Ceniza en el garaje

por Oscar Peyrou

Cuando mi hermana me llamó desde Buenos Aires para decirme que habían incinerado los restos de mi madre, sentí más angustia de la que hubiese supuesto. A mi padre, que había muerto cinco años antes, lo habían colocado en un ataúd y llevado al panteón de su familia. Es curioso el efecto del tiempo. Ahora, a veces pienso que él no murió o que nunca llegó a existir.

Tal vez una de las cosas que más me impresionó fue la idea de que de pronto ella se hubiera convertido en polvo, de que hubiese desaparecido casi del todo. Era como morir dos veces, y como si la segunda fuera más real que la primera.

Mi padre –sus nítidas manos con olor a tabaco– es ahora huesos y algo que no puedo ni imaginar, pero en cierto sentido continúa vivo, corrompiéndose lentamente a lo largo de los años; mi madre, en cambio, es solo una misteriosa y liviana ceniza.

Cuando él murió había dos posibilidades: llevarlo al panteón de su familia en San Isidro –en las afueras de Buenos Aires– o al de la familia de mi madre, en la ciudad. La segunda opción era más cómoda para ella, ya que podía llevarle flores o estar cerca de sus restos. Mi hermano eligió la primera.

Como ella vivía en Argentina y yo en España, la veía poco. Pero algunos días pensaba mucho y la recordaba en un momento a lo largo de los años, como una breve película en la que tuviera muchas caras y apariencias. Su altura fue disminuyendo pero su voz permaneció siempre igual.

Mi hermana me dijo que tenía la urna en su casa y que unos días después la llevaría a San Isidro, para depositarla junto a mi padre. Así se podía resolver también el problema de los dos cementerios. Desde que él murió mi madre no había podido visitar su tumba. La lejanía y sus problemas para moverse y respirar se lo impedían. Ahora podrían estar juntos.

No sé cómo es la urna, ni de qué color es exactamente esa ceniza. ¿Puede haber algo en el suave polvo que me permita identificarla? Me pregunto si todas las cenizas son iguales. Me veo hundiendo las manos en ellas y buscando con creciente desesperación algo que no encuentro. También me gustaría saber si mi hermana la abrió para mirar.

Después pensé que, debido a sus diferentes estados –restos y huesos, uno; polvo, la otra– iba a ser difícil la comunicación entre los dos.

Imaginé a mi hermana colocando la urna cerca del ataúd de mi padre, incluso rozándolo con ella un instante, como una especie de saludo después de esos años de separación o de caricia o beso, y llorando un rato. Luego se iba.

Poco a poco, la luz del día se apaga. La escena tiene que ocurrir en el trágico silencio de la noche. Mi padre –ahora misterioso e indescriptible– murmura el nombre de mi madre. Ella no puede responder. Ya no tiene boca. No queda nada de sus manos, ni de sus oídos, ni de sus huesos, ni de sus arrugas, ni de sus ojos.

Y lo que es curioso es que yo sigo oyendo nítidamente su voz.

Me llamó por teléfono dos semanas antes de morir para despedirse, aunque en ese momento, como suele suceder, no lo supe.

Dos meses antes yo había ido a visitarla. Sabíamos que no iba a haber otra vez. Nos quedábamos en silencio largos ratos. Compré una silla de ruedas y la llevé a pasear algunas veces. Como me había ocurrido también cuando mi padre estaba enfermo, me angustiaba no saber cómo aprovechar el poco tiempo que teníamos. Fue triste cuando me fui. Era la última vez que me veía. Su pelo era suave mientras lloraba. Parecía muy pequeña pero no creo que estuviera asustada.

Hace poco viajé a Buenos Aires y la urna sigue en el garaje de la casa de mi hermana. A medida que pasa el tiempo, es cada vez más difícil tomar una decisión. Hasta he perdido la curiosidad por ver el aspecto del recipiente o lo que hay dentro. A veces, para evitar una tristeza o una emoción, se impone la comodidad y el olvido. Los trámites para depositar la urna en el cementerio deben ser lentos e incómodos. El garaje, en cambio, es grande y la urna se pierde entre tantas cosas viejas e inútiles guardadas allí.

También puede ocurrir que ahora mi hermana prefiera tener esos restos cerca de ella –aunque no me lo dijo– y que le guste imaginar que cuando tenga un momento libre los llevará junto a los de mi padre. En cuanto a mi hermano, todavía no sé lo que piensa. De todas maneras, aunque nos pusieran a todos juntos en el mismo ataúd –o en la misma urna–, nunca dejaríamos de estar solos.

