Martoccia y Chesterton
por Quintín
Después de leer los dos cuentos siguientes de Caravana, me reconcilié un poco con Martoccia. Pero antes de exponer las razones, permítanme hablar un poco de Chesterton. El otro día compré el enésimo libro de Chesterton, cuya obra empecé a coleccionar en San Clemente y ya ocupa un estante entero de la biblioteca. Leí muy pocos de esos libros, pero la leyenda borgeana sobre Chesterton es cierta: cada vez que uno elige al azar una página suya aparece un tesoro. Hay un ingenio diabólico en ese hombre, acaso el mayor sofista de nuestra época. El libro se llama Lo que vi en América (Editorial Renacimiento, Salamanca, 2009) y empieza así.
Nunca he logrado desprenderme de mi vieja convicción de que viajar nos estrecha la mente.
Una frase genial, que aun aislada resulta iluminadora. Es más, uno teme que al explicarla pierda buena parte de su gracia. Pero eso rara vez ocurre con Chesterton, que siempre está preparado para sostener la apuesta de sus paradojas. En este caso, lo hace así:
En el mejor de los casos, todo hombre necesita un doble esfuerzo de humildad moral y energía imaginativa para evitar dicho estrechamiento. Ciertamente hay algo conmovedor e incluso trágico en el pensamiento del turista irreflexivo que podría estar en su casa adorando a los lapones, abrazando a los chinos y saludando efusivamente a los patagonios en Hampstead o Durbiton y que, en cambio, a causa de un impulso ciego y suicida, ha ido a ver cómo son. No se trata de ningún absurdo, ni siquiera del más estúpido de los absurdos, que es el cinismo. Los lazos humanos que ha sentido en su casa no eran ninguna ilusión. Por el contrario, se trataba de una realidad interior y profunda. El hombre está dentro de los hombres. En sentido estricto, cualquier hombre puede estar dentro de todos los hombres. Pero viajar es abandonar el interior y acercarse peligrosamente al exterior. Mientras consideramos a los hombres en abstracto, como desnudas figuras de un friso clásico afanadas a su labor, como criaturas que sencillamente trabajan, aman a sus hijos y mueren un día, estamos pensando en su verdad fundamental. Yendo a contemplar sus usos y costumbres ajenas, en cambio, estamos invitando al hombre a ocultarse tras fantásticos disfraces y máscaras. Muchos internacionalistas modernos hablan de los hombres de distintas nacionalidades como si no tuvieran más que reunirse y mezclarse entre sí para comprenderse mutuamente. Pero en realidad ese es el momento del peligro supremo: el momento en que se reúnen. Ya podemos empezar a temblar como ante aquel viejo eufemismo que llamaba encuentros a los duelos.
Unos cuantos años antes que Sartre, Chesterton descubre que los otros son el infierno. No los otros abstractos, ideales, sino los otros de carne y hueso, con sus horribles defectos y sus inexplicables peculiaridades nacionales. Lo que dice Chesterton (que no en vano se opuso al colonialismo inglés en nombre del patriotismo inglés y aun de cierto racismo) es que no hay nada peor que la intolerancia, pero que la tolerancia es imposible a menos que se practique de lejos.
María Martoccia parece una víctima de la sentencia de Chesterton, desilusionada por la experiencia en vivo de la Babel de culturas que se solapan en Gran Bretaña y sus ex dominios. Chesterton concluye que Estados Unidos es un intento de resolver ese problema por la vía de declarar a todo el mundo extranjero, pero si Martoccia sufre a los ingleses, creo que detesta a la más próspera de sus colonias. Caravana es una constatación de que el cosmopolitismo es imposible en la práctica, de que no hay un mundo común, un espacio en el que se pueda avanzar sobre el malentendido. “Lutan quieta”, el cuento siguiente del libro, relata el reencuentro de nuestra vieja conocida argentina que estudió o enseñó en Brighton con un matrimonio integrado por una china y un inglés que viven en Malasia. Las simpatías del narrador son con la china, que se entrega a la contemplación y al rito frente a la incomprensión de los occidentales que la rodean, pero esa afinidad no suena del todo sincera, más bien parece el resultado de una simetría entre los patagonios y los chinos respecto de Imperio.
Pero hay una frase de Martoccia que a uno le gustaría interpretar como personal y sincera. Y eso a pesar de la advertencia que hace la propia autora sobre su propia frivolidad, sobre la gratuidad que le señalábamos en muchos momentos de su escritura. En algún momento, la narradora cuenta un sueño que involucra a los personajes del cuento y a otros conocidos y declara que prefiere contar lo que sucede en el sueño como sustituto de lo que en realidad ocurrió por una razón curiosa:
De todas formas utilizo esta versión porque no soporto que los sueños se conviertan en algo inútil, en algo que uno no puede hacer circular como excusa.
Dicho de otro modo, Martoccia parece insinuar lo que ya sabíamos: que cualquier pensamiento, cualquier anécdota, cualquier fragmento de relato proveniente de la vida cotidiana, de la imaginación o el sueño sirve para hacer literatura, entendida como una asociación libre casi al modo surrealista. Sin embargo, la frase que querríamos interpretar como distinta del resto, como reveladora y verdadera es una frase pronunciada por Malcolm, el único inglés que defiende a Lutan, la china que se resiste a adoptar las costumbres del entorno académico de su marido:
“Adaptarse, ¿qué es eso? Es antinatural moverse del lugar en donde uno nació.”
