Marta, Irene y Evelyn

Martoccia retrocede

por Quintín

La última parte de Caravana se titula “Sin ir más lejos” y el primer relato de esa serie es “Las réplicas”. Se parece muy poco a los anteriores, no solo porque transcurre en algún lugar de la Argentina —un lugar en el que hay un busto de Urquiza en la plaza— sino por la aparición de una dimensión costumbrista-fantástica, que uno podría clasificar como cortazariana tardía. Supongo que Martoccia no reconoce esa filiación y prefiere que lo suyo se identifique como silvinaocampesco (una de sus referencias) o tal vez felisbertohernandiano. En el cuento hay dos hermanas cuarentonas y solteras que viven solas en la casa que fuera de sus padres. Un día, Marta e Irene deciden que necesitan espacio y renovación. Se deshacen de los viejos muebles y de todo lo que les molesta hasta dejar la casa prácticamente vacía. Incluso (en un detalle de truculencia muy poco convincente) piensan también en liquidar a la gata.

No estamos más en el territorio de los cuentos anteriores. Uno estaría dispuesto a declarar que si hay un concepto llamado “literatura” que abarca ambos modos de escritura, es porque hay un error en alguna parte. Hay, sin embargo, algún punto de contacto entre ambos estilos. En “Las réplicas” reaparece el eterno tema de la extranjeridad. Por un lado, los muebles eliminados venían de Italia y luego aparecerá una familia alemana cuya hija estudia castellano con las hermanas. Por otro lado, Martoccia anota:

Cuando terminaran de tirar los muebles, pensó Marta con un entusiasmo casi infantil, serían un poco extranjeras.

Pero este arranque japonés viene de la mano con una idea extraña: que no es bueno que se sepa lo que han hecho. Ambas temen que la gente las considere demasiado originales, como les había ocurrido a unos primos de Tandil que a la muerte de los padres se dedicaron a vestirse y proceder como ellos. Esta sospecha se traslada fácilmente a la pregunta por la situación análoga en literatura: es posible que Martoccia no quiera ser demasiado original o, por lo menos, no convenga que se sepa que lo es.

En la última parte del cuento al costado fantástico se le agrega una dimensión alegórica cuando Evelyn, la nena alemana que educan Marta e Irene, aprende el castellano de un modo curioso: aunque su pronunciación es perfecta, se limita a responder con lugares comunes. Las réplicas de Evelyn son siempre del tipo “Vaya uno a saber”, “Qué importancia tiene”, “El mundo siempre fue igual”. Sobre el final, para gran tristeza de las hermanas, la nena se despide porque sus padres deben partir para Lima. El cuento termina de este modo:

Para hacerse fuertes Irene recordaba las frases de Evelyn y ella y su hermana se contestaban las preguntas cotidianas con las palabras de la nena. A veces parecía difícil mantener el sentido y se quedaban mirando por la ventana, en dirección a donde habían calculado que quedaba Lima. En los últimos años, ambas tuvieron la certeza de que habían lanzado al mundo una réplica. De algún modo, ese fue el consuelo.

Es cierto que reaparece aquí el tema de la incomunicación que antes se vestía con la ropa de las diferencias culturales y ahora adquiere un carácter más abstracto, si se quiere más siniestro. Pero no entiendo ese párrafo final. No sé a qué apunta la autora con lo de la réplica al mundo. Cuando casi me había convencido de que Martoccia estaba hablando de cosas que importaban, que por lo menos le importaban a ella, aparece este relato imaginativo y rebuscado que se desliza entre la pequeña crueldad y el exhibicionismo de la tarea cumplida. Una cierta literatura de laboratorio que no consigo procesar. A veces, Martoccia me parece la Lucrecia Martel de la literatura. Supongo —adivino— que Silvina Ocampo está detrás de ambas. ¿Y si leyéramos a Ocampo?

Foto: Flavia de la Fuente

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