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5 comentarios para “Ceniza en el garaje”

  1. Hannibal Dice:

    Aquí en este relato se exhibe la idea de la creencia en el más allá; en que cuando morimos, iremos a parar a algún lado, nuestra eventual alma, claro.
    Pero para los que no creen en ello, ni en cosas superiores, las cenizas son uan forma de conservar “algo” de aquello de lo que solo quedan recuerdos -buenos o malos, aunque en este último caso ¿quien guarda siquiera las cenizas?-.
    Convengamos que en el entierro en tierra -valga el juego semántico- o la cremación son mucho menos morbosas que el nicho de ataúd o los panteones.
    El olor allí es indescriptible… aún no entiendo como la gente sigue yendo mes tras mes o año tras años a visitar los restos de quien sea., que se encuentran en un cajon pudriéndose al aire, por así decirlo.
    Pero bueno, son creencias a los que algunos se aferran.
    De todos modos, se me hace hasta como masoquista.
    La cremación en sí misma deja un recuerdo olfativo imborrable e indescriptible -además de más una presunción, imagino que falsa, respecto de de quien realmente son las cenizas que se retiran- pero este suele ir deshaciéndose con el tiempo.
    Fernando Peña -el que murió, el actor- manoseaba las cenizas de su madre públicamente.
    Nunca entenderé el por qué.
    Más allá de cualquier opinión o conjetura al respecto, este es un relato duro, nostálgico e implacable.
    Muy bueno, por cierto.
    Felicitaciones.

  2. Nano1975 Dice:

    Muy buena entrada, gracias.

  3. janfiloso Dice:

    Bien Oscar !!

  4. saneduardoclon Dice:

    Comparto tus tribulaciones, Oscar.

    Lo conjetural acerca del destino de los seres queridos una vez fallecidos es de una profundidad, que nos acerca a la idea del misterio del mas allá, y los avatares que pasan los deudos en dichas circunstancias.

    Desgraciadamente, siempre hay comments como el de Hannnibal; que describe la mejor profilaxis a emplear en el caso de hedores y a su vez, exhibiendo sarcasmo solapado sobre los que atinan a pensar sobre el destino por ejemplo, del Alma.

    Tienen tan cerrado su esquema de creencias, que denostan desde su autosuficiencia y subliminalmente, al Otro.

    Necesitan revolverse en ello, porque la huella mnémica de su propia muerte (unico acontecimiento que seguro, todos vamos a pasar), no tienen cabida como profunda reflexión dentro de su esquemita ideológico a la que fueron programados. Clausuran ergo, el pensamiento diferente, con acotaciones propias de un amarillismo valorativo fuera de contexto.

    Hannibal, animate a escribir un post sobre el tema. Me parece que es una materia pendiente, que tenes clavada dentro de tu Ser. Seria buenísimo.

    —————————————————–

    Leer tu escrito Oscar, es sobrevolar la Nada y despliega el mismo sus alas, por poseer una visión mas profunda, que no siempre es metafísica y/o religiosa. Por eso, no hablo de lo que no conozco en tu fuero íntimo. Solo respeto tus interrogantes y desde mi agnosticísmo.

    Simplemente el solo hecho de compartir literariamente con nosotros este post, eleva tu espiritu . Denota afecto a compartir y necesidad de trascender el recuerdo, con las palabras.

    Creo, que va mas allá este excelente escrito; de los rituales, del destino en tierra o de tener o no las cenizas en urna.
    Utiliza los mismos magistralmente, para entender el verdadero significante, para nada duro en la narración. Fluye naturalmente, desde el entretejido familar y personal.

    Por último:
    Me emocionó tu descenso en la espiral del misterio, cuando decís: ” Me pregunto, si todas las cenizas son iguales”

  5. Mickey Dice:

    Yo, leyendo esto hace un par de días, repasé mi propio derrotero con la urna.
    Todo en un plano más vivencial, pues no tengo creencia religiosa.

    En cierto modo, para mi hermana y para mí, fue el final de un período de descubrimiento de nuestros límites a la relación con nuestro padre, que venía desbordada.

    Todo se inició en el momento mismo que nos enteramos que su salud de hierro se quebró irreparablemente. En un momento los 20 años menos que mostraba ese cuerpo, se desvanecieron.

    En ese final de capítulo, cuando paseaba con la urna, buscando un lugar digno. Pero que aun así, mantenga la prudente distancia que habíamos tomado, se empezó a desgastar la furia.
    Los dos, de distinto modo, fuimos digiriendo.

    El problema era cerrar.
    Simple y sencillo: qué carajo hacer con las benditas cenizas?

    La opción de juntarlo con mamá (quizá un deseo de él) nos pareció inapropiada. No daba interrumpir el descanso de esa pobre santa.
    Se lo ofrecimos a su última mujer, pero como también había sufrido en los últimos tiempos, nos cortó la cara.
    Mi hermana tuvo una idea loca. Hablar con nuestros primos, y ponerlo con su hermano mayor (el único con el que no se había peleado). Pensé que nos echaban a patadas, pero no. Aceptaron.

    Arreglé con el cuidador a las 11 de la mañana de un extraordinario día de Mayo.
    Mi primo Tito y yo, con la urnita rumbo a la tumba de mi tío nos soprendimos recordando. La infancia, la casa de nuestra abuela, las locuras de la familia, los almuerzos del Domingo, los parientes, los parientes queridos, los amigos de la casa, los juegos.
    Tal vez, el último momento de la vida familiar alrededor de mi abuela y las tías viejas.

    No sé. Quizá un acto reparador originado en mi padre, que durante su vida se las había arreglado para separarnos de nuestra familia.

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