No llegué a la parte en la que Caravana transcurre en la Argentina y tampoco leí las novelas de Martoccia en el suelo nativo, pero me da la impresión de que este libro, al menos, expresa la frustración de alguien que salió a conocer el mundo y se encontró con los límites que Chesterton le señala no ya al turista sino también al viajero dispuesto a comprometerse con la gente de las tierras que visita. Pero tanto Martoccia como Chesterton suponen que los extranjeros viven detrás de las impenetrables máscaras de su propia civilización. Déjenme decir que esa es la frustrante conclusión a la que uno llega después de viajar un poco.
Pero “Lutan quieta” es un cuento divertido, que da cuenta también de un matiz contrario a lo que estábamos diciendo: cierto placer frente a la cultura de las antípodas, aquellas frente a las que ni siquiera hacemos el frustrante esfuerzo de comprensión que solemos dedicarles los argentinos a los europeos y a los americanos. En el fondo, frente a los coreanos o los chinos, podemos disfrutar de la ajenidad sin que nos ponga nerviosos como nos ocurre con los malditos ingleses, franceses y yanquis, para no hablar de los españoles.
El otro cuento que leí en estos días de Martoccia se llama “La señora de Copacabana” y es el monólogo de una vieja boliviana que asocia libremente y cuenta que supo ser en otro tiempo una adolescente burguesa, que huyó con un amante mayor que la paseó por el mundo y vivió luego una vida intensa y cosmopolita, para terminar sola y modesta, fumando y tomando cerveza, declarando que ahora no cambia Bolivia por nada y que su mayor deseo es que se hundan los Estados Unidos. Está muy bien construido ese cuento, pero de nuevo tengo la sospecha de que la prosa de Martoccia mejora cuando transita una zona más cercana a su corazón y hasta arriesgaría que hay algo propio en esa mujer viajada, que distingue el acento de un dominicano del de un puertorriqueño y que un día se cansó de tanto gringo.
Foto: Flavia de la Fuente

diciembre 30, 2009 a las 6:50 pm
Muy interesante el tema de los viajes: no es un asunto fácil. Si me preguntan qué es lo que más me gustó en los 5 días que estuve en Roma respondo: encontrar un kiosko con mesitas en la vereda que vendía cerveza. Era de unos chinos (genérico de “orientales”) y me tomaba un par todas las noches. Me parece que la única forma de conocer un país es a través de una rutina no-turística, es decir, hacer como que uno vive ahí. De otra forma, uno termina como esos contingentes que son paseados por la Boca en micros con el aire acondicionado al mango: creen que miran para afuera, pero el sol es tan fuerte que todo termina siendo un reflejo demasiado brillante.
diciembre 30, 2009 a las 7:51 pm
“dar cuenta” significa liquidar, exterminar, no to account.
Saludos
diciembre 30, 2009 a las 8:03 pm
Esa es solo una de las acepciones.
Dice el Diccionario panhispanico de dudas:
15. dar(se) cuenta. Esta locución verbal va siempre seguida de un complemento precedido de la preposición de. Como no pronominal, dar cuenta de una cosa o de una persona, significa ‘darle fin o acabar con ella’: «Blanca [...] daba cuenta de un chuletón de ternera a la brasa» (Tomás Orilla [Esp. 1984]); «Mientras Nick daba cuenta de su rival, yo [...] me debatía en una rara pesadilla» (Quintero Danza [Ven. 1991]); o ‘informar a alguien sobre ella’: «Él me dio cuenta de que un francés había escrito una vida de aquel caballero fusilado» (Rojas Hidalgo [Esp. 1980]).
De todos modos dice algo así como “el cuento da cuenta” y no queda del todo bien.
Saludos
Q
diciembre 30, 2009 a las 8:16 pm
Es verdad que se usa como informar, pero a veces parece como que se extendiera a evidenciar, testimoniar, manifestar e incluso rendir cuenta, ¿no? Los diarios son agotadores. Los cuentos argentinos de Caravana son muy lindos, y las novelas de Martoccia te gustarían.
diciembre 31, 2009 a las 10:19 am
A mí, que, a duras penas, puedo salir de Buenos Aires, las palabras de Chesterton, desconocidas hasta ahora, suenan en mis oidos como una hermosa música.
Creo que el consejo que desoí en las lecturas de Borges lo voy a seguir de boca de Q.
¡Marche una biblioteca de Chesterton ya mismo!
Gracias y feliz 2010 para todos!
diciembre 31, 2009 a las 12:01 pm
Estimado Q:
Coincido con sus apreciaciones. Borges, también un virtuoso de la crítica literaria, estableció que leer a Chesterton es siempre una ocasión de felicidad. El inglés fue algo tan raro como un católico suave y liberal. Y, por supuesto, un gran polemista. Ojalá siempre se reimpriman sus obras.
Me atrevo a sugerir a los amigos del blog la lectura de “Maestro de ceremonias”, una recopilación de prólogos y comentarios surtidos de Chesterton que Emecé reimprimió en 2006. Lo he visto en las mesas de saldo de Buenos Aires. Contiene varios textos magníficos. ¡Qué estilo, por Dios! La paradoja y la ironía son sus herramientas.
La lectura del volumen, por otro lado, nos induce a pensar en la degradación del arte del prefacio. ¡Qué tiempos eran esos en que alguien compraba una novela o un ensayo y traía un prólogo de Chesterton! Hoy, salvo honrosas excepciones, las editoriales no gastan ni un centavo en un prólogo decente. Es una pena.
Mis respetos
G.B.
enero 2, 2010 a las 1:08 pm
excelente!!1
enero 2, 2010 a las 1:11 pm
[...] This post was mentioned on Twitter by Diego Rottman, belara. belara said: RT:@diegorottman "Nunca he logrado desprenderme de mi vieja convicción de que viajar nos estrecha la mente" http://bit.ly/6lE1ku Muy bueno! [...]