartamento y unas llaves. El viaje hasta la ciudad es triste. Todo es gris. Hay mucho cielo y pocas casas y las que veo son pobres y parecen construidas apresuradamente. Comienzan a caer unos copos de nieve. Vamos a dejar el equipaje en el departamento y luego iremos a la oficina. Atravesamos calles desiertas. Se ve menos cielo que antes, pero todo sigue gris y un poco sórdido y mojado. El sufrimiento está unido a los edificios, como sucesivas capas de pintura sobre los materiales originales. Cuánto dolor, cuántas muertes, cuántas esperanzas deshechas tras los muros oscuros.

Llegamos, bajamos, subimos. Han dejado algunas provisiones en el frigorífico. Frascos, cajas de cartón y botellas en un único ambiente en el que la cama es el mueble más grande. Adentro hace mucho calor. Desde la ventana, los alrededores de la ciudad están envueltos en una niebla sucia. Imagino que el color lívido de algunas nubes es consecuencia del frío. Vamos a la oficina.

El trayecto, intrincado, parece más largo de lo que realmente es. Cuando llegamos está casi oscuro, aunque sean las cuatro de la tarde. A las siete hay una recepción en la casa del embajador argentino. Los de la oficina me dicen que la residencia se encuentra en las afueras de Praga, sobre unas colinas. Tendré que ir en taxi. Me informan de que todos los conductores estafan a los turistas y sugieren que vaya en dos o tres ómnibus, aunque sea más lento y complicado. Les digo que me anoten la dirección en un papel. Mientras espero que sea la hora me pregunto si la angustia que flota en los relatos de Kafka tiene su origen en algo real, que surge de esta ciudad. Me voy. Saludo como si me fuera a la guerra.

En la parada de taxis hay un auto pequeño, sucio. Paso a su lado. Me detengo. No me atrevo a subir. Me quedo en la esquina. Espero un rato. Vuelvo a pasar. El conductor me mira con curiosidad, primero, con inquietud, después. Imagino que piensa que lo voy a asaltar. Por fin me decido. Abro la puerta y entro. Le muestro el papel y, señalándome la garganta con la mano, lanzo un lamento profundo, ininteligible, melancólico. El hombre me mira, asustado, Yo repito el quejido en un tono más apremiante.

El hombre conduce en silencio. Los minutos transcurren. El viaje parece inacabable. Entramos en una autopista. Yo me imagino preso por no poder pagar el viaje. Estoy cada vez más nervioso. De pronto nos detenemos. Delante, la carretera se bifurca. El hombre gira la cabeza y, señalando las dos posibilidades, me pregunta algo. Con la desesperación de quien ya se cree perdido, lanzo un débil aullido. Aterrorizado, el hombre acelera. Unos instantes después, tras describir una elegante curva, nos detenemos ante la casa del embajador. Me cobra una cantidad ridículamente baja.

Hay mucha gente. Me presentan a algunas personas. Les cuento que como no sé el idioma, me hice el mudo. Mi anécdota, de la que me siento orgulloso, tiene menos éxito del esperado. Tal vez mis interlocutores sean checos. El único que ríe es el agregado comercial. Me cuenta algunos chistes. Agradecido, yo también me río. Me invita a una fiesta de disfraces que esa noche van a celebrar algunos amigos de él. Me dice que me puede prestar ropas adecuadas.

El embajador simula escuchar a todos. Camina entre los grupos, está en todas partes y en ninguna. Me cuenta que esa casa era antiguamente propiedad del tío del actual presidente de Checoslovaquia. El hombre, dueño de una productora de cine, era colaboracionista y allí se celebraban grandes orgías en las que participaban las autoridades nazis y las estrellas de la época. Un cuadro que representa a Nápoles de noche domina la gran sala. Debajo de la luna —un pequeño círculo blanco sucio pegado sobre la tela— hay un agujero que permite espiar desde otra habitación.

Sentado en un ángulo pienso en lo que ocurrió en este lugar. Sombras, imágenes, ecos y cenizas. Nada parece perverso ahora. Si de pronto todos permanecieran en silencio, tal vez podría oír risas y gritos. Las mujeres y los hombres caminan con despreocupación sobre las maderas oscuras que pisaron tantos muertos.

Los fantasmas se mezclan con los invitados. Un largo y lento torbellino de brillantes botas negras y de opacos vestidos de seda de colores pálidos se mueve sinuosamente entre la gente, se detiene perdiendo sus márgenes, flota un instante a la deriva y, finalmente, se eleva como el humo y desaparece.

El entusiasmo de los invitados decae en relación directa a la cantidad de bandejas ofrecidas por los camareros. Ahora sólo se oye un murmullo lánguido. El agregado comercial me hace una señal y nos vamos. Tiene la costumbre de dejar la radio de su auto siempre encendida, incluso por la noche, cuando está en el garage de su casa. Para entrar en la ciudad atravesamos un puente desde el que se ve otro puente bordeado de estatuas y arriba, iluminado, el castillo. El mismo castillo que veía Kafka. En el camino, aparecen cúpulas, torres agudas —algunas oscuras—, contra el cielo. Nos detenemos un momento porque me quiere mostrar la inquietante catedral de Tyn.

El frío es más intenso. Llegamos a su casa. Vive fuera del centro, en un chalet. Me sugiere que me disfrace de militar. Me da un uniforme verde oliva, un fusil y una bayoneta. Me cambio. La ropa me queda un poco estrecha. Por fin aparece, semidesnudo. Se ha puesto un traje de baño, unas patas de rana, un tubo de oxígeno a la espalda y una máscara. En la mano lleva un arpón.

Tal como está, sin cubrirse, camina torpemente hasta el coche. Ahora pueden hacer 15 ó 20 grados bajo cero. Tiene dificultades para quitarse las patas de rana. Nuevamente nos internamos en la ciudad. En varias ocasiones y desde diferentes ángulos y distancias, veo el castillo que sobre una elevación protege o amenaza a la ciudad.

No encuentra la casa de sus amigos. Nos detenemos en una esquina céntrica. Enciende la luz interior para consultar un plano. En el asiento trasero, la punta del arpón brilla suavemente. Son las once de la noche. Hace sólo ocho horas que llegué a Praga. La gente nos mira con curiosidad. Ven a un militar armado al lado de un hombre casi desnudo con una máscara para bucear sobre la frente dentro de un auto con chapas diplomáticas. Cada vez hay más curiosos alrededor. Una anciana sin dientes hace un gesto incomprensible y sonríe..

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2 comentarios para “Ocho horas en Praga”

  1. equidna Dice:

    ¡Bravo! Se agradece la publicación de este tenebroso relato

  2. Montañés Dice:

    Pura gracia y elegancia, como de costumbre.

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